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Relatos Ardientes

La travesti que conocí online me citó esa misma tarde

Llegué a Guadalajara sin conocer a nadie. Tenía trabajo por una temporada, contrato de seis meses, y la única opción económica era compartir departamento con desconocidos. Encontré un anuncio en internet, acordé el trato por teléfono y me mudé un martes con dos maletas. Mis compañeros de habitación eran reservados: cada quien en su cuarto, cada quien en su mundo. No había mucho que decir y nadie lo intentaba.

Un domingo sin plan, mientras ellos hacían lo suyo al otro lado de las paredes, yo llevaba horas tirado en la cama. El aburrimiento tiene esa forma particular de volverse inquietud, y la inquietud tiene sus propias salidas. Terminé navegando páginas que conocía, viendo videos, leyendo relatos en foros que guardaba en marcadores desde hacía tiempo.

Para cuando quise darme cuenta, ya estaba bastante excitado y sin salida cercana. Empecé a revisar grupos de redes sociales que tenía abandonados desde hacía meses. Uno me detuvo: un grupo de travestis y mujeres trans de la ciudad, activo, con publicaciones recientes. Estuve leyendo perfiles un buen rato, sin prisa. Había de todo. Pero una publicación en particular me llamó la atención: una chica trans, estilista, que vivía en la zona norte de la ciudad. Se describía como activa y buscaba encuentros discretos. Sin dramas, decía. Sin complicaciones.

Antes de pensarlo demasiado, le mandé un mensaje privado.

Me contestó en menos de diez minutos.

—Hola. Qué bueno que escribiste. ¿Me mandas una foto? Así sé con quién hablo —escribió.

Se la mandé. Ella respondió rápido y pasó directo al punto.

—¿Qué te parece si nos vemos hoy mismo? Te invito aquí a donde vivo. Podemos conversar un rato, conocernos. Si puedes llegar después de las tres, te espero.

La rapidez me sorprendió. Pero tampoco era una situación que necesitara días de análisis. Le dije que sí. Ella me pasó un número de WhatsApp y quedamos en que le avisaría cuando saliera.

***

Me arreglé sin exagerar, salí del departamento sin hacer ruido y tomé camino hacia la colonia que me había indicado. A mitad del trayecto llegó su mensaje:

—¿Sigues viniendo?

—Ya voy en camino. Cuando llegue al punto que me dijiste, te aviso —respondí.

—No, llega directo a la dirección. Te mando la ubicación ahora.

Seguí el mapa y llegué a un edificio de tres pisos en una calle tranquila. Le avisé. Ella respondió que ya bajaba. Esperé en la banqueta, mirando hacia ambos lados, sin saber bien de dónde vendría.

La vi acercarse desde media cuadra. Pantalón de mezclilla ajustado, blusa negra con motivos florales, tenis blancos. Caminaba sin apuro, con una naturalidad que me pareció atractiva antes de que llegara a mi lado. Cuando estuvo cerca, sonrió y abrió los brazos.

—Qué bueno que viniste —dijo, y me dio un abrazo como si nos conociéramos de antes.

Era de mi estatura, quizás un centímetro más. Delgada, con buenas piernas. Sin busto, pero eso no le quitaba nada. El cabello teñido en rubio le caía suelto a los hombros.

—El gusto es mío —le dije—. De verdad.

Sonrió de nuevo, esta vez con algo más en la mirada.

—Vamos a una tienda primero, ¿te parece? Y de ahí subimos.

***

Compramos varias cervezas y unas frituras en un negocio que quedaba a pasos del edificio. Ella abrió la puerta con sus llaves, subimos las escaleras y entramos al departamento. No era grande, pero estaba ordenado. En el comedor, sentado a la mesa, había un hombre comiendo en silencio.

—Buenas tardes —dije.

—Buenas tardes —respondió él sin levantar mucho la vista.

Ella lo saludó brevemente, le avisó que estaría en su habitación y lo dejó con su comida. Sin drama, sin preguntas. Me llevó a un cuarto contiguo.

Al entrar vi una cama matrimonial bien tendida, un ropero grande con la ropa a la vista, un tocador con espejo y un sillón de dos plazas junto a la ventana. Ella me señaló el sillón.

—Siéntate. Ahorita vengo.

Salió y volvió en pocos minutos con dos vasos de vidrio y un plato. Abrió la primera cerveza, sirvió los dos vasos, puso las frituras en el plato y se sentó a mi lado.

Empezamos a hablar. De trabajo, de dónde veníamos, de gustos. La conversación fluyó sola. Ella era directa, con humor, sin rodeos. Fuimos terminando las cervezas sin darnos cuenta y el ambiente del cuarto fue cambiando de temperatura de a poco. No de manera abrupta. Sino de esa forma en que cambian las cosas cuando dos personas están sentadas juntas, con alcohol en sangre y nada urgente que hacer.

Cuando ya llevábamos un buen rato bebiendo, ella dejó su vaso en el suelo, se recostó hacia mí y preguntó sin preámbulos:

—¿Qué rol te gusta jugar? Yo soy activa, ya lo sabes. ¿Y tú?

—He sido de los dos —respondí—. Pero últimamente más pasivo.

Ella asintió despacio, con una sonrisa que ya no era solo cortesía.

—Eso suena muy bien —dijo.

No terminó la frase. Tomó mi cara con ambas manos y me besó. Un beso largo, sin prisa, con la boca abierta. Cuando se separó, terminó su vaso de un trago. Yo hice lo mismo.

Puso los vasos sobre el tocador y volvió al sillón. Apoyó una mano en mi pierna y la fue moviendo despacio hacia arriba. Acercó la cara a mi oído.

—Ya que estamos aquí solos —susurró—, ¿por qué no me dejas verte un poco más?

Pasó la lengua por mi oreja. Bajó lento por el cuello. Volvió a subir. Su mano seguía sobre mi pierna, moviéndose sin prisa hacia donde quería llegar.

***

Se puso de pie de golpe, me tomó de la cintura con las dos manos y me hizo levantarme. Quedé de pie frente a ella. Entonces se colocó detrás de mí, me rodeó con los brazos y comenzó a llevarme hacia la cama, paso a paso.

En cada paso pegaba el cuerpo al mío. Sentí su erección a través de la ropa, presionándose contra mis nalgas con intención. Cuando llegamos al borde de la cama, me hizo girar y me volvió a besar. Sus manos desabrocharon mi cinturón y abrieron el botón del pantalón. Con los pies me fue sacando los tenis de a uno, con una habilidad que dejaba claro que no era la primera vez.

Me arrancó la playera de un jalón. Bajó la cara hacia mi pecho y pasó la lengua por mis pezones, alternando entre uno y otro, sin prisa. Intenté quitarle la ropa a ella. Me detuvo la mano con suavidad y siguió haciendo lo suyo.

No supe en qué momento, pero el pantalón ya lo tenía a los pies. Quise moverme para acomodarme. Ella aprovechó ese instante: me empujó con las dos manos y caí de espalda sobre la cama.

Tomó mis pies, los levantó a la altura de sus hombros, los sostuvo con una mano y con la otra me sacó el pantalón pasándolo sobre mis piernas en alto. Me quedé únicamente en bóxer.

Mantuvo las piernas en alto. Bajó la cara hasta quedar frente a mis nalgas. Levantó el bóxer con un dedo, separó mis nalgas con la otra mano y se quedó mirando. Luego dijo, en un tono que mezclaba calidez con algo más oscuro:

—Esto era lo que quería ver.

Sin más preámbulo, acercó la cara y comenzó a lamer. La lengua recorrió toda la zona sin apuro: las nalgas, la raya, el agujero. Suave al principio, luego más insistente. Pasó abundante saliva. Subió hasta los testículos, volvió al agujero, siguió. No paraba. Yo empecé a gemir sin buscarlo.

***

Después de varios minutos de ese placer, se incorporó, me tomó de la mano y me hizo sentar al borde de la cama.

Se puso de pie frente a mí. Con un gesto tranquilo sacó su pene de entre la ropa. No era pequeño: unos dieciocho centímetros, de un grosor notable. Empezó a masturbarse frente a mi cara, acercándolo poco a poco. Cuando lo tuve a la altura de la boca, lo abrí y lo recibí.

Lo chupé despacio primero y luego con más ritmo. Ella gemía bajito y me guiaba con una mano en la nuca, sin presionar, solo acompañando el movimiento. No me dejó continuar demasiado.

Lo retiró y me hizo ponerme en cuatro sobre la cama.

Volvió a lamer, esta vez con más urgencia y más saliva. Luego introdujo un dedo, despacio, esperando la resistencia y respetándola. Cuando cedí, empezó a moverlo adentro y afuera. Yo apreté la sábana con la mano. El placer tenía algo de abrumador, esa clase de sensación que no deja pensar en otra cosa.

Cuando sintió que estaba suficientemente abierto, metió un segundo dedo. Siguió lamiendo mientras los dos dedos trabajaban juntos, dilatando sin apuro, con esa combinación precisa que hace que uno ya no quiera que pare.

—Creo que ya estás listo —dijo.

Me hizo girar. Caí de espaldas. Me besó con fuerza. Levantó mis piernas y las apoyó sobre sus hombros. Escupió en la mano, se humedeció el pene, lo alineó con mi entrada y empezó a presionar.

La cabeza entró con un empuje firme. Los dos soltamos un sonido al mismo tiempo. No fue dolor exactamente, sino esa sensación intensa de ser penetrado, el lleno, el calor adentro. Ella avanzó hasta la mitad, sacó, volvió a entrar hasta la mitad. Luego lo sacó del todo, se humedeció de nuevo y esta vez lo metió hasta el fondo en un solo movimiento.

—Qué rico —dijo entre dientes.

Empezó a moverse. Lento al principio, buscando el ritmo. Luego más constante, más profundo. Las embestidas hacían ruido suave contra la cama. Yo tenía los ojos cerrados. Ella hablaba en voz baja: que estaba bien apretado, que no quería parar, que la recibía perfecta. Las palabras llegaban mezcladas con los sonidos del cuarto y con mis propios gemidos, que ya no intentaba controlar.

Siguió durante un tiempo que pareció largo. Cambió el ángulo un par de veces sin salir. En un momento me tomó de las nalgas con las dos manos, las abrió y se quedó mirando cómo yo la recibía. Dijo algo que no alcancé a entender bien porque en ese punto yo ya no estaba prestando atención a las palabras.

Cuando se acercó al final, las embestidas se hicieron más fuertes y más rápidas. Ella contuvo un gemido largo entre los dientes y empujó hasta el fondo. La sentí venirse adentro: el calor primero, después la humedad, después unos empujes lentos para agotar lo que quedaba.

Salió despacio. Abrió mis nalgas para ver lo que había dejado. Sonrió.

—Espero que lo hayas disfrutado —dijo.

—Todavía la sigo sintiendo adentro —le contesté.

Se recostó a mi lado. Me besó una vez, sin urgencia. Nos quedamos abrazados y en algún momento los dos nos dormimos sin apagar la luz.

***

Me despertó una sensación familiar que no esperaba tan pronto. Tardé un segundo en recordar dónde estaba y otro en entender qué estaba pasando: ella estaba detrás de mí, su erección deslizándose entre mis nalgas, caliente y lenta, muy despierta. Todavía no había amanecido.

Sonreí sin que ella me viera.

Eso, sin embargo, es otra historia.

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Comentarios (10)

MaduroSur

que relato!! me dejo sin palabras, no me lo esperaba para nada

Lector_nocturno77

muy bien narrado, se siente autentico. Espero que haya segunda parte con mas detalle!

Jorgito_BA

jajaja el titulo lo dice todo. Buenisimo, me alegro que no te hayas arrepentido jaja

tati_cordoba

me encanto como lo contaste, directo y sin rodeos. Sige asi que escribis muy bien!!

CuriozoBA

y como termino todo? quedaste en contacto con ella despues?

Garfield1997

increible!! uno de los mejores que lei aca, gracias por compartirlo

GabrielMDQ

no me esperaba ese final, tremendo giro. Ojala haya mas relatos de este tipo

SilRosario

me recordo a algo parecido que me paso, aunque el mio no tuvo tan buen final jaja. Lo tuyo estuvo de diez, felicitaciones

hugo_b

corto pero intenso. justo como me gustan los relatos

Matias_Cordob

hay que tener valor para animarse. buen relato, bien escrito y sin exagerar. Me gusto mucho

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