La noche en que volví a buscarlo bajo el puente
Me llamo Valentina, aunque ese nombre me lo elegí yo sola cuando tenía diecinueve años y decidí que el que me habían dado no me representaba. Esto que voy a contar pasó cuando tenía veintidós. Vivo en una ciudad costera del interior, de esas que tienen un paseo largo frente al río y una zona vieja que de noche se transforma en algo diferente a lo que parece de día. Soy travesti, y en esa época trabajaba la calle para costear el alquiler y tener algo de independencia.
La semana anterior había tenido un encuentro que no me salía de la cabeza. Un hombre de unos cuarenta años, sin casa, que dormía bajo el puente peatonal de la avenida principal. Vivía a la intemperie pero tenía algo tranquilo en la mirada, de esos que ya no tienen nada que demostrar. La primera vez habíamos estado juntos un rato: le había sacado la verga del pantalón, se la había chupado apenas cinco minutos, con la lengua recorriéndole el glande y los huevos, sintiendo cómo se ponía duro como una piedra en mi boca, pero algo nos interrumpió antes de que llegáramos hasta el final. Me quedé con el sabor a él en la boca y las bombachas mojadas durante días. No era el tipo de deuda que uno deja pasar sin más.
Era sábado a la noche y me quedé sola en el departamento desde temprano. Intenté entretenerme: preparé algo de comer, puse algo en el teléfono, miré la ventana un buen rato. Nada funcionó. Me metí dos dedos en el culo bajo la ducha pensando en él, pero terminar sola no me alcanzaba. A las once me di cuenta de que ya me estaba vistiendo sin haberlo decidido conscientemente. Busqué la falda ajustada que más me gusta, una blusa fina de color arena, los tacos negros que me hacen bien aunque después de dos horas ya los maldigo. Debajo, una tanguita mínima que me dejaba el culo casi al aire. Me puse perfume en el cuello, en las muñecas y entre las tetas, agarré la cartera y salí.
Estuve en la esquina habitual casi dos horas. La noche estaba floja: un par de autos lentos que pasaron sin detenerse, dos que preguntaron precio y se fueron, un conocido que saludó de lejos. Le mamé la polla rápida a un pibe adentro de un Corsa, tragué lo poco que largó y me enjuagué la boca con agua mineral, pero nada más que valiera la pena contar. Tenía la mente en otro lado y el cuerpo tampoco terminaba de estar presente en esa esquina. Era de esas noches en que uno está parado en un lugar pero pensando en otro.
Cuando decidí volver a casa, mis pies tomaron la dirección contraria. No me sorprendió demasiado. Caminé por las calles semivacías durante un cuarto de hora, cruzando avenidas iluminadas y veredas sin gente, hasta llegar al paseo costanero. El otoño había vaciado el lugar: los bancos estaban desiertos, los árboles sonaban con el viento, el río se escuchaba como un ruido de fondo constante. Bajé las escaleras hacia el paso bajo el puente y ahí estaba todo igual que la semana anterior: una farola oxidada que daba poca luz, un rincón seco protegido del viento por los pilares de hormigón, cartones apilados contra la pared.
Y ahí estaba él, boca arriba, los brazos cruzados sobre el pecho, dormido como si el mundo no existiera.
Me quedé parada del otro lado del enrejado un momento. El corazón me latía fuerte, de esa manera que no es exactamente miedo pero se le parece bastante. Me dije que si no daba señales en dos minutos, me iba. Era una mentira cómoda, pero me la creí el tiempo suficiente para quedarme ahí parada, mirándolo. Tenía el bulto marcado en el pantalón incluso dormido, y esa imagen me hizo apretar los muslos.
Encontré un pedazo de alambre cerca de mis pies y lo usé para alcanzar su mano desde el otro lado de la reja. Le rocé los dedos una vez. Nada. Dos veces, con más fuerza. Nada. Tres veces. El hombre dormía como si no hubiera nada más urgente en el mundo que ese sueño. Esperé un poco más y luego tomé la decisión que ya sabía que iba a tomar desde que salí de mi departamento: rodeé el enrejado hasta el paredón del otro lado, donde recordaba que había un hueco para pasar, y trepé.
Bajé con más torpeza de la que me hubiera gustado. Me raspé la cadera con el cemento rugoso y aterricé sobre el suelo con un ruido sordo. Me arreglé la falda y avancé despacio hacia él, pisando entre los cartones para no hacer ruido. La única luz era la que caía de la farola, oblicua y anaranjada. El único sonido era el río y, de vez en cuando, el paso de algún auto arriba del puente.
Me arrodillé a su lado y le puse la mano en el pecho con suavidad.
—Eh —dije, casi sin voz—. Eh.
Se despertó de golpe, mirando a los costados antes de enfocarme a mí. Vi el sobresalto en su cara, esa fracción de segundo de no saber dónde estaba ni quién era yo. Después lo vi reconocerme, y la expresión cambió.
—Pero mirá quién está acá —dijo, y sonrió.
—Quedé con ganas de lo que no terminamos —le dije, sin rodeos.
—Y vos viniste acá a las dos de la mañana a buscarlo.
—Vine a que me la metas —le dije, mirándolo a los ojos—. A eso vine.
Se incorporó apoyándose en los codos, sin apuro. Me miraba con esa misma expresión de la primera vez: sin juzgar, sin preguntar nada que no correspondiera. Solo curiosidad y algo más concreto que ya empezaba a marcarse en el pantalón.
—Qué puta que sos —murmuró, y lo dijo con cariño, como un elogio.
—Soy tu puta esta noche —le contesté.
Me acerqué y él me tomó de la cintura. Tenía las manos ásperas de vivir afuera, pero las movía con cuidado. Me recorrió la espalda, bajó hasta la cadera, me apretó las nalgas con las dos manos separándomelas por encima de la falda. Me atrajo hacia él hasta que quedé sentada en su regazo, mirándolo de frente, sintiendo la verga dura clavándoseme entre las piernas a través de la tela. Tenía los ojos oscuros y una cicatriz fina en el mentón que no había notado la primera vez.
—Qué lindo culo tenés —dijo, apretándomelo con fuerza—. Toda la semana pensé en este culo.
Lo besé en el cuello, en la mandíbula, en la boca. Me devolvió el beso con la lengua, saboreándome sin apuro. Sentí cómo tensaba los músculos bajo mis labios. Me pasó las manos bajo la falda y me arrancó la tanga de un tirón seco. Me la guardó en el bolsillo del pantalón sin decir nada, con una sonrisa de costado. Me metió un dedo grueso en el culo, seco, y me hizo saltar en su regazo.
—Ya estás abierta, puta —dijo, moviendo el dedo adentro—. Vos vinías con la idea clara.
—Me metí los dedos pensando en vos antes de venir —le confesé al oído.
Le dije que se quedara quieto y él obedeció sin protestar. Me bajé de su regazo, me acomodé entre sus piernas, le desabroché el cinturón con calma y le bajé el pantalón hasta los tobillos. La polla saltó dura, gruesa, con la punta ya mojada de líquido pre. Era más grande de lo que recordaba: gorda en la base, la vena marcada corriéndole por debajo, los huevos pesados y arrugados por el frío.
Le agarré la verga con la mano y se la apreté para verla más hinchada. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, muy despacio, saboreando el gusto salado de la piel. Le chupé un huevo entero, después el otro, mientras con la mano le hacía una paja lenta que le sacaba más pre. Él dejó caer la cabeza hacia atrás y gimió por lo bajo.
—La puta madre —susurró—. Qué lengua que tenés.
Me la metí en la boca sin más preámbulo. Entera, hasta la garganta, hasta que la nariz me tocó los pelos negros de la pelvis. Me quedé ahí un segundo, sintiendo cómo se le hinchaba adentro de mi garganta, cómo empezaba a llorarme el ojo por la falta de aire. Después empecé a subir y bajar, ensuciándole toda la verga de saliva, haciendo que la baba me chorreara por el mentón y le cayera en los huevos.
Lo que más me atraía de ese hombre era su honestidad física. No exageraba nada, no decía frases de película ni actuaba para la situación. Respiraba más fuerte, se movía un poco, cerraba los ojos. Cuando algo le gustaba especialmente, me apretaba la cabeza con una mano, suave pero sin margen para confundirlo, y me la hundía más adentro hasta hacerme atragantar. Cuando yo empezaba a arcada, me soltaba y me dejaba respirar antes de volver a hundirme.
Seguí a buen ritmo, cambiando la velocidad cuando notaba que se le hinchaban los huevos demasiado. Le encajé la polla hasta el fondo y me quedé con ella dentro de la garganta, sacando la lengua para lamerle los huevos al mismo tiempo. Él soltó un gemido gutural y me tiró del pelo.
—Pará, pará —jadeó—, que me largo en la boca y todavía te la quiero meter.
Le saqué la verga con un ruido húmedo y le sonreí desde abajo, con los labios rojos e hinchados y un hilo de baba colgándome del mentón. Me la agarró de la cara y me pasó el glande por los labios, por los cachetes, restregándome su verga como marcándome.
—Qué boca que tenés —dijo con la voz ronca y baja—. Sos una hija de puta.
Me tomaba el pelo sin forzar, guiándome más que dirigiéndome. Le di una última chupada larga, subiendo lento desde la base hasta la punta, y me subí a él antes de que se corriera.
Me senté a horcajadas sobre él. Sin tanga ya no había nada que apartar. Le tomé la polla con una mano, la posicioné contra mi culo y fui bajando despacio, dejando que el cuerpo se fuera ajustando sin apuro. La cabeza entró con esfuerzo, apretándome, arrancándome un gemido apagado. Fui bajando de a poco, sintiendo cómo cada centímetro me abría por dentro, cómo la verga se abría paso entre mis paredes hasta que sentí los huevos contra mis nalgas. Él esperó con una paciencia que no me era común en los hombres que encontraba en la calle. Cuando por fin estuve completamente empalada sobre él, los dos nos quedamos inmóviles un segundo, respirando. Solo se escuchaba el río y el viento entre los pilares.
—Dale, movete, puta —murmuró, dándome una nalgada seca que resonó bajo el puente.
Empecé a moverme despacio, subiendo y bajando, con las manos apoyadas en su pecho para equilibrarme. Los cartones crujían levemente con cada movimiento. Sentía cada vena de su polla arrastrándose adentro mío. Un auto pasó arriba y sus faros barrieron el espacio por un segundo, iluminando todo antes de que volviera la oscuridad. Yo seguí, cabalgándolo con más ganas cada vez, dejando caer el culo contra sus muslos con un ruido húmedo.
Él me abrió la blusa de un tirón, hizo saltar dos botones, y me sacó una teta del corpiño. Se prendió del pezón como un bebé desesperado, chupando, mordiendo con los dientes de costado. Me hizo gritar. Le tapé la boca con la palma para bajar mi propio ruido y seguí montándolo.
Estaba cogiendo a las dos de la mañana debajo de un puente con un hombre que no tenía nada, con la verga de él enterrada hasta los huevos en mi culo, en un lugar al que nadie vendría a buscarnos. Y era exactamente eso lo que quería.
Fui tomando más ritmo. Él me sujetaba de las caderas y ajustaba la presión cuando quería más velocidad, me clavaba los dedos en la carne, me levantaba y me dejaba caer sobre su polla con fuerza. Mis caderas encontraron el movimiento solas, sin que yo tuviera que pensarlo. Le agarré una mano y me la llevé a mi propia verga, que ya estaba dura y goteando entre nosotros. Él me la empezó a masturbar al ritmo en que yo lo cogía a él, apretándome fuerte, corriéndome la piel del prepucio hacia atrás.
Seguimos así varios minutos, los dos empezando a sudar a pesar del frío de la madrugada, el cuerpo de uno respondiendo al del otro sin negociaciones. La polla me salía y entraba con un ruido chapoteado, marcada de la saliva que le había dejado antes.
Cuando mis piernas empezaron a dar señales de cansancio, él lo notó antes que yo.
—Date vuelta, en cuatro —dijo—. Te voy a coger como se te tiene que coger.
Me puse en cuatro sobre los cartones. Le levanté el culo hacia atrás, arqueando la espalda, ofreciéndoselo. Me subí la falda por encima de las caderas para que tuviera vista completa. Esperé, con la cabeza apoyada contra el cemento frío. Sentí que me abría las nalgas con las dos manos y me miraba.
—Mirá cómo estás de abierta —dijo—. Mirá cómo me pedís que te la meta.
Me escupió en el culo. Vi cómo la saliva le chorreaba desde ahí. Después ajustó la posición, apoyó la punta y entró con un movimiento sostenido, hasta el fondo, de una sola estocada. El sonido que hice fue involuntario, medio gemido, medio grito. Me mordí el antebrazo para no hacer más ruido del necesario.
Me penetró con un ritmo constante, sin prisa pero sin pausa, dándomela hasta los huevos cada vez. Con cada movimiento sentía el frío del cemento bajo las palmas de las manos y el calor de su cuerpo contra mi espalda. Me agarró del pelo, me lo enroscó en la mano y me tiró la cabeza hacia atrás sin sacármela.
—Decí que sos mi puta —me exigió, moviéndose adentro mío.
—Soy tu puta —jadeé.
—Más fuerte.
—¡Soy tu puta! ¡Cogeme! ¡Rompeme el culo!
Aumentó el ritmo. Las nalgas me golpeaban contra su pelvis con un ruido seco que rebotaba en los pilares. Me metió un pulgar en la boca y yo se lo chupé mientras él me la seguía dando. Sentía la polla entrándome tan al fondo que me tocaba algo adentro que me hacía ver luces. Con la mano libre me agarró la verga y me hizo una paja rápida al ritmo de las estocadas.
La respiración de los dos se mezclaba con el ruido del río. Así estuvimos otros cinco minutos, hasta que empecé a sentir la corrida subiendo por mis huevos. Me la sacó de la boca al pulgar y me apretó la mandíbula.
—¿Te vas a correr?
—Sí —dije—, sí.
Me la clavó tres veces más, fuerte, y yo me largué en su mano y en los cartones, con la polla latiendo, apretándole el culo alrededor de la suya, exprimiéndolo por dentro. Le mordí el antebrazo para no gritar.
Se quedó adentro un momento, moviéndose despacio mientras yo me sacudía. Después me preguntó, con la voz apretada:
—¿Te falta mucho a vos? —le devolví, cuando pude hablar.
—Un poco, sí —admitió, saliendo de mí con cuidado—. Te apreté mal, se me pasó.
Le ofrecí terminar de otra manera. Aceptó y se recostó de nuevo. Me acomodé entre sus piernas, le tomé la polla mojada de mí en la mano y empecé con la boca otra vez, esta vez con más ritmo y más intención, llevando una cadencia rápida y constante. Le acaricié los huevos con la otra mano, tirándoselos suave hacia abajo, tanteándole el peso. Le mamé la verga completa, hasta la garganta, con la fuerza de saber que tenía que hacerlo acabar ya. Le lamí la vena por debajo, le pasé la lengua por la punta, se la volví a hundir toda.
Estaba concentrada cuando escuché pasos sobre el puente. Me detuve un momento y levanté la vista, con la polla todavía en la boca. Arriba había dos personas caminando despacio, con el paso de quien vuelve a casa después de una noche larga. Se detuvieron justo sobre nosotros, apoyadas en el parapeto. Se escuchaban sus voces sin poder entender las palabras.
El hombre me hizo una señal con la mano para que esperara. Los dos nos quedamos inmóviles. Yo seguí con la punta adentro de la boca, sin moverme, sintiéndolo latir contra mi lengua. Las voces de arriba continuaron. Yo aproveché el silencio para arreglarme la blusa y mirar hacia el puente, tratando de calcular si nos habían visto o no. El ángulo desde arriba no daba al rincón donde estábamos, pero no podía estar segura.
Pasó otro minuto y decidí que era suficiente para esa noche. Le di tres chupadas más, rápidas, y le hice una paja fuerte con la mano llena de mi propia saliva.
—Corréte ya —le susurré—. Corréte en mi cara, dale.
Me la clavó dos veces más adentro y después me la sacó, se la agarró él mismo y se la sacudió sobre mí. Me acabó en la boca, en el mentón, en el cuello, en la teta que todavía tenía afuera. La corrida cayó espesa, caliente, en varios chorros. Me tragué la que me había caído en la lengua y me pasé el dedo por el mentón para chuparlo también.
—Me voy a tener que ir —le dije en voz baja, con la voz ronca.
Resopló, todavía respirando fuerte. No era enojo, era más bien la resignación de alguien que ya está acostumbrado a que las cosas se interrumpan.
—Qué lástima —dijo—. Me hubiera quedado toda la noche cogiéndote.
—La próxima terminamos como querés —le prometí, aunque no sabía si era verdad.
Me levanté, me acomodé la falda, me limpié la cara con un pañuelo de la cartera. Le pedí la tanga, se acordó y me la devolvió del bolsillo, pero me la volvió a guardar riendo. Se la dejé de trofeo. Me fui por el hueco del paredón, trepando con más cuidado que a la bajada, sintiendo cómo me chorreaba algo entre las piernas por dentro de la falda. Cuando llegué al nivel del paseo, las dos personas todavía estaban cerca: una señora de mediana edad y quien parecía ser su marido. Me vieron de reojo. Yo seguí caminando con el teléfono en la mano, mirando la pantalla como si viniera de cualquier otro lugar.
—Mirá lo que hace la gente... —escuché que decía una de ellas.
No giré la cabeza. Doblé en la primera esquina y seguí caminando sin apuro.
Volví a casa pasadas las cuatro de la mañana con los tacos llenos de tierra, la blusa arrugada, dos botones menos y el culo latiéndome todavía. Me saqué todo en la entrada, dejé los tacos junto a la puerta y me metí bajo la ducha. El agua caliente me cayó encima y me quedé parada varios minutos con los ojos cerrados. Vi la corrida secándose salir del culo con el agua, correr por la parte de atrás de los muslos y perderse por el desagüe. Me metí dos dedos para limpiarme por dentro y me sorprendí gimiendo bajo la ducha, sensible todavía.
Había salido esa noche sin saber bien qué buscaba. No era trabajo, no era afecto, no era compañía. Era esa sensación específica de actuar según el propio deseo sin negociarlo, sin pedirle permiso a nadie, sin justificarlo ante una misma. De ir hacia algo solo porque querías ir. De salir a la calle a las dos de la mañana a buscar una verga específica porque se te cantó, y volver con ella marcada por dentro.
Bajo el chorro de agua caliente, con el ruido del río todavía en los oídos y el sabor de él todavía en la boca, me di cuenta de que había valido la pena salir.
No sé cuántas veces volví después de eso. Pero tampoco puedo decir que no lo hice.
