Mis tacones de aguja y el hombre que me llenó
Hay cosas que me definen más que cualquier etiqueta. Una de ellas es el tacón alto. No es vanidad, o no solo eso: es un gatillo físico que activa algo muy profundo en mí desde la primera vez que conseguí un par a mi talla. Tuve suerte en ese sentido, calzo menos que la media y el catálogo no me cierra las puertas del todo. Cuando me puse aquellos primeros destalonados en casa y empecé a caminar, entendí que el sonido del tacón contra el piso hacía algo concreto en mi cuerpo, algo que no necesitaba explicar.
Los prefiero destalonados, con la punta abierta y correas que ciñen el tobillo. En rojo lacado, negro mate, dorado o plata. Cuando los llevo puestos en casa, solo ellos y nada más, escuchando ese clic sobre el piso de madera, me conecto con una versión de mí misma que existe únicamente en esos momentos.
Una tarde de jueves agarré las sandalias de tiras doradas que había comprado el mes anterior y me las até sin haberlo planeado. Era una de esas tardes en que el departamento se vuelve demasiado silencioso. Empecé a caminar sin destino por la sala. A los cinco minutos entendí que no iba a poder quedarme quieta.
***
El deseo de un hombre no me llega de golpe. Es gradual, insidioso. Empieza como una incomodidad leve, como llevar una piedra pequeña en el zapato. Después de dos días se vuelve ruido constante. Después de tres ya es casi físico: una presión en el vientre, una impaciencia que no tiene adónde ir, ganas de morder algo.
Ese jueves era el tercer día.
Quería sentir el peso de un hombre encima, quería su olor cerca, quería abrir la boca y encontrar lo que buscaba. Me senté en el sofá con los tacones dorados puestos y el teléfono en la mano, mirando el techo. Podría haberle escrito a cualquiera, tenía varios contactos del chat de citas para chicas trans donde me muevo de vez en cuando. Pero pensé en Rodrigo y no pensé en nadie más.
Lo había conocido tres meses atrás. Era callado, de manos grandes, y la primera vez que estuvimos juntos no me decepcionó en absoluto. Le escribí un mensaje corto. Respondió en veinte minutos. Media hora después, estaba llamando a mi puerta.
***
Tuve exactamente treinta minutos para prepararme y los aproveché todos.
Me duché con agua caliente, me exfolié la piel con la mezcla de azúcar y aceite de almendras que guardo en el baño para las ocasiones. Me depilé con cuidado donde importaba. Me apliqué la crema hidratante despacio, sin prisa, como si ese gesto fuera parte de un ritual. Me perfumé con el frasco francés que reservo para días como este.
El sujetador que elegí era de encaje lila, media copa, escote profundo, tela transparente donde los pezones asomaban apenas. Me había puesto las copas de succión dos horas antes, así que cuando me las quité ya estaban reactivos, marcados bajo la tela. El vestido era de red, minifalda, abertura en la entrepierna, mangas ajustadas que dejaban los hombros al descubierto. Nada debajo del vestido salvo el sujetador y las ganas.
Las uñas de manos y pies las tenía pintadas de rojo oscuro desde el martes. Me puse la peluca oscura que me cae hasta los hombros, el maquillaje discreto de cada día, volví a ponerme las sandalias doradas y me miré en el espejo del pasillo. Estaba lista.
***
Rodrigo llegó puntual. Cuando abrí la puerta lo vi parpadear una vez, como si necesitara un segundo para procesar lo que tenía delante. Luego entró y ni siquiera esperó a que cerrara.
Me besó antes de que pudiéramos decir nada. Sus manos fueron directamente a mi cintura, luego bajaron a mis nalgas y apretaron. Solté un pequeño grito contra su boca, mitad sorpresa, mitad bienvenida.
—Te extrañé —me dijo al oído.
—Se nota —respondí.
Me hizo girar con un gesto lento de la mano, como si quisiera verme desde todos los ángulos. Cuando sus ojos se detuvieron en los pezones marcados bajo el encaje, algo en su expresión cambió. Se le notaba el pulso acelerado solo en cómo respiraba.
Bajó la tela del sujetador con dos dedos, sin apuro, y se inclinó. Su boca sobre el pezón izquierdo fue directa, sin rodeos, mordiéndolo apenas con los dientes antes de chuparlo fuerte. Me tuve que aferrar a su hombro para no perder el equilibrio.
—Para —le dije, aunque no quería que parara. Me tapé los senos con ambas manos en un gesto lento—. Así no.
Él sonrió. Se sentó en el sofá e indicó con un gesto que me sentara en su regazo. Lo hice. Puse una mano sobre su entrepierna y encontré lo que esperaba encontrar: ya estaba duro.
***
Lo que más me gusta de Rodrigo, además de lo que lleva en los pantalones, es que no tiene apuro en el mal sentido. Sabe cuándo acelerar y cuándo no. Se quedó quieto mientras yo le sobaba la erección por encima de la tela, estudiando mi cara como si estuviera leyendo algo.
—¿Quieres verla? —preguntó.
—Hace rato —dije.
Se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con la ropa interior de un solo movimiento. Su pene quedó libre y yo lo recibí con las dos manos, midiendo el peso, la temperatura, esa consistencia que ya conocía y que cada vez me parecía mejor.
Me arrodillé en el piso frente a él, con los tacones puestos. Acerqué la cara despacio. El olor llegó primero: sudor limpio mezclado con algo más denso, más primario, el aroma del día acumulado en la raíz del vello. Siempre me detengo ahí más tiempo del que nadie esperaría. Inhalo. Ese olor, para mí, es parte del acto. No busco asepsia. Busco presencia humana.
Besé la punta sin prisa. Mis labios apenas rozaron el glande, sin presión, como si fuera una pregunta. Lo pajeé suavemente con tres dedos mientras mis labios exploraban el contorno, los costados, la vena que sube desde la base. Él no dijo nada, solo exhaló lentamente.
Después me lo metí en la boca.
***
Le chupé con concentración durante varios minutos. Sin espectáculo, sin performance. Solo esa cadencia que encuentro cuando estoy completamente presente en lo que hago: bajar, subir, dejar que la lengua trabaje en el frenillo, en la zona justo debajo del glande donde la piel es más fina. Él puso una mano en mi pelo sin presionar, solo como ancla.
El líquido preseminal llegó cuando cambié la presión. Lo recibí en la lengua y lo tragué sin pensarlo. Me separé apenas un momento para mirarlo desde abajo.
—Ya quiero que me la metas —dije.
—¿Cómo la quieres?
—Entera. No me des solo la punta.
***
Tengo un banco alto en el dormitorio, redondo, casi del diámetro exacto de mis caderas. Lo compré con un propósito claro. Rodrigo ya lo conoce.
Me llevó hasta ahí con una mano en mi espalda. Me pidió que me sentara y cerrara las piernas, y obedecí. La postura que toma mi cuerpo en esa posición me encanta: las nalgas sobresalen del asiento, el ángulo es perfecto, y la sensación de estar expuesta y al mismo tiempo recogida produce algo que no sé exactamente cómo nombrar.
Esperé que se colocara detrás de mí. Pero no fue eso lo que pasó primero.
Sentí sus manos separando mis nalgas, y luego su cara entre ellas. Su lengua encontró el centro y lo que hizo durante los siguientes minutos no necesita mucho relato: entró, salió, sus labios presionaron, su nariz rozó el pliegue. Yo tenía los ojos cerrados y las manos aferradas a los bordes del banco, y lo único que existía era eso.
—Ya —dije cuando no pude más—. Ya, por favor.
Se incorporó. Escuché el paquete del lubricante abrirse. Lo sentí aplicarlo con cuidado, generosamente.
***
Luego puso la punta en el centro.
Jugó un momento, pasándola de arriba abajo, dejando que yo sintiera la presión sin ceder todavía. Sé que lo hace porque sabe cómo me afecta. Y funciona cada vez.
—¿La quieres? —preguntó.
—La quiero toda —dije—. No me des solo la punta.
Entró en un movimiento largo y sostenido, sin pausas. Sentí cada centímetro avanzar, la abertura dilatarse, las paredes acomodarse a ese volumen que conocen de antes pero que siempre sorprende. Me ardió. Me quedé quieta con la respiración cortada, aguantando.
—No la saques —pedí—. Quédate así hasta que pueda.
Se quedó completamente quieto, adentro, y eso fue lo más íntimo de toda la tarde. Esa pausa. Ese aguardar. Sentirlo dentro, inmóvil, mientras yo respiraba despacio y mi cuerpo iba cediendo.
***
Después empezó a moverse.
Al principio suave, con recorridos cortos. Luego más profundo, más seguido. Puso las manos en mis caderas con firmeza y encontró el ritmo que a los dos nos servía. Yo dejé de pensar en mecánicas y empecé simplemente a sentir: el peso de él detrás, el calor, el sonido, la presión en cada entrada.
Gemí sin proponérmelo. Un sonido bajo, involuntario.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Cállate y sigue —dije.
Siguió. Cambió el ángulo una vez, buscando algo. Cuando lo encontró lo supe inmediatamente porque mi cuerpo dio una respuesta que no controlé: me tensé entera, solté un sonido que no era del todo un grito, y apreté las manos en el banco hasta que me dolieron los nudillos.
—Ahí —logré decir—. Ahí, quédate ahí.
Sostuvo ese ángulo y aumentó el ritmo. Sus caderas golpeaban las mías con insistencia, la piel sonando contra la piel, el banco crujiendo levemente. Yo ya no intentaba controlar ninguno de los sonidos que salían de mi boca.
***
Cuando llegó, lo sentí antes de que lo anunciara. Su agarre se volvió más fuerte, los movimientos más cortos y más urgentes. Luego se quedó quieto con todo el peso contra mí, hundido hasta el fondo, y lo noté expandirse y pulsar adentro.
Dejó escapar un sonido grave, largo. Sus manos aflojaron poco a poco.
Nos quedamos así un momento, sin movernos, sin hablar. Su peso era bienvenido. Su pecho contra mi espalda, su respiración caliente en mi cuello. Dentro de mí, el calor de todo lo que había dejado.
Cuando se retiró me recosté en la cama. Rodrigo se recostó a mi lado y me pasó un brazo por encima sin decir nada. Afuera, la ciudad seguía igual. Adentro, yo estaba exactamente donde quería estar.
Eso era todo lo que necesitaba ese jueves.