Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi prima me eligió para su primera vez en navidad

La tradición familiar dictaba que la Nochebuena se celebraba en casa de mis abuelos, una casa grande en las afueras con jardín y un comedor donde cabíamos todos. Tíos, tías, primos de distintas edades y los abuelos presidiendo la mesa con esa dignidad cansada que da el paso de los años. Era el mismo ritual de siempre: demasiada comida, villancicos a medias y regalos que nadie pedía.

Sofía llegó tarde, como solía. Era la hija de mi tío Marcos, tres años menor que yo, y esa noche la vi entrar por la puerta y casi no la reconocí. Había algo diferente. Quizás era el vestido oscuro que llevaba, ceñido y más adulto de lo que yo esperaba, o quizás era que la última vez que la había visto en serio tenía dieciocho años y ahora tenía diecinueve. Las cosas cambian.

Me saludó con un beso en la mejilla como siempre, pero esta vez dejó los labios un segundo más de lo necesario.

—Hola, primo —dijo mirándome a los ojos.

—Hola, Sofía. Llegas tarde.

—Siempre llego tarde —respondió con esa sonrisa suya que no pedía perdón por nada.

Durante la cena, la noté mirándome desde el otro extremo de la mesa. No era la mirada de siempre, esa mirada distraída de prima a primo. Era otra cosa. Me servía más vino cuando pasaba cerca, me rozaba el brazo sin motivo aparente, y cuando los mayores empezaron con las historias de siempre y los niños correteaban por el jardín, ella se sentó a mi lado y apoyó el pie en el mío por debajo de la mesa. Después subió el pie por mi pantorrilla, muy despacio, hasta rozarme la entrepierna con la punta descalza. Sentí la polla endurecerse contra la tela del pantalón y ella lo notó, porque bajó los ojos y sonrió apenas antes de servirse más vino.

No dije nada. Tampoco lo retiré.

Estaba claro lo que estaba pasando. Solo que ninguno de los dos lo nombraba todavía.

***

Después de la cena, los mayores se instalaron en el salón. La televisión, el coñac, las charlas largas que se repiten cada año. Los niños ya dormían. Yo salí al jardín a tomar aire frío, necesitaba despejarme.

Sofía salió detrás de mí al cabo de un minuto.

—Hace frío —le dije, como si necesitara decir algo.

—Ya lo sé —respondió, pero no entró.

Nos quedamos un rato en silencio, mirando el jardín oscuro. Las luces de Navidad de la terraza parpadeaban detrás de nosotros y proyectaban colores sobre la hierba mojada.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella de pronto.

—Claro.

Tardó en hablar. Se cruzó de brazos como si tuviera frío, aunque yo creía que era otra cosa.

—¿Tú crees que dos personas pueden follar aunque no deberían?

No respondí de inmediato. Entendía perfectamente lo que me estaba preguntando.

—Depende de quiénes sean —dije.

—Ya sabes quiénes somos.

La miré. Ella me sostuvo la mirada sin vacilar. Sofía nunca había sido tímida, pero esa noche tenía algo más: una determinación que no le había visto antes. La clase de determinación que tarda meses en acumularse y que sale entera de golpe.

—Sofía....

—No me digas que es una mala idea. Ya lo sé. No me importa. Llevo meses tocándome pensando en ti y estoy harta de hacerlo sola.

Se me secó la boca. Entré. Ella entró detrás de mí. No fui hacia el salón.

***

En el cuarto del fondo, el que usaban mis abuelos de almacén y que esa noche estaba cerrado con llave que yo sabía dónde estaba guardada, nos encontramos solos por primera vez en la noche. La habitación tenía una cama estrecha, cajas apiladas contra las paredes y una ventana pequeña con la persiana bajada. Olía a madera vieja y a algo vagamente dulce que no supe identificar. Cerré la puerta con pestillo por dentro.

—Nunca he follado con nadie —dijo Sofía. No me lo dijo como disculpa ni como advertencia. Me lo dijo como información—. Nunca he tenido una polla dentro. Pero he pensado en la tuya muchas veces.

—¿Eso cambia algo para ti?

—No. ¿Para ti?

—No.

Se acercó y me besó. Fue un beso torpe al principio, con los labios fríos del jardín, pero encontró su ritmo rápido. Me metió la lengua en la boca sin timidez, como si llevara horas ensayando ese movimiento, y me mordió el labio inferior al separarse un segundo para respirar. Tenía las manos cálidas cuando las puso en mi pecho y fue en ese momento cuando me di cuenta de que llevaba así toda la noche: fría por fuera, ardiendo por dentro.

Le pasé los dedos por el cabello y la acerqué más. Ella se pegó a mí sin dudar y bajó una mano hasta encontrarme la polla por encima del pantalón. Me apretó con la palma abierta, midiendo el bulto, y soltó un suspiro contra mi cuello.

—Joder —murmuró—. La tienes durísima ya.

—Llevas toda la cena provocándome.

—Bien.

Le bajé la cremallera lateral del vestido y se lo saqué por arriba en un solo movimiento. Quedó en sujetador negro y braguita a juego, temblando ligeramente aunque no de frío. Le desabroché el sujetador y las tetas cayeron pesadas y firmes, con los pezones ya duros como piedra. Me agaché y le cerré la boca sobre uno, chupándolo entero mientras le apretaba el otro con la mano. Ella arqueó la espalda y me clavó los dedos en la nuca.

—Despacio —le dije contra la piel.

—No quiero ir despacio —susurró—. Llevo demasiado esperando esto.

La hice sentarse en el borde de la cama y me arrodillé frente a ella. Le abrí las piernas con las dos manos, sin prisas, mirándola a la cara para leer cada reacción. Cuando mis manos llegaron a la parte interior del muslo, ella contuvo la respiración y apretó los dedos contra el colchón.

Mis dedos llegaron hasta la braguita. Estaba empapada, la tela oscura y pegada al coño, y eso fue suficiente para confirmar que lo que había empezado en el jardín no era un impulso de un segundo sino algo que había estado creciendo mucho antes de esta noche.

—Llevo todo el día pensando en esto —confesó en voz muy baja.

—¿Todo el día?

—Desde que me vestí. Me toqué antes de venir. Me corrí pensando en ti y aun así llegué aquí mojada.

Le bajé la braguita y la dejé caer al suelo. Ella cerró los ojos y separó más las piernas por instinto. Tenía el coño depilado, los labios hinchados y brillantes de lo mojada que estaba. Bajé la cara sin más ceremonia y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, saboreándola por primera vez. Sofía dio un respingo violento y se llevó una mano a la boca para no gritar.

—Dios mío —jadeó entre los dedos—. Dios mío, Dios mío.

Me tomé mi tiempo. Le chupé el clítoris con los labios, se lo lamí en círculos lentos, se lo mordí muy suave y luego se lo aspiré entero dentro de la boca. Cada vez que le encontraba el ritmo bueno, ella cerraba los muslos alrededor de mi cabeza como si tratara de retenerme ahí para siempre. Le separé las piernas con las manos, la abrí bien y le hundí la lengua todo lo hondo que pude, follándole el coño con la boca.

—Métemelo —jadeó—. Un dedo, por favor, un dedo dentro.

Introduje el dedo medio, despacio. Noté la resistencia, la tensión, la forma en que aferró el edredón con la mano libre. Estaba estrecha, tan estrecha que sentía las paredes cerrándose alrededor del dedo con un latido propio.

—¿Te duele?

—Un poco. No pares. Sigue, sigue chupándome mientras me lo metes.

Continué con más cuidado, dejando que el ritmo lo marcara ella. Volví a bajar la boca al clítoris mientras el dedo entraba y salía, y sumé un segundo dedo cuando la noté más abierta. Fue cediendo poco a poco. Sus caderas empezaron a moverse solas, buscando más, restregándose contra mi cara sin pudor. Los ruidos que hacían mis dedos dentro de ella, mojados y obscenos, llenaban el cuarto pequeño.

—Voy a correrme —susurró apretando los dientes—. Joder, voy a correrme en tu boca.

Le clavé la lengua sobre el clítoris sin dejar de moverle los dedos dentro y ella se rompió. Se corrió con un grito ahogado contra el dorso de su propia mano, con todo el cuerpo tembloroso, apretando los muslos contra mis orejas hasta hacerme daño. Sentí el coño palpitando alrededor de mis dedos, chorreando sobre mi barbilla, y aguanté ahí hasta que dejó de temblar.

—Quiero que sigas —dijo cuando pudo hablar de nuevo—. Quiero todo. Quiero la polla dentro. Ya.

***

Me incorporé y me senté a su lado. Ella me buscó la bragueta con las manos temblorosas y me la abrió. Me sacó la polla con la mano derecha, la envolvió con los dedos y midió el grosor con los ojos muy abiertos.

—Es más grande de lo que pensaba —dijo.

—¿Y qué pensabas?

—No sé. Menos.

Se agachó sin previo aviso y se la metió en la boca. Fue torpe, se atragantó en cuanto le tocó el fondo del paladar, pero volvió a intentarlo enseguida. Me la chupó con más ganas que técnica, bajando y subiendo con los labios cerrados, dejando hilos de saliva colgando entre su boca y mi polla cada vez que se separaba para respirar.

—Dime si lo hago mal —murmuró con la boca llena.

—Lo estás haciendo perfectamente. Usa la lengua. Así.

Aprendió rápido. Me lamió la punta en círculos, me chupó los huevos uno detrás del otro y volvió a metérsela hasta donde pudo. Le puse la mano en la nuca, sin forzarla, solo guiándola, y ella cerró los ojos y se dejó marcar el ritmo. Cuando la sentí a punto de hacerme perder el control, la aparté con suavidad.

—¿Estás segura de lo que sigue? —le pregunté.

—Llevo meses pensando en ti —dijo mirándome fijo, con la boca todavía brillando—. No estoy segura de muchas cosas, pero de esto sí. Fóllame ya.

Nos desnudamos del todo. Me coloqué sobre ella y la besé otra vez mientras encontraba la posición. Ella enrolló las piernas alrededor de las mías y me atrajo hacia sí con una presión firme que no dejaba dudas. Le pasé la punta de la polla por los labios del coño, arriba y abajo, empapándola de lo mojada que estaba ella misma.

—No me hagas esperar —jadeó—. Métemela.

Entré despacio, muy despacio. Ella contuvo un sonido en la garganta, un sonido que no era del todo dolor ni del todo otra cosa, sino las dos cosas mezcladas en una sola exhalación. La cabeza le entró con dificultad, ensanchándola, y noté cómo el coño se resistía a dejar pasar el resto.

Me detuve.

—Sigue —dijo entre dientes.

Seguí avanzando con cuidado. Empujé un centímetro más, y otro, y otro. En algún punto noté una resistencia real y me detuve instintivamente. Ella me clavó los dedos en la espalda, no para frenarme sino para empujarme.

—Sigue —repitió—. Rómpeme de una vez.

Empujé firme. Noté el momento exacto en que cedió, la barrera cediendo húmeda alrededor de la polla, y la sentí abrirse entera para recibirme hasta el fondo. Sofía exhaló un sonido largo y entrecortado que enterró en mi cuello, aferrada a mí con las uñas clavadas. Me quedé quieto, hundido hasta la base dentro de ella, dejándola acomodarse, sin moverme.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió, y en su voz había algo diferente, algo que no había oído antes—. La tengo toda dentro. Joder, la siento hasta el ombligo. No pares.

***

Empecé a moverme. Despacio al principio, con movimientos cortos y medidos, saliendo apenas un poco y volviendo a hundirme entera, leyendo cada gesto de su cara. Ella fue relajándose poco a poco, y el dolor fue cediendo y dejando paso a otra cosa. Noté el cambio en su respiración, en la forma en que sus caderas empezaron a responder a las mías casi sin que ella lo decidiera conscientemente. El coño la iba soltando la polla y volviendo a apretarla con cada embestida, cada vez más resbaladizo, cada vez más entregado.

Le besé el cuello, la clavícula, la curva del hombro. Ella giró la cabeza para darme más acceso y siguió apretando los labios para no hacer ruido, aunque de vez en cuando un sonido se escapaba de todas formas, pequeño y apresurado. Los golpes de mi pelvis contra la suya empezaron a hacer un ruido húmedo que era imposible de camuflar en el silencio de aquel cuarto.

—Así —dijo en voz baja. Y luego, después de un momento—: Así, sí. Más fuerte. Fóllame más fuerte.

Le hice caso. Aumenté el ritmo, saliendo casi entera y hundiéndomela hasta los huevos de una sola estocada. Sus tetas botaban con cada embestida y ella se llevó una mano a la boca para ahogar los gemidos que ya no podía contener. El ritmo fue encontrándose solo. Ya no tenía que pensarlo. Ella tampoco. Sus caderas venían a mi encuentro, su respiración se fue haciendo más irregular, y yo podía sentir con claridad cómo su cuerpo respondía de maneras que su cabeza todavía no sabía procesar del todo.

Cambiamos de posición. La giré despacio, le levanté las caderas y la puse a cuatro patas sobre la cama. Le agarré la cintura con las dos manos y me hundí de un solo golpe desde detrás. Desde esa posición, la penetración era diferente, más profunda, y Sofía lo acusó de inmediato enterrando la cara en la almohada para ahogar el sonido que no podía contener.

—Qué diferente —murmuró contra la tela—. Dios mío. Así llegas más adentro.

—¿Te gusta así?

—Sí. Más. Dame más.

Encontré un ritmo que le gustó. Lo supe porque dejó de morder la almohada y empezó a empujar hacia atrás, viniendo a mi encuentro, marcando ella la cadencia. Le acaricié la espalda con una mano y bajo mis dedos sentía cómo se tensaba y se relajaba al ritmo de lo que estábamos haciendo. Bajé la mano hasta agarrarle una nalga y se la apreté con fuerza. Ella soltó un jadeo largo.

—Dame una nalgada —pidió—. Suave.

Se la di. Un sonido seco que rebotó en las paredes. El coño se le cerró alrededor de la polla en una contracción brusca y me arrancó un gruñido.

—Otra —jadeó.

Le di otra. Y otra más. Le quedó la piel de la nalga marcada en rojo. Me incliné sobre ella, le agarré el pelo con la mano izquierda y tiré hacia atrás muy suave, obligándola a arquear la espalda. Con la mano derecha le rodeé el cuerpo hasta encontrarle el clítoris, y empecé a frotárselo en círculos mientras seguía embistiéndola desde atrás.

Le aparté el cabello del cuello y lo besé. Ella levantó ligeramente la cabeza, ofreciéndome más.

—No pares —pidió—. No pares por nada. Voy a correrme otra vez.

***

—Para —dijo de repente, con la voz diferente.

Me detuve de inmediato, todavía hundido dentro.

—¿Qué pasa?

—Nada. Quiero ponerme encima. Quiero verte la cara cuando me corra.

Salí de ella con cuidado. Se incorporó y me hizo tumbarme boca arriba. Se subió a horcajadas, me buscó la polla con la mano y se colocó ella misma con una seguridad que contrastaba con la torpeza esperada. Bajó despacio, con los ojos entrecerrados, encontrando el ángulo que necesitaba. La punta se le hundió sin resistencia y bajó centímetro a centímetro hasta tenerla toda dentro otra vez. Cuando quedó sentada a fondo, con las nalgas apoyadas contra mis muslos, se quedó quieta un momento con la respiración suspendida, como si estuviera registrando cada sensación antes de que empezara a moverse.

—Joder —susurró—. Así es como más adentro llega.

Luego empezó.

Era torpe al principio, buscando el ritmo, ajustando la posición de las rodillas. Subía y bajaba con movimientos cortos, y de repente se echaba hacia adelante y hacia atrás, cabalgándome. Encontró algo que le funcionó y se aferró a ello. Yo la sujeté por las caderas, sin dirigirla, solo siguiéndola, dejando que marcara ella el tempo. Le subí las manos hasta las tetas y se las apreté, pellizcándole los pezones con las yemas. Ella arqueó la espalda y aceleró.

—Así —me dijo, más para sí misma que para mí—. Así, tócame así.

Desde abajo la veía con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, los labios entreabiertos, los ojos a medias cerrados, las tetas subiendo y bajando con cada embestida. Era una imagen que no iba a olvidar en mucho tiempo. Mi prima, que había llegado tarde con ese vestido oscuro y esa sonrisa que no pedía perdón, cabalgándome desnuda en el cuarto del fondo mientras la familia celebraba la Nochebuena al otro lado de la casa.

Debería haberme sentido culpable. No me sentía culpable.

El ritmo fue acelerándose. Sus piernas temblaban ligeramente. Apoyó las manos en mi pecho y fue bajando más, tomando más, como si necesitara llegar a algún lugar concreto que solo ella sabía dónde estaba. Le llevé el pulgar hasta el clítoris y se lo froté al mismo tiempo que ella cabalgaba. Sofía se estremeció entera.

—No puedo más —susurró.

—Córrete encima de mí —le dije—. Córrete en la polla.

—No puedo, no puedo...

Y sin embargo siguió. Sentí cómo su cuerpo se tensaba de una manera diferente, una contracción involuntaria que recorrió todo su cuerpo de arriba abajo, y entonces sí paró, clavándose sobre mí con un estremecimiento que le duró varios segundos. El coño se le cerró alrededor de la polla en oleadas tan fuertes que casi me arrastran con ella. Se mordió el puño para no gritar y aun así se le escapó un gemido largo y ronco que sonó a rendición.

Me apreté contra ella, la agarré por las caderas y la seguí poco después. Sentí subir la corrida desde los huevos y no me dio tiempo a decidir nada.

—Voy a correrme —le avisé.

—Dentro —jadeó—. Córrete dentro, tomo la píldora, córrete dentro de una vez.

Le clavé los dedos en las caderas y me vacié dentro con tres embestidas cortas y profundas, con la vista fija en su cara. Ella se quedó quieta encima de mí, sintiéndolo, con los ojos cerrados y una sonrisa apenas dibujada en los labios, apretándome el coño con espasmos suaves como si quisiera ordeñarme cada última gota.

***

Nos quedamos un momento sin movernos. Sofía tenía la frente apoyada en mi pecho y respiraba como si hubiera corrido. Yo tenía una mano en su espalda, sin hacer nada con ella, solo dejándola ahí. Todavía la sentía apretándome dentro con pequeñas réplicas del orgasmo.

—¿Estás bien? —pregunté al fin.

—Muy bien —dijo—. Demasiado bien.

Se levantó despacio y sentí la polla salir de ella con un ruido húmedo. Vi cómo un hilo de semen le bajaba por la cara interior del muslo y ella se lo limpió con la braguita antes de ponérsela otra vez. La imagen se me quedó grabada.

Nos recolocamos con calma, sin prisa, como si el tiempo fuera nuestro aunque no lo era. Ella se acomodó el vestido y yo encontré mis pantalones. Ninguno de los dos habló durante un minuto entero.

—¿Ahora qué? —dije al final.

—Ahora nada —respondió—. Volvemos con la familia y yo finjo que no ha pasado nada durante el resto de la noche.

—¿Y mañana?

Sonrió. Era la misma sonrisa con la que había entrado por la puerta horas antes, esa que no pedía perdón por nada ni a nadie.

—Ya hablaremos.

Salimos del cuarto con dos minutos de diferencia. Nadie preguntó nada. Los mayores seguían con el coñac y la televisión sonaba de fondo. Mi tía María estaba contando la misma historia de siempre y todo el mundo fingía que no la conocía de memoria.

Media hora después, mi tío Marcos anunció que se iban porque a Sofía le dolía la cabeza.

Ella me dio un beso en la mejilla al despedirse, igual que al llegar. Pero sus labios se quedaron un segundo más de lo necesario, igual que al llegar. Y en ese segundo había todo lo que no se podía decir delante de la familia.

***

A la una de la mañana, cuando ya estaba en casa y el silencio de la noche era completo, me llegó un mensaje.

Era de Sofía.

«Gracias por esta noche. Todavía te siento dentro. Hay más cosas que quiero aprender contigo. Si te parece bien, claro.»

Dejé el teléfono en la mesita de noche y me quedé mirando el techo un momento. Traté de examinar lo que sentía con honestidad: no era exactamente culpa, aunque quizás debería haberlo sido. Era algo más difícil de nombrar, algo que mezclaba la conciencia de haber cruzado una línea con la certeza de que no tenía ninguna intención de fingir que no había pasado.

Escribí: «Me parece bien.»

Y lo mandé antes de pensarlo demasiado.

Al otro lado, en algún lugar de la ciudad, mi prima Sofía leyó el mensaje. No me mandó nada más esa noche. No hacía falta.

Ver todos los relatos de Primera Vez

Valora este relato

Comentarios(8)

NicoRdz22

tremendo!!! me quede sin palabras de verdad

Camila_cba

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas. Que bueno encontrar algo asi por aca

Marcos_ER

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo por estos lados

leofiuco

me hizo acordar a algo que viví de joven, que nostalgia jajaja. muy bueno el relato

FedericoCT

hay segunda parte? me quede con la intriga de saber como siguio todo despues

Claudita87

se siente autentico, eso es lo que mas me gusto. bien escrito sin ser burdo

FierroLector

Que manera de generar tension sin apurar nada. Se nota que hay cuidado en la forma de contar y no solo en el contenido. De los relatos mas cuidados que lei por aca ultimamente, espero que sigan mas historias de este tipo.

tito_parana

buenisimo!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.