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Relatos Ardientes

Lo que pasó en Santa Mónica nunca debió pasar

Salí de Sarasota a las nueve de la mañana con la sensación rara de que algo se cerraba. Era el último tramo de mi paquete turístico: cinco días en Santa Mónica, ese pedazo de costa californiana que llevaba años prometiéndome a mí misma. Vuelo hasta Los Ángeles, traslado en auto hasta la costa, y de pronto me encontré frente al Pacífico con la maleta a los pies y una mezcla extraña de cansancio y euforia.

Me llamo Romina Castellanos. Tengo cuarenta y dos años, soy viuda desde hace tres y, después de criar sola a dos hijos, me regalé este viaje. Lo que escribo a continuación nunca se lo conté a nadie. Ni a mis amigas, ni a mi hermana, ni a mí misma hasta hoy.

El hotel daba a la avenida del malecón, tercer piso, ventanal de pared a pared. Dejé las cosas, me acerqué al vidrio y entonces lo vi: un transatlántico enorme, varado frente al puerto, con la chimenea pintada de rojo y la silueta inconfundible de los años treinta. Bajé al lobby a preguntar. El recepcionista, que no hablaba ni una palabra de español, me explicó en un inglés rápido que era el Caledonia, un barco-museo de la primera mitad del siglo veinte convertido en hotel. Mi inglés masticado alcanzó para entender lo justo.

No me gusta encerrarme en habitaciones de hotel. Comí algo en un puesto del paseo y, a primera hora de la tarde, ya estaba caminando por el muelle hacia el Caledonia. Pagué la entrada, subí por la pasarela y me encontré con un mundo detenido en el tiempo. Camarotes de madera oscura, salones con lámparas de bronce, fotografías en blanco y negro de pasajeros que ya no existen. Me quedé hipnotizada.

Estaba leyendo una placa cuando la voz me sorprendió por detrás.

—Are you enjoying the tour?

Volteé. Era una mujer rubia, alta, vestida con una camisa blanca de cuello y una falda corta del mismo color. No llevaba identificación del museo, pero tenía la postura de alguien que conocía cada rincón del barco. Le contesté con dificultad, en inglés. Sonrió.

—Puedo hablarte en español, si te resulta más fácil —dijo, sin acento, como si fuera su lengua materna.

Me reí, sorprendida. Se presentó: Sienna. Veintiocho años, californiana de toda la vida, hija de una mexicana que la crió entre dos idiomas. Trabajaba como guía independiente en el Caledonia los fines de semana y como administrativa en una agencia el resto de la semana. Me acompañó por la cubierta de paseo, después por los salones, y me contó la historia del barco con detalles que ningún folleto incluía: el viaje inaugural en mil novecientos treinta y seis, las dos travesías como hospital flotante durante la guerra, el incendio del cincuenta y nueve que casi lo manda al fondo. Yo la escuchaba sin escuchar del todo. Le miraba la boca cuando hablaba.

***

La tarde se me hizo noche sin darme cuenta. Salí del Caledonia con la cabeza llena de fechas y nombres ingleses, dispuesta a comer algo ligero antes de volver al hotel. En la entrada me la crucé otra vez. Sienna estaba apoyada en la baranda, fumando.

—¿Tienes plan? —me preguntó.

No tenía. Me llevó a un restaurante italiano dos cuadras tierra adentro, donde la pasta sabía a verdad y el vino blanco entraba sin pedir permiso. Comimos despacio. Hablamos de todo: de mi tour por las dos costas, de mi vida en mi país, de mis hijos, de su trabajo en el museo, de los turistas absurdos que llegaban preguntando si el barco todavía navegaba. Cuando salimos a la calle, ella me agarró del brazo y propuso un trago en un local cercano. Acepté sin pensarlo.

La discoteca era pequeña, con luces tenues y música electrónica suave. Yo, que llevaba años sin pisar un lugar así, me sentí torpe los primeros diez minutos. Después, dos copas y la compañía de Sienna me soltaron. Bailamos juntas, a un metro de distancia, sin tocarnos. Pero ella me miraba de una manera que yo, en ese momento, todavía no entendía.

Cerca de la medianoche dijo que necesitaba dormir, que al día siguiente abría el museo temprano. Me ofrecí a acompañarla. Salimos a la avenida del malecón. La noche estaba tibia, sin viento, y el Pacífico susurraba a nuestra izquierda como un animal grande y dormido.

Caminamos en silencio un par de cuadras. De pronto Sienna se paró frente a un banco que daba al mar y se sentó. Me hizo un gesto para que la acompañara.

—¿Estás bien? —pregunté.

—No quiero hablar de eso, Romina. No he tenido buenas experiencias amorosas.

—Tranquila. No hay obligación.

Se quedó callada un rato largo. Yo no insistí. Después suspiró y empezó a hablar.

—Hubo un chico. Lindo, atento, todo lo que una madre quiere para una hija. Lo dejé sin motivo aparente. Bueno, motivo había, pero yo tardé en aceptarlo.

—¿Te fue infiel?

Negó con la cabeza. Me miró a los ojos y, por primera vez en toda la noche, dudó antes de decir algo.

—Romina, yo soy lesbiana. No me gustan los hombres. Me gustan las mujeres.

Y se largó a llorar. No supe qué hacer, así que hice lo único que sabía: la abracé. Sentí sus hombros temblar contra mi pecho y le dije al oído que estaba bien, que no tenía que disculparse por nada. Cuando se separó, se secó la cara con el dorso de la mano y me miró con una expresión que no le había visto en toda la tarde.

—Necesito decirte otra cosa.

—Dímelo.

—Me enamoré.

Sonreí, aliviada de que el tono cambiara.

—Eso es bueno, Sienna. ¿De quién?

—De ti.

Me quedé petrificada. Una palabra demasiado solemne para una situación así, pero es la única que describe lo que sentí. Cuarenta y dos años, dos hijos adultos, un marido muerto, varias aventuras de turismo, y ninguna mujer me había dicho nunca lo que ella me dijo en ese banco frente al Pacífico.

—Me gustan las mujeres maduras —siguió, en voz baja—. Y tú eres exactamente mi tipo. Te lo digo desde la primera vez que te vi entrar al barco esta tarde.

Tartamudeé algo. Algo torpe, algo defensivo. A mí me gustan los hombres, Sienna. Las pollas duras, los tipos que me follan sin pedir permiso. Lo dije en voz alta, sin reproche, simplemente como quien recita una verdad propia. Me puse de pie con la intención de irme al hotel.

—Perdón si te incomodé —murmuró ella.

—No me incomodaste. Me sorprendiste. Es distinto.

Le di un abrazo, uno largo, despedida más que consuelo. Y entonces, sin que yo lo viera venir, me besó. En la boca. Apenas un roce primero, después una presión más firme, después su lengua buscándome los labios con una pregunta que se volvió afirmación en cuanto le abrí la boca. Me quedé quieta un segundo y después, sin decidirlo, le devolví el beso. Su lengua entró y buscó la mía, húmeda, tibia, más suave que cualquiera que hubiera probado. Me chupó el labio de abajo, despacio, y una de sus manos bajó por mi espalda hasta apoyarse en el nacimiento del culo. Sentí que se me endurecían los pezones por debajo del sostén. ¿Por qué no la aparto?, pensé. Y la pregunta, justo por hacerla, ya era una respuesta.

El beso duró más de lo que yo iba a admitir después. Cuando se separó, me quedó un hilo de saliva entre las bocas que ella limpió con el pulgar, mirándome a los ojos. Me dijo «te amo» en castellano y se fue caminando rápido hacia el lado contrario del hotel. Me quedé sola, en ese banco, con el sabor de otra mujer en la boca, los pezones duros contra la tela y una humedad rara entre las piernas que no supe cómo nombrar.

Caminé las seis cuadras hasta el hotel sin sentir las piernas. Esa noche no dormí. Me metí en la cama desnuda, y sin proponérmelo, la mano se me fue entre los muslos. Me toqué pensando en la lengua de Sienna, en su falda corta, en la manera en que su mano había reposado sobre mi culo. Me corrí dos veces, mordiendo la almohada, y todavía después me quedé despierta hasta el amanecer, con los dedos pegajosos y una curiosidad nueva, vieja y nueva al mismo tiempo, que me estuvo dando vueltas hasta que salió el sol.

***

Al día siguiente bajé tarde a desayunar. Me tumbé en una hamaca junto a la piscina y dormí dos horas más, de bruces, hasta que el sol me despertó con la espalda ardiendo. Subí a la habitación a darme una ducha. Cuando salí del baño, me planté frente al espejo y me dije en voz alta lo que llevaba toda la mañana pensando.

—Voy a volver al museo.

Me puse un vestido azul de algodón liviano, primaveral, que me había comprado en Sarasota. Me llegaba hasta media pierna y me marcaba las caderas de una forma que, hasta entonces, había guardado para los hombres. Me miré otra vez y me pregunté, esta vez en silencio, ¿para quién me estoy arreglando?. No me contesté. Salí del hotel.

Tardé cuarenta minutos en cruzar el malecón hasta el Caledonia. Pagué la entrada otra vez, como si fuera una turista cualquiera. Pregunté al empleado del mostrador por Sienna. Me dijo que estaba resolviendo un trámite afuera, que volvía en una hora. Me puse a recorrer salones y camarotes que ya había visto, fingiendo interés, mirando el reloj cada cinco minutos.

—Señora Romina, buenas tardes.

La voz me llegó por la espalda y me aceleró el pulso de un modo que ni yo me esperaba. Volteé. Sienna estaba ahí, otra vez de blanco, con la falda corta y los ojos brillantes. Se acercó, me dio un beso pequeño en la comisura, casi un saludo formal, pero suficiente para que se me cayera la última excusa.

—Pensé que no volverías —dijo.

—Yo también lo pensé.

Le devolví el beso. No un pico. Un beso entero, con los ojos cerrados, en mitad de un salón del Caledonia con tres turistas pasando a nuestro lado. Sienna se apartó rápido.

—Ven —me susurró—. Aquí no.

Me agarró de la mano y me llevó por un pasillo de servicio hasta una bodega del barco, una habitación pequeña con cajas, estantes y una bombilla colgando del techo. Cerró la puerta con llave por dentro. Antes de que yo entendiera lo que estábamos haciendo, me empujó suavemente contra la pared y me besó como había querido besarme desde el día anterior.

Le rodeé el cuello con los brazos. Sus labios eran finos, suaves, distintos a cualquier boca que hubiera probado. Me besaba la boca, después el cuello, después la oreja, y me lamía el lóbulo con la punta de la lengua mientras me hablaba bajito.

—Llevo desde ayer pensando en tu coño, Romina. En cómo será.

El corazón me dio un salto. Nunca nadie me había dicho la palabra coño tan cerca de la oreja, tan segura de estar hablándome a mí. Me levantó una pierna y la apoyó en su cintura, y yo, parada contra la pared de una bodega de un barco-museo, me sentí más expuesta que en cualquier cama de hotel. Su muslo se metió entre mis piernas y empujó hacia arriba, contra mi bragas, y yo gemí sin poder evitarlo. Ella se rio contra mi cuello.

—Qué piernas tienes, Romina —me dijo al oído—. Por esto me gustan las mujeres maduras. Estás mojada, ¿lo sabes?

Me reí, nerviosa. Le agarré la cara con las dos manos y la besé yo, mordiéndole el labio como no había mordido a nadie en años. Una de sus manos subió por debajo del vestido, se metió por dentro del sostén y me atrapó el pezón entre el pulgar y el índice. Lo pellizcó despacio, después más fuerte, y yo grité contra su boca. La otra mano me apretó el culo por encima de las bragas, después metió los dedos por debajo del elástico y me palpó la carne desnuda. Sentí los pezones endurecerse contra la tela como si se me fueran a rasgar. Cuando sus dedos rodearon el hueso de mi cadera y bajaron hacia el frente, y por fin rozaron mi ropa interior justo sobre el clítoris, gemí, no tan bajito, y ella me tapó la boca con la otra mano.

—Chsss. Nos van a oír.

Me apartó las bragas a un costado con dos dedos y me tocó directamente. Yo estaba empapada, tanto que sentí el resbalón en cuanto me rozó. Sus dedos me dibujaron el clítoris en círculos lentos, después bajaron hasta la entrada, dieron una vuelta ahí como probando, y volvieron a subir. Me temblaban las piernas. La pierna que apoyaba en la pared apenas me sostenía.

—Esta noche —susurró, separándose de golpe, sacando la mano y llevándose los dedos a la boca para chuparlos delante de mí—. No puedo quedarme más, me van a buscar. Nos vemos esta noche.

—¿Dónde?

—En el mismo banco. Diez y media.

Me dio un beso en la frente y salió de la bodega antes que yo, dejándome apoyada contra la pared con las bragas fuera de sitio y la respiración desarmada. Me quedé jadeando, con el corazón saltándome en el cuello y una vibración caliente entre las piernas que no se me quería ir. Tardé varios minutos en poder caminar. Me arreglé el vestido, me acomodé la ropa interior mojada, y salí del barco tratando de no mirar a nadie a la cara.

***

Volví al hotel temblando. Comí poco. A las nueve y cuarenta y cinco me bañé, me puse el mismo vestido azul y, antes de cerrar el cierre, decidí no ponerme nada debajo. Ni sostén, ni ropa interior. Me miré en el espejo: los pezones se marcaban duros contra el algodón, y si me pasaba la mano por el muslo por debajo del vestido, la piel ya estaba caliente. Salí del hotel a las diez y veinte.

Llegué al banco puntual. Ella no. Pasaron diez minutos, después quince, después veinte. Estuve a punto de levantarme dos veces. A las once menos cinco la vi venir de lejos, corriendo despacio por la vereda del malecón. Camiseta blanca, falda corta, el pelo suelto. Llegó sin aliento.

—Perdón, Romina, me retrasaron en el trabajo. No me gusta hacer esperar.

—Está bien. Ahora ven.

Le pasé los brazos por el cuello y la besé sin disimulo. Ella respondió como si llevara horas conteniéndose. En cuanto me metió la lengua, su mano bajó por mi espalda y descubrió lo que yo había escondido debajo del vestido.

—Romina —murmuró contra mi boca—. Vienes sin nada.

—Nada.

Se rio, medio incrédula, medio ronca. Me agarró la mano y me llevó por una calle paralela al mar. Vivía a dos cuadras del banco, en una casa pequeña con balcón, persianas blancas y una buganvilia trepando por la pared.

Entramos. Encendió una lámpara baja. Me llevó al dormitorio sin decir una palabra. Me tumbó sobre la cama, se subió encima y me besó con una intensidad nueva, distinta a la de la bodega, distinta a la del banco. Esta vez no había prisa. Su lengua entró despacio, sin pelear, buscando la mía como si tuviera toda la noche para hacerlo. Y la tenía.

—¿Vienes sin nada debajo? —me preguntó otra vez, deslizando la mano por mi muslo, subiendo con la punta de los dedos por la cara interna hasta rozar el vello púbico.

—Sí.

—Eres una sorpresa, Romina.

Me bajó el vestido por los hombros, despacio, tirando de los tirantes hasta que se me arremolinó en la cintura y después alrededor de las caderas. Cuando por fin me lo sacó por los pies, quedé desnuda sobre el cobertor, y ella se echó atrás para mirarme. Con la vista sola. Me recorrió de arriba abajo, se quedó en las tetas, siguió hasta el pubis, bajó por las piernas. No me miraba como me habían mirado los hombres. Me miraba como quien va a comer algo despacio.

—Dios, qué buena estás —dijo—. Tienes unas tetas de matar.

Se sacó la camiseta por la cabeza. Debajo tenía un sujetador deportivo blanco que se quitó también, y yo vi por primera vez las tetas de otra mujer desde tan cerca. Pequeñas, altas, con los pezones muy claros y ya endurecidos. Se sacó la falda y las bragas de una sola vez, y quedó desnuda encima de mí, con el pubis rubio y el vientre plano, y una piel bronceada que olía a mar. Se dejó caer sobre mí, piel contra piel, tetas contra tetas, y ese primer contacto entero me hizo gemir sin que nada estuviera pasando todavía.

—Voy a comerte enterita —me susurró al oído.

Recorrió mi cuerpo con la boca, sin apuro. Me lamió el cuello, me chupó el hueso de la clavícula, bajó hasta las tetas y me tomó un pezón entero en la boca. Lo chupó despacio, después lo mordió sin fuerza, después lo lamió con la punta de la lengua hasta ponerme la piel de gallina. Pasó al otro. Repitió. Yo ya estaba jadeando y ella todavía no había bajado del ombligo. Bajó. Me metió la lengua en el ombligo, me mordió el hueso de la cadera, me lamió el pliegue de la ingle. La cara interna de los muslos la trabajó a besos, subiendo despacio, hasta que su boca estuvo a un centímetro de mi coño y no siguió. Me sopló, apenas. Me temblaron las piernas.

—Sienna, por favor.

—¿Por favor qué, Romina?

—Lámeme.

—Dilo mejor.

—Lámeme el coño, por favor.

Me abrió las piernas con las dos manos, me abrió los labios con los pulgares y bajó la lengua. La primera lamida fue lenta, de abajo hacia arriba, plana y ancha, y me arrancó un grito que traté de tragarme y no pude. Cada centímetro de piel reaccionaba como si fuera la primera vez. En realidad, lo era. Nunca un hombre me había tocado con esa precisión, con esa paciencia, como si supiera exactamente dónde detenerse y dónde insistir.

Su lengua trabajó con una calma que rozaba la crueldad. Me chupó los labios uno por uno, después me lamió la entrada, dio vueltas alrededor del clítoris sin tocarlo, se acercó, se alejó. Cuando por fin puso la boca completa sobre el clítoris y empezó a chuparlo con succiones cortas, arqueé la espalda y le agarré el pelo con las dos manos. Me metió dos dedos al mismo tiempo, hasta el fondo, y los curvó hacia arriba mientras seguía chupando. Yo no controlaba el ruido que salía de mí. Tampoco quería controlarlo.

—Me vengo —dije, y no fue un aviso, fue una comprobación.

—Vente en mi boca.

Llegué al orgasmo con una intensidad que hacía años no sentía, apretándole la cabeza entre los muslos, empujando la pelvis contra su cara. Sentí los espasmos por dentro alrededor de sus dedos. Ella no paró. Cuando creí que se había terminado, su lengua seguía ahí, aflojando un poco el ritmo pero sin salir, y en un minuto ya me estaba llevando a otro. Me vine otra vez, más largo, más ronco, con las piernas cerrándose solas sobre sus hombros. Y todavía a un tercero, más pequeño, casi doloroso, en el que le pedí por favor que parara porque no aguantaba más.

Se subió por mi cuerpo, con la boca brillante, y me la puso encima de la mía. Me besó y yo me probé a mí misma en su lengua. No me dio asco. Me gustó. La besé profundo, lamiéndola, y ella se rio bajito.

—Ahora yo —le dije después, cuando recuperé algo parecido al aire.

—Ahora tú.

La acosté boca arriba y me quedé un momento mirándola, sin saber por dónde empezar. Ella me agarró suavemente la nuca y me guio hacia sus tetas primero. Se las chupé como me habían chupado los hombres a mí, tratando de imitar lo que a mí me había gustado siempre: la lengua alrededor del pezón, la boca cerrada de golpe, el mordisco leve. Sienna gimió y arqueó la espalda, y yo tuve la primera confirmación de que esto lo iba a poder hacer.

Bajé por su vientre, besándolo, mordiendo la piel del bajo vientre, y llegué al pubis. Me quedé un segundo respirando ahí. Nunca había tenido tan cerca el coño de otra mujer. Olía distinto al mío, más salado, más limpio, más nuevo. Le abrí las piernas con las manos, como ella había hecho conmigo, y le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, con miedo y con ganas al mismo tiempo. Ella soltó un jadeo largo y me apretó la nuca.

—Así —murmuró—. Así, Romina, no pares.

La probé despacio, con cuidado, con miedo, con curiosidad. Me iba diciendo en murmullos qué le gustaba: más arriba, con la punta, ahora chúpalo, mételo, dos dedos. Le hice caso a todo. Metí dos dedos, como ella los había metido en mí, y busqué la textura rugosa por dentro, hacia arriba, hasta que sentí que respondía. Chupé el clítoris con la boca cerrada mientras movía los dedos. Ella empezó a temblar de una manera nueva.

—No pares, no pares, no pares.

Cuando se vino, lo hizo casi en silencio, mordiéndose el labio, con las caderas subiendo contra mi cara. Sentí los espasmos en las paredes internas apretándome los dedos, y una humedad más caliente inundándome la boca. Me quedé ahí, lamiendo despacio, hasta que ella me pidió que parara con un gemido rendido. Y yo sentí un orgullo absurdo, antiguo, como de adolescente que aprueba un examen difícil.

Me subió por su cuerpo, me besó, me probó en mi boca como yo me había probado en la suya, y sonrió.

—Aprendes rápido.

—Tengo buena maestra.

Nos volvimos a follar, esta vez de costado, una frente a la otra, las piernas entrelazadas de manera que nuestros coños quedaron uno contra el otro. Sienna me enseñó a moverme. Empujamos las pelvis, restregándonos, mojándonos una a la otra, con los clítoris rozándose en cada movimiento. Nos agarrábamos las tetas, nos mordíamos la boca, gemíamos contra la piel de la otra. Me vine así, apretada contra ella, con su lengua adentro de mi boca y su mano agarrándome el culo para pegarme más. Ella se vino un minuto después, temblando entera, apretándome un pecho hasta hacerme un poco de daño.

Después una tercera vez, casi al amanecer, más lenta, más cansada, con ella detrás de mí en cuchara, la mano metida entre mis piernas por delante, tocándome despacio mientras me lamía la nuca. Me corrí de nuevo, un orgasmo largo y suave, apretando su mano entre los muslos, y me quedé dormida así, con sus dedos todavía sobre mi coño y sus tetas apoyadas en mi espalda. Nos dormimos abrazadas, con la ventana abierta y el sonido del Pacífico de fondo.

***

Salí de su casa a las cinco y media, con el vestido arrugado y los pies descalzos dentro de las sandalias. Caminé hasta el hotel mirando el cielo, que ya empezaba a clarear. En la ducha me di cuenta de que estaba hinchada por dentro, así como se queda una después de una noche larga con un hombre que sabe lo que hace. Solo que esta vez no había sido un hombre. Y cuando el agua caliente me cayó entre las piernas, me tuve que apoyar contra la pared porque la piel seguía sensible, latiendo, como si el cuerpo todavía no hubiera terminado.

Dormí hasta las dos de la tarde. Cuando me desperté, el sol entraba por la ventana y yo, en la cama, pensé en mi marido muerto, en mis hijos grandes, en los amantes que había tenido las dos primeras semanas del viaje —las pollas, las manos, los pesos encima—, y en Sienna, en su lengua, en sus dos dedos curvados dentro de mí. Todos al mismo tiempo. Todos sin contradicción.

Entonces lo entendí, y lo escribo ahora por primera vez: me gustan los hombres y me gustan las mujeres. Por igual. Y tardé cuarenta y dos años en descubrirlo.

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Comentarios(7)

CuriosaLectora

increible!!! me dejo sin palabras

Mafe_lect

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues de esa noche

PattyBsAs

Como se nota que es real, eso se siente en cada palabra. Brillante.

Claudia_viajera

Me recordo a un viaje que hice hace unos años, nada igual pero esa sensacion de que algo no deberia pasar y pasa igual... te quedas pensando dias

Lautaro22

El ambiente que describis al principio es perfecto, te ubica de una. Muy bien logrado

GabyMdz

Que relato mas hermoso, de esos que te hacen sentir cosas que no esperabas. Muchas gracias

Sofi_B

sigue asi!!! esperamos mas :)

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