Mi primera vez con un chico trans en el parking
Llevaba dos semanas aplazando ese encuentro.
Primero fue él quien canceló, luego fui yo. Siempre algo: el horario, el trabajo, una excusa que en realidad no era excusa sino miedo disfrazado de ocupación. Porque lo que había en esa cita no era una cosa ordinaria. Era una de esas fantasías que uno alimenta en silencio durante años, que nunca llegan a tener nombre en voz alta, y que de repente aparecen frente a ti con un perfil de usuario y fotos que no te dejan dormir.
Su nombre en la app era NikoFTM91. El mío, Cobra7. En mi foto de perfil salía sin camiseta, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba parecer segura. Él no mostraba la cara: solo el torso y, en una segunda foto, la parte de abajo. La primera vez que las vi me quedé quieto frente a la pantalla durante un buen rato. Una vagina en un cuerpo de hombre. El contraste me resultó irreal y, al mismo tiempo, era exactamente lo que llevaba años imaginando sin saber cómo formularlo.
Nos escribimos durante semanas. Al principio fue el protocolo habitual: qué buscas, cuánta experiencia tienes, qué te gusta. Pero con el tiempo los mensajes se volvieron más detallados. Él me contó cómo era su cuerpo, yo el mío. Me preguntó si me daba igual o si me resultaba atractivo precisamente por eso. Le dije la verdad: precisamente por eso. No sé si eso le gustó o le pareció raro. Lo que sí sé es que siguió escribiéndome.
Esa noche, por fin, todo cuadró.
Me duché con más cuidado del habitual. Me puse unos vaqueros oscuros, una camiseta de manga corta de algún grupo de rock que ya casi nadie recuerda, y las zapatillas en las que siempre me siento cómodo. Ropa normal, ropa de no llegar tarde ni de llamar la atención. Cogí el teléfono, la cartera y salí cerrando la puerta despacio, como si no quisiera que nadie en el edificio se enterara de adónde iba.
La sorpresa llegó cuando el GPS me marcó seis minutos a pie.
Seis minutos.
Llevaba meses con ese chico a un paseo de distancia y nunca lo había sabido. La ciudad hace eso: te esconde a la gente que podría interesarte a vuelta de esquina mientras tú sigues buscando en el mapa de siempre. Sonreí un poco, aunque no habría sabido decir por qué exactamente.
El paseo fue corto pero la cabeza trabajó mucho. Pensé en las fotos de su perfil, en los mensajes del último fin de semana, en la imagen de ese cuerpo delgado y sin curvas pronunciadas con algo que ninguna de las personas con las que había estado antes tenía. Una curiosidad que llevaba tanto tiempo en segundo plano que casi la había dado por imposible.
Llegué al portal antes de tiempo. Era un edificio de los años ochenta: fachada gris, portal sin portero, un buzón con nombres escritos a mano. Él me había mandado las instrucciones con antelación: «La puerta siempre está abierta. Entra, cruza el patio interior, busca el ascensor del fondo y baja dos plantas. Gira a la derecha y ve hasta el final.»
Le avisé de que ya estaba allí.
—Vale, en dos minutos —respondió.
Crucé el patio. Olía a humedad y a tierra mojada, ese olor de patios interiores que solo existen en edificios con historia. No había nadie. El ascensor era viejo, de los que tienen puertas de rejilla metálica que hay que cerrar con las dos manos antes de que el mecanismo arranque. Bajé dos plantas sintiendo cómo el suelo subía a mi alrededor.
El parking era pequeño, cabían unos veinte coches como mucho. La iluminación era escasa: una fila de tubos fluorescentes en el techo con la mitad fundidos, el resto proyectando una luz blanca y fría que no llegaba a los rincones. El ruido del tráfico de arriba llegaba amortiguado, como si alguien hubiera bajado el volumen de la ciudad entera. Seguí las instrucciones hasta el fondo de la derecha, donde había un hueco entre dos columnas de hormigón y la pared, oculto desde la entrada.
Esperé.
La espera en esas circunstancias tiene una textura particular. No es aburrimiento, es tensión acumulada que no sabe adónde ir. Me apoyé en la pared fría y noté la erección que llevaba desde que salí de casa. Sin pensar demasiado, me pasé la mano por encima del vaquero y la presioné un momento.
Vi una figura al fondo. Alta, pasos lentos. Giró hacia los coches del otro lado sin mirarme siquiera. Respiré.
Volví a tocarme, esta vez con más calma. Los minutos pasaban y la impaciencia se mezclaba con la excitación de una forma que no ayudaba a pensar con claridad. Me pregunté si habría cancelado otra vez sin avisarme. Me pregunté qué haría si así fuera.
La segunda figura llegó unos minutos después. Más baja, más directa. Andaba hacia mí sin dudar, con el paso de alguien que sabe exactamente adónde va. Cuando estuvo a un metro, en lugar de hablar, me agarró por la nuca y me besó.
Era un beso seco, sin rodeos. Su lengua entró en mi boca antes de que yo reaccionara del todo. Con la otra mano me apartó la mía de la entrepierna y la sustituyó por la suya, apretando con una presión deliberada que me cortó el aliento.
—Ven —dijo en voz muy baja.
Nos metimos detrás de las columnas.
La luz allí era casi nula. Solo llegaba un reflejo difuso desde los fluorescentes del pasillo central. Podía verle la cara: pómulos marcados, barba de varios días bien cuidada, unas gafas de montura fina que no se quitó en ningún momento. Los ojos eran claros, casi grises en esa penumbra. La mandíbula cuadrada. No había nada en ese rostro que me hiciera pensar en otra cosa que no fuera un hombre, y eso era precisamente lo que hacía que todo lo demás fuera tan desconcertante y tan atractivo al mismo tiempo.
Tenía el pelo corto, algo desordenado, entre castaño y rubio. El torso, bajo la camiseta, era plano y estrecho. Sin caderas. Sin curvas. Cuando se movía, los hombros marcaban el ancho de su cuerpo, no otra cosa.
Se arrodilló sin decir nada.
Me desabrochó el cinturón con los movimientos mecánicos de alguien que sabe lo que hace. Bajó la cremallera, metió la mano y me sacó. El frío del parking duró exactamente un segundo antes de que el calor de su boca lo borrara por completo.
Tuve que apoyar la espalda en la columna para no tambalearme.
Lo hacía bien. Sin prisa pero sin pausas, con una presión constante que iba y venía en un ritmo que parecía calibrado. Me puse la mano en su cabeza, no para dirigir sino porque necesitaba agarrarme a algo. Cerré los ojos. El eco de los coches llegaba muy arriba, lejano e indiferente, y abajo solo había el sonido de mi respiración cada vez más corta y el calor húmedo de su boca.
Pero se detuvo antes de que yo llegara a ningún lado.
—Tiempo —murmuró, poniéndose de pie.
Se desabrochó el pantalón. Lo bajó junto con la ropa interior hasta los muslos y se giró hacia la pared, apoyando las palmas abiertas en el cemento. La espalda era estrecha, lisa. Las caderas apenas más anchas que los hombros. Y entre las piernas, aquello que en las fotos me había parecido irreal y que ahora, en esa oscuridad del sótano, era lo más concreto del mundo.
Los labios eran oscuros y grandes. Incluso en esa luz escasa se notaba la humedad.
Saqué el preservativo que llevaba en el bolsillo trasero. Él asintió sin volverse del todo. Me lo puse, me acerqué y busqué la entrada primero con los dedos, para orientarme, luego con la cadera.
El primer centímetro fue despacio. Él exhaló, un sonido bajo que rebotó entre las columnas de hormigón. Empujé un poco más. La presión era intensa, completamente distinta a todo lo que conocía hasta entonces. Un calor que apretaba desde todos los ángulos sin distinción.
—Sigue —dijo.
Empecé a moverme. Busqué el ritmo tanteando. Él arqueó la espalda para ajustar el ángulo y el efecto fue inmediato: el agarre cambió y tuve que morderme el labio para no hacer ruido.
—Venga, que no tenemos mucho tiempo —me dijo, sin urgencia real en la voz, solo un aviso práctico.
Aceleré. Empujé con más fuerza y él se apoyó mejor en la pared para recibir cada golpe de cadera. No gritaba, pero los sonidos que hacía eran inconfundibles: cortos, contenidos, con los dientes casi apretados. Yo tampoco hablé. No había nada que decir. Solo había movimiento, presión y el sonido sordo de dos cuerpos en un sótano a oscuras.
Aguanté lo que pude, que no fue mucho.
Él me paró con un gesto de la mano, se giró y me empujó suavemente hasta que quedé de espaldas contra la columna. Se montó encima apoyando los pies en el suelo y tomó el control. Desde esa posición podía ver su cara: concentrada, con los ojos entrecerrados y los labios ligeramente abiertos. Movía las caderas con un ritmo circular, constante, que yo nunca habría encontrado solo.
Esto no me lo esperaba.
Acercó la frente a la mía. Así estuvimos un momento, respirando el mismo aire, antes de que él soltara un sonido más largo y apretara los muslos con fuerza. Un escalofrío le recorrió la espalda de abajo arriba. Luego se quedó quieto durante unos segundos, con los ojos cerrados y los labios apretados.
Salió, se bajó y me quitó el preservativo con manos rápidas y precisas. Me rodeó con los dedos y empezó a moverse. Yo me aferré al borde de la columna. No tardé nada.
Se inclinó y recogió con la boca lo que había caído. Un gesto tan directo que me dejó completamente sin palabras.
Se subió el pantalón. Se abotonó. Yo hice lo mismo, más lento, con las piernas todavía algo flojas.
—Bien —fue lo único que dijo.
Y se fue por donde había venido, sin mirar atrás, con el mismo paso tranquilo de antes.
***
Tardé un par de minutos en ser capaz de moverme. No por agotamiento: las piernas respondían, la cabeza también. Era más bien que necesitaba un momento para que todo volviera a su sitio antes de salir a la calle y volver al mundo de siempre.
El ascensor tardó en bajar. Subí con las puertas de rejilla temblando a mi alrededor y salí al patio, que seguía oliendo igual que antes, a tierra húmeda y a edificio viejo. En el portal me detuve un instante frente al buzón sin leer ningún nombre.
El aire de fuera era fresco. Había una farola parpadeando en la esquina y alguien sacando al perro a lo lejos. Todo exactamente igual que cuando entré. Yo, no del todo.
Eché a andar hacia casa. Seis minutos de vuelta, igual que de ida. En algún punto entre el portal y mi calle, vibró el teléfono en el bolsillo.
«Repetimos cuando quieras.»
No respondí enseguida. Guardé el teléfono y seguí caminando, con las manos metidas en los vaqueros y una sonrisa que no había planeado tener.
Había tardado dos semanas en llegar a ese sótano. La vuelta duró seis minutos. Pero la fantasía que había estado alimentando en silencio durante años, esa sí que había terminado. Y había sido mejor de lo que me había imaginado.