Mi primera vez fue con el capitán de básquetbol
Mi nombre es Sofía Castellanos. Tenía dieciocho años cuando ocurrió esto, y aunque han pasado varios desde entonces, lo recuerdo con una claridad que pocas cosas en mi vida tienen. Crecí en una familia profundamente religiosa —mi madre era conocida en el barrio por su devoción— y eso marcó mi adolescencia de formas que tardé años en entender. No salía sola con chicos. No iba a fiestas sin supervisión. Mis padres se conocieron a los veinticuatro años, fue su única relación y se casaron al año siguiente. Ese era el modelo que mi madre tenía para mí.
A los dieciséis empecé a jugar voleibol en serio. Tenía estatura, un salto vertical decente y muchas ganas de trabajar, y eso fue suficiente para que una universidad privada de la ciudad me ofreciera una beca del sesenta por ciento en la carrera de contabilidad. Para mis padres era perfecto: buena institución, relativamente cerca de casa, y el deporte encauzaba mis energías en algo productivo. Para mí era la puerta de entrada a un mundo que apenas comenzaba a conocer.
Entrenábamos lunes, miércoles y viernes en el complejo deportivo del campus. Los miércoles compartíamos horario con el equipo masculino de básquetbol: ellos llegaban treinta minutos antes que nosotras y, cuando terminaban, se quedaban sentados en las gradas a ver el final de nuestro entrenamiento. Nadie fingía que era por interés en el deporte. Los uniformes de voleibol son lo que son, y había chicas que lo sabían y lo aprovechaban. Yo era nueva y no prestaba atención a esas cosas, al menos no al principio.
Para la cuarta semana me di cuenta de que uno de ellos me miraba de una manera diferente. No como los demás, que lanzaban comentarios entre risas y miraban a donde podían. Este miraba directo, sin prisa, sin apartar los ojos aunque yo lo detectara. Era alto, moreno, con el cabello muy corto y una musculatura que se notaba incluso desde la distancia. Después supe que se llamaba Adrián, que cursaba tercer semestre de arquitectura y que era el centro titular y capitán del equipo. Tenía cara de saber muy bien lo que hacía.
Sus miradas me ponían nerviosa. Empecé a fallar remates que normalmente eran automáticos para mí, bloqueos que debería hacer con los ojos cerrados. La entrenadora me llamó la atención dos veces en una semana. La tercera, Adrián se giró en las gradas y le dio la espalda a la cancha. Me tranquilicé al instante, terminé el entrenamiento sin errores. Pensé que todo había pasado y que era solo mi imaginación.
Esa tarde, al salir de los vestidores, lo vi junto a la puerta del complejo platicando con Clara, la capitana de nuestro equipo. Seguí caminando sin decir nada, con la cabeza gacha. Estaba a mitad del pasillo cuando escuché su voz.
—¡Sofía!
Me detuve en seco. Me giré despacio, como si necesitara tiempo para preparar la cara. Él estaba de pie con una sonrisa que parecía saber demasiado.
—Soy Adrián, del equipo de básquetbol —dijo, acercándose dos pasos—. Justo estaba platicando con Clara y te vi pasar. ¿Tienes prisa?
—Me están esperando en casa —mentí.
—¿Te molesta si te acompaño un rato?
—Ahhh... no, no me molesta —dije.
Sin pedir permiso tomó mi mochila y se la colgó al hombro. Salimos juntos.
No recuerdo bien de qué hablamos durante esos veinte minutos. Creo que respondí cosas coherentes, pero no lo juro. Llegamos a dos cuadras de mi casa y le dije que hasta ahí llegaba yo sola. Me preguntó por qué. Le dije que después le explicaría. No le iba a contar que mi madre era la señora más religiosa del barrio y que llevar a un chico hasta la puerta equivalía, para ella, a una declaración de guerra. Me dio un beso en la mejilla y se fue. Yo entré corriendo con una sonrisa que tardé diez minutos en borrar.
Dos días después, un viernes, apareció en el deportivo. Los viernes no venía nunca el equipo de básquetbol. Mis compañeras lo notaron antes que yo: empezaron a reír en voz baja y a susurrar, y el siguiente saque que intenté se quedó en la red. Roja hasta las orejas, me concentré en terminar el entrenamiento sin más errores. Al salir, estaba esperándome.
—Vine a acompañarte —dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Y así fue. Volvió el miércoles siguiente. Y el viernes después. En algún punto dejamos de ser dos personas que caminaban juntas y empezamos a ir tomados de la mano, o con mi brazo enganchado en el suyo. No hubo una conversación oficial. Solo fue ocurriendo, como ocurren las cosas cuando uno no las planea.
Una tarde, cerca de nuestra esquina de siempre, me rodeó la cintura con el brazo y me dijo que, aunque yo nunca le había dado una respuesta formal, él ya nos consideraba novios y que la confianza que teníamos lo confirmaba. Asentí con la cabeza. Entonces se inclinó y me dio un beso corto en los labios. Me quedé paralizada.
—¿Te molesta? —preguntó, mirándome a los ojos.
—No, claro que no —contesté, con la voz más pequeña que he tenido en mi vida.
Volvió a besarme. Esta vez más despacio, con más intención. Sentí su lengua rozar mis labios y abrí la boca sin pensarlo. Nos quedamos así casi un minuto. Después me separé, tomé mi mochila y corrí a casa.
Así pasaron un par de semanas más. Nos buscábamos en el campus cuando coincidíamos, y él me acompañaba después de cada entrenamiento. Los besos se volvieron costumbre. Una tarde tomamos una ruta diferente, por una calle con poco tráfico y portales de talleres, y me empujó suavemente hacia el hueco de uno de ellos. Fuera del alcance de la acera, nos besamos largo rato.
En uno de esos momentos sentí su mano descender por mi espalda hasta rozar mis glúteos. Le levanté la mano con suavidad, sin dejar de besarlo. La volvió a bajar, pero esta vez la metió bajo mi blusa y recorrió mi espalda por dentro, piel directa. Lo dejé hacer: era solo la espalda.
No tardó mucho en subir las manos por mi cintura hasta alcanzar mi pecho. Cuando sus dedos rozaron uno de mis pezones por encima del sujetador, sentí algo que no había sentido nunca: una corriente que bajó directa hasta la entrepierna y se instaló ahí, húmeda y confusa. Fue entonces cuando pedí que nos fuéramos. No hablamos de lo que había pasado en los días siguientes. Seguimos como si nada.
***
Semanas después, nuestro equipo clasificó a un torneo interuniversitario en Querétaro. Los dos equipos de básquetbol también iban. Salimos el viernes por la noche en autobuses separados y llegamos al hotel poco antes de la medianoche. Jugamos bien el primer día: ganamos tres partidos y perdimos uno, y clasificamos directamente a semifinales como primeras de grupo.
Con Adrián apenas nos cruzamos ese día: cuando yo tenía partido él también, y cuando terminábamos era tarde y cada quien con su equipo. Solo nos vimos un momento antes de subir a los camiones, sin poder hablar. Mi compañera de habitación era Daniela, una chica de tercer semestre que salió pasadas las once de la noche con otras compañeras a conocer el centro. No le pregunté a dónde iba.
Al día siguiente bajamos a desayunar a las ocho, ya con el uniforme puesto. Teníamos libre hasta las once porque nuestro primer partido era al mediodía. Después del desayuno Daniela salió con las demás chicas. Yo me quedé: tenía el tobillo izquierdo inflamado de una mala caída del día anterior y quería vendarlo bien antes del partido.
Estaba sentada en el borde de la cama con la venda en la mano cuando alguien llamó a la puerta.
Daniela olvidó la llave, pensé.
Fui a abrir y era Adrián. Con ese uniforme deportivo, esa sonrisa, esos ojos que ya sabía que me miraban de una sola manera.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, completamente desconcertada. Su hotel no quedaba cerca.
—Tenía que verte —dijo. Y entró, cerrando la puerta detrás de él.
Se acercó y me rodeó la cintura. Me besó de la misma manera de siempre, pero esta vez sus manos fueron directas bajo la blusa, sin rodeos. Mis pezones reaccionaron antes de que yo tuviera tiempo de pensar. Cuando metió la mano bajo el bra deportivo y los liberó de un jalón, solté un gemido que me sorprendió a mí misma. Traté de separarme un poco.
—Tranquila —dijo en voz baja—. Llegamos hasta donde tú quieras.
Empezó a besarme el cuello. Sus pulgares acariciaban mis pezones con una presión suave y exacta, como si supiera bien lo que hacía. Dejé caer la cabeza hacia atrás. Me guió de espaldas hacia la cama, despacio. Cuando mis rodillas tocaron el colchón me senté, y él tomó el borde de mi blusa y la sacó por la cabeza. Se quitó la suya también.
Lo miré. La musculatura que antes solo intuía desde las gradas era ahí completamente real: los hombros anchos, el abdomen definido, las clavículas que sobresalían. Me quedé mirando sin decir nada, sin hacer nada.
Se acercó despacio, como esperando alguna señal. Volvió a besarme y yo lo envolví con los brazos por el cuello. El peso de su cuerpo me fue recostando hacia atrás. Sus manos recorrieron mis curvas —la cintura, las caderas, la piel que había bajo la ropa— y en uno de esos movimientos su mano se coló dentro del pantalón deportivo.
Bajó el pantalón hasta mis rodillas. Yo lo ayudé a sacarlo. Se quedó quieto un momento, mirándome, y después bajó por mi cuello con la boca hasta llegar a mis pechos. Cuando su lengua rozó uno de mis pezones, arqueé la espalda sin querer.
Sus dedos siguieron bajando. Cuando llegaron al elástico de la ropa interior, los sentí detenerse un segundo antes de continuar. La humedad que yo sentía desde hacía un rato era total. Cuando él la sintió, sus dedos presionaron con suavidad y yo apreté los labios para no hacer ruido. Abrí las piernas. Él entendió. Tomó la ropa interior con ambas manos y la bajó de un tirón.
Me encontraba completamente desnuda frente a él por primera vez en mi vida, y no sentí vergüenza.
Se levantó. Fui consciente del bulto en sus bóxer antes de que se los quitara. Cuando lo hizo, me quedé mirando en silencio. Era la primera vez que veía eso así, tan cerca, tan real. Adrián me sostuvo la mirada un momento y sonrió sin decir nada. Dio dos pasos hacia la silla donde estaba su ropa, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un sobre pequeño de color plateado.
Mientras se colocaba el condón, yo me acomodé mejor en la cama.
Vino hacia mí de rodillas sobre el colchón. Me besó una vez más. Puso la mano entre mis piernas para comprobar lo que ya sabía, y después se posicionó en la entrada de mi cuerpo.
Cerré los ojos.
Empujó despacio. Sentí presión, después un dolor agudo pero breve, y me aferré a sus hombros con las uñas. Él se detuvo, esperó, y cuando sintió que yo soltaba la tensión volvió a empujar, esta vez de golpe, hasta el fondo.
Grité. Ahoguado contra la almohada, pero grité.
El dolor era soportable. Lo inesperado del movimiento fue lo que me sacó de quicio. Él se quedó quieto dentro de mí, sosteniéndose con los brazos a ambos lados, mirándome.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije. Y era verdad.
Cuando empezó a moverse fue despacio. El dolor se fue en dos o tres respiraciones. Lo que quedó era otra cosa: ese roce, ese ir y venir que generaba una fricción que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Me relajé. Empecé a mover las caderas instintivamente, siguiendo su ritmo.
Fue acelerando poco a poco. Yo lo acompañé. Llegó un momento en que las sensaciones se apilaron de una manera que no pude controlar y me sacudí entera, con las piernas apretadas en torno a él y las manos clavadas en su espalda. Sentí cómo él también se tensaba unos segundos después y daba un par de sacudidas antes de quedarse quieto, apoyando su peso sobre mí.
Los dos sudábamos como si hubiéramos jugado un partido completo.
***
Nos quedamos ahí un par de minutos. Después él se levantó, fue al baño un momento y volvió vistiéndose rápido. Me acercó la caja de pañuelos de la mesita. Señaló la sábana con los ojos. Yo le dije que yo me encargaba. Salió en silencio, sin hacer ruido en el pasillo.
Veinte minutos después llegó Daniela con una bolsa de artesanías del mercado. No notó nada raro. Nos pusimos el uniforme y bajamos a calentar.
Perdimos la final ese día. Quedamos segundas en el torneo. No me importó tanto como pensé que me importaría.
El viaje de regreso fue extraño. Estaba sentada en el autobús mirando el paisaje oscuro de la carretera, y lo único en lo que pensaba era en si se notaría algo diferente en mi cara cuando llegara a casa. No sentía culpa. Esperaba sentirla —toda mi educación me había dicho que la sentiría— pero no estaba ahí. Lo que sí estaba era curiosidad. Y algo parecido al orgullo.
Con Adrián estuve un par de veces más, ambas en su departamento cerca del campus. Cada vez fui un poco más yo: menos quieta, más presente, menos asustada de lo que quería. Aprendí cosas en esas tardes que tardé años en nombrar, pero que el cuerpo entendió mucho antes.
Meses después me enteré de que salía también con una chica del equipo contrario. Lo confronté en privado. Me escuchó sin interrumpirme y después dijo:
—Sofía, en esta vida vas a conocer a muchos hombres. Algunos te darán lo que yo no puedo. Otros no llegarán a lo que tú mereces. Un día vas a encontrar a alguien que llene todo eso de una sola vez. Y si el destino nos vuelve a cruzar, quizás tengamos una segunda oportunidad.
Me besó en la mejilla y se fue.
Tardé un tiempo en entender que tenía razón. Hubo otros después, mejores y peores en distintas cosas. Llegó también, al final, el que llenó todo lo demás. Pero Adrián fue el primero. Y eso uno lo recuerda siempre, con todos sus detalles, sin que nadie se los pida.