A mis años, mi joven jardinero me volvió a encender
Le pedí que no volviera. Pero cuando lo vi otra vez en mi porche, supe que sería yo quien marcaría las reglas de aquel juego que no debíamos jugar.
Le pedí que no volviera. Pero cuando lo vi otra vez en mi porche, supe que sería yo quien marcaría las reglas de aquel juego que no debíamos jugar.
Cuando subí al asiento del copiloto y él me dijo «mira cómo me tienes», supe que esa noche no iba a salir del taxi siendo el mismo de antes.
Ella ponía las reglas: nada de forros, nada de sentimientos y nada de preguntas. Yo apenas tenía veintiuno y ella me dejó claro que tenía mucho que enseñarme.
Lo vi acercarse a aquel hombre en la barra y entendí que era gay. Lo que no imaginé fue que, semanas después, sería yo quien lo arrastrara a mi cama.
Lo vi bajar del auto con ese traje claro y supe que esa noche no iba a dormir sola en el departamento prestado.
Tenía veintidós años y un trabajo final que valía el curso entero. Lo que no figuraba en ningún plan era la oferta que aquel señor me haría camino a casa.
Llevaba años sin verlo, pero cuando abrí la puerta a medianoche y sentí sus manos firmes en mi cintura entendí que mi padrino ya no me miraba como antes.
Vivíamos los tres bajo el mismo techo y, al principio, lo único raro era el silencio. Después llegaron las copas, los bailes y una confianza que no debía cruzar ninguna puerta.
Tenía casi el doble de mi edad y una sonrisa que prometía problemas. Me dijo que iba a comprobar si tenía hambre de verdad o solo estaba aburrido, y ya estaba perdido.
Apagué el televisor, esperé a que mi tía roncara y subí la pierna sobre su cadera. Sentí lo duro que estaba y supe que ya no había marcha atrás.
Llevaba semanas cruzándomela en el garaje con esa sonrisa. El día que se pegó a mí en el ascensor supe que aquello no iba a quedar en un saludo entre vecinos.
Sabía que el profesor Aníbal me miraba el cuerpo cada vez que me despedía. Esa tarde entré a su aula dispuesta a usar esa mirada a mi favor, fuera lo que fuera.
Creyeron que pagaban un precio por una sola noche. Ariadna descubrió otra cosa: que mandar le gustaba demasiado como para volver atrás.
Cuando me tendió su tarjeta y me dijo que llevara hambre, supe que esa mujer no buscaba conversación: buscaba a alguien capaz de seguirle el ritmo hasta el amanecer.
Lloraba borracha sobre mi hombro diciendo que ya nadie la deseaba. No imaginaba que esa misma noche, en la arena, yo iba a demostrarle exactamente lo contrario.
La encontré llorando en la cocina, con el teléfono aún en la mano y la voz de su marido resonando. Solo quería consolarla; juro que lo demás no estaba en mis planes.
Nunca me consideré sumisa, pero la primera vez que su voz me ordenó algo al teléfono, obedecí sin pensar. Y descubrí que ser de alguien podía gustarme más de lo que jamás imaginé.
La conocía cerrada, intocable, la chica que durante un año me dijo que no a todo. Esa noche, semanas antes de mi boda, se arrodilló frente a mí.
Me puse el vestido que mejor me quedaba para ver una película. Detrás de la puerta entreabierta había tres pares de ojos esperando en silencio.
Cuando me invitó a subir a su piso, supe que no podía decirle que no otra vez. Tenía casi setenta años y yo treinta y seis, y eso nunca había importado tan poco.