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Relatos Ardientes

Mi primera vez fue la tarde que todos se durmieron

Conocía la casa de Camila desde hacía un año, pero esa tarde del 6 de enero me parecía distinta. Quizás era la luz del verano que entraba oblicua por la ventana del comedor, o el olor a guiso que todavía quedaba pegado a las cortinas. Quizás era el bolsito que cargaba en el hombro, con tres regalos atrasados envueltos en papel rojo. O quizás era simplemente ella, que me abrió la puerta con un vestido blanco de bordes negros que yo nunca le había visto.

—Llegaste tarde —me dijo, y me dio un beso corto en la comisura de los labios, ese beso que reservaba para cuando había familia cerca.

—Me dormí. Año nuevo y todo eso.

—Te guardé un plato. Pasá.

Su mamá, doña Rosario, me saludó desde el sillón con un gesto cansado. Su hermana menor, Antonia, no levantó la vista del celular. Don Hernán, el padrastro, me dio la mano sin moverse del lugar. Habían terminado de almorzar hacía un rato y se les notaba en las copas vacías y en los cuerpos repantigados como si pesaran el doble que en la mañana.

Comí solo en la mesa de la sala, frente a Camila, que me observaba con esa sonrisa pequeña que ponía cuando algo le rondaba la cabeza. El plato era pollo con arroz y un poco de ensalada que ya estaba blanda. Comí sin hambre, más por compromiso que por otra cosa.

—¿Está bueno? —preguntó.

—Está perfecto. Gracias.

Ella se mordió el labio inferior un instante y siguió mirándome. Algo está pensando, recuerdo haberme dicho.

Cuando terminé, llevé el plato a la cocina y volví. La sala de la casa estaba dividida en dos por un arco bajo y un mueble largo lleno de portarretratos. Del lado donde estaban los demás sonaba una novela vieja en un volumen apenas audible. Risas grabadas, alguna palabra suelta. Del lado nuestro, solo nosotros dos en un sillón de tres cuerpos y una luz amarilla que entraba diagonal.

Le pasé los regalos. Eran tres tonterías: un cuaderno con tapa de cuero, un perfume barato que sabía que le gustaba y un par de aros que había estado mirando dos meses atrás en una vidriera. Los abrió uno por uno, lento, sin levantar la voz. Cuando llegó a los aros, se quedó mirándolos un segundo de más.

—No tenías que.

—Quise.

Me besó. Esta vez en la boca, sin el reparo de antes. Un beso corto, pero más mío. Después se acomodó contra mi hombro y nos quedamos en silencio, escuchando cómo del otro lado las risas se iban espaciando hasta convertirse en respiraciones largas.

***

No sé cuánto pasó hasta que me empecé a dormir yo también. La sobremesa, el viaje en colectivo, el calor que entraba por la ventana. Cerré los ojos un instante y al rato sentí que la mano de Camila estaba donde no había estado antes.

Me subía por el muslo, por encima del jean, despacio, midiendo cada centímetro. Abrí los ojos y la encontré mirándome de frente, muy cerca, con una expresión que nunca le había visto. Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.

—¿Y los demás? —pregunté en voz baja.

—Duermen.

—¿Todos?

—Todos.

Ella estiró el cuello para mirar por encima del mueble largo, hacia el otro lado de la sala. Asintió una sola vez, satisfecha. Cuando volvió a girarse hacia mí, ya tenía la mano sobre la bragueta.

—Quedate quieto —me dijo.

Bajó la cabeza sobre mí antes de que yo pudiera contestar nada. No fue dulce ni tímido. Fue una succión firme, segura, como si lo hubiera ensayado mil veces en la cabeza. Sentí el aire caliente de su boca, la presión justa de los labios, la lengua que se movía con un ritmo que yo no le conocía. Se me fue todo el sueño de golpe. Levanté las manos sin saber dónde ponerlas y terminé apoyándolas con cuidado a los costados del sillón, para no agarrarle la cabeza, para no apurarla.

Lo hizo así un rato, sentado yo. Después me hizo señas para que me pusiera de pie. Me costó. Las piernas me temblaban un poco. Ella se arrodilló sobre la alfombra y siguió, ahora mirándome desde abajo, con los ojos entrecerrados. La luz amarilla le caía en el pelo y en los hombros desnudos.

—Esperá —murmuré—. No quiero terminar así.

Levantó la cabeza. Tenía los labios brillantes y un mechón pegado a la mejilla.

—¿Estás seguro? —me preguntó, y entendí que la pregunta era otra.

—Sí.

Ella estiró el cuello otra vez, miró del otro lado del arco. Volvió la cabeza hacia mí y se puso de pie. Después, sin decir nada, se levantó el vestido blanco hasta la altura de la barriga, los dos pulgares enganchados en el elástico de un calzón rojo con corazones negros. Se lo bajó hasta la mitad del muslo, sin sacárselo del todo, y se sentó en el borde del sillón con las piernas un poco abiertas.

—Vení.

Me arrodillé yo esta vez. Le devolví el gesto, despacio, sin la seguridad que ella había tenido, pero con ganas. Le besé la parte interna de los muslos primero, después subí. No le metí ningún dedo. Ni se me ocurrió. Quería que la primera vez fuera entera, no a pedazos. Lo recuerdo así, con esa frase exacta dándome vueltas en la cabeza.

Después saqué del bolsito el preservativo que había comprado dos semanas antes y que había llevado conmigo a cada encuentro sin animarme. Lo abrí con los dientes porque me temblaban demasiado las manos. Camila se reía sin hacer ruido.

***

El primer intento fue desastroso. Ella se acostó boca arriba en el sillón, yo me arrodillé entre sus piernas y le puse las pantorrillas sobre los hombros, como había visto en algún video que no debería haber visto. Empujé, pero no entraba. Empujé otra vez. Nada. La sentí tensarse.

—Calma, calma —me susurró—. No te apures.

—Perdón.

—Vení, sentate vos.

Cambiamos el orden. Yo me senté contra el respaldo y ella se acomodó encima, con una rodilla a cada lado de mis caderas. Me agarró con la mano y se ayudó. Empujó despacio hacia abajo, milímetro a milímetro, y yo sentí con una claridad rara cómo se iba abriendo paso, cómo dejaba de ser virgen mientras me miraba a los ojos sin parpadear. No fue un instante, fue un proceso lento. Cuando se sentó del todo encima de mí, cerró los ojos y respiró hondo, una sola vez. Lo sentí entero. Apretada y húmeda no eran palabras suficientes. Era una sensación completa, como si me hubieran metido en otro cuerpo.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí.

Empezó a moverse. Despacio al principio, dejando que el sillón hiciera el menor ruido posible. Yo no podía hablar. Tenía la garganta cerrada del placer y del miedo de que me explotara el pecho. Le agarré la cintura, los muslos, la espalda. Le besé el cuello con torpeza. Ella se reía sin reírse, con un gesto chiquito de la boca, sin emitir sonido.

Después volvimos a la posición de antes. Yo arriba, ella abajo, las piernas suyas alrededor de mi cintura. Ahora sí entraba. Empecé a moverme con un ritmo lento, midiendo, atento a cada cara que ella hacía. Pero la temperatura subió. Empecé a sudar como nunca había sudado en mi vida. Le caían gotas de mi frente al pecho, al cuello, al borde del vestido que todavía tenía a medio sacar.

—Esperá —dijo, y se rió bajito—. Estás empapado.

Se levantó un segundo, fue a la cocina en puntas de pie y volvió con un fajo de servilletas de papel. Nos secamos como pudimos, riéndonos los dos ahora, con esa risa muda que solo se tiene cuando hay otra gente al lado y no se la quiere despertar.

—Esperá —dijo otra vez, y se sacó el vestido entero por la cabeza.

Lo dejó tirado en el respaldo del sillón, junto al calzón rojo. Quedó desnuda enfrente de mí, con la luz amarilla de la lámpara cayéndole en un solo lado. Le miré los pechos chiquitos, el ombligo, la piel transpirada que brillaba apenas. Me pareció imposible que estuviera ahí, conmigo, en ese momento. Me pareció imposible y, sin embargo, estaba.

Se volvió a sentar encima de mí. Esta vez no hubo torpeza. Esta vez fuimos los dos a la vez. Estuvimos así, no sé cuánto, demasiado y muy poco al mismo tiempo. Una hora, calculé después. Tal vez menos. Tal vez más. Sé que en algún momento dejé de pensar y solo sentí. Sentí el calor de su espalda bajo la palma de mi mano, el sabor salado del sudor cuando le besé la clavícula, el ritmo de su cadera que cambiaba sin que ella lo decidiera del todo.

***

Un crujido del otro lado de la sala nos cortó en seco. Un mueble que se movía, un cuerpo que se acomodaba en el sillón grande. Me quedé congelado. Ella saltó de encima de mí en dos movimientos, agarró el vestido, se lo puso por la cabeza, encontró el calzón con los pies y se lo subió mientras yo me sacaba el preservativo y me subía el jean a los tirones. En treinta segundos estábamos sentados los dos, lado a lado, el cabello pegado a las sienes, las respiraciones todavía altas. Agarré una revista vieja del mueble y la abrí en cualquier página.

No había sido nadie. Don Hernán se había dado vuelta dormido, eso fue todo. Pero ya era tarde, y todavía no habíamos terminado, ninguno de los dos, en el sentido literal. La sangre me golpeaba en la sien y en otros lugares.

—Te tenés que ir, ¿no? —me dijo, mirándome de reojo.

—Sí. Antes de que se despierten.

—La próxima.

—La próxima.

Me acompañó hasta la puerta. En el pasillo me dio un beso rápido y me miró a los ojos con una mezcla de complicidad y orgullo que todavía recuerdo. Bajé las escaleras del edificio sin tomar el ascensor, no sé por qué. Quería caminar, quería sentir el aire en la cara, quería seguir entendiendo lo que acababa de pasar.

Cuando cambiamos de posición la primera vez, recuerdo, alcancé a notar una mancha mínima de sangre en el preservativo. Me dio un golpe en el pecho, un golpe bueno, no malo. Era la prueba de algo que ya no se podía deshacer. Guardé esa imagen como guardé otras cosas de esa tarde: la luz oblicua, las servilletas amontonadas en el piso, el calzón rojo con corazones negros, su risa muda, las piernas que me temblaban al levantarme.

Camila me regaló ese sillón años después, cuando su mamá renovó la sala. Lo tengo todavía. Tiene un hundimiento extraño en el lado derecho y un brazo medio caído, y cualquier persona razonable lo tiraría. Yo no lo voy a tirar. Lo voy a tener mientras siga teniendo dónde ponerlo.

Lo que pasó esa tarde no terminó esa tarde. Una semana después tuvimos otra ocasión, esta vez sin nadie que durmiera del otro lado del arco, sin servilletas, sin apuro. Lo que empezó el 6 de enero terminó de empezar el 13. Pero esa es una historia para otro día, y este recuerdo me corresponde solo a mí.

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Comentarios (4)

MatiasF

De los mejores que lef aca, muy bien contado!!!

LauraCba2020

Me quede con ganas de mas... espero que haya segunda parte :)

Tomas_lec

Me hizo acordar a algo parecido que me paso de joven, esa tension antes de que pase algo es unica

chiri_91

La forma en que lo describis hace que uno se meta en la historia, increible

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