La virgen que me llamó antes de irse
Cuando lo mío con Sandra terminó, estuve solo casi un mes. No fue un mes fácil, pero tampoco fue eterno. Fue en una cena en casa de unos amigos donde conocí a Valeria. Llegó tarde, con una amiga, y se sentó justo al otro lado de la mesa.
Tenía veintidós años y una presencia que te detenía en seco. Delgada, piel morena clara, caderas anchas que contrastaban con una cintura estrecha. Sus pechos eran pequeños, pero la forma en que llevaba su cuerpo resultaba difícil de ignorar. Cuando se reía, echaba la cabeza levemente hacia atrás y cerraba los ojos un instante. Desde esa primera noche supe que quería estar con ella.
No tardamos en empezar a vernos. Me lo dijo pronto, sin rodeos: era virgen y no tenía intención de cambiar eso por cualquiera. Lo entendí. O me esforcé en entenderlo. Nos besábamos, nos tocábamos, yo la acariciaba por encima de la ropa y ella respondía con una intensidad que me costaba creer que fuera su primera vez haciendo incluso eso. Le gustaba que la abrazara con fuerza, que la besara en el cuello, que le pasara las manos por la espalda y las caderas. Pero hasta ahí llegaba todo.
Pasaron dos meses y yo empecé a acusar el desgaste. No la presionaba, no iba por ese camino, pero sí dejaba ver que lo que teníamos me parecía incompleto. Un día ella me llamó y me dijo, con una calma que me desconcertó, que todavía no estaba lista. Que quizá no lo estaría pronto. Que si eso era un problema para mí, era mejor dejarlo.
No lo fue fácil admitirlo, pero tenía razón. Dejamos de vernos.
***
Tres semanas después, sonó mi teléfono con un número que no reconocí. Era Valeria.
—¿Estás en casa? —preguntó.
—Sí.
—¿Solo?
—Sí —respondí, sin entender nada todavía—. ¿Qué pasa?
—¿Puedo ir a verte?
Le dije que sí antes de pensar si era buena idea.
Llegó media hora después. Llevaba un vestido floreado que le quedaba por encima de las rodillas, ajustado en las caderas, con un escote amplio que dejaba ver los hombros. Se había recogido el pelo. La invité a pasar y nos sentamos en el sofá del salón. Puse dos vasos de agua en la mesa. Ninguno de los dos los tocó.
No habló enseguida. Se quedó mirando sus manos un momento, como si estuviera ordenando las palabras en silencio. Luego levantó la vista y me miró directamente.
—He estado pensando mucho estas semanas —dijo—. En ti, en nosotros, en por qué lo dejamos.
—Valeria…
—Déjame terminar. —Tomó aire—. Desde que te conocí eres la primera persona que me ha hecho sentir así. No me presionaste nunca. No te pusiste pesado. Y eso me importó más de lo que pensaba. Hay algo que nunca le he dado a nadie. Y quiero dártelo a ti. Aunque ya no seamos nada. Eso lo tengo claro.
Tardé un segundo en procesar lo que me estaba diciendo. Cuando lo hice, sentí algo en el pecho que no era exactamente euforia. Era algo más serio que eso, más parecido a la responsabilidad.
—¿Estás segura? —pregunté.
—Sí. —Hizo una pausa—. Mañana me voy a Guadalajara. Me ofrecieron trabajo allá y también voy a estudiar. Puede que tarde mucho en volver. No quería irme sin hacer esto.
La miré de verdad por primera vez desde que había llegado. El vestido floreado le dejaba ver los hombros, y la luz de la tarde entraba por la ventana y le daba a su piel ese tono cálido que yo recordaba bien. Sus caderas, la curva suave desde la cintura, los muslos que asomaban cuando cruzó las piernas. No me había olvidado de nada.
No sé cuál de los dos se movió primero. Solo sé que de repente ella estaba cerca y yo incliné la cabeza hacia ella y nos besamos. Despacio al principio. Sus labios eran suaves y los abrió sin precipitarse, como queriendo saborear cada segundo. Puse una mano en su cintura. Ella me puso la suya en el pecho. Seguimos así un rato, sentados en el sofá, hasta que el beso dejó de ser despacio.
***
La tomé de la mano y la llevé a mi habitación. Cerré la puerta. La luz que entraba por la persiana entreabierta le cruzaba la cara en franjas de sombra y claridad.
Me quitó la camiseta con una calma que me sorprendió. Pasó las manos por mi pecho, mis hombros, como aprendiendo la forma. Me miró a los ojos.
—Nunca había hecho esto —dijo, en voz baja. No como disculpa. Como un hecho que quería dejar claro.
—Lo sé —le dije.
Le bajé la cremallera del vestido despacio, con cuidado. El tejido cayó al suelo sin hacer ruido. Tenía un sujetador negro sencillo y una braga que hacía juego. Me alejé un paso para mirarla bien, sin prisa.
Era exactamente como la había imaginado, y sin embargo nada se parecía del todo a lo que había pensado. La realidad siempre tiene un detalle que la imaginación no alcanza. En ella era la forma en que respiraba, los hombros un poco tensos, la manera en que me sostenía la mirada sin apartarla.
Le desabroché el sujetador con cuidado. Lo dejé caer. Puse las manos en sus caderas y la acerqué hacia mí. Ella soltó el aire que había estado reteniendo, un suspiro breve y contenido. Empecé a besarle el cuello, después los hombros, después los pechos, sin apresuramiento. Ella cerró los ojos. Sus manos me rodearon la espalda.
Me bajó el pantalón. Cuando llegó al bóxer hizo una pausa, mirando mi erección evidente por encima de la tela. Me lo bajó también, despacio.
—¿Puedo tocarlo? —preguntó.
—Sí.
Lo hizo con cuidado, rodeándolo con la mano, calibrando el peso, la temperatura. Me miró.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Mucho —le dije.
Se arrodilló. Lo que siguió fue inexperto y torpe y absolutamente perfecto. Chupó la punta, titubeó, ajustó el ángulo, volvió a intentarlo. No sabía exactamente cómo hacerlo y ese no saber tenía su propio tipo de carga. Le puse la mano en el pelo sin presionar. Después de un rato la levanté con suavidad, porque si seguía así no iba a aguantar.
La acosté en la cama. Le quité la braga. Me detuve un momento mirándola: sus piernas levemente dobladas, la piel morena contra la sábana blanca, el pecho moviéndose al ritmo de su respiración.
—¿Estás bien? —pregunté.
Asintió con la cabeza. Sus ojos estaban abiertos y me miraban sin miedo, solo con una cierta seriedad concentrada.
Me coloqué entre sus piernas. La toqué primero con los dedos, despacio, queriendo asegurarme de que estaba lista antes de seguir. Estaba húmeda. Le separé las piernas un poco más y me acerqué a su entrada.
Busqué su cara antes de moverme.
Sus ojos seguían abiertos. Me miraban.
Empujé despacio. Ella tensó los hombros y apretó los labios. Seguí con cuidado, deteniéndome cada vez que la sentía cerrarse, dándole tiempo. Le acaricié la cadera con el pulgar.
—Respira —le dije.
Tomó aire. Yo avancé un poco más. Hubo un momento en que noté que algo cedía, una resistencia que desaparecía, y ella apretó los ojos con fuerza. Una lágrima le corrió por la sien y se perdió entre el pelo.
—¿Bien? —pregunté, sin moverme todavía.
—Sí —dijo. La voz era firme.
Empecé a moverme despacio. Ella tenía las piernas apretadas contra mis caderas, los pies cruzados en mi espalda, como buscando anclarse. Poco a poco la tensión de su cuerpo fue cambiando. Los hombros se relajaron. La respiración se hizo más larga y profunda. Empezó a moverse conmigo, sin mucha confianza todavía pero con intención, con ganas de estar ahí.
No iba a durar mucho y lo sabía.
Era demasiado: la novedad de ella, el calor, la forma en que me miraba a ratos y luego cerraba los ojos y arqueaba un poco el cuello. En pocos minutos sentí que no podía aguantar más. Me corrí dentro de ella con un espasmo que me recorrió entero, largo y sostenido.
Me quedé encima de ella un momento, apoyado en los codos para no cargarle el peso. Después me aparté y me tumbé a su lado. Ella se giró y apoyó la cabeza en mi pecho. No dijimos nada durante un rato. Escuché cómo se normalizaba su respiración.
Cuando se levantó para vestirse, lo hizo con calma. No había prisa. Me puse los pantalones y la acompañé hasta la puerta. Nos abrazamos largo, los dos callados. Le pregunté si quería que la llevara a su casa.
—Sí —dijo.
La llevé. No hablamos mucho en el coche. Había un silencio entre nosotros que no era incómodo, más bien todo lo contrario: era el silencio de algo que había quedado completo. En la puerta de su edificio me dio un beso en la mejilla y se separó.
—Cuídate —dijo.
—Tú también —respondí.
La vi entrar. Esperé hasta que desapareció por el ascensor.
Cuando volví a casa recogí la ropa del suelo y quité las sábanas. Al doblarlas encontré una pequeña mancha oscura en la tela, y junto a ella, algo tan pequeño que casi no lo vi: una membrana delgada y traslúcida, apenas perceptible.
La guardé en un cajón.
No sé bien por qué. Supongo que hay cosas que no se tiran sin más.