Mi primera vez fue en una obra, bajo la lluvia
Me llamo Valeria. Tengo veinticuatro años ahora, pero la historia que voy a contar ocurrió cuando tenía dieciocho recién cumplidos. La recuerdo porque no se parece a ninguna otra cosa que me haya pasado, y porque lo que empezó esa noche no terminó con ella.
En aquel entonces era delgada, de piel clara y cabello castaño hasta los hombros. Tenía una cara que la gente describía como tierna, casi infantil, lo que me provocaba una mezcla de orgullo y frustración. Me gustaba arreglarme: labial rojo, aretes largos, ropa ajustada que marcara la figura que había construido a base de rutinas de ejercicio. No era solo vanidad. Era la certeza de que mi cuerpo podía hacer que los hombres voltearan, y esa sensación me gustaba más de lo que me atrevía a admitir.
Vivía con mi madre en Toluca. Ella trabajaba turnos largos como enfermera y a veces hacía horario nocturno, así que pasaba muchas noches sola en casa. Había terminado la preparatoria ese año y todavía no tenía claro qué seguiría. Lo que sí tenía claro era que quería dejar de ser virgen.
No era una urgencia romántica. Era algo más concreto y menos elegante: quería saber cómo se sentía. Me había imaginado mil veces a un hombre encima de mí, sin delicadeza, sin flores, sin promesas. La fantasía que me visitaba con más frecuencia era específica: un hombre mayor, de trabajo rudo, en un lugar sucio y oscuro. Lo había pensado tanto que casi se me antojaba algo merecido.
***
El viernes que todo ocurrió, mi amiga Daniela cumplía dieciocho. Organizó una reunión pequeña en el patio de su casa, solo sus amigas más cercanas. Su madre estuvo de acuerdo con la condición de que la fiesta fuera ahí mismo, sin hombres y con la puerta cerrada a buena hora.
Mi madre me llevó hasta la casa de Daniela antes de irse a su turno. Me dijo que regresara antes de las nueve. Le prometí que sí.
Estuvimos horas escuchando música, tomando tequila con refresco de toronja, fumando algún cigarro y hablando de todo y de nada. Fue una noche simple y feliz. Cuando las demás empezaron a irse, yo seguí ahí. Eran las once y media cuando me despedí de Daniela. Ella me ofreció llamar a un taxi. Le dije que no era necesario, que vivía cerca.
Cometí el error que cometen las chicas de dieciocho años que creen que nada malo puede pasarles: me fui sola.
***
La calle que conectaba el fraccionamiento de Daniela con el mío no estaba asfaltada. Era larga y oscura, con terrenos baldíos a los costados y pocas casas dispersas. El alumbrado público funcionaba solo a ratos. Esa noche no funcionaba casi nada.
Cuando empezó a llover, ya llevaba diez minutos caminando. El frío fue inmediato. Llevaba una blusa de tirantes y unos jeans muy ajustados que pronto se pegaron a mi piel como una segunda capa, marcando cada curva. Los tacones se me enterraban en la tierra blanda. Caminé pegada a las bardas para no perder el equilibrio.
Fue entonces cuando vi la obra.
Era una construcción a medio terminar, con varillas de acero sobresaliendo del techo sin acabar, costales de arena apilados en la entrada y vigas de madera cruzadas en el interior. Una luz amarilla débil venía de adentro. Y recostado contra la barda exterior, con los brazos cruzados y la mirada fija en mí, había un hombre.
Tendría cuarenta años. Alto, con barba de varios días y ropa de trabajo empolvada de cemento. Me miró sin disimulo, de arriba abajo, con esa calma que tienen los hombres que no se molestan en fingir que no están mirando.
—Qué noche para andar sola —dijo.
No respondí. Aceleré el paso. Pero el alcohol me pesaba en las piernas y la lluvia me golpeaba la cara, y algo dentro de mí me detuvo antes de dejarlo atrás. Me paré. Me giré lentamente.
Él seguía mirándome. No se había movido.
No sé exactamente qué me pasó en ese momento. Sí lo sé, en realidad, pero cuesta decirlo sin sonar a excusa: sentí exactamente lo que siempre había imaginado. La oscuridad, la lluvia, el barro, ese hombre rudo que me miraba como si me conociera de antes. Todo encajó de golpe con la fantasía que había cargado durante años. El corazón me latió fuerte. Las manos me temblaron un poco.
Caminé hacia él.
***
Me acerqué despacio, sintiendo cómo la ropa empapada se me ceñía al cuerpo con cada paso. Él no dijo nada cuando me paré frente a él. Puse mi mano en su pecho y sentí los músculos debajo de la tela húmeda. Luego bajé la mano.
—¿Me lleva adentro? —le dije. La voz me salió más pequeña de lo que quería.
Me tomó del brazo y me guió hacia el interior de la construcción.
Adentro olía a tierra mojada, cemento y tabaco. La lluvia golpeaba el techo incompleto en algunos puntos y el agua caía en hilo fino sobre el concreto. Hacia el fondo había un catre cubierto con cobijas viejas, una linterna encendida sobre una caja de herramientas y un cenicero lleno. Era exactamente el lugar que había imaginado en mis noches de insomnio.
Él se paró frente a mí y me miró sin apuro. Me puse nerviosa de verdad entonces. El corazón me latía rápido y la respiración se me cortaba en pequeños sacudones que no podía controlar.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó.
—Dieciocho —dije—. Los cumplí el mes pasado.
Asintió despacio. Luego se acercó y me besó. Olía a tabaco y a trabajo, y su boca era brusca, sin ceremonias. Me tomó del cabello con una mano y con la otra me apretó la cintura. Yo me aferré a su camisa.
—Nunca lo hice —le dije cuando se separó un momento.
Me miró fijo. No con ternura, pero tampoco con indiferencia.
—¿Quieres parar? —preguntó.
—No —respondí.
Y eso fue suficiente para los dos.
***
Me quitó la blusa despacio, más despacio de lo que esperaba. Luego el sostén. Me miró los senos un momento antes de tocarlos, como si estuviera decidiendo algo. Cuando lo hizo, sus manos eran callosas y ásperas contra mi piel, y ese contraste encendió algo en mí que no había sentido antes.
Me empujó con suavidad sobre el catre. La colchoneta era delgada y olía a humedad. Él se quitó la camisa mientras yo lo miraba. Tenía el pecho ancho, vello oscuro, cicatrices de trabajo rudo. No era el cuerpo de ninguno de los chicos que conocía en la escuela ni en el barrio.
—Quítate todo —me dijo.
Obedecí.
Se arrodilló frente a mí y me besó el cuello, la clavícula, los senos. Luego bajó. Sentí su boca entre mis piernas y me quedé sin aire. Era la primera vez que alguien me tocaba así. No sabía que podía sentirse tan directo, tan concreto, sin nada de distancia entre mi cuerpo y lo que mi cuerpo sentía. Solté un gemido y me tapé la boca con el dorso de la mano.
Después me tomó del cabello y me guió. Abrí la boca. Nunca había hecho eso tampoco. Él me indicó con las manos qué hacer y yo aprendí rápido, concentrada en cada detalle, en cada cambio en su respiración. Me jaló del cabello cuando aceleré el ritmo y escuché cómo su aliento se hacía más pesado y entrecortado.
***
Cuando me tumbó boca arriba y se colocó encima de mí, lo detuve un segundo con la mano en su pecho.
—Va a doler —le dije.
—Sí —dijo. Sin rodeos.
Lo miré a los ojos y moví la mano.
Dolió. Fue un dolor agudo y limpio que me atravesó de golpe, y solté un grito que me sorprendió a mí misma. Él se detuvo un segundo. Le puse las manos en la espalda para que continuara.
Comenzó despacio. Luego el ritmo fue cambiando, haciéndose más profundo, más pesado. El dolor no desapareció del todo, pero se fue mezclando con otra cosa: una presión cálida y densa que me llenaba de adentro hacia afuera. Sentí lágrimas en mis mejillas y ni siquiera supe si eran de dolor o de otra cosa.
Él me miraba mientras lo hacía. Sin ternura en los ojos, pero con una atención total que me hizo sentir más vista que en mucho tiempo. Me sostuvo de las caderas con fuerza. Yo arqueé la espalda y apoyé los pies en el catre.
Cuando llegué al orgasmo, no lo reconocí de inmediato. Fue como caer desde adentro: un desplome lento y después una sacudida que me dejó sin palabras. Las piernas me temblaron y tuve que aferrarme a sus brazos para no perderme del todo.
—Así —dijo él, mirándome—. Así es.
Siguió unos minutos más. Cuando terminó, lo hizo con un gemido grave y profundo, y cayó su peso sobre mí unos segundos antes de separarse.
***
Pensé que todo había terminado. Me quedé quieta sobre el catre, con la lluvia sonando afuera y el cuerpo todavía temblando. Había sangre en la colchoneta. La miré sin horror. Era la prueba de algo que había elegido.
Pero él no había terminado.
Sentí su mano en mi cadera, girándome con firmeza. Me puse boca abajo sin entender del todo qué venía. Luego lo entendí cuando sentí la punta de su verga presionando mi ano.
—Espera —dije.
—Tú déjate llevar. Si no aguantas, me dices y paro.
Me quedé callada unos segundos. El miedo estaba ahí, pero la curiosidad era más grande. Quería saber todo lo que ese cuerpo podía sentir. Me aferré al borde del catre y cerré los ojos.
El dolor al entrar fue distinto al de antes: más agudo, más concentrado, como una apertura forzada que me hizo tensarme entera. Respiré despacio y fui cediendo, centímetro a centímetro, hasta que el ardor empezó a mezclarse con otra sensación que no tenía nombre claro. No era placer exactamente, o no todavía, pero tampoco era solo dolor.
Comenzó despacio y fue aumentando el ritmo. Con cada empuje el ardor era diferente, más difuso, y mi cuerpo iba cediendo sin que yo lo decidiera. El colchón raspaba mi piel. La linterna proyectaba sombras alargadas en las paredes de concreto. Afuera seguía lloviendo. Yo mordí la cobija vieja para no gritar.
Cuando terminó por segunda vez, permaneció dentro de mí unos segundos sin moverse. Luego se retiró en silencio.
***
No nos dijimos casi nada después. Él se vistió rápido, sin ceremonia. Yo me quedé quieta sobre el catre un momento, tomando aire, dejando que el cuerpo volviera a ser mío. Me sentía extraña de una forma que no tenía nombre, ni buena ni mala, solo completamente distinta a como me había sentido esa mañana.
Me alcanzó la blusa sin comentarios y me ayudó a encontrar la ropa en la penumbra. Cuando me estaba abrochando los jeans, me preguntó si vivía cerca.
—A diez minutos —dije.
—¿Puedes llegar sola?
—Sí.
Me miró un segundo más, asintió y volvió a sus cosas. Salí de la obra con los tacones en la mano y el barro entre los dedos de los pies. La lluvia había bajado a una llovizna fina que casi no se sentía.
***
Llegué a casa pasada la medianoche. Aseguré la puerta, subí las escaleras despacio y me encerré en el baño.
Me miré en el espejo. Tenía el cabello pegado a la cara, el rímel corrido, un moretón pequeño en el cuello. Tenía dieciocho años y ya no era virgen, y eso era exactamente lo que había buscado.
Me duché con agua caliente hasta que el agua empezó a enfriarse. Cuando salí, me envolví en la toalla y me senté en el borde de la cama. Mi teléfono tenía tres llamadas perdidas de mi madre.
La llamé. Le dije que había perdido la noción del tiempo en casa de Daniela, que ya estaba en casa, que me dolía un poco la cabeza del tequila. Ella me regañó en voz baja para no despertar a mi abuela. Le prometí que no volvería a llegar tan tarde. Colgué antes de que el silencio nos delatara.
Me acosté en la oscuridad.
No me arrepentí esa noche. Tampoco me arrepentí después. Lo que sentí fue algo más extraño y más tranquilo: la certeza de haber cruzado una línea que había estado esperando cruzar, y de que del otro lado era exactamente como me lo había imaginado. Solo más real. Solo más mío.
Valeria.