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Relatos Ardientes

Mi primera vez con Daniela empezó en la calle

Cierro los ojos y lo escucho de nuevo: su respiración al rozar mi piel, el crujido del colchón cuando cambió de postura, el silencio que siguió después, ese silencio espeso y tibio que solo aparece cuando dos desconocidos acaban de descubrir que hay algo entre ellos que no estaba ahí una hora antes.

Ahora estoy tumbado boca arriba en su cama, con el corazón todavía acelerado y la sábana a la altura de las caderas. Daniela está de pie frente al espejo, completamente desnuda, desenredando su pelo con los dedos como si yo no estuviera.

Pero sabe que la miro. Eso es lo que me queda claro.

Su cuerpo es exactamente lo que intuí cuando la vi en la puerta: delgado pero con curvas donde tienen que estar, la piel de un tono caramelo oscuro que contrasta con las sábanas blancas arrugadas detrás de mí. Sus caderas se mueven con una pereza calculada mientras levanta los brazos para recogerse el pelo, y yo me pierdo en esa imagen —los pezones oscuros todavía duros, un hilo de mi semen resbalándole por el interior del muslo— durante un tiempo que no soy capaz de medir.

Sus ojos encuentran los míos en el reflejo.

No aparta la mirada. Tampoco sonríe. Solo me sostiene con esa expresión tranquila, casi desafiante, que ya vi cuando abrió la puerta de su casa. Como diciéndome: ya sé lo que estás pensando. Sigue pensándolo.

Me levanto despacio. Rodeo la cama, me acerco a ella por detrás y pego mis labios a su cuello antes incluso de tocarla con las manos. Noto cómo se tensa un segundo y luego cede, como si su cuerpo recordara lo que acabamos de hacer y decidiera que quiere más.

Mis brazos la rodean. Mi boca sube desde su cuello hacia su nuca, baja de nuevo hacia su hombro. Ella inclina la cabeza hacia un lado para darme más espacio, y yo apoyo mi frente en su cabello un momento antes de volver a besarla. Mi polla, aún medio dura, empieza a hincharse otra vez contra la raja de su culo, y ella lo nota: se arquea un poco hacia atrás y se restriega contra mí sin decir palabra.

Podría quedarme aquí para siempre.

***

Pero no estábamos aquí dos horas antes. Dos horas antes yo caminaba solo por el parque con un sándwich de jamón y queso en la mano, pensando en que tenía que llamar a mi madre, en que me faltaba aceite en casa, en nada en particular.

Entonces lo vi.

Era un golden retriever enorme, con el pelo sucio por las hojas del suelo y la lengua fuera, trotando por el sendero del parque como si supiera exactamente a dónde iba. Pero no iba a ningún lado. Daba círculos cerca del banco donde yo estaba sentado, olfateando el suelo con esa concentración absurda que tienen los perros cuando han perdido el rastro de algo.

Le ofrecí un trozo de sándwich. Se lo comió de un bocado y se sentó a mis pies como si fuéramos amigos de toda la vida.

Tenía collar. Me agaché a leerlo: «Atlas. Daniela Vargas. Calle Las Acacias 312.» Y un número de teléfono que no reconocí como local.

Podría haber llamado. Pero la calle estaba a diez minutos caminando, y Atlas me miraba con esos ojos castaños suyos que no dejaban opción.

***

El paseo fue raro de una manera agradable. La gente se giraba para mirar al perro, no a mí. Los niños señalaban desde sus cochecitos. Un chico en bicicleta casi se cae por distraerse. Atlas caminaba pegado a mis talones, tranquilo, completamente ajeno a la atención que generaba.

La calle Las Acacias resultó ser una calle tranquila con árboles altos y muy poca gente. El número 312 era un edificio de dos plantas con una barda alta de ladrillo visto y una puerta de hierro forjado. El número estaba en una placa de madera oscura hecha a mano, con tornillos de cabeza plateada que hacían un contraste curioso. El tipo de detalle que alguien pone porque le importa cómo queda, no porque tenga que hacerlo.

Pulsé el interfono.

Nada.

Volví a pulsar.

Tres segundos después, una voz algo ronca, como de quien acaba de levantarse de una siesta, dijo:

—¿Sí?

—Buenas tardes. Encontré a su perro en el parque. Tiene collar con esta dirección.

Silencio. Luego un pitido, y la puerta de hierro se abrió.

***

Daniela bajó descalza por las escaleras del jardín interior, con unos pantalones de lino arrugados y una camiseta sin mangas que le quedaba grande en los hombros. Tenía el pelo recogido de cualquier manera, y una expresión en la cara que no era de bienvenida ni de rechazo: era la cara de alguien que no ha decidido todavía qué opinar de ti.

Me miró un segundo.

Luego vio a Atlas.

La transformación fue instantánea. Se agachó, abrió los brazos, y el perro se lanzó contra ella con un entusiasmo que estuvo a punto de tirarla al suelo. Ella se reía y le hablaba en voz baja mientras le rascaba detrás de las orejas, con esa intimidad que solo existe entre una persona y el animal que la conoce de verdad.

Cuando se incorporó, sus ojos tenían algo diferente. Más cálidos. Todavía cautelosos, pero menos cerrados.

—Gracias —dijo.

Y me abrazó.

Fue un abrazo breve, de los que la gente da cuando no sabe bien cómo expresar algo. Olía a algo dulce y limpio, coco o vainilla, no supe distinguirlo. Atlas entró corriendo a la casa antes que nosotros.

—No fue nada. Lo encontré perdido y el collar tenía esta dirección.

Ella asintió, pero no dio un paso atrás.

—¿Quieres pasar? Te ofrezco un café.

No era una invitación educada. Era una invitación real. Lo noté en cómo me miraba mientras la hacía, esperando la respuesta con una atención que no es normal en alguien que acaba de conocerte en la puerta de su casa.

—Con mucho gusto —dije.

***

Su casa era de esas que salen en revistas de arquitectura: paredes altas, espacios abiertos, luz entrando desde todos los ángulos. El suelo era de cemento pulido, los muebles de colores neutros con cojines que rompían la sobriedad sin forzarla. En la pared del fondo había una fotografía enorme, en blanco y negro: una mujer de espaldas, envuelta de cintura para abajo en una sábana, mirando hacia una ventana con las luces de una ciudad de fondo.

Tardé un segundo en darme cuenta de que era ella.

—¿Te la hicieron aquí? —pregunté, señalando la foto.

—En otra ciudad —dijo, sin detenerse a mirarla—. Hace tiempo.

Atlas estaba echado junto al sofá, mordiendo un juguete de cuerda con expresión satisfecha. El café era una excusa. Los dos lo sabíamos.

No llegamos a la cocina.

No sé quién se detuvo primero. Solo sé que en algún punto del trayecto, los dos nos giramos al mismo tiempo y nuestras bocas se encontraron.

No fue un beso tentativo ni educado. Fue un beso que decía lo que los dos estábamos pensando desde que la puerta del jardín se abrió: que había algo ahí, y que no tenía ningún sentido ignorarlo.

Sus manos me tomaron por la camiseta y tiraron hacia arriba. Me dejé hacer. Sentí sus uñas recorrer mis costillas, subir por mi espalda, detenerse en mis hombros como tomando nota de cada detalle. Su mano bajó y me apretó por encima del pantalón, midiendo la polla dura que ya empujaba contra la tela.

—Estás cachondísimo —dijo contra mi boca, casi divertida.

—Y tú mojada. Lo huelo desde aquí.

Se rió, bajito, y me mordió el labio.

—Sube —dijo.

No pregunté adónde.

***

Las escaleras eran flotantes, de madera clara, sin barandilla. Subí detrás de ella contándolas sin querer: diecinueve escalones hasta el ático. Una habitación amplia bajo el tejado, con claraboyas en el techo que dejaban entrar la luz de la tarde. Una cama deshecha, una mesa de trabajo llena de papeles, y el espejo de pie en el rincón donde ahora mismo estamos los dos.

Daniela se volvió hacia mí antes de que llegara al último escalón.

La empujé con suavidad contra la pared. Tomé su cuello entre mis manos, no para apretarlo, solo para sentir su pulso. Estaba acelerado. Igual que el mío.

Bajé la boca hasta su cuello y lo lamí despacio. Sentí cómo contuvo el aliento, cómo se le erizó la piel aunque la temperatura en la habitación era perfecta. Encontré el punto exacto bajo su oreja que la hizo cerrar los ojos.

Bien. Ya sé dónde volver.

Le saqué la camiseta. No llevaba sujetador. Sus pechos eran exactamente lo que esperaba y al mismo tiempo nada de lo que había imaginado: más reales, más cálidos, más presentes bajo mis manos. Los pezones se le pusieron duros contra mis palmas antes de que llegara a apretárselos. Bajé la boca, atrapé uno entre los dientes con cuidado, tiré, chupé, cambié al otro. Ella me agarró del pelo y me apretó la cara contra sus tetas, jadeando bajito.

—Así —murmuró—. Muérdemelos. No te cortes.

Le mordí más fuerte. Ella soltó un gemido corto y arqueó la espalda para ofrecerme más. Le pasé la lengua por el hueco entre los pechos, por el esternón, y bajé lamiendo hasta el ombligo mientras mis manos le desabrochaban los pantalones.

Se puso de rodillas antes de que yo pudiera reaccionar. Me bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón y mi polla saltó dura delante de su cara. La miró un segundo, como midiéndola, y sonrió.

—Mira lo que traías escondido.

Me la tomó con una mano por la base y me la lamió de abajo hacia arriba en una sola pasada larga, aplastando la lengua contra la vena que corre por debajo. Cuando llegó a la punta, me metió el glande en la boca y lo chupó lento, con los labios apretados, mirándome desde abajo.

Lo que hizo a continuación no tuvo ningún apuro. Fue deliberado, preciso, como alguien que explora más que ejecuta. Me la tragó entera, hasta el fondo, hasta que sentí la punta pegándole contra la garganta y ella no retrocedió. Sus labios, su lengua, el borde de sus dientes en momentos exactos. Me chupaba y sacaba con un ruido húmedo obsceno, escupiendo saliva sobre mi verga y usándola para pajearme mientras me lamía los huevos, uno y luego el otro, metiéndomelos también en la boca.

Tuve que apoyar la mano en la pared detrás de mí para no perder el equilibrio. Le agarré el pelo con la otra mano y empecé a mover las caderas contra su boca. Ella lo aceptó, abrió más, dejó que le follara la garganta a mi ritmo. Los ojos se le llenaron de lágrimas y la saliva le caía por la barbilla hasta las tetas, y no paró.

La detuve antes de que fuera demasiado tarde. Le saqué la polla de la boca con un tirón que le dejó los labios brillantes e hinchados. Un hilo de saliva colgaba todavía de mi glande a su lengua.

—Si sigues me corro en tu boca —le dije.

—Ya lo sé —contestó, y se pasó la lengua por los labios muy despacio—. Por eso paraste tú, no yo.

La puse de pie, la giré, y le bajé los pantalones despacio. Sin ropa interior. Deslicé las manos desde sus caderas hacia adelante, hasta encontrar el calor entre sus piernas. Estaba empapada. La raja le chorreaba, la tenía tan mojada que apenas rocé los labios y mis dedos se hundieron sin resistencia. La froté con el dedo medio, arriba y abajo, embarrándole el clítoris con sus propios jugos.

—Qué coño tan mojado tienes —le dije al oído—. Todo esto por chuparme la polla.

—Todo esto por lo que me vas a hacer ahora —contestó ella, apretando el culo contra mi verga.

Le metí dos dedos de golpe. Ella gimió fuerte, un gemido que le salió del fondo de la garganta, y se agarró al canto de la mesa de trabajo para no caerse. Le follé con los dedos duro, rápido, hasta que mis nudillos golpeaban contra sus labios cada vez que empujaba. El pulgar le rozaba el clítoris en cada embestida.

Mis dedos se movieron y ella se recostó contra mí, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre mi hombro. Sus caderas empezaron a moverse buscando más presión, más fricción, más de lo que yo le estaba dando. Le mordí el cuello mientras la seguía dedeando, con la otra mano le pellizcaba un pezón y se lo retorcía suave, y ella no paraba de temblar.

—Más —dijo en voz baja. No como un ruego. Como una instrucción.

Obedecí. Le metí un tercer dedo y aceleré. El ruido húmedo de mi mano entrando y saliendo de su coño llenó la habitación, mezclado con su respiración corta y con las palabras sucias que empezó a soltar sin filtro.

—Sí, así, así, no pares, hijo de puta, me corro, me corro…

Su orgasmo llegó en silencio, o casi. Un sonido bajo y continuo que se le escapó sin que pudiera controlarlo, y luego el temblor en sus piernas que hizo que sus rodillas cedieran un poco. La sostuve con el brazo por la cintura mientras seguía apretándose contra mi mano, exprimiendo hasta la última contracción. Cuando saqué los dedos, se los llevé a la boca y ella los chupó sin dudar, mirándome, saboreándose entera.

***

La cama nos recibió sin preámbulos. La tumbé de espaldas y le abrí las piernas con las rodillas. Le vi el coño hinchado, rojo, todavía brillando de su propia corrida, y no pude aguantar: bajé la cara y le enterré la lengua hasta el fondo.

Daniela gritó y me agarró del pelo con las dos manos. Le chupé el clítoris, se lo tomé entre los labios y lo succioné, le pasé la lengua plana desde el culo hasta el clítoris en una sola lamida larga. Su sabor era espeso, salado, tan intenso que se me puso la polla más dura todavía. Le metí la lengua dentro y la moví como si la estuviera follando, y ella empujaba las caderas contra mi cara sin ninguna vergüenza.

—Fóllame ya —jadeó—. Métemela, por favor, métemela de una vez.

Me incorporé. Ella me abrió paso con las caderas y entré en ella mirándola a los ojos, despacio los primeros centímetros, dejando que su cuerpo se acostumbrara al mío. Estaba tan mojada y tan apretada al mismo tiempo que tuve que apretar los dientes para no correrme ahí mismo. Empujé hasta el fondo, hasta que mis huevos le tocaron el culo, y ella soltó un gemido largo que se le rompió en la garganta.

Y luego sin pausa, con la urgencia acumulada de toda la tarde.

Daniela arqueó la espalda. Sus dedos se me clavaron en los hombros, después en la espalda, y noté que me arañaba hasta hacerme sangre. No me importó. La estaba follando duro, sacando la polla casi entera y volviendo a hundírsela de una embestida, y cada golpe le sacaba un «ah» corto y agudo que ya no intentaba callar.

—Más fuerte —me pidió—. Rómpeme.

Le agarré una pierna y me la subí al hombro. El ángulo cambió y ella se retorció debajo de mí, con los ojos cerrados y la boca abierta, dejando escapar un chorro de palabrotas que no le habría atribuido nunca a la mujer serena que me había abierto la puerta.

—Sí, así, dame toda la verga, dámela toda, méteme esa polla hasta el fondo…

La saqué. La giré. La puse a cuatro patas y me hundí en ella otra vez desde atrás, agarrándola de las caderas y clavándomela a mi ritmo. El culo respingón le rebotaba contra mi pelvis con un golpe seco que sonaba en toda la habitación. Le solté un cachetazo en una nalga y ella empujó hacia atrás para pedirme otro. Se lo di. Y otro.

Le agarré una teta con una mano, con la otra le agarré el pelo y tiré hacia atrás hasta que su espalda se arqueó y pude morderle el hombro. Su coño me apretaba, se le contraía a mi alrededor cada vez que la penetraba entera, y sentí cómo se venía otra vez, temblando, gimiendo mi nombre por primera vez en toda la tarde.

El ritmo creció solo, como crecen estas cosas cuando no hay necesidad de negociar. Sus caderas venían a encontrar las mías a la mitad del camino. La habitación se llenó del sonido de dos cuerpos que se habían conocido esa tarde y se comportaban como si llevaran tiempo haciéndolo: el golpe de piel contra piel, el chapoteo de su coño empapado, los jadeos rotos, el crujido de la cama.

La volví a poner de espaldas porque quería verle la cara cuando me corriera. Le levanté las dos piernas, las apoyé sobre mis hombros, y me hundí hasta el fondo. Ella se agarró a las sábanas y las retorció entre los puños.

—Me voy a correr —le avisé, apretando los dientes.

—Dentro no —dijo, sin abrir los ojos—. Encima. Quiero verte.

Cuando llegué al límite, salí de ella y me agarré la polla con la mano. Bastaron tres pajazos rápidos para que la corrida saltara en chorros calientes sobre su vientre, subiendo hasta sus tetas, un hilo que le llegó hasta el cuello. Ella se pasó dos dedos por el vientre, recogió un poco de mi semen y se lo llevó a la boca sin apartar los ojos de los míos.

Daniela puso su mano sobre la mía un momento, sin decir nada. Luego se limpió, se giró hacia mí, y apoyó la cabeza en mi pecho con la misma naturalidad con la que Atlas se había echado en el sofá de abajo.

Dormimos un rato. O tal vez no dormimos. La luz de las claraboyas cambió de ángulo sin que yo me diera cuenta.

***

Y ahora estoy aquí, con mis labios en su cuello y sus manos sobre las mías, y el espejo mostrándonos a los dos con esa luz naranja de tarde que entra por las claraboyas. Mi polla vuelve a estar dura contra su culo, y ella lo sabe: mueve las caderas en un círculo lento, tanteando, prometiendo una tercera vez antes de que caiga la noche.

—¿Y Atlas? —pregunto contra su piel.

—Abajo —dice ella—. Con sus croquetas.

—Buen perro.

Ella se ríe. La primera carcajada real desde que llegué. Me la quedo mirando en el espejo un momento y pienso que si alguien me hubiera dicho esta mañana, mientras preparaba ese sándwich, que iba a terminar el día así —desnudo detrás de esta mujer, con su coño todavía chorreando de mí, y con ganas de volvérsela a meter—, no le habría creído.

Hay días que no anuncias. Y resultan ser los mejores.

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Comentarios(9)

NahuC22

tremendo!! me gustó mucho, bien ahí

Ricky_Baires

necesito la continuacion ya jaja, no puede quedar asi

RobertoCR

me recordo a algo parecido que vivi hace tiempo, esas casualidades de la vida son las mejores

CarlitosK55

el perro fue el mejor celestino jajaja tremendo

NadiaSol77

¿y hubo segunda vez? pregunto por un amigo jeje

DreamReader88

Excelente narracion. Se nota que hay feeling al escribirlo, no es pura fantasia. Esas miradas que de repente lo cambian todo... muy bien captado. Ojala haya mas relatos asi!

Inaki_LP

muy bueno, se hizo cortito. Mas porfavor!!

MartinaBtk

me encanto! esas primeras veces inesperadas son las que no se olvidan nunca

Santi_cba

muy bien escrito, se siente natural. sigue así!

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