La viajera madura que me enseñó en Kioto
El ventilador del cuarto de baño zumbaba en la oscuridad del hotel. Afuera, a través del cristal empañado por la calefacción, Kioto brillaba con una lluvia fina que convertía cada farola en un halo borroso. Desde la calle subía el ruido de los paraguas, el chapoteo de los pasos sobre el asfalto mojado, y de vez en cuando el tintineo de una bicicleta que alguien pedaleaba sin prisa bajo el aguacero.
Yo estaba tumbado en la cama con una yukata prestada por el hotel, mirando el techo. Sobre la mesilla descansaba un folleto de actividades turísticas que no había leído. La televisión emitía un programa de variedades con el volumen al mínimo, imágenes de concursantes riendo a cámara sin que yo entendiese nada de lo que decían.
Mi mente estaba en otra parte.
Concretamente, estaba en la habitación contigua a la mía, separada por una pared de pocos centímetros y por toda la distancia que yo mismo me había impuesto sin que nadie me lo pidiera.
Emi. Así se llamaba. Cuarenta y tantos años, pelo negro cortado por encima de los hombros, ojos oscuros que se achicaban cuando sonreía. Tez clara, casi traslúcida, sin una sola arruga visible pese a su edad. La había conocido en el vuelo desde Madrid, asiento contiguo, nueve horas de conversación que no habían tenido ningún punto muerto. Diseñadora. Española de padre y japonesa de madre. Conocía la ciudad como si llevara toda la vida viviendo en ella.
Habíamos decidido compartir el viaje por comodidad. Dos desconocidos con el mismo itinerario, la misma semana libre y una afinidad que ninguno de los dos supo explicar en ese momento. Reservamos habitaciones en el mismo hotel, contiguas, y desde el primer día ella se convirtió en la mejor guía que podría haber tenido.
El problema era yo.
Llevaba años construyendo una versión de mí mismo que no se parecía en nada a lo que pensaba. Por fuera: ordenado, correcto, respetuoso hasta el límite de lo absurdo. Por dentro: una acumulación de deseos que no sabía cómo manejar ni con quién dejarlos salir. A mis treinta y dos años podía contarme con los dedos de una mano las veces que había estado con alguien de verdad. No por falta de interés, sino por exceso de miedo. Miedo al rechazo, miedo a no estar a la altura, miedo a ese momento incómodo en el que los dos sabéis lo que queréis pero ninguno da el primer paso.
Con Emi todo era diferente y, al mismo tiempo, el miedo seguía siendo el mismo.
Ella no era como las mujeres que aparecían en los vídeos que me machacaba la polla viendo en la intimidad de mi casa, con sus escenas mecánicas y sus gemidos estudiados. Emi era real. Tomaba té verde por las mañanas antes de que yo terminara de despertarme. Discutía con los taxistas cuando intentaban cobrarle de más. Se reía de sus propios chistes antes de terminarlos. Y cuando caminaba por los pasillos del hotel, su yukata se ajustaba a la altura de las caderas de una manera que me obligaba a apretar los dientes para no mirarle el culo demasiado tiempo seguido.
Esa noche, mientras el programa de televisión seguía su curso mudo, llamaron a mi puerta.
***
Abrí esperando encontrar al personal del hotel con la compra de toallas que había solicitado. Era Emi.
Llevaba la yukata del hotel, igual que yo, y en las manos sostenía un mapa de papel desplegado a medias, de esos que reparten en los templos con rutas señalizadas a mano. Su pelo húmedo le caía sobre una oreja. Debía de acabar de salir de la ducha. La tela se le pegaba en un par de sitios y yo alcancé a ver que no llevaba nada debajo: la sombra oscura de un pezón marcándose bajo el algodón fino, y el pecho subiendo y bajando despacio a la altura de mis ojos.
—Quiero organizarme para mañana —dijo—. ¿Puedo pasar?
La habitación solo tenía una silla, frente al pequeño escritorio. Ella la ignoró y se sentó directamente en la cama, al borde, con las piernas cruzadas y el mapa extendido sobre el edredón. La yukata se le abrió unos centímetros por el muslo y ella no hizo nada por cerrarla. Yo me apoyé en el marco de la ventana y traté de prestar atención a lo que decía sobre los horarios de los santuarios.
No pude.
La observaba hablar. La forma en que señalaba los puntos del mapa con el dedo índice. La manera en que fruncía el ceño cuando encontraba algo que no encajaba en el recorrido. El ritmo de su voz, tranquilo, sin urgencia. Y cada vez que se inclinaba sobre el mapa, el escote de la yukata se abría un dedo más y me dejaba ver la curva blanca de un pecho que empezaba a hacerme sentir la polla contra la tela de mi propia yukata.
En un momento dado dejó de hablar.
—Oye. —Me miró directo a los ojos—. ¿Estás bien? Llevas todo el día como ausente.
—Estoy bien —mentí.
—No lo parece.
No supe qué responder. Me encogí de hombros con esa torpeza que me caracteriza cuando alguien me pilla en falta. Ella dobló el mapa despacio, lo dejó sobre la mesilla y se recostó boca arriba en la cama, con los brazos a los lados y los ojos en el techo. La yukata se le desajustó otro poco al tumbarse y una de las solapas se le deslizó hasta dejarle un pecho casi al descubierto, el pezón oscuro asomando por el borde de la tela.
—¿No te gusta mi compañía? —preguntó en voz baja. No era un reproche. Era una pregunta de verdad.
—Al contrario —dije—. Es que no sé muy bien cómo estar contigo.
Hubo un silencio. Luego ella giró la cabeza hacia donde yo seguía de pie junto a la ventana.
—Ven aquí —dijo.
***
Me acerqué a la cama y me tumbé a su lado, dejando espacio entre los dos. El edredón olía a jabón de hotel. La lluvia seguía golpeando el cristal. La televisión seguía emitiendo en voz baja.
Durante un rato ninguno de los dos dijo nada.
Entonces ella extendió la mano y buscó la mía sobre el edredón. Sus dedos rodearon los míos con una suavidad que no esperaba. No fue un gesto de urgencia ni de invitación explícita. Fue simplemente una mano que buscaba otra mano, y la otra mano que la dejaba encontrarla.
No sabía que el tacto pudiera hacer eso. No sabía que el simple contacto con otra persona pudiera encender algo que llevaba dormido tanto tiempo.
Me quedé inmóvil. Consciente de cada milímetro de sus dedos sobre los míos. Consciente de su respiración, que había cambiado ligeramente. Consciente de que debería decir algo, hacer algo, moverme de alguna manera, pero sin saber exactamente qué.
Fue ella la que se movió.
Sin aviso, sin preámbulo, se giró hacia mí y apoyó una mano en mi pecho. Acercó su cara a la mía despacio, dándome tiempo de sobra para apartarme si eso era lo que quería. No me aparté.
Sus labios tocaron los míos.
Un beso suave, sin prisa. Nada de lo que había imaginado que sería un beso con ella se parecía a esto, y esto era mejor que cualquier cosa que hubiera imaginado. Abrí la boca un poco. Sentí su lengua rozar la mía. El sabor era limpio, ligeramente dulce, y me produjo una sensación en el pecho que no tenía nombre.
Le puse una mano en la mejilla sin pensar. La piel era exactamente tan suave como había sospechado que sería. Ella hizo un pequeño sonido, casi imperceptible, contra mis labios. Su mano bajó de mi pecho al vientre, y de ahí al bulto que la yukata ya no podía disimular. Me apretó la polla por encima de la tela y noté cómo se le escapaba un suspiro dentro de mi boca.
—Estás durísimo —murmuró—. Y solo te he besado.
No supe qué contestar. Ella se rió bajito y volvió a besarme, esta vez más profundo, mordiéndome el labio inferior mientras seguía apretándome por encima de la yukata. Sentí la humedad de la punta filtrándose a través del algodón.
Después se separó y se dejó caer de espaldas otra vez.
Los dos nos quedamos mirando el techo durante unos segundos que parecieron mucho más largos.
—Ahí está —dijo ella en voz baja, con una sonrisa que yo noté sin necesidad de mirarla.
***
Esa noche no fue más lejos. Emi volvió a su habitación poco después, con el mapa bajo el brazo y la misma calma con la que había llegado. Antes de cerrar la puerta se dio la vuelta y me miró un momento.
—Mañana después del templo volvemos aquí —dijo—. Y te follo con calma. Piénsalo mientras caminamos.
Y se fue.
Me quedé en la cama sin moverme durante un buen rato. Mi cuerpo entero seguía acusando el efecto de aquellos minutos. Un beso, una mano encima de la tela, y yo tenía la polla latiéndome contra la yukata como si tuviera veinte años y no supiera qué hacer con ella. Me la saqué. La punta brillaba mojada, con un hilo de líquido preseminal colgando. Me la agarré y me la meneé despacio pensando en el pezón que le había visto asomar, en cómo me había apretado, en la palabra "follo" saliéndole de la boca como si nada. Me corrí en menos de un minuto, tapándome con la mano abierta para no manchar la sábana, y la corrida me chorreó entre los dedos caliente y espesa mientras yo intentaba no gemir demasiado alto contra la almohada.
¿Qué pensaría de mí si supiera que eso era casi todo lo que había tenido?
No encendí ningún vídeo esa noche. No hizo falta. Tenía el recuerdo de su sabor, el tacto de su mejilla, el pequeño sonido que había hecho contra mi boca, y la promesa de mañana dándome vueltas en la cabeza. Me quedé dormido con eso, y dormí mejor que en semanas.
***
El templo de Fushimi era todo lo que prometían las fotos: miles de torii naranjas alineados en fila, un pasillo que parecía no terminar nunca, silencio dentro y ruido de turistas en los bordes. Caminamos juntos sin hablar mucho. De vez en cuando ella señalaba algo, un detalle arquitectónico, una inscripción, el movimiento de un gato entre los postes de madera.
La luz de la mañana le iluminaba la cara de una manera que yo no pude ignorar.
Al mediodía comimos en un puesto pequeño cerca del santuario. Ramen caliente, los dos de pie, con los palillos y un poco de torpeza por mi parte. Ella me corrigió el agarre de los palillos sin burlarse, con paciencia. Sus dedos sobre los míos otra vez, aunque por un motivo distinto.
—¿Tienes novio? —pregunté sin mirarla, con los ojos en el cuenco.
—No desde hace dos años —respondió sin rodeos—. ¿Y tú?
—Tampoco.
—Bien. —Sopló su cuchara sin mirarme—. Porque esta tarde te quiero para mí sola.
No dijimos nada más sobre el tema. No hacía falta.
***
De vuelta al hotel, a media tarde, el pasillo olía a madera y a humedad de lluvia reciente. Emi no fue a su habitación. Entró directamente a la mía cuando abrí la puerta, como si fuera lo más natural del mundo, y yo cerré detrás de los dos sin preguntar nada.
Se quedó de pie junto a la ventana. Afuera el cielo había aclarado un poco y los tejados de la ciudad brillaban todavía mojados. Yo me quedé a un metro de ella sin saber exactamente qué hacer con las manos.
—Relájate —dijo.
—Lo intento.
Ella sonrió. Se acercó despacio y empezó por el cuello. Un beso suave en el lateral, justo debajo de la oreja. Sentí el contacto de sus labios como si me hubieran pasado una corriente por la columna. Mis manos encontraron sus caderas casi sin que yo lo decidiera, y noté el calor de su cuerpo a través de la tela fina de la yukata.
Esta vez no hubo prisa, pero sí intención.
Sus dedos me desataron el cinturón de la yukata con una lentitud deliberada, como quien desenvuelve algo que sabe que va a durar. La tela cayó a los lados y me quedé desnudo delante de ella, con la polla ya dura apuntándole al ombligo. Ella no la miró de golpe. Me miró primero a la cara, sonriendo, y después bajó los ojos despacio, como saboreando el camino.
—Vaya —dijo—. Sí que estabas guardando cosas.
Se soltó su propio cinturón. La yukata se le abrió sin caer del todo y me dejó ver una franja de piel clara desde el cuello hasta el vientre, los pechos pequeños y firmes con los pezones oscuros y ya duros, y una mata de pelo negro entre los muslos que no se había recortado del todo. Yo me quedé mirando como un idiota, con la polla goteándome sola sin que la tocara nadie.
—Ven —dijo, y tiró de mí hacia la cama.
***
Me tumbó boca arriba y se sentó a horcajadas sobre mis muslos sin llegar a apoyarse todavía en mi polla. Me pasó las manos por el pecho, bajando despacio hasta el ombligo, y ahí se detuvo. Agarró mi verga con las dos manos, una arriba y otra abajo, y se quedó mirándomela como si estuviera calculando algo.
—Mírate —murmuró—. Toda gorda por mí.
Empezó a menearla despacio, apretándome la base con una mano mientras con la otra me pasaba el pulgar por la punta, extendiendo la humedad que ya tenía por todo el glande. Cada vuelta de su muñeca me arrancaba un suspiro que yo intentaba tragarme sin conseguirlo. No había hecho esto nunca con nadie que supiera lo que hacía. Los cuatro polvos torpes de mi historia no me habían preparado para una mujer que me miraba la polla como si estuviera pensando en cómo comérsela.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Se bajó por mi cuerpo, se dejó caer entre mis piernas y me la lamió desde la base hasta la punta en un movimiento lento, largo, con la lengua plana y caliente. Se me escapó un gemido tan alto que ella se rió con la polla en la boca.
—Chssst —dijo levantando la cara un segundo—. Que las paredes son de papel.
—Perdón —conseguí decir.
—No pidas perdón. Pero aguanta.
Volvió a bajar. Esta vez se la metió entera hasta la mitad, cerró los labios y empezó a subir y bajar con un ritmo lento, casi cruel. Me miraba mientras lo hacía, con los ojos negros clavados en los míos, y cada vez que le tocaba la campanilla con la punta yo tenía que apretar las manos contra la sábana para no correrme en su boca en el primer minuto. Un hilo de saliva le colgaba de la comisura de los labios y le caía por la mano con la que me sujetaba la base.
—Emi —jadeé—, si sigues así me voy a correr.
Se sacó la polla de la boca despacio, con un beso mojado en la punta.
—Todavía no —dijo—. Quiero que me la metas primero.
Se subió otra vez a horcajadas sobre mí, se colocó la yukata a un lado y se agarró mi verga con una mano para dirigirla. Se restregó la punta contra el coño, arriba y abajo, mojándome con lo que ya tenía ella, y yo sentí el calor de su carne abierta contra mi glande y estuve a punto de correrme solo con eso. Cuando por fin se dejó caer, se me la tragó entera en un movimiento único, lento, y los dos gemimos a la vez.
—Joder —murmuró ella con los ojos cerrados—. Ya casi no me acordaba de esto.
Empezó a moverse encima de mí despacio, apoyándose con las dos manos en mi pecho. Subía casi hasta la punta y volvía a bajar hasta la base, y yo sentía cómo su coño me apretaba en cada bajada como si no quisiera soltarme. Le busqué los pechos con las manos, se los apreté sin saber muy bien cuánta fuerza estaba bien, y ella arqueó la espalda hacia atrás y me pidió más.
—Más fuerte —dijo—. No me vas a romper.
Le pellizqué los pezones con el pulgar y el índice como me pedía y ella gimió más fuerte, apretándome la polla por dentro con una contracción que me dejó ver estrellas. Aceleró el ritmo. Ahora se movía en círculos, restregándose el clítoris contra mi pubis en cada bajada, y yo notaba cómo se iba poniendo cada vez más resbaladiza a mi alrededor.
—Para —dijo en un momento, y yo paré de moverme de inmediato con la polla enterrada hasta el fondo dentro de ella.
—¿Estás bien?
—Estoy muy bien. —Me miró a los ojos, con el pelo revuelto y la cara roja—. Es que quiero mirarte un segundo.
Se quedó así, quieta encima de mí, con mi polla clavada dentro y su coño palpitando alrededor sin dejarme moverme. Notaba cada latido suyo contra mi verga. No supe qué decir a eso. Creo que me puse rojo. Ella se rió en voz baja, un sonido genuino, sin artificio, y volvió a moverse.
—Ponme boca abajo —me pidió después de un rato—. Quiero que me la metas por detrás.
La saqué de encima con cuidado, ella se puso a cuatro patas en el borde de la cama y arqueó la espalda para levantar el culo. Nunca había visto un cuerpo así desde ese ángulo. La mata de pelo negro entre los muslos, los labios del coño hinchados y brillantes de lo mojada que estaba, el otro agujero más pequeño y oscuro un poco más arriba. Me quedé unos segundos mirando sin moverme.
—Métemela —susurró mirándome por encima del hombro—. Ya.
Me coloqué detrás y le apoyé la punta en la entrada del coño. Ella empujó el culo hacia atrás y se me la tragó entera de una sola vez. El gemido que se le escapó salió amortiguado contra la almohada, pero yo lo oí clarísimo. Empecé a moverme, primero despacio, agarrándola de las caderas, y ella empezó a empujar contra mí en el mismo ritmo. La piel chocaba contra la piel con un sonido húmedo cada vez que la penetraba hasta el fondo.
—Más fuerte —volvió a pedir—. Fóllame más fuerte.
Le clavé los dedos en las caderas y empecé a embestirla con todas mis fuerzas. Cada golpe le sacudía el cuerpo entero. Los pechos le rebotaban debajo, el culo me chocaba contra las ingles, y yo sentía cómo se iba poniendo cada vez más apretada, cada vez más caliente. Ella se llevó una mano al coño mientras yo la seguía embistiendo y empezó a frotarse el clítoris con dos dedos.
—Me voy a correr —gimió—. No pares, no pares, no pares...
Aceleré. Ella dejó de moverse y se quedó rígida un segundo, con la boca abierta contra la almohada, y de repente se le contrajo el coño alrededor de mi polla con una fuerza que casi me hizo perder el control ahí mismo. Se corrió gimiendo mi nombre entre dientes, apretándome dentro con espasmos que la sacudían de arriba abajo, y yo tuve que salir de golpe para no correrme a la vez.
—Ven aquí —jadeó dándose la vuelta y sentándose en el borde de la cama—. Termina en mi boca.
Se agarró mi polla mojada de sus jugos, me la metió en la boca hasta el fondo y empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás mientras se la meneaba con la mano. Me duró tres segundos. Le agarré la cabeza sin apretar, le solté un gruñido que me subió del vientre y me corrí en su boca en varios chorros calientes, uno tras otro, sin poder controlar los espasmos de las caderas. Ella no se apartó. Se lo tragó todo con los ojos cerrados, chupando la punta hasta la última gota, y cuando sacó la polla de su boca todavía le colgaba un hilo blanco del labio inferior que se limpió con el pulgar y se metió en la boca sin apartar la mirada de la mía.
—Rico —dijo.
Nos quedamos quietos, uno al lado del otro, escuchando la lluvia que había vuelto a empezar afuera. La habitación estaba en penumbra. Ninguno de los dos tenía ganas de moverse. Yo tenía la polla todavía palpitando contra el muslo, mojada de saliva y de ella, y no me acordaba de la última vez que me había sentido así de vaciado.
Al cabo de un rato, Emi habló.
—No eres como los que me he encontrado últimamente.
—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque tenía miedo de la respuesta.
—A que te importa lo que le pasa al otro. —Hizo una pausa—. Eso es más raro de lo que debería ser.
—Yo también pensaba solo en lo mío —confesé—. Que conste.
Ella se rió otra vez. Esta vez más fuerte.
—Ya lo sé —dijo—. Pero aun así.
Me miró un momento más, se pasó la lengua por el labio inferior y añadió:
—Descansa un rato. Dentro de media hora te la vuelvo a chupar.
***
Quedaban cuatro días de viaje.
No volvimos a dormir en habitaciones separadas. No volvimos a hablar de lo que era aquello ni de lo que significaba. Solo existía la ciudad afuera y la habitación adentro, y los ratos en que el uno y el otro decidían que ya habían visto suficientes templos por ese día y volvíamos al hotel a follar hasta que se nos iba la tarde.
Ella me enseñó cosas que no estaban en ninguna guía de viaje: a comerle el coño despacio hasta que se corría contra mi cara, a dejar que me montara al revés para poder mirarle el culo mientras se movía encima, a metérsela por detrás con un dedo en el otro agujero mientras ella se frotaba sola, a correrme en sus tetas y verla repartírselo con los dedos sin dejar de sonreírme. Yo le di algo que no supe identificar hasta el vuelo de vuelta, cuando me preguntó qué había sido lo mejor del viaje y respondí su nombre sin pensar.
Emi se quedó callada un momento. Luego apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos.
No dijo nada más en todo el vuelo.
No hacía falta.