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Relatos Ardientes

Mi prima me llevó al probador sin avisar

Aquella tarde empezó como una más. Era miércoles, o jueves —uno de esos días de entre semana en que la ciudad parece vaciarse a media tarde y las calles del centro quedan para los que no tienen ninguna prisa.

Yo era uno de ellos. Había salido a caminar sin rumbo fijo después del trabajo, con los auriculares puestos y la cabeza en cualquier parte menos en el presente. Me metí por una de esas calles comerciales que rodean el mercado viejo, donde los locales mezclan ropa barata con joyería de imitación y tiendas que huelen a cuero y a polvo acumulado en los años.

Fue entonces cuando la vi.

Valeria iba en la dirección contraria, con una bolsa de tela colgada del hombro y los ojos pegados al escaparate de una tienda de complementos. Mi prima tenía esa manera de moverse que siempre me había llamado la atención sin que yo supiera bien por qué: lenta, segura, como si el tiempo no corriese para ella al mismo ritmo que para el resto.

—¡Oye! —la llamé, quitándome un auricular.

Se giró. Tardó un segundo en reconocerme, y luego sonrió con esa sonrisa suya, un poco torcida, que nunca supe bien si era de alegría o de complicidad.

—No me lo puedo creer —dijo—. ¿Qué haces por aquí?

Nos dimos dos besos y nos quedamos en la acera, preguntándonos lo de siempre: cómo iba el trabajo, si habíamos visto a los demás en las últimas semanas. La familia es ese club al que perteneces sin haberlo pedido. Con Valeria siempre había algo debajo de la conversación que ninguno de los dos nombraba, y tampoco hacía falta nombrarlo.

No éramos cercanos, exactamente. Éramos primos de esos que se ven en Navidad y en bodas, que intercambian mensajes en el grupo familiar y poco más. Pero había algo en la manera en que ella me miraba que me hacía sentir observado, como si supiera cosas de mí que yo no le había contado.

—Ven —dijo de pronto, cogiéndome del brazo—. Tengo que probarme unas cosas y no quiero entrar sola.

No me dio tiempo a responder. Me arrastró hacia el interior de una boutique pequeña, de esas con mucha ropa apilada en poco espacio y poca luz, que olía a ambientador dulce y a tela nueva. Una chica detrás del mostrador levantó la vista y volvió a bajarla sin decir nada.

Valeria sabía exactamente lo que buscaba. Fue directa al fondo del local, pasó los dedos por las perchas con la concentración de alguien que ya había elegido antes de entrar, y sacó dos blusas y un pantalón negro.

—¿Cuál te gusta más? —me preguntó, levantando las dos blusas frente a mí.

—La azul —dije, sin pensarlo demasiado.

—Yo también —respondió.

Se metió hacia los probadores sin esperar más. Había dos cabinas separadas por una mampara fina. La de la izquierda tenía la cortina corrida, con un par de botas asomando por debajo. Valeria entró en la de la derecha y se quedó con la cortina medio abierta, mirándome.

—Entra. No voy a morderte.

No debería, pensé. Pero entré.

La cabina era justa para una persona. Para dos éramos demasiados. El espejo del fondo nos devolvía una imagen un poco ridícula: yo con los brazos pegados al cuerpo, intentando ocupar el mínimo espacio posible, y ella de espaldas a mí, dejando la bolsa en el gancho de la pared con toda la calma del mundo.

Valeria corrió la cortina.

El ruido de la tienda quedó amortiguado de golpe. La música de fondo, las voces al otro lado del pasillo, el chirrido lejano de las perchas. Todo se volvió más distante, más ajeno. De repente éramos solo nosotros dos en ese metro y medio de espacio cerrado y compartido.

Ella se quitó la blusa que llevaba con un movimiento rápido, sin aparente pudor. Me encontré mirándole la espalda antes de poder apartar los ojos.

—¿Qué haces? —dijo.

—Darte intimidad.

—No te he pedido que mires al suelo. —Había algo divertido en su voz—. Somos familia, ¿no?

Levanté la vista. Llevaba un sujetador de encaje beige que apenas contenía dos tetas grandes, redondas, con el escote apretado por la copa. La piel de su espalda era uniforme y sin marcas, y cuando levantó los brazos para ponerse la blusa azul, vi el contorno de su cintura recortado contra la luz de la bombilla del techo y una sombra de sudor tibio en la nuca.

Se giró hacia mí.

—¿Cómo queda?

—Bien —dije—. Te queda bien.

No mentía. Pero lo que me había llamado la atención no era la blusa.

Valeria se la quitó y extendió la mano con la palma hacia arriba.

—Dame la otra.

Se la pasé. Se la puso. Se miró en el espejo durante unos segundos, girándose de un lado al otro, evaluando. Y entonces, sin anunciarlo, sin cambiar la expresión, cogió mis manos y las colocó sobre sus pechos, por encima de la tela.

Me quedé completamente inmóvil.

—Valeria…

—Calla —dijo. No era un insulto. Era una instrucción.

Sentí el peso de sus tetas en mis manos. Eran más grandes de lo que parecían con ropa, llenas y cálidas incluso a través de la tela, y los pezones se marcaban duros contra el encaje. Le apreté despacio, primero con las palmas y después con los dedos, hundiéndolos en la carne firme. Mi pulgar rozó el borde del sujetador, se metió por debajo y ella echó la cabeza hacia atrás un centímetro, lo justo para que yo lo notara. Le bajé la copa de un tirón y le saqué una teta al aire. El pezón era oscuro, ancho, hinchado. Se lo pellizqué entre el índice y el pulgar y ella soltó un gemido corto, seco, que se comió mordiéndose el labio.

—Sigue —susurró—. Con la boca.

Me incliné y se lo chupé. Le mordisqueé el pezón, se lo lamí en círculos, se lo metí entero en la boca hasta que la aureola desapareció entre mis labios. Con la otra mano le liberé la otra teta y se la amasé sin dejar de mamarle la primera. Valeria me agarró la nuca y me apretó contra ella, resoplando por la nariz para no hacer ruido.

Esto está pasando, pensé. Esto está realmente pasando y nadie lo va a detener.

Se giró despacio hasta quedar frente a mí. Tenía los ojos fijos en los míos, con esa expresión que yo no sabía descifrar desde hacía mucho tiempo. Con la misma calma con que lo había hecho todo hasta ese momento, bajó la mano hacia la hebilla de mi cinturón.

—Valeria —repetí, y ni yo mismo sabía si era una advertencia o una pregunta.

—Ya sé lo que estoy haciendo —dijo—. La pregunta es si tú también lo sabes.

No respondí. Ella interpretó el silencio como lo que era.

Me desabrochó el cinturón. Luego el botón del pantalón. La cremallera bajó centímetro a centímetro y yo sentía el calor de sus dedos a través de la tela fina del calzoncillo, ya tensada por una erección que apenas cabía. Lo que había empezado como una incomodidad se había convertido en un bulto duro que ella palpaba de arriba abajo con la palma, calibrándolo.

—Estás dura como una piedra —murmuró, y sonó casi divertida—. Mírate cómo la tienes por tu prima.

Me metió la mano por dentro del calzoncillo.

Me agarró la polla con seguridad, sin titubeos, como si lo hubiera hecho antes. Cerró el puño en la base y empezó a masturbarme despacio, con la muñeca girando en cada subida, apretando en el glande y soltando en la bajada. Me sacó la verga por el hueco del calzoncillo y se quedó un segundo mirándomela, con la lengua rozándole el labio de arriba.

—Qué gorda la tienes —susurró—. Joder.

Me bajó el pantalón hasta los muslos y se arrodilló.

Lo que hizo a continuación lo hizo despacio. Sin apuro, sin exageración, con la misma calma deliberada con que había elegido la blusa veinte minutos antes. Me agarró la polla por la base con una mano y me la lamió de abajo arriba, desde los huevos hasta la punta, en una pasada larga y húmeda que me hizo arquear la espalda contra la pared. Después me chupó el glande, solo el glande, envolviéndolo con los labios y girando la lengua alrededor, y el único sonido que se me escapó fue uno que intenté contener y no pude del todo.

Me la fue metiendo en la boca poco a poco. Primero la mitad, luego más, hasta que sentí la punta empujar el fondo de su garganta. Le lloraban los ojos un poco y aun así seguía, moviendo la cabeza adelante y atrás con un ritmo cerrado, chupando fuerte al salir y aflojando al entrar. Cuando la sacaba, un hilo de saliva le colgaba del labio y le caía en la mano, con la que no dejaba de pajearme la base mojada.

—Mírame —me pidió sin sacársela del todo, la voz espesa—. Quiero que me mires mientras te la mamo.

Bajé la vista. Verla arrodillada entre mis piernas, con mi verga desapareciendo entre sus labios pintados de rosa pálido, con las tetas fuera del sujetador y los pezones oscuros meciéndose a cada movimiento de la cabeza, me tensó un nervio en el estómago que no supe si era placer o pánico.

Me apoyé contra la pared del fondo con los dedos buscando el borde del espejo para no perder el equilibrio. Se metió los huevos en la boca uno a uno, chupándolos con los labios cerrados, y volvió a subir por la vara con la lengua plana. De vez en cuando ella levantaba la vista hacia mí, y cada vez que nuestros ojos se encontraban algo se tensaba más en el pecho, algo que tenía que ver tanto con el deseo como con la plena consciencia de lo que estábamos haciendo y de quiénes éramos.

Cuando sentí que estaba demasiado cerca del límite, le puse una mano en el hombro.

—Para —dije—. Un momento. Me vas a hacer correr.

—No todavía —dijo ella, sacándomela con un chasquido—. Te quiero dentro primero.

Se levantó. Tenía los labios hinchados y brillantes, y una expresión que no era exactamente una sonrisa, pero se le parecía bastante. Se desabrochó el pantalón que tenía puesto y se lo bajó junto con la braguita hasta las rodillas. Debajo, un tanga negro colgaba enganchado a un muslo. Se lo apartó con dos dedos.

El espacio de la cabina no daba para mucho, pero nos las arreglamos. Ella se apoyó en la pared lateral, de espaldas al espejo, subió un poco la cadera y separó las piernas todo lo que la ropa bajada le permitía. Le pasé la mano entre los muslos y la encontré empapada, el coño hinchado y caliente, los labios resbalando bajo mis dedos. Le metí uno, luego dos, y ella cerró los ojos y apretó los dientes para no gemir.

—Fóllame ya —susurró—. No aguanto más.

La penetré despacio.

Valeria cerró los ojos y apretó los labios. Sentí cómo su coño se abría alrededor de mi polla, cómo me apretaba centímetro a centímetro hasta el fondo, cómo un músculo interno se cerraba en la punta como si quisiera chuparme más adentro. Yo también contuve el aliento un momento. Nos miramos un instante en el espejo, los dos de perfil, y algo en esa imagen —mi verga hundida en el coño de mi prima, sus tetas fuera del sujetador temblando a cada empujón— me pareció completamente irreal, como si lo estuviera viendo desde fuera.

Empecé a moverme. Lento al principio, ajustándome al espacio y al silencio que teníamos que mantener. Me la sacaba casi entera y volvía a hundírsela hasta el fondo, notando cómo su carne se ajustaba a la mía cada vez con menos resistencia y más humedad. Ella me puso una mano en la cadera, no para detenerme sino para marcarme el ritmo. Sus dedos apretaban cada vez que yo empujaba más fondo.

Al otro lado de la cortina, alguien salió de la otra cabina. Pasos, el chirrido de una percha, una voz que le preguntaba algo a la dependienta sobre una talla. Ninguno de los dos nos detuvimos. Al contrario: Valeria me clavó las uñas en el culo por encima del pantalón bajado y me obligó a follármela más fuerte, más profundo, mordiéndome el hombro por encima de la camisa para no gritar.

—Más —jadeó en mi oído, casi sin voz—. Más adentro. Rómpeme.

La agarré de una nalga y le levanté una pierna, colocándomela contra la cadera para abrirla más. La embestí desde ese ángulo y el gemido que se le escapó fue el primero que no pudo controlar del todo; se lo tragué en la boca, besándola por primera vez, con la lengua metida entre sus labios mientras seguía taladrándola contra la pared. Sabía a saliva y a mí.

Valeria apoyó la mejilla contra la pared y la respiración se le fue acelerando aunque la controlaba bien, apenas un hilo de aire que escapaba entre los dientes. Le agarré una teta con una mano y se la apreté hasta hacerla gemir por la nariz.

—Aquí —me dijo en voz muy baja, moviéndose un poco para indicar el ángulo exacto—. Justo ahí. No pares.

Aceleré.

La embestí con golpes cortos, secos, buscando ese punto que ella me había marcado. La oí contener un gemido tras otro, sentí cómo el coño se le empezaba a apretar en oleadas alrededor de mi polla, cómo un temblor le subía por los muslos hasta la cadera. Sus uñas se clavaron en mi cadera. Yo enterré la cara en su cuello para amortiguar lo que iba a escaparse de mi garganta. Olía a algo cítrico, a crema o a perfume que no supe identificar, y ese olor se quedó grabado en algún lugar de mi memoria sin que yo lo eligiera.

—Me corro —soltó de golpe contra mi oreja—. Me corro, joder, me corro…

La escuché contener la respiración. El coño se le cerró de golpe alrededor de mí, latiendo, ordeñándome sin querer. Luego soltarla en un hilo casi imperceptible mientras se sacudía contra la pared, los muslos temblándole a los lados de mis caderas. Y entonces yo también llegué al límite.

Me aparté antes de cruzarlo. Salí de ella con la polla brillante y a punto de reventar, y ella entendió sin que yo dijera nada. Se arrodilló otra vez a toda prisa, me tomó en su mano y me pajeó rápido, con el puño cerrado y la boca abierta debajo del glande. Terminé entre sus tetas y su barbilla, con la primera corrida cayéndole en los labios y en la lengua, la segunda en el esternón, la tercera resbalando por la pendiente del pecho hasta el pezón. Ella no dejó de masturbarme hasta sacarme la última gota, y luego se pasó un dedo por la comisura del labio, se lo llevó a la boca y se lo chupó mirándome, con la respiración entrecortada y el tiempo suspendido durante un momento que podría haber durado diez segundos o diez minutos.

—Joder —susurró—. Menudo lote llevabas encima.

***

Tardamos cuatro o cinco minutos en recogernos. Ella con más calma que yo; yo con las manos un poco torpes y la mente todavía procesando todo lo que había ocurrido en ese metro y medio de espacio. Ella se limpió las tetas y el cuello con un pañuelo de papel que sacó del bolso, se recolocó el sujetador y se abrochó el pantalón como si acabara de probarse una chaqueta. Salimos de la cabina por separado: primero ella, con la blusa azul que había decidido llevarse; luego yo, sin haber comprado absolutamente nada.

En el mostrador, Valeria pagó. La dependienta le metió la blusa en una bolsa pequeña sin levantar la vista del terminal.

Fuera, la calle olía a asfalto caliente y a café de algún bar cercano. El sol seguía donde había estado cuando entramos, como si el tiempo no hubiera avanzado. Caminamos juntos hasta la esquina siguiente sin decir nada. Era uno de esos silencios que no necesitan relleno: lo que había pasado estaba claro para los dos, y hablar de ello en voz alta habría resultado innecesario y un poco torpe.

En la esquina, ella se paró.

—Nos vemos el domingo en casa de los tíos, ¿no? —preguntó.

—Sí —dije.

—Bien. —Una pausa breve—. Ven temprano. Y con ganas.

Se marchó por la calle de la izquierda con las dos bolsas en la mano. Yo me quedé un momento en la esquina mirándola alejarse hasta que giró y desapareció.

No sé exactamente lo que sentí en ese momento. No creo que fuera arrepentimiento. Era algo más parecido a la sensación de haber cruzado una línea que existía desde hacía tiempo, que ninguno de los dos había trazado de manera consciente pero que estaba ahí, tenue y real, esperando el momento adecuado para que alguien la cruzase.

El domingo llegaba pronto.

Me volví a poner los auriculares y retomé el camino que había interrumpido cuando la vi aparecer al doblar la esquina, una hora antes, o quizá más. El tiempo en ese tipo de tardes es difícil de calcular con exactitud.

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Comentarios(9)

JuanCruz88

tremendo!!! de los mejores de primera vez que lei aca

Camila_82

Una segunda parte por favor!! me quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos

Facundo_bsas

Me encantó, se siente autentico sin exagerar. Sigue asi!

NorbertoCba

jajaja me recordo a algo que me paso hace años, esos momentos te quedan grabados para siempre

Dani_Punta

la tension antes del probador esta narrada genail, se siente el nerviosismo

SilviaMR

Que valiente la prima jaja. muy bueno el relato!

Gabi_rosario

increible, breve pero muy intenso

PabloN74

De los mas originales que lei en esta seccion. El detalle del probador le da un toque especial. Esperando mas historias

Lautaro_Sur

Se hizo corto, quiero mas :)

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