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Relatos Ardientes

La travesti del bar que nadie se atrevía a ignorar

3.9 (7)

El bar El Farol tenía esa reputación que solo se gana con años de constancia: era el único lugar del barrio que nunca cerraba antes de tiempo. Don Ernesto, el dueño, había heredado el negocio de su padre junto con esa filosofía simple y un poco testaruda de que mientras hubiera un cliente con sed, las luces seguían encendidas. Así que a las cuatro de la mañana del viernes, cuando el resto del barrio dormía, El Farol seguía parpadeando con su cartel de neón anaranjado y sus sillas medio ocupadas por parroquianos que parecían no tener ningún sitio al que volver.

Camila estaba detrás de la barra, moviéndose con esa eficiencia precisa que solo se aprende a fuerza de noches largas. Llevaba una remera blanca de tirantes que se pegaba al cuerpo con el calor, y un short de jean cortísimo que le apretaba las caderas. Hacía calor adentro, como siempre, y el ventilador del techo apenas movía el aire. Se había aprendido de memoria la posición de cada botella, cada vaso, cada cenicero, y esa memoria física le permitía moverse sin pensar mientras los clientes empezaban a ponerse pesados.

—¡Camila, otra ronda y contame el secreto para tener ese cuerpo trabajando de noche! —gritó Germán desde la mesa del fondo. Era un hombre corpulento, de voz grave y risa que retumbaba en las paredes como si tuviera eco propio.

Ella agarró dos botellas de un solo movimiento y se las llevó con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Germán, si dedicaras la mitad de la energía que usás mirándome a pagar la cuenta que debés, te sobraría el cambio para el colectivo de vuelta a casa.

Las carcajadas estallaron en la mesa. Darío, que tenía esposa y tres hijos y de todas formas aparecía en El Farol casi todas las noches, golpeó la mesa con la palma.

—¡Eso! ¡Así se hace! —rio, señalando a Germán con el vaso—. No podés ni con ella, viejo. Pero decime, Camila, ¿cómo sabés cuándo un tipo habla en serio y cuándo te está tomando el pelo?

Camila apoyó el trapo en el hombro y lo miró directo.

—Cuando habla en serio, no necesita gritar desde el fondo del bar.

Darío levantó las manos en señal de rendición, sonriendo. Era un juego que se repetía cada noche, esos intercambios que ella manejaba con la misma naturalidad con que lavaba vasos. Había aprendido pronto que si se callaba, los interpretaban como timidez. Si les seguía el juego, pensaban que estaba disponible. La única salida era responder siempre más rápido que ellos y con más precisión.

***

En el extremo más alejado de la barra, sobre el mismo taburete de siempre, estaba Marcos. Llevaba cuatro semanas apareciendo a la misma hora, pidiendo siempre lo mismo —agua con hielo, sin más, sin conversación— y haciendo siempre lo mismo: mirarla.

No como los otros. Los otros miraban como si estuvieran evaluando algo que no era de ellos. Marcos miraba diferente, con una atención quieta y genuina que a Camila le resultaba más difícil de ignorar que todos los comentarios de Germán juntos.

Era alto, de hombros anchos y brazos tatuados que subían hasta los codos. Pelo corto. Mirada tranquila. No gritaba, no hacía chistes groseros, no intentaba llamar la atención. Solo estaba ahí, bebiendo despacio. Y cada vez que ella pasaba cerca de ese extremo de la barra, los ojos de él la seguían un segundo. Solo un segundo. Pero durante cuatro semanas, ese segundo se había acumulado en algo que Camila ya no sabía cómo clasificar.

Cerca de las cuatro y media, el bar empezó a vaciarse. Germán se fue primero, puteando porque le quedaba lejos la parada. Darío y su amigo salieron después, todavía riéndose de algo que había dicho alguien. Las sillas quedaron vacías, los vasos sucios sobre la barra, y el silencio del bar de madrugada cayó como siempre: de golpe y completo.

Solo quedaron Camila, Marcos y el ventilador que giraba lento arriba de todo.

—Última ronda —dijo ella, apagando las luces del fondo una por una.

Marcos levantó el vaso vacío sin urgencia.

—¿Querés ayuda para cerrar? No me cuesta nada.

Camila se quedó quieta un momento, con la mano todavía en el interruptor. Había algo en esa voz —baja, directa, sin segunda intención obvia— que le desarmaba los reflejos habituales.

—Dale —dijo—. Pero no esperes propina.

—No espero nada —contestó él, bajando del taburete.

Limpiaron juntos. Él acomodaba sillas y pasaba un trapo por las mesas mientras ella lavaba vasos en la pileta. El silencio entre los dos no era de esos que incomodan. Era de los que se construyen entre personas que no necesitan llenarlo de palabras para que algo pase.

—Sabés que sos la única acá que les responde sin ponerse en guardia —dijo Marcos en un momento, acercándose a la barra para devolver un cenicero.

Camila se secó las manos despacio.

—Si me pongo en guardia, ganan ellos. Prefiero que piensen que no me afectan.

—¿Y te afectan?

Una pregunta sencilla, hecha sin trampa, sin la ironía que hubiera tenido en boca de cualquier otro.

—A veces —respondió ella—. Depende de quién.

Marcos asintió y no insistió. Siguió limpiando. Eso también era parte de lo que Camila había notado en él desde el principio: nunca empujaba cuando no lo invitaban. Esperaba.

—¿Por qué venís todas las noches? —preguntó ella cuando las mesas ya estaban limpias y el bar quedaba en silencio.

—Porque me gusta estar acá.

—¿El bar o…?

—Vos —dijo él, sin bajar la vista—. Me gusta mirarte cuando trabajás. Cómo manejás a los tipos, cómo te movés. Cómo te reís de verdad cuando algo te parece gracioso, que es completamente distinto a cuando te reís por educación.

Camila apoyó los codos en la barra. El corazón le latía un poco más rápido de lo habitual.

—Hace tiempo que nadie me mira así —dijo en voz baja.

—¿Cómo?

—Como si realmente quisieran ver lo que hay.

***

Quedaron quietos. Las luces del fondo estaban apagadas. Solo la lámpara pequeña del mostrador proyectaba una franja de luz cálida entre los dos.

Camila fue quien se movió primero. Rodeó la barra hasta quedar del mismo lado que él. Los separaba menos de medio metro, y en ese silencio de las cuatro de la mañana, esa distancia se sentía más pequeña todavía.

—¿Vas a seguir mirando —dijo en voz baja— o esta noche vas a hacer algo?

Marcos no contestó con palabras. Le puso una mano en la cintura —grande, firme, sin apuro— y la atrajo hacia él. El beso fue directo, sin el segundo de vacilación que tienen los besos cuando dos personas no saben bien si el otro quiere. Camila le puso las manos en el pecho y se dejó llevar.

—Llevame atrás —murmuró contra su boca.

El cuarto del fondo era pequeño y olía a madera húmeda y detergente. Había cajas apiladas en una pared y una silla vieja en el rincón. No era ningún sitio especial, pero a ninguno de los dos parecía importarle demasiado.

Camila se dio vuelta y apoyó las palmas contra la pared fría. Se bajó el short y la ropa interior hasta los tobillos de un solo movimiento, separando las piernas. Marcos le puso las manos en las caderas con suavidad y le rozó la nuca con los labios.

—Despacio al principio —dijo ella—. Por favor.

—Sí —contestó él simplemente.

Se arrodilló detrás de ella. Le pasó los pulgares por la curva de las nalgas antes de inclinar la cabeza. Empezó con la lengua, lento y preciso, lamiendo el centro con movimientos circulares mientras le sostenía las caderas con ambas manos. Camila apoyó la frente contra el ladrillo y cerró los ojos.

Hacía tanto tiempo que nadie la tocaba con esa paciencia.

Las manos le temblaban apenas contra la pared, no de nervios sino de anticipación. Marcos tomó el botellín de aceite del estante sin que ella tuviera que señalarlo, como si hubiera leído las instrucciones en alguna parte, y volcó un poco sobre sus dedos. Introdujo el primero despacio, sintiendo el músculo ceder poco a poco alrededor.

—Así… sí… —exhaló Camila, empujando suavemente las caderas hacia atrás.

El segundo dedo entró con más aceite, girando, abriendo con paciencia. El cuerpo de ella se rendía y se contraía por turnos, y Marcos esperaba siempre que se relajara antes de ir más profundo. Introdujo el tercero cuando ella se lo pidió con un movimiento de caderas, y lo llevó adentro y afuera hasta que la sintió lista de verdad.

—Abrime bien —murmuró Camila—. Quiero sentirte entero.

Marcos se puso de pie. Acomodó la cabeza de su verga —gruesa, caliente y tensa— contra el orificio cubierto de aceite, y empujó con control medido. Camila soltó un gemido largo y profundo cuando sintió la apertura forzarse y ceder, centímetro a centímetro, hasta que él quedó completamente adentro.

Se quedaron quietos un segundo. Ella respiraba hondo, acostumbrándose a la presión llena y pesada.

—Lléname —repitió, con voz más firme ahora—. Ya estoy lista.

Marcos empezó a moverse. Primero lento, saliendo casi del todo y volviendo hasta el fondo. Cada embestida era honda y deliberada, y Camila la sentía vibrar hasta en el pecho. El ritmo era constante, sin apuro pero sin pausa.

—Más fuerte —pidió—. Podés.

Le rodeó la cintura con un brazo para sostenerla y aumentó el ritmo. Las embestidas se volvieron más directas, más urgentes. Camila se mordió el labio para no gritar: las paredes del cuarto no eran gruesas y el bar no quedaba lejos.

Marcos deslizó entonces la mano libre entre las piernas de Camila y la encontró a ella: su pene pequeño, ya erecto y húmedo en la punta. No hizo ningún comentario, no se detuvo, no esperó que ella dijera nada. Lo rodeó con los dedos con la misma naturalidad con que había tomado el aceite, y empezó a acariciarlo al mismo ritmo que sus embestidas.

Camila ahogó un sonido en la garganta.

Eso. Exactamente eso era lo que nunca sabía cómo pedir sin tener que explicarlo todo primero.

Y Marcos simplemente lo había hecho, como si el cuerpo completo de ella importara y no hubiera ninguna parte que necesitara una aclaración.

El placer creció rápido desde ese punto doble —adentro y afuera al mismo tiempo— construyéndose sobre sí mismo hasta que no tuvo más lugar adónde ir. Camila sintió los músculos contraerse en oleadas, las piernas que empezaban a ceder, un calor denso y profundo que le llenó el pecho y la garganta.

—No pares —jadeó—. Estoy por correrme.

No paró. El orgasmo la atravesó completo y largo, y ella se apretó alrededor de su verga con una fuerza que le arrancó a Marcos un gruñido sordo desde el pecho. Su pene eyaculó en breves sacudidas calientes contra la pared, y ella se dejó ir hacia adelante, sosteniéndose apenas con las palmas.

Marcos se corrió segundos después, adentro, con tres embestidas finales que la empujaron suavemente contra el ladrillo.

Se quedaron quietos. Las respiraciones se mezclaban en el calor del cuarto pequeño.

Él la sostuvo antes de retirarse, sin soltarla de golpe, sin apartarse de inmediato. Le pasó una mano por el costado, despacio, como para asegurarse de que seguía entera.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

—Más que bien —dijo Camila.

***

Salieron del cuarto juntos y caminaron por el bar en silencio. Las sillas seguían en su lugar, las luces casi todas apagadas. Camila se apoyó en la barra y lo miró.

—¿Vas a volver mañana?

Marcos recogió su chaqueta del taburete de siempre.

—¿Querés que vuelva?

—Pregunto.

—Entonces sí —dijo—. Vuelvo.

Camila asintió. No sonrió de la manera que sonreía con los clientes de siempre, esa sonrisa eficiente y sin filo. Sonrió de la otra manera, la que aparecía rara vez y solo cuando algo era verdad.

Cuando Marcos salió y la puerta se cerró detrás de él, el bar quedó completamente en silencio. El cartel de neón anaranjado seguía encendido afuera, proyectando su franja de color cálido en el piso de madera.

Camila apagó la última luz, agarró las llaves y salió.

Hacía mucho tiempo que no se sentía así al terminar una noche. No aliviada de que hubiera terminado, no agotada de defenderse. Solo completa. Como si por una vez, no hubiera tenido que dejar ninguna parte de sí misma afuera de la puerta.

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3.9 (7)

Comentarios (8)

Loki35

Excelente relato, de los mejores que lei en esta categoria!!!

NocturnaR

Me engancho desde el primer parrafo. Esa tension que se va construyendo es lo mejor, se siente autentica y sin apuro.

RaulD77

Buenisimo! Quiero la segunda parte ya

Danyfrank

Pocas veces un relato me atrapa asi desde el inicio. La atmosfera del bar, la espera... se siente real. Gracias por compartirlo, espero que haya continuacion.

Celeste

jaja me quede con ganas de mas, se hizo cortisimo!

moreno28

Me recordo a algo que vivi hace tiempo en un bar similar. La tension antes de que pase algo es lo mejor de todo. Buen relato, de verdad.

PabloSur

La forma en que describe la escena es increible, te mete de lleno en la historia desde el primer momento. Muy buen trabajo, segui asi!

Bilbaomorbo

Hay segunda parte? Porque si no la hay me quedo sin dormir jajaja

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