El 14 de febrero que mi amiga dejó de ser inocente
Cada catorce de febrero, sin excepción, mi mente vuelve a Sabrina. Una morena bajita, delgada, con esa belleza discreta que pasa desapercibida hasta que sonríe y entonces te das cuenta de que es la chica más bonita del cuarto. Lo que más la definía, sin embargo, no era su físico, sino una curiosidad sin filtro: preguntaba cosas que nadie se atrevía a preguntar, miraba donde nadie miraba.
Su cumpleaños caía justo el día de los enamorados. Una broma cruel del calendario para alguien que, a los veinte años, todavía no había besado a un chico en la boca. Esa coincidencia se convirtió en nuestra tradición: cada catorce salíamos juntas, ella vestida con esa torpeza encantadora suya y yo arrastrándola a tiendas, cines y cafés hasta dejarla agotada.
Un mes antes de aquel cumpleaños tan particular, fuimos a sentarnos a una banca de la plaza, con los audífonos puestos cantando una canción que ninguna de las dos entendía del todo. Su celular vibró sobre el muslo. Alcancé a leer el nombre que apareció en la pantalla: «Rodrigo».
Sabrina cubrió la notificación con la palma de la mano más rápido de lo necesario.
—¿Quién es ese? —pregunté arrancándome un audífono.
—Nadie. Un chico del trabajo.
—Pues «nadie» te está escribiendo cada veinte segundos.
Bajó la mirada y desactivó los datos del celular con un gesto firme. La conocía demasiado. Sabrina tenía dos modos: o te contaba un secreto antes de que se lo pidieras o lo escondía como si la vida le fuera en ello. Aquella tarde estaba claramente en el segundo modo.
—Ya, en serio. ¿Quiere algo contigo?
—Ni idea —respondió, y se metió el celular en el bolsillo trasero del pantalón.
***
Cuando la llamé el catorce para arreglar nuestro plan de cumpleaños, me dijo que tenía «un asunto personal» y que me contaría al día siguiente. No insistí. Por dentro, ya estaba haciendo cuentas.
El quince apareció en la cafetería con el pelo recogido y una sonrisa tonta que no podía controlar. Pidió un capuchino y le añadió tres sobres de azúcar antes de hablar. Se tomó su tiempo.
—Salí con Rodrigo —dijo al fin, sin levantar la vista del vaso.
—Lo sabía.
—No, espera. No es lo que crees. Él… —se detuvo, buscó la palabra— me pidió ser su novia.
—¿Y?
—Le dije que no. Pero él insistió en que le diera un día entero, como si ya fuéramos pareja, para convencerme. Así que ayer me llevó a Puebla.
Levanté las cejas. Puebla quedaba a dos horas largas. Aquello ya no era una cita normal.
—Sabri…
—Déjame contar, déjame contar.
Bebió un sorbo, tomó aire y soltó la frase entera de corrido, casi sin respirar:
—Alquiló un cuarto de hotel y, cuando entramos, yo le pregunté para qué si no íbamos a quedarnos a dormir. Me dijo que le habían gustado mucho las fotos que le había mandado. Y entonces vi que tenía un bulto en el pantalón.
Solté la cuchara contra el plato sin querer. Ella se rio y se puso roja al mismo tiempo.
—Me preguntó si quería verlo. Le dije que sí. Nunca había visto uno de verdad, solo en internet. Se lo bajó y me quedé mirándolo como una idiota. Después me pidió que se lo tocara, y lo toqué. Después me pidió que se lo besara, y le dije que no, que me daba asco. Ahí se dio cuenta de que era virgen.
—Sabri.
—Él fue muy paciente —siguió, ya hablándole al capuchino—. Me llevó a la cama poco a poco. Y ya sabes, así pasó.
Asentí sin decir nada. A los veinte años yo era una experta en muchas cosas, y aprender a no juzgar a Sabrina era una de las más recientes. Lo que ella había vivido el día anterior cualquier amiga lo habría descrito como una trampa. Pero ella lo contaba con ese brillo en los ojos que solo tienen las personas que estrenan el cuerpo y todavía no saben qué hacer con tanta novedad.
—¿Y le vas a decir que sí?
—Le dije que lo iba a pensar.
Lo pensó dos semanas. Acabaron siendo novios poco más de seis meses. Lo terminó ella, llorando, jurando que nunca más se metería con un hombre así.
***
El catorce siguiente, Sabrina cumplía veintiuno. Un compañero de la universidad, Mauricio, la invitó a salir. La estrategia de Mauricio no fue un hotel: la llevó en su carro a un mirador a las afueras de la ciudad y la convenció de coger en el asiento trasero, con las ventanas empañadas y un perro ladrando en la lejanía.
Al día siguiente me lo contó todo con la misma cara emocionada de un año atrás, pero con menos detalles cursis y más detalles técnicos. Le dije, ya que estaba pidiendo consejo, que no se hiciera novia de Mauricio. Que lo viera de vez en cuando, sin compromiso, sin promesas, sin cumpleaños compartidos. Le brillaron los ojos.
—¿Eso se puede?
—Eso se puede.
Aquella conversación cambió algo en ella. A partir de entonces, cada catorce de febrero Sabrina estrenaba un amante. Ningún hombre se repetía, ninguno se quedaba. Era guapa, pero sobre todo era curiosa, y los chicos olfateaban esa curiosidad como tiburones.
A los veintitrés me dijo, mientras nos pintábamos las uñas en mi sala:
—Este año voy a estar con Andrés. Se ve que la tiene grande. Me costó elegir entre él y Tomás, pero a Tomás le toca el siguiente.
—Eres una sinvergüenza, Sabri.
—Aprendí de la mejor.
Quién me iba a decir que ese tal Andrés terminaría siendo mi marido. Pero esa es otra historia.
***
El último catorce que pasamos juntas fue el de sus veinticinco. Yo ya salía con Andrés en serio —Sabrina y yo nunca hablamos de aquel cumpleaños suyo, era un pacto silencioso entre las dos—, pero esa noche fui a cenar con otro, un chico que se llamaba Bruno y al que conocía hacía apenas dos semanas.
Bruno me llevó a un hotel de la avenida principal, uno con luces frías y conserje uniformado. En el lobby, esperando el ascensor, oí una risa que me sabía de memoria.
Era Sabrina, del brazo de un hombre que le sacaba veinte años por lo bajo. Pelo cano en las patillas, traje sin corbata, manos grandes apoyadas en su cintura como si fueran de su propiedad.
—Te presento a Octavio —dijo Sabrina sin un gramo de vergüenza—. Es compañero de trabajo de mi papá.
Octavio sonrió como sonríen los hombres que saben exactamente dónde están parados. Me dio la mano. Tenía un anillo de casado en la izquierda.
Bruno, que era todo entusiasmo y poca prudencia, soltó la frase antes de que yo pudiera frenarlo:
—¿Y si rentamos una sola habitación los cuatro?
Sabrina me miró. Yo le sostuve la mirada el tiempo suficiente para que entendiera que no le estaba pidiendo permiso ni se lo pedía a nadie, que la decisión era de las dos juntas o de ninguna.
—Por mí está bien —dijo ella—. ¿Octavio?
Octavio se encogió de hombros con la calma de quien ya ha visto este tipo de coreografía muchas veces.
Subimos.
***
La habitación tenía dos camas. Eso ayudó. Lo primero que se sintió, apenas cerramos la puerta, fue la desconfianza espesa que se planta entre dos parejas que recién se conocen. Decidí intervenir.
—Ustedes en esa cama. Nosotros empezamos en el baño.
Bruno me tomó la mano como un niño contento y entramos al baño. Pero la curiosidad —la maldita curiosidad que se me había contagiado de Sabrina con los años— pudo más que mi pudor. A los dos minutos le pedí que se quedara quieto y pegué la oreja a la puerta.
Lo que oí no era a la Sabrina que yo conocía.
—Mmm, papi, la tienes enorme. Me vas a partir en dos. Así, así, duro.
Tuve que taparme la boca para no reírme. Aquella era una versión de mi amiga que no había escuchado en doce años de amistad.
Esperé un par de minutos más, hasta que oí una pausa, y salí sola del baño. Sabrina estaba tendida bocarriba sobre la colcha, despeinada, sonriendo al techo. Octavio se incorporó, se pasó la mano por el pelo y dio dos pasos hacia mí.
—Te toca —dijo.
Solté una carcajada nerviosa, pero no me moví. Octavio se acercó otro paso. Le agarré la verga por encima del bóxer antes de pensarlo. Estaba dura, gruesa, todavía húmeda. Él empezó a besarme el cuello y a apretarme las nalgas con esas manos enormes.
Detrás de mí oí pasos. Era Bruno, que había salido del baño con la curiosidad pintada en la cara. Sabrina se sentó en la cama, le hizo un gesto a Bruno con la barbilla, y él se acercó. Sin más preámbulo, ella se la metió en la boca, mirándome a mí.
Esa imagen —Sabrina, la chica que a los veinte se había horrorizado con la idea de una mamada— me dio permiso para todo lo demás.
Empujé a Octavio sobre la cama. Me arrodillé y le chupé la verga durante un minuto largo, sintiendo el olor distinto, masculino, adulto, de un hombre que llevaba dos décadas sabiendo lo que quería. Después me subí encima y empecé a moverme.
—Ah, papi, me encanta sentirla hasta adentro —dije, y me sorprendió mi propia voz.
Sabrina se puso en cuatro sobre la otra cama, de cara a mí, para que Bruno la penetrara mientras nos mirábamos. Cada cierto tiempo, sin dejar de gemir, ella le tiraba un piropo a Octavio.
—Mira nada más qué bien se le ve a tu hombre.
Sentí algo de pena por Bruno. La diferencia entre las dos vergas y entre los dos estilos era tan evidente que casi me dio risa. Y, sin embargo, no podía dejar de mirarla a ella, a Sabrina, gozando como nunca la había visto gozar.
Terminé exhausta, con el pecho bañado, y me metí a la ducha.
Estaba enjabonándome cuando los gritos de Sabrina volvieron a llenar la habitación, ahora más agudos. Asomé la cabeza por la puerta del baño. Bruno estaba abajo, bocarriba; Sabrina, encima, ensartada por delante; Octavio, detrás, abriéndose paso por el otro lado. Una doble penetración tan bien coreografiada que parecía ensayada.
Cuando Sabrina terminó —y no hizo falta preguntar para saberlo—, me llamó con un gesto. Subí a la cama y los caballeros me concedieron el mismo tratamiento. Duró poco. Mi cuerpo, que llevaba años creyéndose veterano, descubrió que no estaba listo para todo.
—¡Ay, mi culo! Octavio, por favor. Para.
Octavio se disculpó como un señor. Yo también me disculpé, porque me estaba encantando, pero salí lastimada. Volví a la ducha riéndome sola. Bruno entró conmigo a ducharse mientras Sabrina y Octavio seguían encendidos en la cama.
Lo último que escuché desde la ducha, con el agua corriéndome por la cara, fue a Octavio anunciando que se venía y a Sabrina pidiéndole que se viniera dentro. Y el grito final, ronco, satisfecho, de un hombre de cuarenta y cinco años acabándole encima a mi mejor amiga.
***
Han pasado cinco años. Llevo casada tres y medio. Andrés —ese Andrés, sí— es mejor marido de lo que merezco. Sabrina sigue soltera y sigue cumpliendo años el catorce de febrero. Hoy mismo, mientras escribo esto, ella estará en algún hotel con alguien nuevo, o quizás repitiendo. Mañana me mandará el chisme con audios largos y detalles innecesarios.
A veces, cuando los oigo, me doy cuenta de que sí, que extraño esos años. No tanto el sexo, que el sexo se encuentra en todos lados. Lo que extraño es la curiosidad de Sabrina contagiándose como un virus. Aquella manera suya de mirar el mundo como si todo fuera la primera vez.