Mi primera vez fue con el vecino de enfrente
La posada de los Salcedo era el evento del año en nuestro barrio. Cada diciembre, esa familia abría las puertas de su casa enorme a todo el vecindario, y nadie —absolutamente nadie— se atrevía a faltar. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos, y ese año fui con una agenda que no compartí con nadie.
Esa tarde llevaba puesta una falda que me quedaba a mitad del muslo y un suéter que se ajustaba más de lo que mi madre hubiera aprobado. Me miré en el espejo antes de bajar y pensé que me veía bien. O eso quería creer. La verdad es que mi cabeza estaba en otro lado: en Rodrigo, en el plan que habíamos acordado sin decirlo en voz alta, en ese regalo que llevaba semanas prometiéndome a mí misma que le daría esa noche. Mi coño, para ser exacta. Esa noche pensaba abrirle las piernas por primera vez y dejar que me follara hasta romperme por dentro.
—¡Valentina, ya nos vamos! —gritó mi madre desde el pie de las escaleras.
Tomé el abrigo y bajé.
***
El Sr. Salcedo nos recibió en la puerta. Estrechó la mano de mi padre y besó a mi madre en ambas mejillas. Cuando se giró hacia mí, algo en su expresión cambió: no fue inmediato, sino gradual, como el filo de algo que va apareciendo despacio. Me saludó, me besó en la mejilla, y en el instante en que mis padres se volvieron hacia la Sra. Salcedo, su mano se deslizó hasta mi cadera y apretó con la confianza de alguien que no espera resistencia.
Me aparté sin hacer ruido, sin escena. Sonreí y seguí caminando.
Después, cuando se ofreció a traernos bebidas y me pidió que lo acompañara a buscarlas, ya supe adónde llevaba eso. Me condujo a una sala lateral, cerró la puerta y fue directo al asunto: me arrinconó contra el aparador, me metió una mano por debajo de la falda y me apretó el culo por encima de las bragas mientras con la otra intentaba encontrarme una teta bajo el suéter. Su boca me buscó el cuello y me habló al oído con esa voz gruesa que se pone la gente cuando se cree con derecho: que me había visto crecer, que sabía cómo me miraban los hombres, que él me iba a enseñar a chuparla, que quería ver cómo se me pintaban los labios con su leche. Le dije que no. Insistió, empujó su bulto contra mi cadera para que sintiera lo dura que la tenía. Alguien entró por la puerta en ese momento y aproveché el segundo de distracción para salir.
Fui directo a la cocina y serví vodka con mano temblorosa.
***
Rodrigo no llegó. Su madre me mandó un mensaje escueto: emergencia familiar, abuela enferma, no sabían cuándo volvían. Me quedé mirando la pantalla durante un momento absurdamente largo, como si esperara que las letras cambiaran de significado.
La fiesta ya me había dado suficiente como para querer marcharme, pero el vodka había instalado en mi cabeza un zumbido amable que lo hacía todo más tolerable. Me dejé llevar de conversación en conversación, de habitación en habitación, sin prestar atención a nada en particular.
Fue entonces cuando vi a don Alberto.
Él vivía al otro lado de la calle desde siempre. Era el padrino de Rodrigo y era uno de esos hombres que llenan el espacio sin esfuerzo: grande, tranquilo, con ese tipo de seguridad que no necesita demostrarse. Le calculaba unos cincuenta años, aunque nunca lo pregunté. Tenía las manos grandes y el pelo entrecano, y cuando hablaba contigo lo hacía como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Valentina —dijo al verme—. ¿Cómo estás?
—Aquí —respondí, levantando el vaso—. Sobreviviendo.
Soltó una carcajada breve y se sirvió algo de la barra improvisada.
—Rodrigo no pudo venir —me dijo—. Ya sabrás.
—Me avisaron.
Charlamos un rato. Con Alberto siempre era fácil hablar: me escuchaba como si lo que yo decía importara, sin ese tono condescendiente que usaban muchos adultos cuando le hablaban a una chica de mi edad. Fue mi madre quien arruinó el momento: apareció con su mirada de halcón, me quitó el vaso de la mano sin mucha ceremonia y me anunció que nos quedábamos dos horas más.
Le dije que me iba sola a casa de una amiga.
—No puedo llevarte, he bebido —dijo—. Y no es buena idea que andes sola a estas horas.
Me giré y salí de la cocina antes de que terminara la frase.
***
Tomé mi abrigo, me despedí de mi madre con dos palabras y crucé hacia la puerta. Vi, de reojo, la mano del Sr. Salcedo posada en la espalda baja de mi madre con una familiaridad que no debería haber estado ahí. No dije nada. Salí.
El frío de la calle fue un alivio. El sonido de mis tacones sobre el pavimento tenía algo de terapéutico. Caminé sin apurarme, sintiendo el balanceo de mi cuerpo, la forma en que los músculos de mis pantorrillas trabajaban con cada paso. Había algo en moverse así, sola y de noche, que se sentía extrañamente mío.
—¡Valentina!
Me detuve. Alberto caminaba hacia mí desde la entrada de la casa, con el abrigo puesto a medias y el aliento humeando en el aire frío.
—¿Adónde vas? —preguntó cuando llegó a mi altura.
—A casa.
—¿Sola?
—No es lejos.
Caminamos juntos sin haberlo acordado. La conversación fluyó de la misma manera fácil de siempre, y cuando llegamos al cruce entre su calle y la mía, fue él quien dijo:
—¿Quieres pasar un momento? Tengo whisky decente y no hay nadie esperándome.
Dudé un segundo. No más que eso.
—Está bien —dije.
***
Su casa era más cálida de lo que recordaba. Me quité el abrigo, me hundí en el sofá y acepté el vaso que me tendió sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo. Puso música a volumen bajo, se sentó a mi lado y retomamos la conversación donde la habíamos dejado.
En algún momento le conté lo del Sr. Salcedo. No sé exactamente cómo salió el tema, si fue el whisky o simplemente la confianza, pero se lo conté todo: cómo me había metido la mano bajo la falda, cómo me había apretado el culo, las guarradas que me había susurrado al oído sobre mamársela y tragarle la corrida. Mientras hablaba, vi que Alberto tensaba la mandíbula.
—Ese hijo de puta lleva años haciendo eso —dijo, en voz baja.
—¿Lo sabías?
—Lo imaginaba.
Hubo un silencio. Yo sentía el whisky calentarme por dentro, y la tensión del relato aflojándose al haberlo dicho en voz alta.
—¿Y a ti cómo te dejó? —preguntó entonces.
—Asqueada. Y también... —busqué la palabra—. Asqueada es suficiente.
—El cuerpo a veces reacciona aunque la cabeza diga que no —dijo Alberto despacio—. No significa nada malo.
—Eso es exactamente lo que pasó —admití, sin saber bien por qué se lo estaba contando—. Se me pusieron los pezones duros como piedras y me quedaron las bragas mojadas. Y me resultó muy confuso.
Su mano estaba sobre el cojín entre nosotros. No sobre mí. Solo ahí, como un hecho sin intención todavía. Nos miramos. No hubo una señal clara, o quizás sí y yo simplemente no la identifiqué como tal hasta que ya había pasado.
Su mano se movió hacia mi rodilla, despacio, sin disimulo pero sin brusquedad. El calor de su palma atravesó la tela de mis medias.
—Esto tampoco está bien —dije.
—No —admitió—. No lo está.
Pero no retiró la mano, y yo no pedí que lo hiciera.
***
Lo que ocurrió después no fue arrebatado ni torpe. Fue lento, construido en capas. Su mano subió por mi muslo sin prisa, deteniéndose cada tanto, como dándome tiempo de decidir. Lo que yo hice fue apartar los cojines que nos separaban.
Me tocó el pelo. Me miró durante un momento sin hacer nada más. Después se inclinó y me besó, y yo lo recibí con una mezcla de nerviosismo y algo que no era exactamente sorpresa: era reconocimiento. Como si alguna parte de mí ya supiera que la noche iba en esa dirección. Su lengua me abrió la boca sin pedir permiso y jugó con la mía despacio, con un hambre paciente que me hizo apretar los muslos.
Sus manos conocían lo que hacían. Encontraron mis tetas sin apresurarse, las amasaron por encima del suéter antes de deslizarse por debajo, apartaron las copas del sujetador y me pellizcaron los pezones entre el pulgar y el índice hasta que se me escapó un gemido contra su boca. No había en sus movimientos la urgencia torpe de los chicos de mi edad, esa prisa que convierte el deseo en accidente. Alberto tomaba el tiempo como si fuera suyo, y de alguna manera eso hacía que también fuera mío.
Me recosté en el sofá. Él se movió a mi lado y sus dedos trazaron el contorno de mis muslos hasta el borde de la falda, y luego más allá. Cuando los sentí contra mi ropa interior, ahogué un sonido que no había planeado hacer. Empujó el algodón a un lado y pasó un dedo grueso entre los labios de mi coño, arriba y abajo, muy despacio, sin meterlo todavía. Estaba empapada. Podía oír el ruido pegajoso que hacían sus dedos moviéndose ahí.
—Estás chorreando —murmuró, no como pregunta.
—Sí —dije, porque era verdad y ya no había razón para disimularlo.
Metió un dedo dentro de mí, hasta el fondo, y lo curvó buscando algo que yo no sabía que existía. Cuando lo encontró, arqueé la espalda del sofá. Añadió un segundo dedo y empezó a follarme la concha con la mano, despacio al principio, después más rápido, mientras con el pulgar me trazaba círculos sobre el clítoris. Yo abrí las piernas todo lo que pude y le agarré la muñeca no para pararlo, sino para hundírmela más.
—Así, buena chica —dijo con la boca pegada a mi oreja—. Mójame la mano.
Me alzó del sofá como si no pesara nada y me llevó por las escaleras con una calma que me pareció casi irreal, con los dedos todavía brillando de mí.
***
La habitación estaba en penumbra. Me acostó en la cama con cuidado y empezó a desvestirse. Fue entonces cuando el corazón comenzó a latirme con fuerza, no de miedo exactamente, sino de algo que me instalaba en el filo entre el querer y el no saber todavía qué significaba querer de verdad. Cuando se bajó los pantalones y el bóxer, se me abrió la boca. Nunca había visto una polla en vivo, y la suya era gruesa, larga, con las venas marcadas y el glande hinchado apuntando hacia arriba. Un hilo de líquido le colgaba de la punta.
—Espera —dije.
Se detuvo de inmediato.
—¿Estás bien?
—Es que... es la primera vez. Para mí.
Hubo un silencio breve. No de sorpresa, sino de comprensión.
—¿Quieres parar?
Pensé en Rodrigo. En el plan que había construido durante meses y que se había deshecho con un mensaje de texto. Pensé en la sala lateral de los Salcedo y en la diferencia brutal entre lo que había sentido ahí y lo que sentía ahora: aquí nadie me estaba pidiendo nada. Era yo quien había elegido quedarme.
—No —dije—. No quiero parar. Solo... enseñame.
Se acostó a mi lado y empezó de nuevo desde el principio, sin apuros. Me desabrochó el suéter botón a botón. Recorrió mi cuello con la boca, después la clavícula, el borde del sujetador. Cuando finalmente me lo quitó y su lengua encontró mis pezones, uno primero y después el otro, chupándolos hasta ponerlos duros y mordisqueándolos con cuidado, solté un sonido que salió de algún lugar del que no sabía que tenía acceso.
Sus dedos bajaron despacio por mi vientre hasta llegar a la falda, que desapareció sin que yo lo notara del todo. Después las bragas, que me arrastró por las piernas y dejó caer al suelo. Me quedé desnuda debajo de él, con los ojos entrecerrados, dejando que cada nuevo contacto se instalara antes de que llegara el siguiente. No me había imaginado que pudiera sentirse así: no como una rendición, sino como una decisión tomada en calma.
Me agarró una mano y se la llevó a la polla. Me hizo cerrar los dedos alrededor —apenas me tocaban las yemas del pulgar y el índice— y me guio de arriba a abajo, enseñándome el ritmo, cómo apretar bajo el glande, cómo pasar el pulgar por la punta resbaladiza. La sentía caliente, viva, palpitando en mi mano. Escuchar cómo se le entrecortaba la respiración por algo que yo estaba haciendo me humedeció todavía más.
—Así —dijo con la voz ronca—. Aprendes rápido.
Después me apartó la mano con suavidad y bajó por mi cuerpo. Su boca dejó un rastro húmedo por el vientre, por el hueso de la cadera, por la cara interna del muslo. Cuando llegó a donde yo nunca había dejado llegar a nadie, abrí las piernas sin pensarlo dos veces. Me abrió los labios del coño con los pulgares, se quedó mirando un segundo como quien admira algo, y después hundió la lengua entera.
Me lamió despacio, de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris para chuparlo entre los labios y soltarlo, una y otra vez. Metía la lengua dentro de mí y la sacaba, la subía, dibujaba círculos, cambiaba el ritmo cada vez que yo empezaba a acostumbrarme. Se me escapó la mano hasta su pelo y se la enterré en la nuca, empujándolo contra mí sin darme cuenta. Él gimió contra mi coño y esa vibración me atravesó entera.
—Alberto —murmuré en algún momento, sin saber bien qué quería decirle con eso.
Él levantó la cabeza y me miró, con la boca y la barbilla brillando de mí.
—¿Bien?
—Muy bien. No pares.
Volvió a bajar. Me metió dos dedos mientras me chupaba el clítoris, curvándolos hacia arriba, y algo en mi vientre empezó a apretarse como una cuerda a punto de romperse. Cuando me corrí, lo hice contra su boca, con las caderas alzadas del colchón y un grito que rebotó en el techo. Fue el primer orgasmo que me daba alguien que no era yo misma, y estuvo a punto de sacarme el aire.
***
Cuando finalmente se colocó encima de mí, me besó primero. Largo. Con mi propio sabor todavía en la lengua. Como si quisiera que ese fuera el recuerdo principal de la noche. Se pasó el glande por los labios del coño, arriba y abajo, empapándolo, y me lo apoyó en la entrada sin empujar.
—Respira —me dijo.
Entró despacio. Sentí la resistencia de mi cuerpo cediendo centímetro a centímetro, una incomodidad que bordeaba el dolor sin cruzar del todo esa línea. Me aferré a sus hombros. Podía sentir cómo se me abría por dentro para dejarlo pasar, cómo cada milímetro más era un músculo mío rindiéndose. Cuando llegó hasta el fondo y sus caderas quedaron pegadas a las mías, se quedó quieto, dejándome sentir lo llena que estaba.
—Despacio —pedí.
—Despacio —prometió.
Y lo cumplió. Se retiró casi hasta salir y volvió a hundirse con la misma lentitud, y otra vez, y otra, dándome tiempo a acomodarme a él. Yo lo miraba a los ojos y él me miraba a mí, y cada empuje era una cosa nueva que aprendía sobre mi propio cuerpo.
Cuando encontró el ritmo, la incomodidad se disolvió en algo completamente distinto. Me sorprendí moviéndome con él, ajustando mis caderas a las suyas sin haberlo decidido conscientemente. Se apoyó en un codo y con la mano libre me agarró una teta, me pellizcó el pezón, después bajó a mi clítoris y me lo frotó con el pulgar al mismo ritmo con que me follaba. Me metió las piernas por encima de sus hombros y en esa posición entró todavía más hondo, hasta un punto que me arrancó un gemido largo que no reconocí como mío.
—Mírame —me dijo—. Quiero verte la cara cuando te corras.
No pude cerrar los ojos aunque quise. El placer no fue un relámpago sino una marea: algo que fue subiendo sin que yo pudiera determinar exactamente cuándo empezó. Me clavé las uñas en su espalda y sentí cómo el coño se me apretaba alrededor de su polla en oleadas.
Me corrí con un sonido ahogado que me avergonzó un segundo y después me dio exactamente igual. Él continuó un poco más, embistiendo más rápido y más fuerte, antes de salirse en el último momento y terminar sobre mis muslos y mi vientre en varios chorros gruesos y calientes. Se quedó jadeando encima de mí, con la polla goteando los últimos restos de leche sobre mi piel.
Nos quedamos quietos durante un momento. El techo de su habitación estaba en sombras. Sentía su semen resbalándome hasta la cadera.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije. Era verdad, aunque no supe qué hacer con esa verdad todavía.
***
La ducha fue otro comienzo. Él entró sin pedirme permiso y me encontró de espaldas, enjabonándome con movimientos mecánicos. Sus manos reemplazaron a las mías, y entonces ya no había mecánica: solo temperatura y presión y el peso de su cuerpo contra el mío. Me enjabonó las tetas por detrás, me acarició la barriga, bajó hasta el coño y me metió dos dedos sin previo aviso mientras la otra mano seguía apretándome un pezón.
Sentí su polla dura otra vez, empujándome contra el culo. Me hizo apoyar las manos en el azulejo y separarme las piernas. Se agachó, me abrió las nalgas con los pulgares y me pasó la lengua por todo el surco, deteniéndose donde no me esperaba, arrancándome un jadeo. Después se enderezó, se guio con la mano y me la metió de una sola embestida, hasta el fondo.
Ocurrió de nuevo, de pie, con el agua cayendo sobre los dos. Esta vez sin la lentitud inicial: fue más directo, más urgente. Me agarraba de las caderas con las dos manos y me embestía con fuerza, haciendo que mis tetas se sacudieran contra los azulejos con cada empuje. Sacaba la polla entera y volvía a hundirla de un golpe. Me pasó una mano por delante y me buscó el clítoris mientras seguía folllándome, y en dos minutos me estaba mordiendo el labio para no gritar. Cuando llegué al orgasmo lo hice con los dientes apretados y la frente apoyada en el azulejo frío, con las piernas temblándome tanto que él tuvo que sostenerme para que no me cayera. Se salió justo antes de correrse y me vació la leche sobre la baja espalda y las nalgas, viéndola bajar con el agua.
Después me secó con la toalla grande como si yo fuera frágil, aunque ya no me sentía así.
Me condujo de regreso a la cama. La tercera vez fue larga y silenciosa, solo movimiento y oscuridad y su respiración junto a mi oído. Me puso de lado, me levantó una pierna y entró desde atrás muy despacio. Sus manos me recorrían el cuerpo entero mientras se movía dentro de mí, una en mis tetas, otra bajando hasta mi coño para tocarme al ritmo de las embestidas. Se tomó su tiempo, alternando entre casi salir y clavármela hasta el fondo. Me hizo correrme otra vez, casi sin que yo me diera cuenta de que estaba pasando, con un temblor largo y bajo que me nació del vientre. Cuando se corrió dentro de mí —sin avisar, sin preguntarme, apretándome contra él mientras vaciaba chorros de leche caliente en el fondo de mi coño— me inmovilicé por completo.
—No debías hacer eso —dije, incorporándome y sintiendo el semen escapándose de mí sobre las sábanas.
—Tienes razón. Lo siento.
—La píldora del día después...¿mañana temprano?
—Sí. Lo antes posible.
Me vestí sin hablar mucho más. Él preguntó si quería que me acompañara a casa. Le dije que no, que ya había sido suficiente por esa noche. No lo dije con crueldad. Era simplemente la verdad.
Salí luchando un momento con la cadena de seguridad de la puerta —que, por supuesto, había echado al entrar— y después estuve en la calle, sola otra vez, con el frío y el silencio y las luces apagadas del vecindario.
***
En casa, en el baño, me quedé mirando el espejo durante un rato. Tenía el pelo revuelto y el lápiz labial desaparecido desde hacía horas. Entre las piernas todavía sentía el peso de su leche. Parecía la misma persona de siempre y no lo era.
Me acosté sin poder dormir del todo. Revivía los momentos en desorden: la mano de Alberto en mi rodilla, su lengua en mi coño, la polla hundiéndose en mí por primera vez, la oscuridad de su habitación, esa sensación de que algo que había sido futuro ya era pasado y no podía volver a ser futuro nunca.
Soñé con el Sr. Salcedo. Con su sonrisa de cuando nos recibió en la puerta, que en el sueño se volvía algo diferente, más oscuro. Me desperté con el corazón acelerado y la mano ya entre las piernas, como si el cuerpo hubiera empezado a moverse sin consultar a la cabeza.
Me toqué pensando en Alberto. Solo en Alberto, y en sus manos grandes, y en la forma en que me había mirado antes de besarme por primera vez. Me metí dos dedos como me los había metido él, y con la otra mano me froté el clítoris pensando en su boca ahí, en su polla llenándome. Me corrí mordiendo la almohada, arqueando la espalda del colchón, con el nombre de Alberto atragantado en la garganta.
Cuando terminé, me quedé quieta en la oscuridad, mirando el techo.
¿Me había arrepentido de algo?
Repasé la pregunta con cuidado, como quien revisa los bolsillos antes de dormir.
No. No me arrepentía.
Había sido la primera vez, y había sido buena. No perfecta, no como en las novelas, pero buena de una manera real y concreta que las novelas nunca terminan de explicar. Rodrigo no había aparecido, y la noche había tomado su propio rumbo.
Solo quedaba una cosa absolutamente clara, mientras me iba quedando dormida con la primera luz de la mañana entrando por la persiana: no iba a ser la última.