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Relatos Ardientes

Seguí a esa mujer hasta donde nunca había estado

Querido diario:

Voy a contarte algo que no le conté a nadie. No porque me avergüence, sino porque hay cosas que pertenecen solo a uno mismo y al papel donde las escribe. Y esta es una de esas.

Llevaba ocho días en esa ciudad cuando ocurrió. Una ciudad que no era la mía, donde no conocía las calles ni los bares ni la forma que tienen sus habitantes de mirar a los extraños. La empresa me había enviado para cerrar una auditoría que se extendía más de lo previsto, y entre Rodrigo, el asesor que me servía de guía por las mañanas, y Lorena, la secretaria de gerencia que me pasaba las órdenes cada tarde, prácticamente no tenía más interlocutores en todo el día.

El trabajo terminaba puntual. Los hoteles de empresa tienen esa particularidad: habitación limpia, wifi decente, y el vacío de las tardes mirándote desde la ventana como si te cobrara algo. Después de la reunión del martes salí sin rumbo fijo. Necesitaba caminar, sentir el peso de los pies contra el asfalto, olvidarme por un rato de los números y las planillas y la cara aburrida de Rodrigo explicándome el contexto local.

Fue en una calle angosta, a unas diez cuadras del hotel, donde la vi.

Caminaba delante de mí, a unos veinte metros. Falda oscura hasta la rodilla, tacones bajos, una cadencia en el paso que hacía difícil apartar la mirada. Tenía el cabello negro hasta los hombros y una cintura que contrastaba con el ancho generoso de sus caderas. Seguí sus piernas sin haberlo decidido del todo, como quien sigue la música de un altoparlante sin haber tomado la decisión consciente de caminar hacia ella. Se le marcaba el culo debajo de la tela cada vez que apoyaba un tacón, dos hemisferios firmes que se movían con esa cadencia hipnótica que uno reconoce a diez metros y que se te mete en la sangre sin pedir permiso.

En algún momento giró la cabeza. Me vio mirarla. En lugar de acelerar el paso o incomodarse, se detuvo apenas, me miró de frente y me dedicó la sonrisa más pícara que nadie me había regalado en mucho tiempo. Luego sacudió ligeramente la cabeza hacia adelante, como invitándome, y empujó la puerta de metal de un local que yo ni había notado.

La puerta no tenía cartel. Solo una placa pequeña y un interfón plateado junto al marco.

Me quedé parado en la vereda durante unos segundos. El corazón me latía más rápido de lo que era razonable para la situación. Desde hacía meses había estado dando vueltas con la idea después de ver por casualidad un video que me había dejado con una curiosidad difícil de ignorar. Lo había pensado en serio, lo había descartado, lo había vuelto a pensar mientras me dormía, mientras me la sacudía en la ducha imaginando bocas anónimas del otro lado de una pared. Estaba en una ciudad que no era la mía, donde no me conocía nadie, donde en quince días sería solo un nombre en una bitácora de hotel.

¿Qué podía perder?

Pulsé el interfón.

La puerta se abrió con un clic eléctrico.

Adentro había un pasillo angosto, iluminado con luz tenue y cálida, que desembocaba en una especie de recepción pequeña. Detrás de un escritorio había una joven con una sonrisa profesional y eficiente que me saludó como si la cosa fuera la más natural del mundo, tomó mis datos con discreción y me explicó las reglas sin que yo tuviese que preguntar nada.

—Todo es consensuado —dijo—. No es no. Con nuestras chicas, forro siempre. El sexo entre clientes es bajo responsabilidad propia. Sin peleas.

Luego señaló hacia el fondo: el bar al centro, la zona de cabinas a la derecha, las chicas del local a la izquierda.

Me fui directo a las cabinas.

Era un corredor de pared ancha, iluminado con una luz que era casi oscuridad. La pared estaba perforada a intervalos regulares: agujeros del tamaño de un puño, algunos cubiertos con pequeñas tapas de plástico, otros abiertos. Del lado opuesto, al que yo no podía ver, había otras personas. Lo que hacían o no hacían quedaba a cargo de la imaginación de cada uno, y eso formaba parte del juego.

Estuve un rato mirando sin hacer nada, aprendiendo la mecánica silenciosa del lugar. Había una lógica en todo eso, un orden no escrito que la gente cumplía sin haber firmado ningún contrato. Algunos agujeros tenían del otro lado manos que esperaban, lenguas que asomaban un momento y desaparecían, el destello breve de unos labios. En uno alcancé a ver, medio segundo, una polla gruesa que se metía en una boca invisible del otro lado. Tomé aire, me ubiqué frente a uno de los agujeros que estaban libres, y sin mucha ceremonia abrí el pantalón, me bajé el bóxer hasta los muslos y acerqué la verga a la pared. Ya estaba a media asta antes de meterla por el hueco.

La espera fue más corta de lo que esperaba. Una mano apareció del otro lado. Dedos delgados, uñas sin pintura, tacto suave. Me tocó con una calma que no había anticipado, recorrió el tronco despacio desde la base, subió hasta la punta, volvió a bajar. El pulgar se detuvo en el glande y trazó círculos lentos, esparciendo la gota espesa que ya se me había asomado por la ranura. Nada brusco. Nada mecánico. Simplemente una mano que conocía lo que hacía y no tenía ningún apuro por terminarlo.

Me puse duro enseguida. La polla se me endureció contra los dedos anónimos hasta quedar tirante, latiendo, y esa mano lo sintió: la cerró en puño y empezó a hacerme una paja lenta, muy prolija, apretando bien en la base y aflojando al llegar al capullo, torciendo apenas la muñeca en cada subida como quien sabe exactamente dónde toca cada nervio.

Los movimientos se fueron acelerando despacio, encontré el ritmo, empecé a empujar apenas las caderas contra la madera para meter y sacar la verga del puño ajeno. Se me escapó un gemido bajo que rebotó en el corredor. Me abandoné un momento. Y entonces pararon. Sin aviso, sin transición, la mano se retiró y el agujero quedó vacío otra vez.

Me quedé con la frustración pegada al cuerpo. La polla, dura y mojada de saliva y precum, temblando sola frente a un agujero negro.

Esperé. Un minuto. Dos. El silencio del corredor era denso, interrumpido apenas por algún sonido lejano e inidentificable —un gemido apagado, el chasquido húmedo de una boca trabajando en otra cabina—. Nada para mí.

Estaba a punto de retirarme cuando sentí algo diferente: labios. Húmedos y lentos, que rozaron apenas la punta antes de retirarse. Una lengua que trazó después una línea muy lenta hacia abajo, siguiendo el tronco, y cuando llegó a la base no se detuvo sino que siguió, llegó a los huevos, les dio lengüetazos suaves y pacientes, chupó uno primero y después el otro metiéndolos enteros en la boca. El líquido preseminal ya aparecía en la punta y fue recogido sin dudarlo, con naturalidad, la lengua enroscándose alrededor del glande y limpiándolo entero como parte del mismo movimiento sin interrupciones.

Después la boca se abrió del todo y me tragó entero.

Cerré los ojos.

Sentí cómo la polla se hundía hasta el fondo de esa garganta anónima, cómo los labios se cerraban en la base contra la madera, cómo la lengua se aplastaba por debajo y se movía en olas mientras me tenía adentro. Fue una de esas sensaciones que uno no puede describir bien sin traicionarla. Calor, presión, la humedad tibia y densa de una boca que sabía. El movimiento rítmico de algo que sabe exactamente lo que está haciendo: sacaba la verga hasta dejar solo el capullo entre los labios, chupaba con fuerza haciendo un ruido obsceno, y volvía a tragarla entera. Otra vez. Y otra. Una mano acompañaba desde abajo, calibrando la tensión, ajustando el ritmo, apretando los huevos con una firmeza justa que me erizó las piernas.

Fui acercándome a algo que ya sentía inevitable. Los huevos se me habían encogido, la base de la espalda me hormigueaba, empujaba las caderas contra la pared buscando meter cada centímetro en esa garganta. Y justo cuando creí que no podría evitarlo, cuando ya sentía la corrida trepando desde adentro, el contacto se cortó otra vez. La boca se retiró de golpe, dejando la polla ensalivada y palpitando en el aire frío del corredor.

Se me escapó un puteo bajo entre dientes.

Me quedé apoyado contra la pared, con la respiración alterada y el cuerpo sostenido en una tensión que no sabía bien cómo resolver. Tuve la tentación de terminar yo mismo, agarrármela y sacudírmela ahí contra la madera, pero algo me hizo aguantar. Esperé casi media hora más, recostado contra la pared fresca, con la verga a medio bajar, escuchando el silencio del corredor. Nadie más se acercó al agujero frente al que yo estaba.

Me subí el pantalón con la polla todavía sensible rozando la tela, y me fui al bar.

Me pedí una cerveza artesanal fría y me la tomé despacio, mirando el fondo del vaso más que el resto del local. El bar era tranquilo a esa hora. Dos tipos conversaban cerca de la entrada sin levantar la voz. Una mujer sola leía algo en su teléfono con cara de estar en cualquier otro lado. El barman limpiaba vasos con un paño sin mirar a nadie en particular. Había algo casi doméstico en todo eso, en ese local que en otro contexto podría haber pasado por cualquier bar de barrio.

Terminé la cerveza y pedí otra. La tomé más rápido. Todavía sentía el latido de la polla contra la costura del pantalón, la frustración acumulada de las dos veces que me habían dejado a mitad de camino.

Después fui al otro lado.

***

La zona de las chicas era diferente. Más silenciosa, paradójicamente, que el corredor de las cabinas. Pequeñas aberturas a lo largo de una pared, cada una con una iluminación propia muy tenue. Algunas chicas estaban boca abajo, mostrando la espalda, los glúteos, el perfil de una pierna bien torneada. Otras de frente, las manos apoyadas en los costados, el coño rasurado o con una franja fina de vello asomando entre los muslos. Una tenía las piernas extendidas hacia afuera de su cabina con una actitud que no necesitaba explicación: los labios de la concha entreabiertos, brillantes, ofrecidos como en una vidriera.

Caminé despacio por el pasillo, mirando sin prisa, sin apuro.

Y entonces las reconocí.

Las piernas de la mujer que había seguido desde la calle. No sabría explicar con exactitud cómo estaba seguro. Uno aprende a reconocer ciertas cosas cuando las ha seguido durante tres cuadras prestándoles atención completa. Las pantorrillas, la forma en que el tobillo se apoya, la curva interior del muslo. Estaba boca abajo, con las caderas levantadas apenas, ofreciendo ese culo generoso y redondo que yo había estudiado en la vereda sin saber que unos minutos después lo tendría al alcance de la mano. Entre los muslos, el coño se le veía hinchado y húmedo, ya listo, con brillo propio.

Me detuve.

Me acerqué despacio. Empecé por los tobillos, le recorrí la pantorrilla con la palma abierta, subí por el muslo, llegué a los glúteos. Los apreté con cuidado, calibrando, hundiendo los dedos en la carne firme hasta ver cómo se marcaban las yemas y volvían a soltarse. La piel se erizó ligeramente bajo mis manos, un estremecimiento pequeño e involuntario que recorrió toda la espalda. Le abrí las nalgas con los pulgares y vi de cerca el coño mojado, los labios internos asomando entre los externos como una flor abierta, y más arriba el ojete pequeño y oscuro que se contraía cada vez que la respiración le cambiaba.

Me incliné hacia adelante y besé la base de su espalda. Mordí con suavidad cada glúteo, dejándole la marca de los dientes en la piel blanca. Bajé la boca y le pasé la lengua por la raja, largo, de abajo hacia arriba, del clítoris al ojete, y me quedé un rato ahí lamiéndole la concha entera, chupándole los labios uno por uno, metiéndole la lengua tan adentro como pude. Ella empujó las caderas contra mi cara y soltó un gemido ahogado, el primer sonido humano que le escuchaba. Sentí cómo se tensaba y después se relajaba, como si hubiera estado esperando exactamente eso. Le clavé la lengua en el clítoris y jugué ahí, círculos, chupones cortos, hasta que las piernas le empezaron a temblar.

Me enderecé. Saqué un forro del bolsillo —los había comprado esa misma tarde en una farmacia, casi sin atreverme a pensar bien por qué— y me lo puse. La polla, después de todo lo que había aguantado en el corredor, se puso durísima con solo desenrollar el látex por encima.

Me coloqué detrás de ella.

Le apoyé la punta en la entrada del coño y la pasé arriba y abajo, mojándola con su propia humedad, rozándole el clítoris con el capullo. Ella empujó el culo hacia atrás buscándome, impaciente. La agarré de las caderas con las dos manos.

Entré despacio.

Estaba preparada, dispuesta, tan mojada que la verga se me hundió entera sin resistencia hasta que los huevos le chocaron contra el clítoris. No hubo que negociar nada. Se le escapó un gemido largo, gutural, y sentí cómo las paredes internas se me cerraban alrededor de la polla apretando y aflojando por reflejo. El cuerpo habla un idioma que los dos entendíamos sin traducciones ni rodeos. Me detuve un instante para que todo se acomodara, para que yo mismo terminara de ubicarme en lo que estaba pasando, y después empecé a moverme.

Primero busqué su ritmo. Cogidas lentas, largas, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo, sintiendo cada centímetro entrando y saliendo de esa concha caliente. Observé las señales que el cuerpo da cuando algo funciona bien: la tensión en los muslos, la forma en que la espalda se arquea apenas, la respiración que cambia de cadencia casi sin que uno lo note. Cuando encontré lo que buscaba lo sostuve ahí, sin cambiar ni acelerar, durante más tiempo del que hubiera aguantado si solo hubiera pensado en mí mismo.

Le clavé un dedo mojado en el ojete mientras seguía cogiéndola y sentí cómo se le contraía todo, cómo el coño me apretaba con más fuerza. Me incliné sobre su espalda, sin dejar de moverme, y le pasé la otra mano por debajo hasta encontrarle el clítoris. Le froté ahí con dos dedos al ritmo de las embestidas, marcando círculos justos, y ella empezó a mover las caderas hacia atrás contra mí, cogiéndome ella a mí, empujando el culo cada vez que yo empujaba adelante, hasta que los muslos chocaban con un ruido carnoso y húmedo que llenaba la cabina.

—Así, así, no pares —dijo, la primera y única palabra que me dijo en toda la noche, con la voz partida.

Aceleré. Le agarré la cintura con las dos manos y empecé a metérsela más fuerte, más seco, cada envión terminando con los huevos golpeándole el clítoris. Ella hundió la cara donde estuviera y soltó un grito largo, ahogado contra algo, y sentí cómo el coño se me cerraba en espasmos alrededor de la polla, apretando y soltando en oleadas, empapándome el forro de flujo caliente que me chorreó hasta los huevos.

Cuando ella llegó a donde tenía que llegar me lo indicó de formas que no necesitaban palabras.

Solo entonces me dejé ir.

Le clavé la polla hasta el fondo y la sostuve ahí, aplastado contra su culo, sintiendo cómo la corrida me subía desde la base de la espalda, desde los huevos, desde algún lugar más profundo. Solté un gemido ronco y me vacié adentro del forro con tres, cuatro chorros gruesos que sentí latir uno tras otro dentro de ella, la verga sacudiéndose sola mientras el coño le seguía apretando por reflejo, ordeñándome hasta la última gota. Fue breve y completo. Una de esas terminaciones que llegan antes de que uno haya terminado de prepararse para recibirlas, sin margen para pensarlo ni para dosificarlo. Me vaciaste sin remordimientos, me dije después. Y era verdad.

Me retiré despacio, sintiendo cómo la polla salía todavía dura, arrastrando un hilo de flujo. Tiré el forro cargado en el cesto que había junto a la cabina, con el semen espeso empujando el látex desde adentro. Acomodé la ropa con los dedos todavía un poco torpes, las piernas flojas.

Salí del local sin decirle nada a nadie, sin buscar la cara de la mujer, sin mirar atrás.

En la calle, el aire de la noche estaba frío y limpio. Caminé de vuelta al hotel con las manos en los bolsillos, la polla todavía sensible rozando la ropa interior a cada paso, pensando en cosas que no sabría cómo escribir aunque lo intentara.

No supe su nombre entonces. No lo sé ahora, ni me interesa saberlo. Nunca volví a ese local, ni a esa ciudad más de lo estrictamente necesario para cerrar la auditoría.

Pero hay noches, de esas en que la rutina pesa demasiado y la cama de siempre parece demasiado predecible, en que pienso en esa sonrisa pícara en la calle, en esa puerta de metal sin cartel, en la boca anónima que me chupó la verga hasta casi hacerme acabar, en ese coño mojado que me apretó hasta vaciarme.

Y me alegra haber seguido a esa mujer.

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Comentarios(8)

Noctambulo77

que relato mas tenso! me enganche desde el primer parrafo, no podia parar de leer

ManuBA_88

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termino todo

Eduardo_Cba

El suspenso inicial es lo mejor. Describis muy bien esa sensacion de tirarse a la pileta sin saber donde cae uno jaja. Muy bueno.

lagarto46

me recuerda a algo que me paso hace unos años... aunque yo no tuve el mismo valor jajaja. Excelente relato.

SofiaLec

buenisimo!!! de los mejores en primera vez

Flor_nocturna

Y despues que paso? me dejo con intriga el final, excelente

LectorBA_77

Lo que mas me gusto es como describis ese momento de duda, ese segundo donde todo puede pasar o no. Se nota que es algo vivido porque los relatos inventados no tienen esa tension. Muy bien escrito.

Chepe92

corto pero intenso, quiero mas!!

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