Ocupé el lugar de mi hermana gemela con su novio
Somos idénticas, le repitió mientras le pintaba los labios. Y era casi cierto: solo un detalle separaba a las gemelas, y era justo el que Carla nunca le había confesado a su novio.
Somos idénticas, le repitió mientras le pintaba los labios. Y era casi cierto: solo un detalle separaba a las gemelas, y era justo el que Carla nunca le había confesado a su novio.
El anuncio decía: travesti de clóset busca amigo maduro. Esa misma semana subí a una camioneta de lunas polarizadas sin saber del todo lo que me esperaba al final del viaje.
Nunca me había atrevido a tanto. Esa noche dejé el pantalón en la mochila, me ajusté la minifalda sobre las nalgas y caminé entre los pasillos sintiéndome, por fin, una mujer.
La primera vez que entré en su consulta lo hice con la cabeza agachada y un vestido prestado; salí de allí sintiéndome, por fin, yo misma.
Cuando me limpié el semen que bajaba por mis piernas, vi las manchas rojas en el papel. —Me hiciste sangrar —le dije, y él me miró como si recién entendiera lo que acababa de hacer.
Nos arreglamos durante horas: dos travestis no salen a cazar sin estar impecables. Esa noche, además, alguien esperaba las fotos de todo lo que pasara.
Su vestido negro parecía pintado sobre la piel y sus ojos enormes me pedían algo que ni ella sabía nombrar. Entre el neón rosa y el calor, todo cambió esa noche.
Marco se marchó al amanecer y nos dejó la suite pagada dos semanas más. Romina me miró con el delineador en la mano y supo que yo no iba a volver a ser el de antes.
Me bañé, abrí el cesto de la ropa sucia y entendí que esa tarde no iba a salir del cuarto siendo el mismo de siempre. Lo demás lo guardé como mi secreto más íntimo.
Abrí la puerta vestida de novia, maquillada como una zorra, lista para mi cita a ciegas. Quien entró no era un desconocido: era mi propio hijo.
Ocho años en el extranjero me transformaron en la mujer que siempre fui. Pero al cruzar la puerta de casa, lo primero que encontré fue la mirada hambrienta de Mauricio.
Me maquilló, me eligió el vestido más corto del armario y me soltó en la pista. No imaginé que terminaría rodeada de manos extrañas hasta el amanecer.
Siempre fui un hombre de fútbol y conquistas, hasta que la primera tanga rozó mi piel depilada y entendí que ya no había vuelta atrás.
Bajé la ventanilla y le hablé aún de espaldas. Cuando se volvió, entendí que esa rubia de pecas iba a cambiarme el fin de semana entero.
Nadie imaginó que esa voz capaz de bajar a un grave de trueno y subir a un agudo de cristal escondía un secreto que un hombre poderoso usaría en su contra.
Para el mundo éramos dos amigos en el bar. Solo yo sabía que llevaba un colaless negro debajo del jogger, y que él lo sabía también.
Carmen y yo teníamos todo listo cuando Sofía llegó al estudio. Era tan guapa que no pude dejar de mirarla. Nadie nos había dicho lo que encontraríamos bajo su lencería.
Llegué antes que Daniela y una chica me ofreció copa en la barra. No sabía que esa noche acabaríamos las tres en una cama, haciendo cosas que ninguna tenía en mente.
Quedamos solos en el gimnasio, él me dijo algo sobre mi cuerpo y todo cambió. Esa tarde en el vestuario fue exactamente lo que siempre quise que pasara.
Llevaba semanas hablando con él en la app, pero hasta esa noche nunca habíamos quedado. Tenía la imagen de su cuerpo grabada y una erección que no me dejaba pensar.