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Relatos Ardientes

Su primera noche como acompañante fue conmigo

Llegamos al club casi sin hablar, porque la música retumbaba desde la puerta y entrar fue como meterse de cabeza en una ola de bajos. Pasamos hora y media adentro, y de toda esa hora y media me quedo con cuatro canciones: las que bailamos juntos y donde Daniela me dejó claro que su sangre cubana no era un detalle de adorno. Bailó la salsa pegada a mí, mirándome de reojo, pero fue la bachata la que me terminó de aturdir. Movía las caderas como si quisiera dibujarme algo en el muslo, y al girar me ofrecía el trasero apenas rozado por su vestido corto.

Hablar adentro era imposible. Aproveché que ella manejaba esa noche y me pedí tres whiskys con hielo. Daniela me besaba en la boca de vez en cuando, despacio, para saborear el rastro del whisky en mi lengua. Es bonita de cuerpo entero, no solo de retaguardia, aunque ya me había dado cuenta del efecto que producía: mientras esperaba que volviera del baño, un tipo de unos cuarenta años se acercó, se inclinó con respeto y me dijo al oído «su compañía es espectacular, amigo, qué belleza de mujer». Le sonreí, le di las gracias y volví a esperar.

Salimos pasada la medianoche, ya con el cuerpo entero pidiendo lo que la pista nos había anticipado. Daniela conducía con una sonrisa contenida; yo le miraba el perfil y pensaba en los juguetes que habíamos comprado esa misma tarde, todavía sellados en sus cajas. Veintidós años tenía, y aquella era su primera noche como dama de compañía. Lo había dicho como quien se confiesa, no como anzuelo, y por eso le creí.

En la habitación del hotel no perdimos tiempo. Nos metimos juntos a la ducha y dejamos que el agua caliente nos cubriera mientras yo me ponía detrás de ella y le besaba la nuca. Mi verga se acomodaba entre sus nalgas, y el glande subía y bajaba a su antojo, dejándole un escalofrío visible en la piel. Le hablé al oído con la punta de la lengua dándole vueltas al lóbulo.

—¿Te gusta sentirla ahí? —le pregunté.

—Andrés, me encanta. Me hace cosquillas hasta el cuello.

—¿Y más abajo, cerca de la entrada?

—Más todavía. Más todavía.

—¿Habías sentido alguna vez una verga entre tus nalgas?

—Nunca. Abrázame, tócame los pechos. No pares.

Estuvimos así un rato largo, los dos quietos bajo el agua. Le metí la mano entre las piernas y comprobé que ya no necesitaba más calentamiento: estaba empapada de algo que no era el agua. Esta vez fui yo el que la secó, sin prisa, besándole los hombros y la nuca, descubriendo cada centímetro de ese cuerpo que estaba pagando por tener pero que en ningún momento se sentía comprado. La cargué hasta la cama y la puse en cuatro. Esa misma posición que un rato antes me había confesado le daba vergüenza adoptar.

No me dijo nada. Se dejó hacer, y yo le masajeé las nalgas con las dos manos durante varios minutos, sin tocar nada más, hasta que ella misma fue separando un poco las piernas. Me arrodillé sobre el colchón, le incliné el torso hacia abajo, hasta que sus pechos quedaron pegados a la sábana, y el trasero apareció en esa curva imposible que parece dibujada para enloquecer a alguien.

Le puse una mano en cada nalga y le di un beso en los labios de su vulva depilada. Solo eso. Ella gimió bajito y empujó la pelvis hacia adelante, buscando más. Le pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba, y la dejé hundirse apenas en ese surco dulce y caliente. Olía a jabón de hotel y a piel joven. Me quedé ahí unos cinco o seis minutos, hasta que sus gemidos empezaron a perderse en otra dimensión, y entonces decidí subir.

Le pasé la lengua por la zona del perineo, sin apuro. Le hice creer que iba a un sitio y la llevé a otro. Milímetro a milímetro, fui subiendo hasta el borde de ese pequeño anillo apretado que se contraía cada vez que mi aliento le caía cerca. Su vulva empezó a soltar un líquido espeso, casi denso, que le bajaba por el muslo. Adivinaba lo que iba a pasar y se quemaba por dentro con esa anticipación.

—Dios mío —dijo, y la voz le tembló cuando finalmente apoyé la lengua entera contra su ano.

Quizá fue parecido a la primera vez en su vida que se vino, todavía cría, frotándose contra el relieve de una almohada sin entender qué le pasaba al cuerpo. Aquella tarde de ahora era otra cosa: era descubrir, casi a los veintidós años, que un beso en el culo puede ser tan natural como un beso en la boca. Y que esa misma lengua con la que me había buscado horas antes podía quedarse ahí, subiendo y bajando, hasta volverla loca.

Yo no esperaba que reaccionara tan rápido. Empezó a moverse sola, a empujar la cadera contra mi cara como si la estuvieran embistiendo, y su esfínter golpeaba contra mi lengua con una urgencia rara, como si no supiera del todo qué hacer con eso. Me lo dijo entre jadeos.

—Andrés, me vengo. Me estás haciendo venir. Qué rico, Dios mío. Me corro.

Se dejó caer de bruces sobre la cama y la sostuve por las caderas para meterme en su concha de un solo empuje. Daba alaridos, no se contenía, y otro orgasmo le llegó antes incluso de que yo hiciera nada. Bombeé despacio durante dos o tres minutos, hasta que la respiración se le ordenó un poco. Giró la cara hacia mí, sonriendo a medias, sin terminar de creer lo que acababa de pasarle.

—Usted me va a matar. ¿Qué fue eso?

—¿Te viniste rico?

—¿Rico? Eso fue un ataque. No me lo esperaba para nada.

—Yo gocé tu corrida.

—A esto no se le puede llamar solo sexo. Tendría que tener otro nombre.

—¿Tanto te gustó?

—Míreme las manos. Me tiemblan los muslos. —Y se reía sin reírse del todo.

—Habrá sido un orgasmo múltiple.

—No sé qué fue. Solo sé que nunca, nunca me había venido así.

—¿Pero te gustó sentir mi lengua en el culo?

—Ya sabe la respuesta. Pero no esperaba terminar así.

—¿Quieres más?

—Déjeme respirar. ¿Y usted?

—Tenemos toda la noche.

Mientras Daniela se recuperaba boca arriba, me bajé de la cama, saqué los tres juguetes de las cajas y les puse pilas. Los enjuagué con jabón y los dejé en orden sobre la mesa de luz, de menor a mayor. Después le propuse una posición que con casi todas las mujeres que he conocido termina siendo favorita en algún momento de la noche. Es una invertida de la mujer arriba: ella se acuesta boca abajo, sobre los pechos, abre las piernas y me deja meterme desde atrás, con las nalgas perfectamente expuestas para que yo haga con ellas lo que se me ocurra.

—Me encanta este culo —le dije, masajeándolo despacio—. No aguanto las ganas de estar adentro.

—Por lo visto usted sabe lo que hace. Mire que hacerme venir así.

—En una escala del uno al diez, ¿cuánto te gustó?

—Mil. Mil, Andrés. Todavía no entiendo qué me hizo.

—No lo intentes entender. Solo gózalo.

—Es rico esto también. Sentirlo adentro y que me dé masaje en las nalgas. Estoy en la gloria.

—Vamos a probar algo nuevo. Si algo te incomoda, me lo dices y paro.

—Trato hecho. Pero hasta ahora me ha encantado todo.

—Voy a intentar entrar por aquí —y le apoyé el pulgar sobre el anillo del ano—, pero quiero que estés relajada. Si te tensas, duele.

Me llené el pulgar con lubricante y le acaricié el ano en círculos. La presionaba apenas, sin forzar, mientras seguía moviendo la cadera dentro de su vagina. Sentía cada contracción en la verga: ella tenía las paredes increíblemente estrechas, y eso me lo confirmaba cada vez que se apretaba. Cuando logré hundir la primera falange del pulgar, un líquido caliente le bajó por el interior del muslo hasta mis testículos. Se retorció y susurró.

—Andrés, qué rico.

Tomé el primer consolador, el más pequeño, no mayor que un meñique. La chica de la tienda donde los habíamos comprado lo había llamado «el novio que no se nota». Le unté lubricante anal, lo puse en velocidad media y se lo apoyé en la entrada. Daniela soltó un gemido largo, y poco a poco las cuatro pulgadas desaparecieron dentro de ella.

—¿Te gusta?

—Está rico. Creo que me voy a venir otra vez.

Estuvimos así un par de minutos, ella meciéndose contra mis testículos cada vez que el juguete se hundía. Cuando vi que había superado esa primera sensación rara de tener algo extraño adentro, decidí subir de escalón. El segundo consolador era de nueve pulgadas, un grosor serio y una curva en la punta que obligaba a entrar despacio. Le recordé que aflojara los músculos, que pensara en abrirse en lugar de cerrarse. Le pasé lubricante por todo el ano y empecé la maniobra.

Se tensó al principio, lo noté en los hombros. Le hablé bajito, le dije lo lindo que se le veía el culo desde donde yo estaba, lo que me hacía sentir tenerla así. Le dije que me gustaban sus labios, sus tetas, sus piernas, todo. Y mientras le hablaba, el consolador se hundió hasta el fondo. Sentía la vibración a través de la pared interna de su vagina, contra mi propia verga. Daniela no aguantó.

—Andrés, me voy. Me voy. Dios mío, usted va a acabar conmigo. Qué rico.

Ya tenía el esfínter dilatado y se le notaba. La acomodé de espaldas, con las piernas abiertas hacia mí, y agarré el último juguete: el inflable, untado con lubricante mentolado. Le nivelé el ano a la altura de mi verga, y ella sin que yo le dijera nada me ofreció las nalgas para facilitarme el acceso. Hundí la verga en su culo, despacio, mientras le ponía el consolador en la concha en el primer nivel de vibración. Era ella la que se movía, la que marcaba el ritmo del vaivén, sacándose y metiéndose mi verga como si llevara años haciéndolo.

Inflé apenas el consolador y subí a la segunda velocidad. La sensación se le multiplicó: tenía la vagina llena de un juguete que vibraba y el culo invadido por mí. Lo único que pude hacer fue mirarle la cara. Movía las caderas como podía, hasta que un orgasmo enorme la sacudió entera, y esta vez le brotaron lágrimas, no de dolor sino de algún sitio mucho más hondo. Fue tanto que yo no resistí: acabé adentro casi sin moverme.

—Usted me va a matar.

—Qué rico me he ido en tu culo.

—Nunca había acabado así. Esta es la mejor cogida de mi vida.

—Solo tienes veintidós años.

—Usted sí sabe coger. No sé cuántos orgasmos me ha hecho tener. Perdí la cuenta.

—Tu culo me inspiró. Eres preciosa, Daniela.

—Usted también me gusta mucho. No puedo creer que tenga cuarenta y siete años. Para nada.

—Quiero cogerte el culo otra vez, en cuatro.

—¿Qué le puedo decir? Es suyo.

—¿No te incomodó?

—Un ardor leve, nada más. Me puede coger otra vez si quiere.

***

Le follé el culo en cuatro, después de frente sentada arriba mío, después de espaldas. También la monté en misionero porque me pedía que le mamara los pechos. Me vine cinco veces en total: una en una mamada lenta, otra dentro de su concha y tres en el culo. Cuando sonó la alarma a las nueve de la mañana, yo no sabía si había dormido o no. Nos duchamos juntos, sin tantas vueltas esta vez, y se puso un pantalón deportivo negro con una tanga amarilla y una blusa roja. Parecía aún más chica que la noche anterior.

En el coche, camino a su edificio, hablamos sin parar.

—Admiro su resistencia. Nunca imaginé el maratón que me esperaba.

—¿De verdad te causé esa impresión?

—¿Impresión? Andrés, con esa cara de muñeco que tiene, cualquier mujer se le entrega.

—Me gustaría verte otra vez.

—Nos tenemos que ver otra vez. Quiero volver a sentir, aunque sea una sola vez más, eso que hicimos anoche.

—¿Te gustó el anal?

—¿Que si me gustó? Me encantó. Andrés, me tiene enculada.

—¿Te puedo pedir algo?

—Dígame.

—¿Me regalas la tanga que llevas puesta?

—Esta y la que usted me pida.

—Entonces dame todas. Quiero llevármelas de recuerdo.

Llegamos al estacionamiento de su edificio, y con un movimiento muy suyo, sensual pero práctico, se quitó la tanga adentro del coche, buscó las otras en la maleta y las dejó en la guantera. Me besó largo, en la boca. Cuando se apartó, me reí. Ella me miró extrañada.

—¿De qué se ríe?

—Sabes, siempre pensé que lo de ser tu primera noche como acompañante era mentira.

—Es la verdad.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque nos estamos despidiendo y te estás olvidando de algo.

—Perdón. Déjeme darle otro beso. —Yo seguía riéndome, y ella se incomodó—. No entiendo. Se está burlando de mí.

—No me burlo. Es que la agencia me pidió pagarte mil quinientos en efectivo. Los cuatrocientos que cargaron a la tarjeta entiendo que son su comisión. Tú no me pediste tu parte, y la pasé tan rico contigo que no me puedo ir sin dejártelo. —Y le pasé un sobre con el dinero.

—¿Y si nos olvidamos de esto?

—¿A qué te refieres?

—A olvidarlo. Quiero que se olvide de que soy dama de compañía. Que sea solo una amiga con algunos derechos. No quiero que me recuerde como una puta cara. Quiero que me recuerde como una chica a la que le pasó algo enorme con usted.

—¿Eso quieres?

—Sí, eso quiero.

—Vas a seguir trabajando en la agencia.

—No creo. Cumplí mi fantasía. Quería coger con alguien que no conocía. Eso era lo que andaba buscando.

—¿Qué haces este fin de semana?

—Nada.

—¿Quieres armar la maleta de nuevo y nos vamos cinco días a Cancún?

—¿De verdad?

—Paso por ti a las cuatro de la tarde.

—Yo lo espero.

—¿A nombre de quién reservo el pasaje? Porque no creo que tu nombre real sea Daniela Vargas.

—Me llamo Mariana.

—Mucho gusto, Mariana. ¿Quieres ser mi novia?

—Deme tiempo. Cuatro horas para darle una respuesta a la altura.

—No te sientas con presión. Solo quiero romperte el culito de nuevo.

—Andrés, es suyo. Venga por él esta tarde.

Reservé los vuelos esa misma tarde y nos fuimos los cinco días enteros a la costa, a un hotel frente al mar. Fornicamos sin descanso y desde entonces seguimos viéndonos, sin nombre para lo que tenemos. Mariana, o Daniela cuando la llaman sus amigas viejas, me lo repite siempre igual: Andrés, mi culo es todo suyo.

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Comentarios (1)

CuriosoBA_

de los mejores que lei en esta categoria, sin dudas. muy bien escrito!!

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