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Relatos Ardientes

La tarde en que la tarea dejó de importarnos

La consigna era simple: trabajar en pareja y entregar antes del viernes. Elegí a Rodrigo sin pensarlo demasiado —vivía a cuatro cuadras, era divertido y no me ponía nerviosa como me ponían otros chicos de la clase. Una elección práctica, me dije. Nada más.

Tenía dieciocho años y llevaba toda la secundaria sin prestar demasiada atención a lo que le pasaba a mi cuerpo. Pero ese otoño algo había cambiado. La ropa me quedaba distinta. Mi cintura se había afinado, las caderas me habían crecido de golpe, y el corpiño que usaba desde los dieciséis ya no era suficiente. No lo pensaba como seducción. Solo era mi cuerpo, haciendo lo que tenía que hacer. Pero me gustaba cómo me sentía dentro de una remera ajustada, esa especie de confianza tranquila que no necesitaba que nadie la notara para existir.

Llegamos a su casa después del último timbre. Rodrigo abrió la puerta con su llave y entré esperando escuchar la televisión encendida, el ruido de la cocina, algo. En cambio, silencio.

—Mi vieja trabaja hasta las siete —dijo, dejando la mochila en el piso del pasillo.

Asentí como si eso no cambiara nada. Y durante la primera hora, no cambió nada. Extendimos los apuntes sobre su cama —la única mesa libre estaba llena de cajas—, nos inclinamos sobre los ejercicios, los hombros rozándose cada tanto sin que ninguno lo mencionara. Álgebra. Funciones cuadráticas. El ruido sordo del lápiz contra el papel.

Pero en algún punto dejamos de hablar de matemáticas.

No sé cómo fue. Creo que empezó con algo sobre un profesor, después con los planes del fin de semana, y de pronto estábamos tirados sobre los apuntes, riéndonos de algo que ya no recuerdo, y el espacio entre nosotros era mucho menor que al principio. Su brazo estaba cerca de mi cintura. No encima, solo cerca. Como preguntando.

—¿Puedo? —dijo, sin terminar la frase.

No respondí con palabras. Me acerqué apenas, lo suficiente para que supiera que sí. Su brazo me rodeó despacio, primero inseguro, luego con más peso. Sentí el calor de su mano a través de la tela. Me volteé para mirarlo y sus ojos estaban muy cerca.

El beso fue suave. Casi una pregunta. Respondí apretando mi cuerpo contra el suyo, sin saber exactamente qué estaba haciendo, guiándome por algo más instintivo que el pensamiento. Él correspondió profundizando el contacto, una mano en mi nuca, la otra todavía en mi cintura.

No había planeado esto. No estaba arrepentida.

Sus manos empezaron a moverse. Primero por mi espalda, explorando con cuidado, como calibrando hasta dónde podía llegar. Cuando llegaron a mis caderas las sujetó, y sentí algo endurecerse contra mí. Un calor extraño me subió desde el estómago. No era miedo exactamente. Era algo más complicado: poder, pánico y deseo mezclados en proporciones que no sabía cómo separar.

Se incorporó un momento para quitarse la camiseta. Lo hizo de un tirón, sin ceremonias. Yo hice lo mismo, aunque la tela se enganchó en mi pelo un segundo antes de caer. Después vino el corpiño. Él tanteó los ganchos con los dedos torpes, tardó más de lo que hubiera tardado yo, pero lo logró. Cuando el aire fresco tocó mi piel, me estremecí. Pero lo que me calentó fue cómo me miró.

No dijo nada. Solo me miró, y eso fue suficiente.

Su boca encontró mis pechos. Primero con cuidado, después con más intensidad, y la sensación fue algo para lo que no tenía nombre: una corriente que arrancaba en la piel y llegaba hasta algún punto detrás de los ojos. Me arqueé sin querer. Emití un sonido que no reconocí como mío.

Nadie me había tocado así. Nunca.

***

Se puso de pie para quitarse el pantalón y la ropa interior de un solo movimiento. No lo hizo con vanidad ni con timidez. Solo lo hizo. Y ahí estaba él, sin ropa, mirándome desde el borde de la cama. No tenía referencia para comparar. No importaba. Lo quería, con una certeza que me sorprendió por lo clara que era.

Sus manos me quitaron los zapatos primero —un detalle que por alguna razón me pareció tierno—, después el jean, después la bombacha. Había urgencia en sus movimientos pero no brusquedad. Cuando quedé sin ropa miré el techo un segundo, respirando.

Se colocó entre mis piernas. Me miró una vez más, como para asegurarse. Asentí con la cabeza.

El dolor fue agudo y repentino cuando entró. Un desgarro breve que me hizo tensar todo el cuerpo y contener el aire. Él se detuvo.

—¿Estás bien? —preguntó, en voz baja.

—Sí —dije, aunque tardé un segundo en estar segura de que era verdad.

Y lo era. El dolor cedió antes de lo que esperaba, disolviéndose en algo más denso, más resonante. Cuando él volvió a moverse, lento al principio, yo sentí cada milímetro de ese movimiento. Mis caderas subieron para encontrarse con las suyas sin que yo lo decidiera. El cuerpo sabe cosas que la mente todavía no procesó.

El ritmo fue creciendo. La cama crujía. La habitación olía diferente. Él respiraba contra mi cuello, yo tenía los ojos cerrados y las manos en su espalda, sin saber bien si lo estaba sujetando o simplemente aferrada a algo mientras todo lo demás se deshacía.

Cuando llegó al orgasmo lo sentí por dentro: un calor súbito, extraño, íntimo de una manera para la que no tenía palabras. Se quedó quieto encima de mí un instante. Luego se retiró despacio y rodó a un lado. El único sonido era nuestra respiración.

Pero yo no había terminado. Lo supe con la misma claridad con que había sabido todo lo demás esa tarde.

Me di vuelta, apoyé las rodillas en la cama y me incliné hacia adelante sin decir nada. Él entendió. Volvió a acercarse por detrás, las manos sujetando mis caderas, y esta vez fue distinto: más profundo, más directo, sin la lentitud del principio. Me aferré a la almohada. La sensación me vaciaba la cabeza de cualquier pensamiento que no fuera ese momento, ese cuerpo, ese ritmo que habíamos encontrado sin buscarlo.

Perdimos la noción del tiempo.

Fue el sonido de un auto estacionando en la calle lo que nos trajo de vuelta. Rodrigo se tensó.

—Puede ser mi vieja —dijo.

Nos vestimos en silencio y a los tropiezos, los dedos todavía torpes, la ropa mezclada en el piso. Me enganchó el cierre del jean a la primera. Él se puso la camiseta al revés y tuvo que darla vuelta. Hubiera sido gracioso en otras circunstancias. Recogí mis apuntes de la cama —aplastados, con una esquina doblada— y los metí en la mochila sin ordenarlos.

El auto resultó ser del vecino de enfrente.

Nos miramos y nos reímos, primero sin ganas, después de verdad. La tensión se rompió de golpe.

—Mejor que vaya yendo —dije.

—Sí —respondió. Una pausa. —¿Estás bien?

Lo pensé un segundo. No como cortesía, sino en serio.

—Sí —dije. Y era verdad.

***

Caminé a casa por la vereda de siempre, bajo el mismo sol de todos los días. Pero algo en la luz se sentía distinto, o quizás era yo la que miraba distinto. No lo sé. Una de esas cosas que no se pueden explicar del todo.

No había sido como en las películas. No hubo música ni cámara lenta ni ningún tipo de revelación solemne. Fue torpe en partes y urgente en otras, con un dolor que no esperaba y un placer que tampoco esperaba, y un chico que me preguntó dos veces si estaba bien.

Eso era lo que seguía dando vueltas en mi cabeza mientras caminaba: que me había preguntado.

Había cruzado algo. Lo sabía. Y no tenía ningún interés en cruzar de vuelta.

Esa noche revisé los apuntes arrugados sobre mi escritorio. Los ejercicios de álgebra seguían sin terminar. Entregamos el trabajo el viernes con tres preguntas sin resolver y una excusa que la profesora no cuestionó.

Con Rodrigo las cosas siguieron siendo normales. O casi normales. Había algo diferente en cómo nos saludábamos, una conciencia nueva que no era incómoda ni tampoco prometía nada. Solo estaba ahí, entre nosotros, como un secreto que los dos guardábamos sin haberlo acordado.

No volví a su casa para estudiar. No porque no quisiera, sino porque no hacía falta repetirlo para que hubiera valido la pena.

Tenía dieciocho años y acababa de aprender algo que ningún libro de texto podría haberme enseñado: que el cuerpo tiene su propia memoria, y que ciertas tardes quedan grabadas en la piel mucho después de que los cuadernos se cierran.

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Comentarios (7)

NatyRBsAs

que relato mas lindo... me llego al corazon y a otro lado tambien jajaja

SilviaFromRos

Ay, la primera vez siempre queda grabada para siempre. Me recordo tanto a mi primer verano de adolescente. Gracias por escribirlo con tanta delicadeza!

Fernandito99

Increible como con tan pocas palabras transmitis tanto. La parte de la cintura me mato

PrimeraLectora

Esperando la segunda parte!!! Por favor no lo dejes ahi

Marcos_ar

Buenisimo. Se hizo corto, queria mas :)

lector77

Muy bien narrado, se siente real. Eso es lo que distingue un buen relato de uno del monton

Luzdeluna_88

jajaja el libro de texto... me imagino la cara de los dos tratando de concentrarse antes. Tremendo final

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