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Relatos Ardientes

La mujer casada que me inició a los 18 años

Ese verano tenía dieciocho años recién cumplidos y mis padres llevaban décadas veraneando en el mismo camping de la costa levantina. Como cada julio, montamos la parcela, colgamos el toldo y retomamos los rituales de siempre. Pero ese año fue distinto desde el primer día. Unos vecinos de parcela me ofrecieron ganarme algo de dinero cuidando a sus dos hijos de nueve y once años de lunes a viernes: hacer que completaran los ejercicios que sus padres dejaban escritos en una libreta, controlar que no se ahogaran en la piscina y llamarlos si pasaba algo grave.

Era un trabajo tranquilo. Pasábamos las mañanas en la playa y las tardes en la zona de actividades del camping, donde una monitora enérgica dirigía clases de zumba que congregaban a unas veinte mujeres cada día a las once. Los niños no querían bailar, pero yo los convencí de que asistir era parte del trato. La verdad es que yo tampoco bailaba: me sentaba en la sombra y miraba de reojo.

Fue ahí donde vi a Silvia por primera vez.

No era la más joven del grupo ni la más llamativa a primera vista. Tendría unos cuarenta años, cabello castaño oscuro recogido siempre en una coleta durante la clase, complexión de mujer adulta sin pretensiones de aparentar otra cosa. Lo que me llamó la atención no fue ninguna parte concreta de su cuerpo sino algo más difícil de nombrar: una manera de moverse que sugería que sabía exactamente dónde estaba en cada momento y cuánto espacio ocupaba. Una presencia, supongo.

Ella también traía niños: dos hijos algo más mayores que los que cuidaba yo. Empezamos a coincidir en la piscina, intercambiando los saludos de rigor. A los pocos días ya charlábamos durante toda la hora de vigilancia. Se llamaba Silvia, vivía en Bilbao, su marido trabajaba en una empresa de logística y solo subía los fines de semana. Me preguntó qué quería estudiar, si tenía novia, qué música me gustaba. Yo respondía con esa franqueza sin filtros que da tener dieciocho años.

Una tarde, mientras los niños chapoteaban en la zona poco profunda y el calor apretaba de un modo que invitaba a no hacer nada, Silvia me miró de lado y preguntó, sin preámbulos:

—¿Has estado alguna vez con una mujer de verdad?

Me quedé callado un momento. Ella seguía mirando hacia el agua, sin prisa.

—No del todo —respondí al final.

—¿Qué significa eso?

—Que he llegado hasta cierto punto. Pero no... del todo.

Asintió sin hacer ningún comentario y cambió de tema con la misma naturalidad con que lo había planteado. Pero algo había quedado suspendido entre los dos en ese intercambio. Algo que yo seguiría notando durante los días siguientes cada vez que nuestros brazos se rozaban sin querer al caminar juntos o cuando sus ojos me buscaban un segundo de más desde el otro lado de la piscina.

***

Durante la semana siguiente nuestras conversaciones tomaron otro rumbo. Silvia me habló de su matrimonio con una calma que al principio me costó entender. No se quejaba, no buscaba lástima. Lo describía como quien describe el tiempo: su marido era un buen hombre, trabajador, responsable, pero entre ellos hacía años que en la cama no pasaba gran cosa. Que ella todavía tenía ganas. Que los veranos los llevaba peor que el resto del año.

—No te lo cuento para que te compadezcas —dijo una tarde—. Te lo cuento porque eres lo suficientemente adulto para entenderlo.

—¿Y para qué más me lo cuentas? —pregunté.

Sonrió sin apartar los ojos del agua.

—Para que no te sorprendas cuando te diga que me pareces atractivo.

Se me aceleró el corazón de una manera que no había sentido antes. No era el nerviosismo habitual de cuando te gusta alguien de tu edad. Era algo más serio, más denso, que bajaba hasta el estómago y se quedaba ahí.

—Tú también me pareces atractiva —dije.

Me miró entonces, de frente, con esos ojos verdes que tenía la costumbre de poner donde dolía.

—Bien —respondió, y nada más.

***

Lo que siguió fueron varios días de una tensión que no sabía cómo manejar. Mensajes en el móvil que empezaban hablando de los niños y terminaban en otro sitio. Miradas que duraban demasiado. Una noche en que los dos nos quedamos charlando junto a la parcela hasta pasada la medianoche, con los niños ya dormidos, y que terminó con ella poniéndome una mano en el brazo y diciendo que era tarde. Solo eso. Pero ambos sabíamos lo que significaba.

Silvia fue directa cuando llegó el momento: quería pasar una tarde juntos, sin interrupciones, en algún lugar donde nadie nos conociera.

—¿Tú quieres lo mismo? —me preguntó.

—Sí.

—¿Estás seguro? Porque si en algún momento cambia de opinión, me lo dices y punto.

—Estoy seguro.

La logística era el problema. Su marido venía los sábados y se marchaba los domingos. De lunes a viernes estábamos los dos encadenados a los niños hasta las ocho. Pero un viernes, su marido llamó para avisar que ese fin de semana no podía subir: un partido importante, compromisos de siempre. Silvia me mandó un mensaje esa misma tarde.

Mañana estoy libre desde el mediodía.

Respondí que yo también.

***

Quedamos a la una frente a la entrada del camping. Llegué veinte minutos antes y me quedé junto a la valla fingiendo mirar el móvil. Tenía las manos levemente húmedas. Me había cambiado de camiseta dos veces antes de salir.

La vi llegar desde lejos. Se había puesto un vestido de lino blanco que le llegaba a la rodilla, sandalias planas y el pelo suelto por primera vez desde que la conocía. Caminaba sin prisa, como si no tuviera nada que demostrar.

—Estás nervioso —dijo antes de saludarme.

—Bastante.

—Bien. Eso significa que te importa.

Había reservado habitación en un hotel de un pueblo a quince kilómetros, un sitio pequeño y discreto cerca del puerto pesquero. Cogimos un taxi. Durante el trayecto ella me puso una mano en la rodilla sin decir nada y yo dejé de notar los latidos en las sienes. Era una mano tranquila, que no pedía nada, que solo estaba ahí. Eso me calmó más que cualquier palabra.

La habitación era sencilla: cama grande, persiana de madera, luz de la tarde filtrándose en rayas doradas sobre el suelo de baldosa. Silvia dejó el bolso en la silla, miró a su alrededor un momento y después se volvió hacia mí.

—Para —dijo suavemente—. Respira.

Obedecí. Ella se acercó despacio, me puso las manos a los lados de la cara y me besó. Un beso largo, con lengua, sin prisa, que me empujó desde el principio a un sitio donde ya no podía pensar con claridad. Sentí su aliento caliente, el roce húmedo de su boca abriéndose y cerrándose sobre la mía, el sabor salado de su piel y del pintalabios muy leve que llevaba. Me agarró la nuca con firmeza suficiente para dejar claro quién llevaba el ritmo, y yo, que hasta entonces solo había besado chicas de mi edad entre risas y torpeza, noté cómo se me endurecía la polla casi de inmediato, apretando contra la tela del pantalón con una violencia que me dejó sin aire.

—Mejor —murmuró contra mi boca.

Se quitó el vestido sin dramatismo, dejándolo caer al suelo con un movimiento simple. Debajo llevaba ropa interior negra, sencilla, sujetador de copa suave y braguitas que se le ajustaban al coño con una naturalidad obscena. Tenía el cuerpo de una mujer hecha, con las tetas altas y llenas, la cintura marcada y las caderas anchas lo justo para hacerme tragar saliva. Me miró mientras yo trataba de no parecer lo que era: alguien que no sabía muy bien qué hacer a continuación.

—No tienes que actuar como si supieras —dijo—. Prefiero que hagas lo que sientes.

Eso bastó para quitarme el peso que llevaba encima desde por la mañana.

Nos besamos otra vez, más despacio al principio, y luego ella me empujó suave hacia la cama hasta que mis rodillas toparon con el colchón. Me sentó en el borde y se colocó entre mis piernas. Me tomó la cara, me besó otra vez y después fue bajando con la boca por mi cuello, la clavícula, el pecho. Yo le metí las manos bajo el sujetador, notando la firmeza tibia de sus pechos y la tensión de los pezones endureciéndose bajo mis dedos. Silvia soltó un suspiro corto y me apartó la mano solo para llevarla ella misma a donde quería.

—Así —dijo en un momento, con los ojos cerrados—. No pares.

Le desabroché el sujetador y dejé que cayera. Las tetas le quedaron expuestas, redondas, con los pezones oscuros y erguidos, más grandes de lo que yo había imaginado. Las chupé primero con torpeza, después con más ganas, hundiendo la boca en una carne que sabía a piel caliente y a deseo contenido durante demasiado tiempo. Silvia me agarró el pelo y me guio, sin brusquedad, hasta hacerme entender cuánto le gustaba que le chupara así, con hambre, sin pedir permiso cada vez que cambiaba de lado. Cuando mi mano bajó hacia su entrepierna, encontré el borde húmedo de sus braguitas ya empapadas. La tela estaba resbaladiza, caliente, y al rozarla ella abrió un poco más las piernas con una impaciencia que me hizo temblar.

—Quítamelas —dijo.

Se las bajé despacio por los muslos, viendo cómo su coño aparecía delante de mí, rasurado de forma cuidadosa, brillante ya de excitación. No hubo poesía ni ceremonia: había una mujer de cuarenta años delante de mí, preciosa y deseosa, mirándome como si yo fuera exactamente lo que quería usar esa tarde. Se recostó sobre los codos, abrió más las piernas y dejó que me acercara. Olía fuerte, a sal, a calor y a mujer mojada. Me arrodillé entre sus piernas y le pasé la lengua por el pliegue de una sola vez, sintiendo el sabor espeso, íntimo, de su coño húmedo. Silvia arqueó la espalda y lanzó un gemido que me atravesó entero.

—Joder... así —susurró—. Más abajo.

Obedecí. Le separé los labios con los dedos y me metí de lleno en ella, chupando su clítoris, lamiendo la hendidura, hundiendo la lengua todo lo que podía mientras ella se retorcía sobre la cama y me apretaba la cabeza con ambas manos. No era una de esas escenas bonitas de película: era un trabajo intenso, húmedo, desordenado, con mi cara enterrada en su coño y el sonido de sus gemidos creciendo hasta volverse casi obscenos. Cada vez que yo cambiaba el ritmo, ella me corregía con una voz rota, más exigente.

—Ahí. No te apartes. Chúpame más fuerte.

Yo la obedecía con una mezcla de hambre y torpeza, metiendo dos dedos dentro de ella al mismo tiempo que seguía lamiéndola, sintiendo cómo se cerraba caliente alrededor de ellos. Silvia se estremecía con cada empuje, con cada giro de muñeca, y de pronto echó la cabeza hacia atrás, arqueó las caderas y se corrió contra mi boca con una fuerza que me dejó la lengua empapada. La noté temblar de verdad, agarrándome el pelo con ambas manos, murmurando palabras que no terminé de entender. Cuando acabó, quedó respirando rápido, con el coño todavía palpitándole bajo mis dedos.

Me incorporé con la cara mojada y ella me miró con una sonrisa torcida, satisfecha y un poco incrédula.

—Ven aquí —dijo.

Me desnudó a mí después, desabrochando el pantalón, bajándolo junto con los calzoncillos hasta que mi polla quedó libre, dura, palpitante y más grande de lo que yo mismo habría admitido en voz alta. La tomó con la mano y la recorrió lentamente desde la base hasta la punta, sintiendo el prepucio tenso y el sudor en la piel. Levantó una ceja al notar cuánto me costaba no echarme encima de ella en ese mismo instante.

—Qué ganas tenías —murmuró.

—No tengo ni idea de qué hacer ahora.

—Sí la tienes. Solo tienes miedo de hacerlo mal.

Me tumbó de espaldas y se colocó encima, rozándome la verga contra su coño mojado hasta hacerme perder el poco control que me quedaba. Empezó a bajar despacio, centímetro a centímetro, y la sensación de entrar en ella me dejó completamente quieto. Su interior estaba caliente, apretado, húmedo de una manera que no se parecía a nada que hubiera imaginado. Silvia se apoyó en mis muslos, me miró a los ojos y terminó de sentarse sobre mí con un movimiento largo que nos hizo suspirar a los dos al mismo tiempo.

—Así —dijo con una sonrisa ladeada—. Así, joder.

Yo la agarré por las caderas y empecé a moverme despacio, primero con miedo a hacerle daño, luego con más decisión cuando vi que ella arqueaba la espalda y pedía más con un gesto de la boca. El sonido de nuestras pieles chocando llenó la habitación enseguida. Sus tetas rebotaban sobre mi pecho, su pelo me caía sobre la cara, y cada vez que yo embestía un poco más fuerte, ella apretaba los dientes y me respondía con un gemido largo, sincero, de mujer que estaba disfrutando de verdad. No había pudor ya, ni distancia, ni la menor posibilidad de fingir que aquello era otra cosa.

—Más rápido —me pidió—. No te cortes.

La cogí por la cintura y la levanté apenas para cambiar el ángulo, para entrarle más hondo. Ella apoyó las manos en la pared y me dejó follarla desde atrás unos segundos, inclinada sobre la cama, con el culo redondo apuntándome y la vulva empapada abriéndose a cada golpe de cadera. Le pegué un par de azotes suaves en una nalga y Silvia soltó una risa ahogada que enseguida se convirtió en otro gemido.

—Eso —dijo—. Así me gusta.

Volvimos a tumbarnos, esta vez de lado, enredados. Me guiaba la mano, me decía cuándo acelerar, cuándo apretar los dedos en su clítoris, cuándo hundirme más. Yo la besaba con la boca llena de su sabor, notando cómo me iba acercando a mi propio límite mientras ella seguía retorciéndose debajo de mí, pidiéndome más y más. El calor en el bajo vientre se me hizo insoportable, una presión brutal que me subía por el cuerpo y me nublaba la cabeza.

—Voy a correrte dentro —le dije casi sin voz.

Silvia me sostuvo la mirada y sonrió, sin apartarse ni un milímetro.

—Hazlo.

Eso fue suficiente. Apreté la mandíbula, la agarré por la cadera con fuerza y me vacié dentro de ella con una sacudida que me dejó temblando de pies a cabeza. La sensación de la corrida saliendo de mí, caliente y espesa, llenándole el coño mientras ella seguía moviéndose encima de mí, me hizo jadear como si acabara de correr kilómetros. Silvia no se apartó enseguida. Se quedó encima, respirando despacio, notando cómo seguíamos unidos, y luego me besó otra vez, esta vez con más ternura que hambre.

—Muy bien —murmuró contra mis labios—. Muy bien hecho.

Nos quedamos así un rato, pegados, sudados, con el olor del sexo todavía denso en la habitación. Después me pidió que la lamiera otra vez y yo lo hice, ya sin nervios, con una confianza nueva que ella misma había ido construyendo a base de indicaciones pequeñas, de paciencia y de una seguridad en sí misma que resultaba casi indecente. Cuando terminó de correrse por segunda vez, me tiró del brazo y me hizo tumbarme a su lado, agotados los dos, respirando despacio.

***

Estuvimos en esa habitación hasta pasadas las nueve de la noche. Paramos dos veces. Entre la segunda parada y la tercera nos quedamos tumbados mirando el techo en silencio. Ella me preguntó si tenía hambre. Pedimos al servicio de habitaciones: algo de embutido, pan con tomate, dos cervezas frías. Comimos en la cama en ropa interior como si fuera la cosa más natural del mundo.

—¿En qué estás pensando? —preguntó.

—En que no esperaba que fuera así.

—¿Cómo esperabas que fuera?

—No sé. Más raro. Más incómodo.

Sonrió.

—Eso es porque escuchas. La mayoría no sabe escuchar.

No supe qué responder a eso. Me puse rojo, que era bastante ridículo teniendo en cuenta todo lo que había pasado en las últimas horas, pero así fue.

Volvimos al camping en el último taxi de la noche. Antes de separarnos en la entrada, Silvia se detuvo un momento.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué me das las gracias tú a mí?

—Porque podría haber sido incómodo y no lo fue.

***

Lo que siguió no fue una historia de amor. Ninguno de los dos lo pretendía y ninguno fingió lo contrario. Su marido siguió subiendo los fines de semana y la vida del camping continuó con sus rituales. Durante la semana, Silvia y yo nos cruzábamos en la piscina, charlábamos, reíamos como antes. Dos tardes más, cuando la logística lo permitió, nos escabullimos a un hotel del litoral. Sin promesas. Sin conversaciones sobre lo que éramos o lo que significaba.

Había algo honesto en ese acuerdo tácito que yo no habría sabido apreciar unos años antes. Silvia era exactamente lo que decía ser: una mujer con necesidades que no estaban siendo atendidas y que decidió hacer algo al respecto con claridad y sin mentiras. Yo era lo que era: alguien que todavía estaba aprendiendo qué quería, y que tuvo la suerte de aprender con alguien que sabía lo que hacía y que no necesitaba complicarlo más de lo que era.

El último día de julio, cuando mis padres empezaron a desmontar la parcela y a cargar el coche, Silvia se acercó a despedirse. Delante de todo el mundo me dio dos besos en la mejilla, como a cualquier vecino de camping con quien se ha compartido un mes de verano.

—Que te vaya bien —dijo.

—A ti también —respondí.

Y eso fue todo. Pero ese verano, sin que yo lo supiera todavía, fue el que me enseñó más cosas sobre las personas y sobre mí mismo que cualquier otro año que recuerde.

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Comentarios(10)

Ramiro27

De los mejores relatos que lei en mucho tiempo. Tremendo!!

patri88

Por favor segui, quede con ganas de saber mas de esa mujer. Segunda parte!!

FedelMar

Me recordó tanto a mis 18 años... uno nunca olvida la primera vez. Muy bien escrito.

ValeriaBaires

¿Y que pasó despues del verano? ¿volviste a verla?

NachoGBA

Esa descripcion de la piscina al principio es perfecta, te metiste de una en la historia. Muy bueno!

Costera22

jajaja qué verano te mandaste. Envidiable!

Lucia_1988

Me gusto mucho como lo narraste, no es facil escribir sobre la primera vez sin que suene forzado. Se nota que lo viviste de verdad. Seguí escribiendo por favor.

Gus_85

Excelente! muy bien escrito y con ritmo.

MarcelaPaz

Buenisimo, me quede corta queriendo mas. Pronto el siguiente?

mauro_veg

El titulo me atrapo y el relato no defrauda para nada. Buena pluma.

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