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Relatos Ardientes

Mi primera vez en el barrio rojo

Llegué a la ciudad en pleno agosto. Calor seco, aceras anchas y un mapa en el teléfono que todavía no me sabía de memoria. Mis compañeros de la universidad me habían prometido que sería fácil orientarse, que el centro era pequeño, que nos veríamos a las seis frente al mercado cubierto. Pero a las seis y cuarto me llegaron los mensajes: que si el trabajo, que si la novia, que si lo dejábamos para otro día.

Ahí me quedé, solo, con el calor encima y sin saber qué hacer.

Entré a un colmado a comprar algo frío y salí con una lata de té helado que sudaba entre mis dedos. Encontré una banca a la sombra, frente a una fuente que no funcionaba, y me senté a observar el ir y venir de gente que sí sabía adónde iba. Mujeres con bolsas de compras, hombres en camisa con la corbata aflojada, turistas con mochilas. Nada que llamara la atención.

Hasta que ella se acercó.

—¿Está ocupado?

Levanté la vista. Una chica, más o menos de mi edad, me miraba con una sonrisa ladeada. Llevaba una blusa corta que dejaba ver el ombligo perforado con una argolla dorada, y unos pantalones ajustados que le marcaban bien las caderas. Pelo lacio, oscuro, cayéndole hasta los hombros.

—Para nada —dije—. Siéntate.

—Gracias. Es que el calor está matando hoy.

—Sí. No ayuda estar parado.

Se acomodó a mi lado, cruzó los tobillos y miró hacia la fuente seca. Había algo relajado en su manera de estar, como si no tuviera prisa por ningún lado.

—¿Estás esperando a alguien? —preguntó.

—Ya no. Me cancelaron.

—Qué mala suerte. ¿Eres de aquí?

—No, llegué hace poco. Todavía no conozco nada.

Ella me miró de reojo con una expresión divertida.

—¿Y qué andas buscando?

—Nada en particular. Solo no quería quedarme encerrado en el piso.

—Pues yo no tengo nada que hacer hasta dentro de un rato —dijo—. Te puedo mostrar el barrio, si quieres.

Dudé un segundo. Era una desconocida. Pero el calor, el aburrimiento y su sonrisa inclinaron la balanza.

—¿Por qué no?

—Me llamo Valeria.

—Rodrigo.

—Mucho gusto, Rodrigo. Vamos.

***

Caminamos sin un rumbo claro. Ella conocía cada esquina: el bar donde servían las mejores croquetas, la tienda de discos que todavía sobrevivía, el callejón donde habían pintado un mural enorme de colores. Yo la seguía, mirándola más a ella que al barrio. Tenía una manera de caminar que ocupaba el espacio con seguridad, como si supiera exactamente cuánto valía cada paso.

Cruzamos una avenida, giramos por una calle más estrecha y el ambiente cambió. Los locales tenían persianas metálicas pintadas de colores vivos. Algunas puertas entornadas dejaban escapar música lenta. Mujeres sentadas en umbrales. Hombres que entraban y salían sin mirar a los lados.

Yo miraba sin procesar.

Valeria se detuvo delante de un edificio de fachada blanca. En la pared, en letras rojas de metal oxidado, ponía Hostal Unión. Debajo, una flecha apuntaba hacia adentro.

Me la quedé mirando.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, con la misma calma de siempre.

—Nada, es que... no esperaba llegar aquí.

—¿No te habías dado cuenta de dónde estabas?

—Honestamente, no.

Soltó una carcajada breve.

—Llevas un rato en el barrio rojo y no lo sabías. Eso tiene mérito.

Sentí el calor subir a las mejillas, que ya no era solo por el sol.

—Mira —dijo—, no te compliques. Te digo lo que hago y decides tú. La hora son quinientos. Incluye lo que aguantes, besos, caricias. El oral te lo regalo porque eres nuevo. El culito cuesta doscientos más. ¿Qué dices?

—Pues ya estamos aquí —dije, y no supe si era valentía o simple estupidez.

—Me cae bien esa actitud. Vamos, son doscientos de la habitación.

***

La habitación era pequeña pero limpia: cama doble, una silla, una televisión vieja en la repisa. Ella cerró la puerta sin prisa, dejó su bolso sobre la silla y se volvió hacia mí.

—Es la primera vez, ¿verdad?

—¿Tanto se nota?

—Un poco. —Sonrió—. Tranquilo. Relájate.

Encendió la televisión y buscó un canal que dejó de fondo. Luego se acercó a la cama y se sentó al borde, cruzando las piernas.

—Siéntate aquí conmigo.

Me senté. Ella estaba cerca, lo suficiente para notar su perfume mezclado con el calor de la tarde.

Se puso de pie y se quitó la blusa. Sin sostén. Sus senos eran pequeños, firmes, con los pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire del ventilador. Se bajó los pantalones despacio, revelando una tanga roja con bordados blancos. Me miró mientras lo hacía, vigilando mi reacción.

No hice ningún esfuerzo por disimular que me estaba gustando.

Se bajó también la tanga y quedó completamente desnuda. Dio una vuelta lenta, sin apuro, dejándome ver. Sus piernas eran largas y su trasero, pequeño y bien formado, se movía con cada paso. Luego pasó una mano entre sus muslos y la retiró lentamente.

—Ven —dijo.

Me puse de pie y me acerqué. Ella tomó mis manos y las puso sobre sus senos. Eran suaves y cabían completamente en mis palmas. La besé. Primero en la boca, luego en el cuello, luego bajé hasta la curva entre el hombro y la clavícula. Oí un sonido suave salir de su garganta.

Fui bajando más.

—No —dijo, con una mano en mi frente, empujando suave—. Eso no.

Me detuve. Ella me vio la cara.

—Lo siento. Hay cosas que no hago. Pero hay otras que sí. —Se arrodilló delante de mí.

Me desabrochó el cinturón con movimientos precisos, bajó el pantalón, los boxers. Me tomó con las dos manos y empezó.

No sé cuánto tiempo pasó. Sabía exactamente qué hacer y cuándo: cuándo presionar, cuándo soltar, cuándo ir más adentro. Su boca lo envolvía completamente, su lengua repasaba cada centímetro, y sus manos trabajaban al mismo tiempo con una coordinación que solo da la experiencia. Cuando sentí que estaba llegando al límite, lo dije.

—Sí, bebé, dame todo —murmuró, apartándolo apenas.

Ella lo sacó, lo apuntó hacia sí misma, y recibió todo sobre los senos sin apartar los ojos de mí. Se quedó así un segundo, mirándome desde abajo con una sonrisa de quien ya sabía cómo iba a terminar esto desde el principio.

***

Se limpió con una toallita húmeda que sacó del bolso. Meticulosa, sin prisa. Luego me tendió una a mí y señaló el baño.

—Tú también, siempre. Hay que cuidarse.

Fui al baño. Cuando volví, ella ya estaba en la cama, recostada sobre los codos, mirándome.

—Antes de seguir, el pago, amor. Se me estaba olvidando.

—Perdón, yo también. —Me acerqué a la cartera y saqué el dinero.

Cuando lo recibió, su sonrisa volvió a aparecer.

—Bien. ¿Cómo quieres que me ponga?

—Algo clásico. Piernas al hombro.

—Esa me gusta. Vamos.

***

Se recostó. Yo me coloqué entre sus piernas, que levantó y apoyó sobre mis hombros. Ella tomó un condón del bolso, lo abrió con los dientes y me lo puso con una mano mientras con la otra me miraba. Cuando terminó, esperó.

Entré despacio. Sentí el calor de su cuerpo recibiéndome, las contracciones de sus músculos ajustándose a mi ritmo. Sus uñas se clavaron en mis hombros de inmediato.

—Así —dijo—. Sigue.

Los gemidos que salían de ella eran agudos, irregulares, completamente reales. Pedía más, más rápido, más fuerte, y yo obedecía sin pensarlo. Su cuerpo respondía a cada embestida con una presión que me hacía perder el hilo de cualquier pensamiento.

—Sí, así, no pares —decía—. Dame más fuerte. ¿Te gusta cómo aprieto?

—Sí —respondí, y era todo lo que podía articular.

—Entonces sígueme el ritmo, bebé. Más.

Cambié de posición un momento después, sin que ninguno de los dos lo discutiéramos. Me recosté boca arriba y ella se montó encima. Desde abajo veía sus senos moverse, su cara concentrada, los labios entreabiertos. Puso las manos en mi cuello, primero como apoyo, luego con más presión. Sus caderas encontraron un ritmo que me hizo cerrar los ojos.

Entonces sentí la bofetada.

No fue fuerte. Fue una advertencia, un signo de interrogación en forma de mano abierta sobre mi mejilla. Abrí los ojos. Ella me miraba con una sonrisa torcida, esperando ver si me gustaba o no.

Me gustó.

Explotó de forma ruidosa, con todo su cuerpo tensándose de golpe. Se dejó caer sobre mí, los senos contra mi pecho, la respiración acelerada en mi cuello. Yo terminé con ella así encima, aferrándome a sus caderas con fuerza.

***

Descansamos unos minutos. Ella se levantó, fue al baño, volvió. Quitó el condón con cuidado y lo tiró. Sacó del bolso un pequeño frasco de lubricante.

—¿Tienes ganas de seguir? —preguntó.

—Sí.

—Entonces quédate quieto.

Lo que hizo después me dejó paralizado. Se arrodilló entre mis piernas y bajó más abajo de donde esperaba. Su lengua en ese lugar fue como una descarga eléctrica que recorrió toda la columna. Me quedé completamente quieto, sin saber si moverme o dejar de respirar.

Cuando levantó la vista, yo ya estaba listo de nuevo.

—Funciona siempre —dijo, satisfecha.

Se puso a cuatro sobre la cama. Ella misma abrió el lubricante y se preparó con movimientos lentos y circulares, mirándome de reojo mientras lo hacía. Luego me tendió la botella.

—Tú también —dijo.

Apliqué el lubricante y me puse el segundo condón. Fui entrando despacio. El contraste con antes era total: más estrecho, más intenso, una presión que subía hasta la espalda. Ella aguantó con la frente apoyada en la almohada, los dedos apretando las sábanas.

—Despacio al principio —pidió—. Sí, así.

Fui tomando ritmo. Ella empezó a moverse al mismo tiempo que yo, buscando el encuentro. Sus caderas golpeaban contra mí con un sonido seco y rítmico. Le tomé el pelo con una mano, no con fuerza, solo para tener dónde agarrarme.

—Sí —dijo ella—. Así. No pares.

Sus palabras fueron disminuyendo hasta convertirse en sonidos sin forma, y luego en silencio, y luego en un grito amortiguado por la almohada. Las piernas se le sacudieron. Apoyó toda la frente contra el colchón y se quedó quieta unos segundos, con el cuerpo todavía temblando.

Yo no había terminado.

Me retiré y saqué el condón. Ella se dio la vuelta, exhausta pero todavía con esa sonrisa torcida, y se recostó mirando hacia arriba. Entendió lo que iba a pasar sin que yo dijera nada. Cerró los ojos.

Me masturbé de pie junto a la cama. No tardé mucho. Cuando terminé, parte cayó en su mejilla, parte en su labio inferior. Ella no se movió.

Abrió los ojos y me miró desde abajo.

—Ya está —dijo.

***

Se levantó y fue al baño. Oí el agua correr. Cuando salió, estaba impecable: el pelo recogido, la ropa puesta, el bolso en el hombro. Era como si los últimos cuarenta minutos hubieran existido en otro compartimento que ella podía abrir y cerrar a voluntad.

Se acercó a la cama donde yo seguía recostado, todavía sin ordenar los pensamientos.

—Cuídate, Rodrigo. Y sal antes de que se acabe la hora, que si no esos cabrones te cobran la siguiente.

Se despidió con un beso rápido en la mejilla.

—En el baño te dejé algo. Un recuerdo del barrio rojo.

Cerró la puerta. Oí sus pasos bajando la escalera, cada vez más lejos, hasta que no quedó nada.

Me levanté, me vestí y fui al baño. En el grifo del lavabo, colgada de la llave, estaba su tanga roja.

La tomé, la guardé en el bolsillo y salí a la calle. El sol ya bajaba. La ciudad seguía igual, con su calor seco y su gente que sabía adónde iba. Yo todavía no sabía muy bien dónde estaba, pero por primera vez desde que había llegado, eso no me importaba en absoluto.

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Comentarios (5)

chakal

Buenisimo!!!

AnaLucia_BA

Ay que bueno, me quede con ganas de saber mas. Hacé la segunda parte por favor!

nocturno77

Me recordo a una situacion parecida que vivi de joven, esa sensacion de entender todo demasiado tarde... muy bien narrado

PatricioVidal

Como sigue? no puede quedar asi, quiero saber que paso adentro jajaja

Trampolinero

Muy buen ritmo, se lee solo. La parte del hostal esta genial

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