Medias de seda y una culpa que no me abandonaba
Valeria se quedó frente al espejo del baño con el cepillo de maquillaje suspendido en el aire durante un rato demasiado largo. Llevaba tres semanas así: con ese peso sordo en el pecho que no se iba ni durmiendo, ni duchándose, ni poniendo la televisión a todo volumen. Tres semanas desde que Marcos tomó el avión a Guadalajara por un contrato de trabajo. Tres semanas en las que ella había hecho algo que no debería haber hecho.
No vas a pensar en eso ahora, se dijo. Hoy es de Marcos. Solo de él.
Dejó el cepillo sobre el lavamanos, se puso la chaqueta y salió a la calle.
Había una tienda de lencería a dos paradas de metro, en el centro comercial de siempre. Valeria tardó veinte minutos en decidirse aunque, en realidad, ya había decidido antes de entrar: un conjunto negro con encaje dorado, liguero con hebillas metálicas, medias de seda con costura trasera y unos tacones de aguja que la hacían diez centímetros más alta. Pagó en efectivo, miró hacia la vitrina mientras la cajera le daba el cambio y salió con la bolsa apretada contra el pecho.
De vuelta en el apartamento cerró la puerta con llave y respiró hondo. Tenía tres horas.
Se metió en la ducha con el agua bien caliente, se tomó su tiempo. Usó la crema depilatoria en los muslos, las pantorrillas y el abdomen. Después, de pie frente al espejo empañado, comprobó que no quedara nada. Se pasó la mano por los muslos, por las nalgas, por el pecho aún suave de los estrógenos. Todo listo.
La crema hidratante olía a gardenia. Se la extendió por todo el cuerpo con movimientos lentos, casi rituales: los hombros, el cuello, la espalda que alcanzaba a llegar, las caderas, las piernas centímetro a centímetro hasta los tobillos.
Después el maquillaje. Tenía los productos ordenados sobre la repisa como un cirujano ordena sus instrumentos. Corrector, base, contorno. Sombra oscura en los párpados, un trazo de delineador que alargaba sus ojos hacia las sienes. Máscara en tres capas. Los labios: un rojo intenso y brillante que prometía cosas. Cuando terminó, se colocó la peluca castaña, ondulada, que le caía por los hombros y enmarcaba su cara como si siempre hubiera sido suya.
Se miró al espejo.
No era Valeria la chica trans que cargaba con secretos. Era otra cosa. Alguien que merecía ser mirada.
El plug de metal negro estaba sobre la mesita de noche, donde lo había dejado esa mañana. Pesado, con una base ancha y un acabado liso que recogía la luz de la lámpara. Valeria lo lubricó con generosidad, se tumbó boca abajo con un cojín bajo las caderas y lo fue empujando despacio, dejando que su cuerpo se abriera al ritmo que necesitaba.
—Ay… —susurró cuando la parte más ancha pasó el punto más difícil y el metal frío rozó donde tenía que rozar.
Se quedó quieta un momento, respirando. El peso la llenaba de una manera que no era cómoda ni incómoda. Era simplemente real. Con cada pequeño movimiento, una presión sorda le recorría el interior y le ponía la piel de gallina, y su verga, aún semierecta contra el colchón, respondía sin que ella se lo pidiera.
Quién me lo regaló, pensó, y el recuerdo apareció con la nitidez exacta que había pasado tres semanas intentando enterrar.
***
Su tío Rodrigo llevaba dos cervezas encima cuando llegó a ayudarla con los muebles del salón. Era un favor que Marcos le había pedido antes de irse, para no dejarla sola con el peso. Rodrigo tenía cincuenta años, manos grandes y una voz que siempre sonaba como si estuviera bajando el volumen a propósito.
Habían colocado los muebles. Habían tomado otra cerveza. Y después, de una manera que Valeria seguía sin poder explicarse del todo, él estaba detrás de ella en la cocina con las manos en sus caderas y la boca en su cuello, y ella no lo había apartado. Le dijo cosas al oído que no eran amables. La usó sin preguntar demasiado. Y ella lo había querido exactamente así en ese momento, aunque le ardiera la vergüenza durante semanas. Puro impulso. Pura cosa. Sin amor y sin ternura.
El plug lo había dejado sobre la mesita antes de irse, sin decir nada. Ella no lo había tirado.
***
Se sacudió el recuerdo y se levantó de la cama para terminar de vestirse.
Primero el liguero, ajustándolo sobre sus caderas anchas. Las medias, con cuidado de no hacerles una carrera, subiéndolas despacio. Los broches metálicos cerraban con un clic seco. El sujetador negro con encaje dorado que le ajustaba el pecho y lo empujaba hacia arriba. La tanga pequeña, tensa sobre lo que ocultaba y no ocultaba a la vez. Y por último los tacones, que le cambiaban la postura entera: la espalda más recta, el culo más salido, los pasos más lentos y deliberados.
Caminó hasta el espejo del pasillo.
Perfecta, pensó. Y después: Asquerosa. Y después: Las dos cosas al mismo tiempo.
El timbre sonó a las ocho y cuarto.
Valeria respiró hondo, se alisó el encaje sobre las caderas y fue hacia la puerta.
Marcos estaba en el rellano con la maleta de ruedas y la chaqueta arrugada del vuelo. Tenía ojeras y una sonrisa de cansancio que se borró en cuanto la vio. Sus ojos bajaron y subieron una sola vez, rápido, y algo en su cara cambió.
—Dios mío —murmuró, y la maleta se quedó en el pasillo.
Entró, cerró la puerta con el codo sin apartar los ojos de ella, y la besó antes de que Valeria pudiera decir nada. Un beso con urgencia, con las manos grandes que le cogían la cara y después bajaban por el cuello, por los hombros, por la espalda hasta encontrar la curva de las nalgas.
—Llevas algo —dijo contra sus labios, apretando levemente.
—Quería que me encontraras lista —contestó ella.
Marcos la tomó de la mano y la llevó al dormitorio. La sentó en el borde de la cama y se arrodilló entre sus piernas con la misma calma de siempre, sin apresurarse. Le bajó la tanga solo lo necesario. La tomó en la boca despacio, con los labios primero, después con la lengua entera, y Valeria se echó hacia atrás apoyándose en los brazos y cerró los ojos.
—Marcos… —fue todo lo que dijo.
Él trabajaba en silencio y con atención, mirándola de vez en cuando desde abajo. Sus manos recorrían sus muslos cubiertos de seda, subían hasta las hebillas del liguero, volvían a bajar. Cuando encontró la base del plug y la rozó con los dedos, Valeria soltó un sonido que no fue capaz de controlar.
—¿Cuánto llevas así? —preguntó él sin parar.
—Desde… desde antes de que llegaras.
Marcos hizo un sonido grave que era aprobación y algo más. Empujó suavemente la base del plug mientras seguía con la boca, y Valeria sintió los dos puntos de presión al mismo tiempo, interno y externo, convergiendo, hasta que el primer orgasmo llegó sin aviso: su verga palpitando entre los labios de Marcos, los músculos del interior apretando el metal, un temblor que le recorrió las piernas enteras dentro de las medias.
Cuando el temblor se fue apagando, Marcos se puso de pie y se desnudó con la calma de alguien que sabe que tiene tiempo. Se colocó de rodillas entre sus piernas abiertas y retiró el plug despacio, con cuidado. Valeria sintió el vacío y luego la presión diferente de sus dedos lubricados, abriendo el espacio, preparándola sin apresurarse. Cuando finalmente se colocó el preservativo y la penetró, lo hizo con una sola estocada larga que los dejó a los dos quietos un segundo.
—Bien —susurró ella.
—Sí —dijo él.
Empezó a moverse. Lento al principio, con las caderas marcando un ritmo que Valeria reconoció: era el ritmo de Marcos cuando quería que durara. Sus manos la sujetaban por las caderas sin fuerza, como se sujeta algo que se quiere mantener cerca. Le dijo cosas mientras la follaba. Que la había echado de menos. Que había pensado en ella en el avión. Que era increíble.
Valeria le respondía con monosílabos o no le respondía, solo absorbía las palabras y el movimiento, intentando quedarse en ese momento y en ningún otro.
Cambiaron de posición. Ella encima, con las palmas apoyadas en el pecho de él, moviéndose con una cadencia que era suya, que controlaba. Marcos la miraba desde abajo con una expresión que Valeria conocía y que siempre la descolocaba un poco: admiración pura, sin condiciones. Las hebillas del liguero tintineaban suavemente. El encaje del sujetador rozaba su pecho cada vez que ella se inclinaba hacia adelante. Él le apretaba los muslos con los pulgares trazando círculos sobre la seda.
—Eres lo más hermoso que existe —dijo él.
No pienses en lo otro. No ahora.
Subió el ritmo. El segundo orgasmo fue más largo y más difuso que el primero: comenzó en el interior y se expandió hacia afuera hasta que las piernas le temblaron y tuvo que apoyarse del todo sobre él. Marcos la abrazó desde abajo sin moverse, esperando que el temblor terminara.
Después la recostó de lado contra su pecho y terminó así, con movimientos cortos y profundos, una mano en el vientre de ella y la cara enterrada en su cuello. Cuando se corrió lo hizo en silencio, solo un sonido contenido y el apriete de sus brazos.
Se quedaron así un rato sin hablar. La habitación olía a gardenia y a sexo. La lámpara de la mesita daba una luz baja y amarilla. Afuera pasaba algún coche.
—¿Comemos algo? —preguntó Marcos al cabo de un momento, con la voz todavía espesa—. No comí nada en el avión.
—Tengo pasta hecha. Tardas dos minutos en calentarla.
—Perfecta.
Se levantó a buscar la ropa y Valeria lo miró desde la cama: su espalda ancha, la manera distraída en que recogía su ropa del suelo, los pies descalzos sobre el parqué. Era un hombre que la quería. De verdad, sin complicaciones, sin secretos.
El problema soy yo, pensó.
Cerró los ojos y ahí estaba otra vez: la cocina mal iluminada, la voz de Rodrigo cerca de su oído, la sensación de estar siendo usada de una manera que no admitía ternura ni reciprocidad. Puro impulso. Crudo, directo, sin preguntas. Ella lo había querido exactamente así, aunque todavía no supiera por qué, aunque le ardiera la vergüenza cada vez que lo recordaba.
Había sido una sola tarde. Rodrigo no había vuelto a escribirle. Ella no le había escrito a él.
Pero lo recordaba con una claridad que no tenía ningún derecho a tener.
—¿Vienes? —llamó Marcos desde el pasillo.
—Ya voy.
Valeria se puso la bata sin apresurarse. El maquillaje estaría corrido. La peluca, torcida. Los tacones habían quedado tirados uno a cada lado de la cama. Fue hacia el pasillo.
Marcos estaba en la cocina en calzoncillos, con la fiambrera de pasta en la mano, mirando el microondas como si no recordara cómo funcionaba. Había algo tan doméstico en esa imagen, tan tranquilo, que Valeria sintió algo parecido a la culpa pero más preciso: la conciencia de que tenía dos cosas en su interior y que no sabía cómo vivir con las dos a la vez.
—Dos minutos —dijo ella, quitándole la fiambrera y programando el microondas.
—¿Estás bien? —preguntó él, que siempre preguntaba.
—Sí. Cansada.
Marcos la abrazó por detrás mientras esperaban el pitido, con la barbilla apoyada sobre su cabeza, y Valeria se permitió quedarse quieta dentro de ese abrazo. Cerrar los ojos. Respirar.
Esto también es real, se dijo. Las dos cosas pueden ser reales al mismo tiempo.
No era una conclusión tranquilizadora. Pero era la única que tenía.
El microondas pitó. Comieron en el sofá con el televisor en mudo, las piernas de Marcos cruzadas sobre las suyas. A las diez ya se estaba quedando dormido con la cabeza apoyada en su hombro. Valeria no lo movió.
Desde la mesita de noche que no se veía desde el sofá, el plug de metal seguía brillando bajo la lámpara.