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Relatos Ardientes

El documental que mis padres no debieron grabar

Sandra tenía cuarenta y dos años y el cuerpo de alguien que había decidido no envejecer por decreto. Alta, de piel morena, con muslos anchos y una cantidad generosa de tatuajes que le subían por los brazos hasta los hombros. Llevaba el pelo negro corto, casi rapado por los lados, y una manera de mirar a las personas que hacía difícil ignorarla. Era bisexual, cosa que no ocultaba a nadie, y llevaba doce años casada con Marco bajo un acuerdo tácito: cada uno hacía lo que quería, siempre que volviera a casa.

Marco, cuarenta y siete años, era el espejo masculino de su esposa: más fornido que alto, con barba descuidada y la misma colección de tatuajes que parecía crecer cada año. Le gustaban las mujeres jóvenes, las mujeres mayores, y básicamente cualquier mujer que no pusiera objeciones. El matrimonio abierto le había parecido una solución civilizada desde el primer día.

Su hijo Tomás era todo lo contrario.

Dieciocho años, delgado, pálido, con una timidez que sus padres nunca habían logrado entender del todo. Estudiaba el segundo año de Comunicación Audiovisual y pasaba más horas con la cámara que con personas reales. Quería ser documentalista. Decía que la realidad, bien filmada, era más interesante que cualquier ficción.

Lo que nunca anticipó fue que sus padres iban a demostrarle exactamente eso.

***

Todo empezó un martes por la tarde. Tomás los reunió en el salón con la expresión seria que ponía cuando algo le preocupaba de verdad.

—Necesito pedirles algo —dijo—. Un favor importante.

—Claro —respondió Marco, distraído con el teléfono—. Pero haz lo posible por ser breve, que quedé en encontrarme con alguien en una hora.

—Yo también tengo planes —añadió Sandra desde el sillón—. Una enfermera del hospital de enfrente lleva semanas mandándome mensajes.

Tomás respiró.

—Tengo que entregar un documental sobre mi familia para la clase de producción. Es el trabajo final del semestre. Si no lo apruebo, recurso la materia.

Eso sí captó la atención de ambos.

—¿Y qué necesitas exactamente? —preguntó Sandra, incorporándose.

—Que me dejen filmarlos. Cosas cotidianas. Desayunando, en el parque, viendo una película. Lo de siempre.

—¿Lo de siempre? —repitió Marco con una ceja levantada.

—Lo de siempre de cualquier familia —aclaró Tomás, con un énfasis innecesario—. No lo de siempre de ustedes. Les pido por favor que finjan ser normales frente a la cámara. Solo eso.

Sandra y Marco se miraron. Un segundo, no más.

—De acuerdo —dijo ella al final—. Si eso es lo que necesitas, lo haremos.

Tomás exhaló despacio.

—Son los mejores. En serio.

***

Durante una semana entera, Tomás los filmó desayunando, paseando por el parque del barrio, eligiendo una película en el sofá. Sandra y Marco cumplieron con lo prometido. Sonreían en el momento justo, se comportaban con una corrección doméstica que a ambos les resultaba algo incómoda, y esperaban que las cámaras se apagaran para volver a ser ellos mismos.

El sábado por la tarde, Tomás les mostró el resultado en el televisor del salón. Doce minutos de vida familiar perfectamente ordinaria. Cenar juntos. Un paseo. Una foto final en la que los tres aparecían vestidos con ropa que raramente usaban.

—¿Qué les parece? —preguntó Tomás cuando terminó, con los ojos brillando—. Tengo que ajustar un par de cortes y esta noche se lo mando a la profesora Díaz.

Marco abrió la boca. La cerró. Sandra le dio un golpecito discreto en la rodilla.

—Muy bien —dijo ella—. Lo hiciste muy bien, hijo.

***

Esa noche, cuando Tomás se encerró en su cuarto a editar, sus padres se quedaron en el salón hablando en voz baja.

—Ese documental es un somnífero —dijo Marco.

—Lo sé.

—La profesora lo va a hundir.

—Probablemente. —Sandra se quedó en silencio un momento—. Hay algo que podríamos hacer. Añadir unas palabras finales. Una dedicatoria de los padres. Para cerrar el documental con algo distinto.

Marco la miró.

—¿Estás pensando lo que creo que estás pensando?

—Estoy pensando que somos artistas —respondió ella con una sonrisa—. Y que nuestro hijo merece que su trabajo destaque.

***

Media hora después, Sandra golpeó la puerta del cuarto de Tomás con los nudillos. Llevaba únicamente una bata de felpa atada a la cintura, el pelo húmedo de la ducha.

—¿Cómo va la edición?

—Casi lista —dijo él sin levantar la vista del monitor—. ¿Qué necesitas?

—Tu padre y yo quisiéramos grabar una pequeña dedicatoria para cerrar el documental. Unas palabras para tu profesora, algo que lo personalice. ¿Nos dejas?

Tomás giró la silla y la miró.

—¿En serio? Me parece una idea genial.

—Ven, te esperamos en el dormitorio.

***

El dormitorio de sus padres tenía la cámara sobre el trípode apuntando a la cama. Marco estaba sentado en el borde, con la misma ropa de antes. Tomás colocó la cámara, ajustó el ángulo y se sentó entre los dos.

—Bien —dijo—. Esto es una dedicatoria de mis padres para la profesora Díaz. Cuando quieran.

Marco carraspeó.

—Lo que queríamos decirle a su profesora —empezó— es que ese documental tan bien educado que grabó nuestro hijo no nos representa en absoluto. Ni como pareja ni como padres.

Tomás frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Así es —confirmó Sandra, y antes de que Tomás pudiera reaccionar, lo agarró de la cara con las dos manos y lo besó directamente en la boca.

Fue un beso largo, con presión, sin margen para la duda. La lengua de su madre se metió en la boca de Tomás con la misma naturalidad con que un cuchillo entra en la mantequilla, empujando la suya contra el paladar, dominando la cavidad entera antes de que él siquiera pensara en resistir. Cuando Sandra separó los labios, un hilo de saliva conectó las dos bocas un instante, y Tomás se quedó mirándola con los ojos abiertos, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir.

—¿Qué están haciendo? —logró decir.

—Mostrarte cómo hacemos las cosas en esta casa —dijo ella, y volvió a besarlo, esta vez mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un jadeo.

Marco tomó la cámara del trípode y se puso de pie.

—No se preocupe, profesora —dijo hacia el objetivo—. Todo tiene un propósito pedagógico.

***

Tomás intentó levantarse. Sandra lo sostuvo por los hombros sin esfuerzo visible. Ella lo doblaba en masa muscular y le llevaba veinte centímetros de estatura. Cuando intentó apartarle los brazos, comprobó que no iba a ningún lado.

—Mamá —dijo con voz tensa—. Para.

—Relájate —respondió ella, sin soltar.

—¡No me voy a relajar!

Marco filmaba todo con una calma irritante.

—Puede que al principio cueste un poco —comentó hacia la cámara—. Es completamente normal en las primeras experiencias.

Sandra se quitó la bata de los hombros. Debajo no había nada. Dos tetas grandes, morenas, de pezones oscuros y erectos como dedales, cayeron delante de la cara de Tomás. Tenía el vientre firme, tatuado hasta el pubis, y entre las piernas un coño depilado por completo salvo una franja fina de vello negro que subía en línea recta hasta el ombligo. Luego, con ayuda de Marco, desabrocharon la camisa de Tomás y le bajaron el pantalón y los calzoncillos de un solo tirón, dejándolo desnudo antes de que él terminara de entender qué estaba pasando exactamente. Su polla, a pesar de todo, ya se le había puesto medio dura.

—Ay, mira eso —dijo Sandra, tomándosela en la mano—. El nene ya está de acuerdo, aunque la boca diga que no.

—Mamá, por favor —jadeó Tomás.

—Callado. —Le apretó la polla en el puño y empezó a subir y bajar despacio, con la palma humedecida con su propia saliva—. Y no me mires con esa cara. Voy a enseñarte lo que ninguna chica de tu clase te va a saber enseñar en cinco años.

Lo que pasó a continuación fue, para Tomás, una mezcla confusa de vergüenza y sensaciones que no quería tener. Su madre era implacable. Le trabajaba la verga con una técnica precisa, alternando el ritmo, cerrando el puño al llegar al glande y girando la muñeca en el descenso, sin dejar de mirarlo a los ojos. Cada vez que él sentía que estaba cerca, ella lo notaba y aflojaba, dejándolo tembloroso, con la polla latiendo al aire y las caderas subiendo solas buscando más contacto. Él resistía. Ella avanzaba de todas formas.

—Señora profesora —decía Sandra en momentos determinados, mirando directamente a la cámara sin dejar de masturbar a su hijo—, en nuestra familia creemos en la educación práctica. Los manuales están muy bien, pero hay cosas que solo se aprenden así.

Entonces se agachó y se metió la polla de Tomás entera en la boca de una sola vez. Tomás soltó un grito ahogado y clavó los dedos en la sábana. Su madre lo estaba mamando hasta el fondo, tocándole el vientre con la nariz, haciendo un ruido húmedo, obsceno, cada vez que subía y bajaba la cabeza. La lengua le rodeaba la corona del glande en cada pasada; los labios se le apretaban justo en la base cada vez que llegaba al fondo. Marco filmaba en primer plano cómo la boca de su mujer engullía la verga del hijo con una destreza brutal.

—Mira, hijo —dijo Marco hacia el objetivo, moviendo la cámara para que Tomás quedara enfocado—. Mírala a ella y no cierres los ojos. Que aprendas cómo se hace.

Tomás apretó la mandíbula y miró al techo. Sandra lo agarró de la cabeza con una mano y lo obligó a bajar la vista y a verla. Ella tenía los labios estirados alrededor de la polla y los ojos clavados en los de él. Con la otra mano libre le apretaba los cojones, tirando con suavidad, calibrando cuánto podía forzarlo sin hacerlo correrse todavía.

—Así —dijo ella, sacándosela un instante y hablando con la boca llena de saliva—. Sin ponerte rígido. Déjate.

—Papá —dijo Tomás—. Papá, por favor.

—Tengo las manos ocupadas —respondió Marco desde detrás del objetivo—. Perdone si el plano se mueve un poco, profesora, pero es que me cuesta mantener el pulso en estas condiciones.

Se le oía la respiración pesada. Con la mano libre, Marco se había abierto el pantalón y se estaba pajeando en directo, sin dejar de filmar. Tomás lo vio de reojo y se le encogió el estómago; se le puso más dura la polla al mismo tiempo, sin permiso.

***

Tomás descubrió, en algún punto de esa noche, que resistir era más difícil de lo que parecía cuando alguien sabe exactamente cómo presionar cada botón. Su madre no lo trató con suavidad ni con crueldad: lo trató como a alguien que necesitaba que le enseñaran, y eso, de alguna manera, fue lo más desconcertante.

Sandra se subió a la cama a cuatro patas y le hizo un gesto con la barbilla.

—Ven. Ponte detrás.

Tomás obedeció sin pensarlo, y solo cuando estuvo arrodillado detrás de ella se dio cuenta de la vista que tenía: el culo grande de su madre, tatuado en el hueso de la cadera, abierto y ofrecido, con el coño abajo brillante de tan mojado, hinchado como una flor abierta, y el otro agujero, más apretado, más oscuro, palpitando cada vez que ella respiraba. Le puso una mano en la nuca y tiró.

—Con la lengua —ordenó—. Empieza por abajo y no pares hasta que te diga.

En un momento dado, Sandra aplastó la cara de Tomás contra sus nalgas y él, más por agotamiento que por convicción, terminó haciendo lo que ella le pedía. Le lamió el coño de abajo hacia arriba, respirando por la nariz porque no le llegaba el aire de otra manera. El sabor lo desarmó: salado, denso, con un fondo dulce que no había esperado. Cuando llegó al clítoris, ella cerró las piernas en la nuca de él y le dio una orden clara.

—Justo ahí —dijo ella—. Sin dudar.

Él chupó, lamió, movió la lengua en círculos como suponía que había que hacerlo, y su madre empezó a jadear con una autoridad casi tranquila, dándole instrucciones concretas cuando se desviaba.

—Más arriba. Más despacio. Ahora rápido. Métemela, la lengua, métela dentro. Así, hijo, así.

—A tu madre le gusta que no se ande con rodeos —añadió Marco desde detrás de la cámara—. Toma nota, que esto se aprende solo una vez.

Sandra le tomó una mano y se la llevó al otro agujero, obligándolo a lubricárselo con la saliva que le chorreaba por la barbilla. Cuando tuvo el pulgar de Tomás apretado ahí, empujó la cadera hacia atrás y se lo metió ella misma. Tomás soltó un gemido tonto contra el coño de su madre; ella se rió con la boca cerrada.

—Aprendes rápido cuando quieres.

Cuando Sandra finalmente lo colocó encima de ella, boca arriba, con las piernas abiertas y la polla apuntándole al coño, Tomás intentó una última objeción.

—Soy virgen —dijo, y no estaba seguro de por qué lo decía en voz alta.

Sus padres se detuvieron un segundo.

Marco bajó la cámara apenas un centímetro.

—¿De verdad?

—Sí.

Sandra sonrió. No era una sonrisa de crueldad, sino de algo que Tomás no supo descifrar bien, algo parecido al orgullo.

—Entonces esto va a ser memorable —dijo ella, y le tomó la polla en el puño y se la guió despacio hacia donde quería.

El glande resbaló entre los labios mojados del coño de su madre y encontró la entrada sin necesidad de más ayuda. Sandra empujó las caderas hacia abajo y se lo tragó de un solo movimiento largo, sin cortar el aire, sin apartar la vista de la cara del hijo. Tomás apretó los dientes. No gritó. Pero tampoco logró fingir que no sentía nada. El coño de su madre estaba caliente, resbaladizo y apretado a la vez, como si dos manos invisibles le apretaran la polla en anillos concéntricos.

—Joder —murmuró él sin querer.

—Joder —repitió ella, sonriendo—. Muy bien dicho.

Lo que vino después fue una lección sin manual, sin eufemismos y sin pausa. Su madre marcaba el ritmo, subiendo y bajando el culo sobre la verga de él con un vaivén que él no habría podido igualar aunque hubiera querido. Cada bajada terminaba con un choque húmedo, obsceno, y con un pequeño gemido de garganta que ella no se molestaba en disimular. Se inclinó hacia adelante y le metió las tetas en la cara.

—Chúpame los pezones —ordenó, y Tomás obedeció sin discutir; se prendió a un pezón como quien busca refugio, y ella se rió—. Ese es mi niño.

Su padre filmaba cada ángulo con la dedicación de alguien que ha encontrado su vocación artística más tarde de lo que le hubiera gustado. Se acercó, se subió a la cama por un costado con la polla al aire, y siguió filmando desde arriba mientras se la pajeaba a treinta centímetros de la cara de Tomás. En algún momento apoyó el glande contra la mejilla del hijo, sin apretar, solo dejándolo ahí, y Tomás no supo si eso lo excitaba o lo horrorizaba; lo que supo, y no pudo negar, es que la polla en el coño de su madre se le puso más dura al notarlo.

Sandra cambió de posición sin sacársela. Lo empujó hacia atrás, se puso encima invertida, y se agachó a mamársela otra vez con la boca llena de sus propios jugos. Tomás gimió alto por primera vez en toda la noche. Después ella le indicó que se pusiera detrás, y volvió a ponerse a cuatro patas.

—Ahora tú —dijo—. Métela tú. Y fóllame como si me quisieras.

Tomás, en algún momento que no podría señalar con precisión, dejó de resistir por completo. Le agarró las caderas a su madre, se la clavó de un empujón y empezó a follarla con una torpeza que fue mejorando rápido a base de imitar el ritmo que ella misma le había marcado antes. El culo de Sandra chocaba contra su vientre en un sonido rítmico, mojado. Ella se apretaba con los músculos internos cada vez que él salía y volvía a empujar.

—¡Qué bueno que eres, hijo! —exclamó Sandra entre gemidos—. Y mira que he probado de todo.

—¡Ahora sí entenderán por qué me casé con ella! —comentó Marco, sin dejar de filmar. Se había corrido en algún momento sobre las sábanas y ni se había molestado en limpiarlo.

Tomás sintió que la corrida le subía desde los cojones como una descarga que no iba a poder frenar. Intentó avisar, tartamudeó algo, y Sandra, que sintió el aviso antes de que él terminara de decirlo, se sacó la polla del coño, se giró rápido y se la metió en la boca justo a tiempo para tragarse el primer chorro. El semen le llenó la garganta, se le escapó por las comisuras, cayó en gotas gordas sobre las tetas. Ella lo mamó hasta la última contracción, sin soltarlo, sin apartar los ojos de la cámara que Marco le estaba plantando en la cara.

—Trague, mamita, que ese es el sobresaliente —dijo Marco.

Sandra tragó, se limpió la comisura con el pulgar, se lo lamió y sonrió.

Cuando todo terminó, Tomás se quedó tumbado en la cama mirando el techo. Le temblaban las piernas. Le pesaban los párpados. Notaba la polla todavía húmeda, palpitando débilmente contra el muslo. No recordó quedarse dormido. Solo recordó despertarse.

***

Al día siguiente, Tomás fue a buscar a sus padres a la cocina. Estaban desayunando como si nada.

—Buenos días —dijo Marco, señalando la cafetera.

—¿Qué pasó con el documental? —preguntó Tomás directamente.

Sandra alzó la vista del café.

—Lo editamos anoche, después de que te quedaste dormido. Se lo mandamos a tu profesora.

Tomás cerró los ojos.

—¿Todo?

—El original tuyo, más la dedicatoria —dijo Marco—. Quedó muy bien montado, la verdad. Los cortes entre la parte doméstica y la final le dan un contraste interesante.

—Voy a reprobar. Voy a reprobar y me van a expulsar de la carrera.

—Espera a ver qué dice la profesora —respondió Sandra, sin excesivo dramatismo—. No todo el mundo es tan convencional como crees.

Tomás se sirvió café y se fue a su cuarto sin contestar.

***

Dos días después, al terminar la clase, la profesora Díaz le pidió que se quedara. Tomás esperó mientras los demás estudiantes salían. Ella cerró la puerta con cuidado y se sentó frente a él.

—Quería hablar contigo sobre el documental —dijo.

—Lo sé. —Tomás tenía preparada una explicación, tres versiones distintas según cómo reaccionara ella—. Mire, lo que pasó fue que mis padres—

—Fue el mejor trabajo que he recibido en cinco años dando esta materia.

Tomás parpadeó.

—¿Perdón?

—Técnicamente tiene algunos problemas de iluminación en la segunda parte, y el audio podría ser más limpio. —La profesora abrió la carpeta que tenía sobre la mesa—. Pero narrativamente es exactamente lo que les pido a mis alumnos y nadie hace: capturar la realidad de una familia sin filtros. La tensión entre la primera parte y la segunda es perfecta. El contraste dice algo sobre las apariencias y lo que ocurre detrás de ellas. Es genuino. Es valiente.

Tomás tardó un momento en procesar eso.

—¿En serio?

—En serio. Tienes la nota más alta de la clase. —Ella cerró la carpeta—. Y por supuesto, esto queda entre nosotros. No voy a compartirlo con nadie más. Hay ciertos límites administrativos que prefiero no cruzar.

Tomás salió al pasillo sin saber bien si reír o sentarse en el suelo.

***

Esa tarde volvió a casa y encontró a sus padres en el sofá.

—Aprobé —dijo.

Marco levantó la vista.

—¿Ves?

—Nota más alta de la clase.

Sandra sonrió con una satisfacción tranquila, como alguien que sabía lo que iba a pasar desde el principio.

—Te dije que no había de qué preocuparse —dijo.

Tomás se quedó de pie en el centro del salón, mirándolos. Tenía una cantidad de cosas que decirles que no sabía por dónde empezar. Al final, no dijo ninguna de ellas.

—Esta noche hornearé unas galletas —dijo en cambio—. Como agradecimiento.

—Olvídate de las galletas —respondió Sandra, poniéndose de pie—. Esta tarde organizamos algo. Unos amigos en casa de Germán. Si quieres agradecernos algo de verdad, ven con nosotros.

Tomás la miró.

—Una orgía.

—No lo digas como si fuera algo raro —dijo Marco, levantándose también—. Es una reunión. Con ciertas actividades.

Tomás pensó en el documental. En la nota. En lo que había pasado en el dormitorio de sus padres dos noches antes, y en que, a pesar de todo, no había logrado dormir mal.

—Supongo que podría ir —dijo al final.

Sandra le apoyó una mano en el hombro y lo besó en la mejilla.

—Ese es mi muchacho.

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Comentarios(8)

Alfonso24

Increible relato!!! me dejo pensando un buen rato

FedeLector

La premisa es de lo mas atrapante que lei ultimamente. Muy bien construido.

Nocturno_MX

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas

Mariela_curiosa

Me encanto como lo narraste, tiene ese toque que te hace leer sin parar. Sigue subiendo!

Curioso_76

jajaja el titulo solo ya me vendio el relato, y no defrauda para nada

LectorBA_22

De lo mejor que vi en esta categoria. Muy bueno.

DiegoRsAs

La tension que construis desde el principio es impecable. Se nota el talento.

Stefania_R

Genail!!! subite mas de estos por favor

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