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Relatos Ardientes

Nunca imaginé que eso se iba a sentir así

Tenía diecinueve años cuando ocurrió, y lo recuerdo con una claridad que no esperaría para algo que pasó un sábado de agosto sin mayor importancia. Era uno de esos días en que el calor aplasta todo —el aire, el tiempo, las ganas de hacer cualquier cosa— y yo estaba solo en el apartamento de mis padres por primera vez en meses.

Habían salido temprano, antes de las ocho, camino a la costa con mi hermana pequeña y los primos que venían cada verano desde el norte. Me había librado con una excusa que ni siquiera me molesté en afinar: trabajo pendiente, un proyecto que entregar, algo que sonaba lo bastante serio para que nadie insistiera demasiado. A las nueve de la mañana escuché cerrarse la puerta principal y me quedé completamente solo.

La soledad de verdad —no la de dos horas mientras alguien compra pan, sino la de saber que nadie va a volver hasta el lunes— tiene una textura propia. Como si el apartamento respirara distinto. Como si las paredes se relajaran.

Desayuné sin prisa. Puse música desde el teléfono. Di una vuelta por las habitaciones vacías con esa sensación rara de ser dueño temporal de un espacio que normalmente se comparte. Luego me tiré en el sofá con el portátil encima de las rodillas, sin ningún plan concreto.

Empecé a navegar sin rumbo. YouTube, alguna red social, los titulares del día. Nada me retenía más de cinco minutos. Era ese tipo de tarde en que uno no sabe lo que busca pero sabe que no es lo que tiene delante.

Terminé donde casi siempre terminaba cuando estaba solo un buen rato.

Estuve media hora viendo cosas conocidas, del tipo de contenido que enciendes en piloto automático. Pero entonces di con algo diferente. No era lo que esperaba. Era una mujer sola en una habitación clara, haciendo algo con una tranquilidad que no era actuada. Sin música de fondo ni edición agresiva. Solo ella y lo que estaba haciendo, con los ojos cerrados y una concentración que parecía completamente genuina.

Vi el video hasta el final. Luego lo rebobiné.

¿Por qué lo haría así?

No era una pregunta con carga moral. Era pura curiosidad, del tipo que se te instala detrás del esternón y no se mueve hasta que le das alguna respuesta. Había visto escenas similares antes sin que me generaran nada en particular. Pero esta vez algo fue distinto. Algo en la manera en que ella lo hacía me hizo detenerme en la pregunta real: ¿cómo se siente eso desde dentro?

Me quedé quieto unos minutos. El ventilador del techo giraba despacio. La música seguía sonando desde el teléfono, aunque ya no la escuchaba.

Me levanté. Fui al baño. Me lavé las manos con cuidado, con agua y jabón, más tiempo del habitual. Me miré en el espejo un momento, sin ningún pensamiento claro. Solo el runrún de una curiosidad que no había pedido permiso para instalarse.

Volví a la habitación. Me tumbé en la cama con una toalla debajo, algo que hice de manera casi instintiva, sin pensarlo demasiado. Empecé a explorar con los dedos, despacio, con la cautela de quien se mueve por territorio que no conoce bien. La primera sensación fue ambigua: no exactamente placer, no exactamente incomodidad, sino algo intermedio que no tenía nombre en mi vocabulario de entonces.

Me detuve. Respiré.

Lo intenté otra vez, con más paciencia todavía. Esta vez la sensación cambió. No radicalmente, no de golpe, sino como un ajuste lento de la imagen cuando un objetivo enfoca bien. Algo encajó. Algo que no esperaba encontrar allí, en ese lugar del cuerpo que nunca había explorado, que siempre había asumido como zona de una sola dirección.

Esto existe, pensé. Ha estado aquí todo el tiempo y yo nunca me detuve a comprobarlo.

No sé cuánto tiempo estuve así. El calor de agosto apretaba contra las persianas cerradas. El apartamento estaba en penumbra. Yo aprendía algo sobre mi propio cuerpo sin que nadie me lo hubiera enseñado, sin instrucciones, a base de paciencia y de estar prestando atención a lo que me decía cada sensación nueva.

Cuando se me ocurrió ir a la cocina, no lo hice con urgencia ni con un plan elaborado. Era una extensión natural de la curiosidad de aquella tarde, nada más. Abrí la nevera y lo primero que vi fue un pepino largo y firme que mi madre había comprado el jueves. Lo cogí. Lo puse bajo el grifo del fregadero, agua fría, jabón, lo lavé con la misma atención con la que me había lavado las manos. Lo sequé con papel de cocina. Lo sostuve en la mano unos segundos, sopesándolo.

No tienes que hacer nada, me dije. Puedes dejarlo aquí y volver a la cama.

Volví a la habitación.

El proceso fue lento. Eso fue lo que lo hizo funcionar, lo que marcó la diferencia entre algo que podría haber sido simplemente incómodo y lo que terminó siendo. No intenté forzar nada. Me tomé el tiempo que hizo falta: parar, respirar, esperar a que el cuerpo decidiera por sí mismo si quería seguir. Hubo momentos en que tuve que quedarme completamente quieto, sin moverme, dejando que algo se acomodara a su propio ritmo. La impaciencia habría arruinado todo. Lo entendí rápido.

El dolor era parte de ello. Pero aprendí a distinguir entre el dolor que avisa y el dolor que dice para. El primero era tolerable, incluso necesario de alguna manera. Era la señal de que algo estaba ocurriendo de verdad. El segundo no llegó.

Lo que vino después fue distinto a todo lo anterior. Una presión interna que se extendía hacia el abdomen, que se mezclaba con todo lo demás de una manera que no podía separar ni analizar. Cada pequeño movimiento enviaba una descarga que recorría la espalda hacia arriba. Me aferré a las sábanas con la mano libre. Tuve que controlar la respiración para no hacer ruido, aunque estuviera solo y no hubiera nadie que escuchar. Era una reacción física, instintiva, que no había pedido permiso para aparecer.

Cuando terminé, me quedé tumbado sin moverme durante un buen rato. El techo era lo mismo de siempre: pintura blanca con una grieta en la esquina izquierda que llevaba años sin que nadie la arreglara. El ventilador girando. El sonido lejano de los coches en la calle. Todo igual. Solo yo era diferente, o al menos sabía algo que antes no sabía.

***

Me duché largo rato. El agua caliente en agosto es una pequeña penitencia que uno se impone porque la necesita. Pensé en lo que había pasado con la misma objetividad con la que uno revisa una experiencia nueva: qué había sido, qué no había sido, qué podría ser.

Esa tarde salí a comprar agua al quiosco de la esquina. El barrio seguía siendo el mismo de siempre. La vecina del tercero regaba sus plantas desde el balcón como cada sábado. Dos niños jugaban en la acera de enfrente. El mundo no se había enterado de nada.

Pero yo seguía pensando.

No con vergüenza, que era lo que quizás habría esperado sentir. Con algo más parecido a un inventario tranquilo. Como cuando pruebas una comida que no conocías y tu cabeza empieza a catalogarla: el sabor, la textura, si querrías volver a pedirla. La palabra apareció sola, sin que la llamara: repetir.

Esa noche, antes de dormirme, exploré otra vez. Sin nada más que los dedos, en la oscuridad del cuarto. Fue diferente: más íntimo, más lento, sin la urgencia de la primera vez. Mejor en algunas cosas, diferente en otras. El cuerpo ya sabía adónde iba, y eso cambiaba todo.

Y en ese espacio entre el sueño y la vigilia, cuando el pensamiento ya no tiene filtros, me encontré imaginando algo que no había imaginado antes. Una mano que no era la mía. Un peso diferente, más real, más cálido. La posibilidad concreta de otra persona que supiera lo que estaba haciendo.

No era un deseo difuso ni una fantasía abstracta. Era específico, claro, con una nitidez que me sorprendió. Quería saber cómo sería eso con alguien. Con alguien que tuviera la paciencia que yo había tenido aquella tarde, que conociera ese territorio mejor que yo, que pudiera llevarme más allá de donde había llegado solo.

Mis padres volvieron el lunes al mediodía. Mi hermana entró dando portazos como siempre, preguntando si había comida en la nevera. Mi madre revisó que hubiera recogido la cocina. Mi padre dejó las bolsas en el pasillo y se fue directo a la ducha. El ritual de vuelta al hogar era el mismo de siempre, sin variaciones.

Yo los saludé. Ayudé a descargar el coche. Pregunté qué tal la playa, si el agua estaba fría, si los primos habían llegado a tiempo al autobús.

Nadie supo nada. Y yo, mientras colocaba las cosas en su sitio y respondía a preguntas sobre un fin de semana que no había vivido, pensaba en ese deseo nuevo que no iba a desaparecer solo porque la familia hubiera vuelto. Pensaba en que había algo que quería explorar más allá de lo que podía explorar solo. En que la curiosidad de aquel sábado de agosto no había hecho más que empezar, y que tarde o temprano iba a encontrar la manera de seguir.

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Comentarios (5)

Martincho87

increible relato!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

NocheViva

Por favor que haya segunda parte, no puede terminar asi jaja. Quede con muchisimas ganas de mas

LuisaM

Me recordó a algo que viví hace tiempo y que nunca le conté a nadie. Gracias por describir esa sensacion tan bien.

Fantask99

La categoría fantasias tiene pocos relatos tan bien narrados. Buenisimo, espero mas del mismo estilo

RiojaLector

Esto es autobiográfico? porque se siente muy real jaja. En todo caso muy buen trabajo!

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