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Relatos Ardientes

Mi vecina me pidió que iniciara a su hija

Nora y Gerardo llevaban más de doce años viviendo en el piso de enfrente. Los saludos en el pasillo habían evolucionado con el tiempo en algo más cercano: mates compartidos en el rellano, alguna que otra cena, la confianza suficiente para guardarse las llaves cuando alguno viajaba. Era el tipo de vínculo que se construye sin que nadie lo planifique. Un día eres el vecino, y al siguiente te encontrás comiendo en su mesa.

Nora tenía unos 56 años, aunque los llevaba de forma distinta a la mayoría. Era directa, sin filtros, del tipo que dice lo que piensa antes de que el pensamiento termine de formarse. Gerardo era más callado, de esos que escuchan mucho y hablan poco. Los dos juntos funcionaban bien.

Fue en una de esas conversaciones de pasillo cuando salió el tema del departamento que tengo en el centro de la ciudad. No es grande, pero está bien ubicado. Lo alquilo en temporada alta, y el resto del tiempo lo uso para ciertos asuntos que prefiero mantener separados del resto de mi vida.

Nora me preguntó qué tipo de asuntos. Lo dijo con esa sonrisa suya que no era exactamente inocente.

Le dije la verdad, sin rodeos: de vez en cuando, mujeres jóvenes que quieren vivir su primera vez en un entorno seguro, con alguien que sepa lo que hace. Sin prisa, sin presión, sin que nadie se lleve un mal recuerdo.

Ella lo procesó un momento. Después asintió, como si la respuesta tuviera más sentido del que esperaba. Cambió de tema, y yo dejé la conversación ahí.

***

Quince días más tarde, nos volvimos a cruzar junto al ascensor. Nora tenía esa forma de plantarse en el centro del pasillo cuando quería hablar de algo en serio.

—Andrés, tengo una pregunta.

—Dispara.

—¿Aceptarías un encargo mío?

Le pregunté de qué se trataba. Ella bajó la voz, aunque no había nadie más cerca.

—Mi hija Sofía tiene veintiún años y sigue siendo virgen. No por falta de oportunidades, sino porque nunca encontró a alguien que le generara confianza. Sus amigas han tenido primeras experiencias muy malas, de las que no se habla después con orgullo sino con vergüenza. Quiero que la de ella sea diferente.

Me tomé un momento antes de responder.

—¿Sofía sabe que estás teniendo esta conversación conmigo?

—Todavía no. Pero la conozco. Si se lo propongo bien, lo va a entender.

Le expliqué mis condiciones. Sin espectadores. Sin grabaciones. El ritmo lo marca ella, no yo. Si en algún momento decide que no quiere continuar, se termina ahí, sin presiones y sin explicaciones.

Nora escuchó todo sin interrumpir. Cuando terminé, preguntó:

—¿Podés asegurarme que va a estar bien?

—Puedo asegurarme de hacer las cosas bien. El resto depende de ella. Pero voy a estar atento.

Aceptó.

***

Me pedí dos semanas para prepararme. No era solo cuestión de disponibilidad: había ciertos detalles que valía la pena cuidar. Dieta, descanso, el departamento ordenado y sin ningún elemento que pudiera incomodarla desde el primer momento. Quería que el espacio fuera neutro, sin historia visible.

Nora me avisó con cinco días de antelación. Me dijo que Sofía lo sabía todo, que habían hablado con calma. Su hija había tardado en reaccionar, pero al final había dicho que sí. No con entusiasmo desbordado, sino con la convicción tranquila de alguien que toma una decisión propia.

El día señalado era un martes de febrero. Hacía calor, de ese calor húmedo de la costa que pega en la tarde y no cede fácil.

Cuando sonó el portero eléctrico, abrí sin preguntar. Estaba recién duchado, en ropa casual, con la ventana del living abierta para que corriera algo de aire. El departamento olía a madera y a silencio.

Nora entró primero. Detrás de ella venía Sofía.

Era una chica de estatura media, pelo oscuro y liso hasta los hombros, ojos claros que contrastaban con el resto. Tenía una cara que no combinaba con la incomodidad que proyectaba todo el resto de su cuerpo: demasiado quieta, demasiado consciente de sus propios movimientos. Me saludó con un beso en la mejilla, rápido y formal, como saluda alguien que no sabe bien dónde poner las manos.

—Está nerviosa —dijo Nora, sin bajar la voz.

—Mamá.

—Es la verdad.

La saludé como si el comentario no hubiera existido y los invité a pasar al living.

***

Nora se quedó diez minutos. Tomó un vaso de agua, inspeccionó el departamento con la mirada tranquila de alguien que necesita asegurarse de algo antes de irse, y después anunció que tenía diligencias que resolver.

Antes de irse, se acercó a Sofía y le dijo algo al oído. No escuché qué. Sofía asintió una vez, sin mirarla. La puerta se cerró.

El silencio que vino después no era tenso exactamente, pero tampoco era cómodo. Sofía estaba parada junto al ventanal, mirando los edificios de enfrente con una concentración que no correspondía al paisaje.

—¿Querés algo para tomar? Hay cerveza, agua, jugo.

—Agua, gracias.

Le serví dos vasos. Me senté en el sofá y ella, después de un momento de duda visible, eligió el sillón que quedaba en ángulo: no el lugar junto a mí, sino el que dejaba algo de distancia. Inteligente, pensé. Estaba midiendo el espacio.

Le pregunté por su carrera. Estaba en tercer año de comunicación audiovisual. Le gustaba más la producción que la edición, aunque reconocía que sin saber editar no llegaba a ningún lado. Hablaba de eso con la soltura de alguien que ha pensado mucho en el tema.

Al principio habló despacio, eligiendo las palabras. Después se fue soltando. Empezó a opinar, a contradecir algo que yo dije sobre el periodismo digital, a gesticular con las manos cuando consideraba que yo no estaba entendiendo su punto. Había algo en ella que se activaba cuando discutía: dejaba de estar pendiente de sí misma y empezaba a estar presente de verdad.

La segunda cerveza ayudó. No para emborracharla, sino para que el cuerpo dejara de estar en alerta permanente.

En algún momento en que la conversación hizo una pausa natural, pregunté:

—¿Tu mamá te explicó bien de qué se trata esto?

Sofía bajó la cerveza.

—Lo suficiente.

—¿Y vos qué querés?

—No quiero que sea como les pasó a mis amigas. Ninguna lo disfrutó. La mayoría ni hablan de eso después.

—¿Qué es lo que no querés que pase?

Sofía tardó en responder. Cuando lo hizo, fue directo:

—Que duela demasiado. Que sea rápido. Que la otra persona no esté prestando atención.

—Eso está en mis manos —le dije—. Si vos no querés que pase, no pasa.

—¿Y si en algún momento quiero parar?

—Paramos. Sin drama, sin explicaciones.

Me miró por primera vez con algo que no era solo vigilancia.

***

El departamento tenía el aire acondicionado en la habitación, no en el living. Cuando el calor se volvió insoportable, lo mencioné sin convertirlo en un evento. Le dije que podíamos seguir hablando adentro si quería. Sofía evaluó la propuesta un segundo y dijo que sí.

Me senté en el borde de la cama. Ella eligió la silla del escritorio, al otro lado de la habitación.

—¿Siempre hacés esto? —preguntó.

—¿Hablar con alguien antes?

—Sí.

—Siempre.

—¿Por qué?

—Porque si la persona no está presente, lo que venga después no sirve de nada.

Sofía procesó eso en silencio. Después se levantó de la silla y se sentó en la cama, a algo más de un metro de mí. Ese movimiento también fue una decisión. Lo noté.

Le pregunté si podía acercarme antes de hacerlo. Ella asintió. Me moví despacio, sin cambiar el tono de la conversación, como si el espacio entre nosotros se hubiera reducido de forma natural.

Le puse una mano en la rodilla. Solo eso.

Sofía contuvo la respiración un momento y después la soltó.

—¿Está bien así? —pregunté.

—Sí.

Le tomé la barbilla con dos dedos y la giré hacia mí. La besé despacio, sin prisa, sin intentar ir a ningún lado todavía. Ella tardó unos segundos en responder, pero lo hizo. Cuando me separé, tenía los ojos cerrados todavía.

***

Lo que siguió no tuvo prisa. Eso era parte del trato, pero también era lo que funcionaba. La tensión que se había acumulado en ella durante semanas necesitaba tiempo para disolverse, no presión para acelerarse.

La recosté con cuidado. Le saqué los zapatos, después el cinturón. Sofía observaba cada movimiento como si estuviera aprendiendo algo que nadie le había enseñado a ver. No con miedo, sino con atención real.

Empecé por el cuello. Después los hombros. Fui bajando despacio, leyendo cada respuesta de su cuerpo antes de continuar. Cuando llegué al abdomen, Sofía ya no tenía la mirada fija en el techo: me estaba mirando a mí.

—¿Está bien? —pregunté.

—Sí —dijo. Esta vez lo dijo diferente.

Le bajé la ropa interior con cuidado. Le separé las piernas suavemente, sin forzar nada, y empecé con la lengua.

Sofía se aferró a la sábana con una mano. No hizo ruido al principio: solo respiró de otra manera, más profundo, más irregular. Después dejó escapar un sonido que no intentó controlar, y eso fue la señal de que el cuerpo había dejado de resistir.

No tuve apuro. Quería que llegara antes de que llegáramos a lo otro.

Cuando llegó, fue con el cuerpo entero. No fue dramático, pero sí definitivo: un largo temblor que empezó en las caderas y tardó en detenerse. Sofía mantuvo los ojos cerrados durante un rato después, con la respiración todavía alterada.

Le puse una mano en el vientre, solo para que sintiera contacto.

—¿Seguimos? —pregunté.

Asintió. Tenía los ojos brillantes, no de tristeza sino de algo que no había sentido antes.

***

Le expliqué lo que iba a pasar y lo que podía sentir. Le dije que en cualquier momento podía pedirme que parara.

—No voy a pedirte que pares —dijo.

Me acomodé entre sus piernas con cuidado. El primer contacto lo hice despacio, dando tiempo. Sofía apretó los labios al principio, los ojos cerrados, pero no dijo que parara.

Fui avanzando poco a poco. Cuando llegué al punto de resistencia, me detuve.

—¿Bien?

—Seguí.

El momento fue breve pero real. Sofía soltó el aire que había estado conteniendo. No fue el dolor que había imaginado: eso lo noté en cómo se le relajó la cara inmediatamente después.

A partir de ahí, el cuerpo de Sofía se acomodó al ritmo. No lo buscó con urgencia, sino que lo encontró de manera natural, sin forzar nada. Yo me mantuve atento, sin acelerar antes de tiempo, sin perder el hilo de lo que estaba pasando en ella.

Llegué al final mucho después de que ella hubiera disfrutado de lo que había venido a buscar. Cuando me separé, me quedé un momento mirándola.

Sofía tenía los ojos abiertos, mirando el techo. Pero esta vez sin la rigidez del principio. Era otra cosa lo que tenía en la cara.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí —dijo. Y después de un segundo—: Muy bien.

***

Se quedó otro rato. No hablamos mucho. Tomó agua, se vistió despacio, se quedó mirando por el ventanal los mismos edificios de enfrente que había mirado al llegar, pero con otra expresión. Como si el paisaje no hubiera cambiado pero ella sí.

Cuando se fue, me dio un beso en la mejilla. El mismo gesto que al llegar, pero sin nada de formal.

Nora me llamó esa noche. No me preguntó detalles. Solo preguntó si todo había ido bien.

—Sí —le dije—. Muy bien.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—Gracias, Andrés.

Colgué. Afuera el calor de la tarde había bajado un poco. No mucho, pero lo suficiente.

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Comentarios (6)

SandroNoche

Increible relato!! me dejo sin palabras

LectorBA_77

Por favor seguí con esto, quede con muchas ganas de saber cómo terminó todo entre ellos. Una segunda parte sería perfecta.

Terco88

brutal jajaja, me mataste con el final

LilaRosada

hay continuacion?? necesito saber que paso despues jaja

NormaOK64

Que historia tan bien contada, se nota que hay talento acá. Me gustó mucho como describe los nervios al principio, se siente autentico. Espero leer mas!

el_tano_22

corto pero intenso, me gusto!

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