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Relatos Ardientes

Lo que pasó esa noche en casa de mi suegro

Mi nombre es Sofía. Tengo veintidós años, llevo ocho meses saliendo con Andrés, y hasta esa noche creía conocer bien los límites entre lo que quería y lo que estaba dispuesta a hacer. Andrés es dulce, paciente, de esos chicos que creen que el amor hay que ganárselo despacio. Solo una vez, en el asiento trasero de su coche aparcado junto al río, lo tomé en mi boca hasta que terminó, sintiéndolo temblar entre mis labios. Pero nada más. Él quiere que sea especial.

Esa noche no había opción de volver a mi apartamento. La tormenta cayó de golpe, sin aviso, convirtiendo la autopista en un río de agua y luces de emergencia. Andrés insistió en que me quedara. Su padre, don Ernesto, vivía solo en aquella casa grande a las afueras desde que enviudó cuatro años atrás. «No hay problema», me dijo Andrés. «Mi papá es tranquilo.»

Don Ernesto tenía cincuenta años, pero los cargaba de otra manera. Era un hombre que había trabajado con las manos buena parte de su vida antes de montar su propia empresa de construcción, y el cuerpo no mentía: hombros anchos, brazos fuertes con venas marcadas, una presencia física que llenaba cualquier habitación sin necesidad de alzar la voz. Cuando nos abrió la puerta, con la lluvia golpeando detrás de nosotros, sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo con una calma que resultaba más perturbadora que cualquier mirada descarada.

—Sofía —dijo, pronunciando mi nombre despacio, como si ya lo conociera de antes—. Bienvenida.

Durante la cena habló poco. Pero cuando hablaba, lo hacía con una seguridad que hacía que las palabras de Andrés sonaran de repente demasiado jóvenes. Me sorprendí mirándolo más de una vez, y más de una vez lo pillé mirándome a mí.

Después de cenar, Andrés me llevó al cuarto de huéspedes al fondo del pasillo. Me dio un beso en la frente, uno de esos besos suyos: pura ternura, poca urgencia.

—Que descanses —dijo—. Oye, una cosa. Mi papá a veces camina dormido. No pasa siempre, pero si lo ves deambular por el pasillo, no lo despiertes de golpe. Puede asustarse mucho, es algo involuntario. Llévalo despacio de vuelta a su cuarto.

—¿En serio? —pregunté.

—Lleva así años. El médico dice que es estrés acumulado. —Me besó de nuevo—. No te va a molestar, no te preocupes. Buenas noches.

Me quedé sola en el cuarto. La cama era grande, las sábanas olían a lavanda, y la lluvia seguía golpeando los cristales con un ritmo que no dejaba dormir del todo. Me puse lo que traía en la mochila: una camiseta fina sin mangas y una braguita de algodón. Nada más, porque no había previsto quedarme.

Apagué la luz y me metí entre las sábanas. El sueño no llegaba. La casa era extraña, demasiado silenciosa entre relámpago y relámpago. Mi cabeza volvía, sin que yo lo pidiera, a la figura de don Ernesto sentado a la cabecera de la mesa con esa manera suya de mirarme, como si supiera algo de mí que yo todavía no sabía de mí misma.

Basta, me dije. Cerré los ojos con fuerza.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que sintiera el colchón hundirse detrás de mí.

Al principio pensé que era el sueño, esa sensación de caída que a veces sacude el cuerpo en el borde del descanso. Pero el peso era real. Cálido. Una persona.

—¿Andrés? —susurré, girando apenas la cabeza.

Nadie respondió. Solo una respiración profunda, cadenciosa, la respiración de alguien que duerme.

Entonces lo supe.

Recordé la advertencia. No lo despiertes de golpe.

Mi cuerpo se tensó, pero no me moví. La lógica me decía que tenía que levantarme, guiarlo con calma hasta su habitación, resolver la situación como una adulta. En cambio, me quedé inmóvil, con el corazón latiendo demasiado rápido, sintiendo el calor de su cuerpo a centímetros del mío bajo las sábanas.

Su pierna rozó la mía.

Fue un contacto breve, casi inocente. Pero el efecto fue inmediato: una descarga que me llegó directo al vientre, más abajo del vientre.

Tengo que levantarme.

No me levanté.

Él se movió de nuevo, como quien busca acomodo sin despertarse del todo. Su mano grande cayó sobre mi cadera, encima de la sábana primero, luego deslizándose por debajo de la tela. El contacto con mi piel me hizo cerrar los ojos. Aquella mano era áspera, trabajada, completamente diferente a las de Andrés.

—Rosa… —murmuró, con la voz densa del sueño. El nombre de su esposa muerta.

El sonido de ese nombre debería haberme devuelto a la realidad. En cambio, algo en mí cedió.

Su mano subió lentamente, como si todavía creyera estar en otro tiempo, en otro cuerpo. Cuando llegó a mi pecho y lo cubrió entero con la palma, un sonido escapó de mi garganta antes de que pudiera atraparlo. Sus dedos apretaron, exploraron, y sus pulgares encontraron mis pezones endurecidos con una precisión que no tenía nada de inconsciente.

—Sigo sin poder dormir cuando no estás —murmuró, y la tristeza en su voz hizo algo raro en mi pecho.

Me había deslizado hacia él sin darme cuenta. Mi espalda pegada a su torso, su brazo rodeándome como si fuera lo más natural del mundo. Cuando sentí su erección contra mis nalgas, dura y mucho más grande de lo que hubiera imaginado, me mordí el labio para no hacer ruido.

—Don Ernesto —susurré, tan bajo que casi no me oí yo misma—. Don Ernesto, soy Sofía.

No respondió. O no quiso responder.

Sus dedos bajaron por mi abdomen, lentos, deliberados, hasta llegar a la cintura de mi braguita. Los deslizó por debajo. Cuando me tocó, los dos nos quedamos inmóviles un segundo: yo, porque tuve que morderme la mano para no gemir; él, porque debió sentir lo que encontró.

Estaba completamente empapada.

—Rosa —volvió a murmurar, pero esta vez con una sonrisa en la voz que no tenía nada de dormida.

Y entonces entendí que él también lo sabía. Que sabía perfectamente dónde estaba y con quién. Que era un juego. Y que yo estaba eligiendo seguirle la corriente en cada segundo que pasaba sin moverme.

Me giré para quedar frente a él. Sus ojos seguían cerrados, pero la comisura de los labios se curvó levemente.

—¿Qué está haciendo? —pregunté en voz muy baja.

—Duermo —dijo, sin abrir los ojos.

Una risa cortísima me salió sin querer. Y entonces él sí los abrió, y en ellos no había sueño ni confusión, solo esa calma suya de siempre, y debajo de ella, una pregunta que ninguno de los dos iba a formular en voz alta.

—Dime que me detenga —dijo—, y me detengo.

No dije nada.

Bajó la cabeza y me besó el cuello. Yo puse una mano en su pecho, y no lo empujé.

***

Lo que pasó durante las horas siguientes no lo había vivido nunca, aunque creía haber imaginado algo parecido. Don Ernesto no tenía la urgencia ni la torpeza de los chicos de mi edad. Tomaba su tiempo como quien conoce bien el camino y sabe que no hace falta correr.

Me quitó la camiseta despacio, pasando las manos por mis costados antes de hacerlo. Me observó en la oscuridad con una atención que me hizo sentir expuesta de una manera completamente diferente a estar desnuda.

—Eres muy joven —dijo.

—Sí —respondí.

—¿Tienes miedo?

—No.

Eso no era del todo cierto. Pero el miedo y el deseo se sentían exactamente igual en ese momento, y no tenía manera de separarlos.

Cuando finalmente me penetró, lo hizo despacio, leyendo mi cuerpo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Era la primera vez que estaba con alguien de verdad, más allá de aquello en el coche con Andrés, y la diferencia no era solo física. Era la manera en que él estaba presente en cada movimiento, sin precipitarse, sin perderse en su propio ritmo, pendiente de cada reacción mía.

—Relájate —murmuró contra mi oído—. Respira.

Respiré.

Y después de eso, dejé de pensar.

Me tuvo entre sus brazos durante horas. Me movió, me giró, me sostuvo contra la pared con una fuerza tranquila que me dejaba sin opciones aunque yo no buscara ninguna. Cada vez que creía que había terminado, encontraba en mí algún detalle que aún no había explorado y empezaba de nuevo, sin prisa, como si la noche fuera ilimitada y él lo supiera.

Cuando llegué al clímax por segunda vez tuve que hundir la cara en la almohada. Sus manos me sujetaban por las caderas con firmeza, y su voz ronca contra mi nuca murmuraba cosas que no llegué a descifrar del todo, pero cuyo tono lo decía todo.

***

A las cuatro de la mañana me desperté sola en la cama. La tormenta había parado. Por la ventana entraba una luz grisácea y el silencio era completo.

Tardé un momento en recordar dónde estaba y lo que había pasado. Cuando lo recordé, me quedé mirando el techo durante un rato largo, esperando sentir culpa o arrepentimiento. Sentí, en cambio, una calma extraña, y los músculos cansados de quien ha dormido profundamente después de algo intenso.

Me duché con el agua caliente al máximo. Me vestí despacio. Me miré en el espejo del baño más tiempo del que hubiera querido.

Cuando bajé, don Ernesto estaba en la cocina. Tenía puesta la misma ropa de la noche anterior y preparaba café con una concentración innecesaria para la tarea. Al escuchar mis pasos, levantó la vista.

Ninguno de los dos dijo nada durante un segundo.

—Buenos días —dije al final.

—Buenos días, Sofía.

Dejó una taza de café frente a mí sin preguntar si lo quería, y se apoyó en la encimera con los brazos cruzados.

—Andrés bajará en un rato —dijo—. Los fines de semana duerme hasta tarde.

—Lo sé.

El silencio entre los dos tenía peso, pero no era incómodo. Era el silencio de dos personas que comparten un secreto y están decidiendo, en tiempo real, cómo van a cargarlo.

—¿Estás bien? —preguntó, con una directidad que no era la de una pregunta de cortesía.

—Sí —dije—. ¿Y tú?

Él consideró la pregunta con más seriedad de la que yo esperaba.

—Hacía mucho tiempo —dijo simplemente.

No supe qué responder a eso, así que tomé el café.

Unos minutos después, escuchamos los pasos de Andrés en la escalera. Don Ernesto se giró de nuevo hacia la cafetera. Yo envolví las manos alrededor de la taza y las mantuve quietas.

Andrés entró al comedor despeinado, con una camiseta vieja y los ojos medio cerrados.

—¿Ya desayunando sin mí? —dijo, pasando detrás de mí y plantándome un beso en la cabeza—. Buenos días, papá.

—Buenos días —respondió su padre, sin girarse.

—¿Dormiste bien, amor? —me preguntó Andrés, sentándose a mi lado.

Levanté la vista hacia don Ernesto, que seguía de espaldas. Vi el momento exacto en que tensó ligeramente los hombros.

—Sí —dije—. Muy bien.

Andrés sonrió, satisfecho, y alcanzó la cafetera. Don Ernesto se giró entonces, con su taza en la mano, y sus ojos se encontraron con los míos sobre la cabeza de su hijo. En esos ojos no había ni triunfo ni vergüenza. Solo esa calma suya de siempre, y debajo de ella, una pregunta que ninguno de los dos iba a formular en voz alta.

Bajé la vista a mi taza.

Solo fue una vez, me dije.

Pero ya sabía, mientras lo pensaba, que era mentira.

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Comentarios (5)

CarlitosBaires

Tremendo relato, me dejó sin palabras. Sigan subiendo cosas así!!!

LucioSur22

Por favor necesito una segunda parte, quede con muchísimas ganas de saber como sigue esto

SandraV

Wow... esto me llego muy adentro. La tension desde el principio hasta el final es increible, muy bien escrito.

marianabaires

Me recordó a una situacion parecida que viví hace años, aunque no me animo a contarla jaja. Buenísimo el relato.

Vidente79

Excelente!!! De los mejores que leí en mucho tiempo 🔥

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