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Relatos Ardientes

La noche en que volví a buscarlo bajo el puente

Me llamo Valentina, aunque ese nombre me lo elegí yo sola cuando tenía diecisiete años y decidí que el que me habían dado no me representaba. Esto que voy a contar pasó cuando tenía veintidós. Vivo en una ciudad costera del interior, de esas que tienen un paseo largo frente al río y una zona vieja que de noche se transforma en algo diferente a lo que parece de día. Soy travesti, y en esa época trabajaba la calle para costear el alquiler y tener algo de independencia.

La semana anterior había tenido un encuentro que no me salía de la cabeza. Un hombre de unos cuarenta años, sin casa, que dormía bajo el puente peatonal de la avenida principal. Vivía a la intemperie pero tenía algo tranquilo en la mirada, de esos que ya no tienen nada que demostrar. La primera vez habíamos estado juntos un rato, pero algo nos interrumpió antes de que llegáramos hasta el final. Eso me quedó dando vueltas durante días. No era el tipo de deuda que uno deja pasar sin más.

Era sábado a la noche y me quedé sola en el departamento desde temprano. Intenté entretenerme: preparé algo de comer, puse algo en el teléfono, miré la ventana un buen rato. Nada funcionó. A las once me di cuenta de que ya me estaba vistiendo sin haberlo decidido conscientemente. Busqué la falda ajustada que más me gusta, una blusa fina de color arena, los tacos negros que me hacen bien aunque después de dos horas ya los maldigo. Me puse perfume en el cuello y en las muñecas, agarré la cartera y salí.

Estuve en la esquina habitual casi dos horas. La noche estaba floja: un par de autos lentos que pasaron sin detenerse, dos que preguntaron precio y se fueron, un conocido que saludó de lejos. Me dieron un par de veces en la boca pero nada más que valiera la pena contar. Tenía la mente en otro lado y el cuerpo tampoco terminaba de estar presente en esa esquina. Era de esas noches en que uno está parado en un lugar pero pensando en otro.

Cuando decidí volver a casa, mis pies tomaron la dirección contraria. No me sorprendió demasiado. Caminé por las calles semivacías durante un cuarto de hora, cruzando avenidas iluminadas y veredas sin gente, hasta llegar al paseo costanero. El otoño había vaciado el lugar: los bancos estaban desiertos, los árboles sonaban con el viento, el río se escuchaba como un ruido de fondo constante. Bajé las escaleras hacia el paso bajo el puente y ahí estaba todo igual que la semana anterior: una farola oxidada que daba poca luz, un rincón seco protegido del viento por los pilares de hormigón, cartones apilados contra la pared.

Y ahí estaba él, boca arriba, los brazos cruzados sobre el pecho, dormido como si el mundo no existiera.

Me quedé parada del otro lado del enrejado un momento. El corazón me latía fuerte, de esa manera que no es exactamente miedo pero se le parece bastante. Me dije que si no daba señales en dos minutos, me iba. Era una mentira cómoda, pero me la creí el tiempo suficiente para quedarme ahí parada, mirándolo.

Encontré un pedazo de alambre cerca de mis pies y lo usé para alcanzar su mano desde el otro lado de la reja. Le rocé los dedos una vez. Nada. Dos veces, con más fuerza. Nada. Tres veces. El hombre dormía como si no hubiera nada más urgente en el mundo que ese sueño. Esperé un poco más y luego tomé la decisión que ya sabía que iba a tomar desde que salí de mi departamento: rodeé el enrejado hasta el paredón del otro lado, donde recordaba que había un hueco para pasar, y trepé.

Bajé con más torpeza de la que me hubiera gustado. Me raspé la cadera con el cemento rugoso y aterricé sobre el suelo con un ruido sordo. Me arreglé la falda y avancé despacio hacia él, pisando entre los cartones para no hacer ruido. La única luz era la que caía de la farola, oblicua y anaranjada. El único sonido era el río y, de vez en cuando, el paso de algún auto arriba del puente.

Me arrodillé a su lado y le puse la mano en el pecho con suavidad.

—Eh —dije, casi sin voz—. Eh.

Se despertó de golpe, mirando a los costados antes de enfocarme a mí. Vi el sobresalto en su cara, esa fracción de segundo de no saber dónde estaba ni quién era yo. Después lo vi reconocerme, y la expresión cambió.

—Pero mirá quién está acá —dijo, y sonrió.

—Quedé con ganas de lo que no terminamos —le dije, sin rodeos.

—Y vos viniste acá a las dos de la mañana a buscarlo.

—Sí.

Se incorporó apoyándose en los codos, sin apuro. Me miraba con esa misma expresión de la primera vez: sin juzgar, sin preguntar nada que no correspondiera. Solo curiosidad y algo más concreto.

—Qué buena que sos —murmuró.

Me acerqué y él me tomó de la cintura. Tenía las manos ásperas de vivir afuera, pero las movía con cuidado. Me recorrió la espalda, bajó hasta la cadera, me apretó. Me atrajo hacia él hasta que quedé sentada en su regazo, mirándolo de frente. Tenía los ojos oscuros y una cicatriz fina en el mentón que no había notado la primera vez.

—Qué lindo cuerpo —dijo, mirándome con una honestidad que no tenía nada de violento.

Lo besé en el cuello. Sentí cómo tensaba los músculos bajo mis labios. Me pasó las manos bajo la falda sin brusquedad, explorando despacio. Había algo en esa calma que me gustaba más de lo que me hubiera esperado encontrar ahí.

Le dije que se quedara quieto y él obedeció sin protestar. Le desabroché el cinturón con calma, bajé el pantalón. Estaba excitado. Me acomodé y empecé despacio, con la lengua, tomándome el tiempo necesario para encontrar el ritmo que le gustaba.

Lo que más me atraía de ese hombre era su honestidad física. No exageraba nada, no decía frases de película ni actuaba para la situación. Respiraba más fuerte, se movía un poco, cerraba los ojos. Cuando algo le gustaba especialmente, me apretaba la cabeza con una mano, suave pero sin margen para confundirlo.

Seguí a buen ritmo, cambiando la velocidad cuando notaba que se acercaba demasiado. De vez en cuando paraba, lo miraba desde abajo, y él me devolvía la mirada con los párpados pesados y la respiración irregular. Me gustaba ese momento de pausa, ese segundo en que los dos sabíamos exactamente dónde estábamos y qué estábamos haciendo.

—Qué boca que tenés —dijo en algún momento, con la voz ronca y baja.

Continué. Me tomaba el pelo sin forzar, guiándome más que dirigiéndome. Así estuvimos unos diez minutos, hasta que me dijo que quería cambiar de posición.

Me senté a horcajadas sobre él. Me acomodé la ropa interior hacia un costado, lo posicioné y fui bajando despacio, dejando que el cuerpo se fuera ajustando sin apuro. Él esperó con una paciencia que no me era común en los hombres que encontraba en la calle. Cuando por fin estuve completamente encima de él, los dos nos quedamos inmóviles un segundo, respirando. Solo se escuchaba el río y el viento entre los pilares.

—Dale —murmuró.

Empecé a moverme despacio, con las manos apoyadas en su pecho para equilibrarme. Los cartones crujían levemente con cada movimiento. Un auto pasó arriba y sus faros barrieron el espacio por un segundo, iluminando todo antes de que volviera la oscuridad. Yo seguí.

Estaba teniendo sexo a las dos de la mañana debajo de un puente con un hombre que no tenía nada, en un lugar al que nadie vendría a buscarnos. Y era exactamente eso lo que quería.

Fui tomando más ritmo. Él me sujetaba de las caderas y ajustaba la presión cuando quería más velocidad. Mis caderas encontraron el movimiento solas, sin que yo tuviera que pensarlo. Seguimos así varios minutos, los dos empezando a sudar a pesar del frío de la madrugada, el cuerpo de uno respondiendo al del otro sin negociaciones.

Cuando mis piernas empezaron a dar señales de cansancio, él lo notó antes que yo.

—Date vuelta, vamos —dijo.

Me puse en cuatro sobre los cartones. Esperé. Se colocó detrás, ajustó la posición y entró con un movimiento sostenido. El sonido que hice fue involuntario. Me mordí el labio para no hacer más ruido del necesario.

Me penetró con un ritmo constante, sin prisa pero sin pausa. Con cada movimiento sentía el frío del cemento bajo las palmas de las manos y el calor de su cuerpo contra mi espalda. La respiración de los dos se mezclaba con el ruido del río. Así estuvimos otros cinco minutos, hasta que le pregunté:

—¿Te falta mucho?

—Un poco, sí —admitió.

Le ofrecí terminar de otra manera. Aceptó y se recostó de nuevo. Me acomodé y empecé con la boca otra vez, esta vez con más ritmo y más intención, llevando una cadencia rápida y constante.

Estaba concentrada cuando escuché pasos sobre el puente. Me detuve un momento y levanté la vista. Arriba había dos personas caminando despacio, con el paso de quien vuelve a casa después de una noche larga. Se detuvieron justo sobre nosotros, apoyadas en el parapeto. Se escuchaban sus voces sin poder entender las palabras.

El hombre me hizo una señal con la mano para que esperara. Los dos nos quedamos inmóviles. Las voces de arriba continuaron. Yo aproveché el silencio para arreglarme la blusa y mirar hacia el puente, tratando de calcular si nos habían visto o no. El ángulo desde arriba no daba al rincón donde estábamos, pero no podía estar segura.

Pasó otro minuto y decidí que era suficiente para esa noche.

—Me voy a tener que ir —le dije en voz baja.

Resopló. No era enojo, era más bien la resignación de alguien que ya está acostumbrado a que las cosas se interrumpan.

—Qué lástima —dijo.

—La próxima terminamos —le prometí, aunque no sabía si era verdad.

Me levanté, me acomodé la falda y guardé la ropa interior en la cartera. Me fui por el hueco del paredón, trepando con más cuidado que a la bajada. Cuando llegué al nivel del paseo, las dos personas todavía estaban cerca: una señora de mediana edad y quien parecía ser su marido. Me vieron de reojo. Yo seguí caminando con el teléfono en la mano, mirando la pantalla como si viniera de cualquier otro lugar.

—Mirá lo que hace la gente... —escuché que decía una de ellas.

No giré la cabeza. Doblé en la primera esquina y seguí caminando sin apuro.

Volví a casa pasadas las cuatro de la mañana con los tacos llenos de tierra y la blusa arrugada. Me saqué todo en la entrada, dejé los tacos junto a la puerta y me metí bajo la ducha. El agua caliente me cayó encima y me quedé parada varios minutos con los ojos cerrados, sin pensar en nada en particular.

Había salido esa noche sin saber bien qué buscaba. No era trabajo, no era afecto, no era compañía. Era esa sensación específica de actuar según el propio deseo sin negociarlo, sin pedirle permiso a nadie, sin justificarlo ante una misma. De ir hacia algo solo porque querías ir.

Bajo el chorro de agua caliente, con el ruido del río todavía en los oídos, me di cuenta de que había valido la pena salir.

No sé cuántas veces volví después de eso. Pero tampoco puedo decir que no lo hice.

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Comentarios (8)

NachoPe

que bueno!!! espero que hayas vuelto mas de una vez jajaja

SolBariloche

increible, me mantuvo leyendo hasta el final. no queria que terminara

Raul_LaPaz

Hay algo en este tipo de historias que no podes soltar... lo contaste muy bien, gracias por animarte a publicarlo

NocheClara

Me gusto mucho como le diste ambiente, se siente real y eso es lo mas dificil de lograr

EnzoNoche

segunda parte!!! por favor, quede con ganas de mas

lectorsombra

ese primer parrafo me atrapó desde el principio. tremendo

DiegoPaz

Buenisimo. Me recordo esa sensacion de hacer algo sin pensarlo, que el cuerpo va solo... muy autentico

Marta_77

sigue escribiendo, necesitamos mas relatos asi de buenos!

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