El novio de mi amiga descubrió lo que escondía
Me llamo Daniela, aunque casi nadie me conoce por ese nombre. Tengo veintisiete años, vivo sola en un departamento pequeño en las afueras de Guadalajara y soy lo que algunos llaman una chica de clóset: por fuera, un muchacho cualquiera; por dentro, otra cosa muy distinta. Soy bajita, de piel morena, con las piernas y las caderas más curvadas de lo que la ropa de hombre deja ver. Y tengo una debilidad que nunca he sabido esconder del todo: los hombres maduros me vuelven loca.
Esto que voy a contar pasó un sábado por la noche, hace unos meses. Lo recuerdo entero, sin que se me escape un detalle.
Esa tarde me escribió Roxana, una amiga del trabajo con la que a veces salía a tomar algo. Quería pasar por mi casa, tomar unas cervezas y charlar. Acordamos la hora y todo, pero antes de colgar soltó una cosa que me cambió el ánimo: iba a venir con su novio.
—No te molesta, ¿verdad? —preguntó—. Es que él tenía ganas de conocerte.
—Para nada —contesté, fingiendo que me daba igual.
La verdad es que sí me importaba, aunque no por lo que ella creía. Roxana no sabe nada de mi lado femenino. Para ella soy un amigo discreto, callado, un poco tímido. Nunca le he contado lo que hago cuando cierro la puerta y me quedo a solas con el espejo.
Mientras esperaba, me arreglé como pude. No podía transformarme del todo, era obvio, así que me vestí de chico por encima: jeans, una playera holgada. Pero debajo me puse una tanga roja que apenas me tapaba la verga y unas medias de red que me apretaban los muslos, solo para sentirme un poco nena durante la noche. Era mi secreto bajo la tela, algo que me hacía cosquillas en el culo cada vez que me movía.
Nadie tiene por qué enterarse, pensé. Es solo para mí.
Tocaron a la puerta cerca de las nueve. Abrí y ahí estaba Roxana, sonriente, y detrás de ella un hombre que me dejó sin palabras durante un segundo entero.
Se llamaba Esteban. Debía rondar los cincuenta, alto, de hombros anchos, con el pelo entrecano y una barba corta muy cuidada. Se notaba que pasaba horas en el gimnasio: la camisa le quedaba ajustada en los brazos y en el pecho. Me dio la mano con firmeza, me miró a los ojos y sonrió como si ya supiera algo de mí.
—Así que tú eres la famosa Daniela —dijo.
—La misma —respondí, tragando saliva.
Me obligué a no mirarlo demasiado. No quería que Roxana notara nada raro, ni que él pensara cosas que, en realidad, eran exactamente las que yo estaba pensando.
***
Nos sentamos en la sala. Yo había comprado un par de seis cervezas y empezamos con la primera ronda. La charla fluyó fácil: el trabajo de Roxana, una serie que todos habíamos visto, chismes de gente que ellos conocían y yo no. Esteban hablaba poco, pero cuando lo hacía tenía esa voz grave que se te mete en el pecho.
Cada tanto sentía que me miraba. No de frente, sino de reojo, recorriéndome despacio. Yo cruzaba y descruzaba las piernas, nerviosa, y cada movimiento me recordaba la tela de la tanga clavada entre las nalgas y el roce de las medias contra la piel. Sentía la polla apretada contra el algodón rojo, empezando a hincharse cada vez que él bajaba la mirada hacia mis muslos.
Las cervezas se fueron acumulando, una tras otra, durante un buen rato. Roxana era la que más tomaba, y se notaba. Hablaba más fuerte, se reía de todo, se recostaba en el hombro de Esteban. Hasta que en algún momento la venció el cansancio.
—Dani, ¿te molesta si me acuesto un ratito? —preguntó arrastrando las palabras—. Estoy mareada.
—Claro que no. Pasa a mi cuarto, recuéstate.
La acompañé hasta la cama, le acerqué un vaso de agua y cerré la puerta despacio. Cuando volví a la sala, me di cuenta de que estábamos solos: Esteban y yo, el silencio de la madrugada y una tensión que se podía cortar con la mano.
Yo ya estaba caliente, no lo voy a negar. La sola idea de quedarme a solas con ese hombre me tenía al borde, con la punta de la verga mojando la tanga. No encontraba la manera de decirle lo que sentía sin arruinarlo todo.
Entonces él se levantó y fue al baño.
Fue un impulso. En cuanto escuché correr el agua, me bajé un poco los jeans por la cadera y me subí la playera, dejando a la vista el borde rojo de la tanga sobre la piel morena. Acomodé el cojín, me recosté de costado y esperé, con el corazón latiéndome en la garganta.
Cuando Esteban salió, sus ojos fueron directo a mi cintura. Lo vi. Vi cómo se detuvo medio segundo más de lo normal antes de volver a sentarse.
—Oye —dijo, despacio—. ¿Alcancé a ver bien o fue mi imaginación?
Me hice la inocente.
—¿A qué te refieres?
—Traes puesta una tanga de mujer.
El corazón se me detuvo. Por un instante el miedo pudo más que las ganas. Pero la calentura era tanta que terminé soltándolo todo.
—Sí, es una tanga de nena —dije, sosteniéndole la mirada—. ¿Hay algún problema?
Esteban se acercó un poco en el sillón. No parecía sorprendido. Parecía complacido.
—Al contrario —contestó—. Me fascinan las chicas como tú. Lo que pasa es que Roxana no tiene idea, ¿verdad?
—No, y no lo va a saber. Tu secreto está bien guardado conmigo —respondí—. Solo espero que tú guardes el mío.
Él sonrió de lado, con una seguridad que me hizo temblar.
—Claro que lo voy a guardar —dijo, bajando la voz—. Siempre y cuando me dejes hacer contigo lo que tengo ganas desde que abriste la puerta.
Dios mío. Me encanta que me hablen así. Que un hombre maduro me diga lo que quiere sin rodeos me derrite por completo.
—Pues aquí me tienes —murmuré—. Haz lo que quieras conmigo.
***
Se levantó de la silla sin apuro, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Se paró frente a mí, me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo hacia arriba. Tenía las manos grandes, tibias, ásperas.
—De rodillas, putita —dijo.
Obedecí al instante. Me deslicé del sillón hasta el piso y quedé frente a él, mirando cómo se abría el cinturón despacio, disfrutando de mi impaciencia. Cuando se bajó el pantalón junto con el bóxer, contuve el aliento. La polla le colgó pesada frente a mi cara, gruesa, oscura en la punta, todavía a medio endurecerse y ya más grande que ninguna que hubiera tenido antes. Un olor a hombre limpio, a sudor de gimnasio y jabón, me pegó de golpe y sentí que la boca se me hacía agua.
—Sácala la lengua —ordenó, agarrándose la verga por la base y palmeándome los labios con ella—. Enseñame lo bien que la chupas.
Le saqué la lengua como me pedía y él me pintó los labios y el mentón con la punta, restregándomela por toda la cara. La sentí crecer contra mi mejilla, hincharse más, marcarme una vena gruesa que empecé a lamer de abajo hacia arriba, desde los huevos hasta el glande, despacio, tomándome mi tiempo.
—Despacio —me advirtió, hundiendo los dedos en mi pelo—. Que la disfrute.
Le besé los huevos uno por uno, los chupé enteros dentro de la boca mientras le agarraba la verga con la mano y se la masturbaba lento. Él soltó un gruñido y echó la cabeza hacia atrás. Después subí de nuevo, le rodeé la punta con los labios y me la metí hasta la mitad de un solo empujón. Se me llenó la boca de un sabor salado, denso, el del pre-semen que ya le corría.
—Así, exacto —dijo entre dientes—. Chupá esa verga, putita, lo hacés mejor de lo que esperaba.
Sus palabras me prendían más que cualquier caricia. Le mamé la polla con hambre, hundiéndomela cada vez más adentro, hasta que me chocó contra la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas. Él me sujetó la nuca y empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería, follándome la boca despacio primero, más rápido después. Yo me dejaba, con los labios estirados alrededor de la verga, chorreando saliva por el mentón, mirándolo desde abajo.
—Mírame —me ordenó—. No cierres los ojos, cochina. Quiero verte la cara mientras te la trago.
Lo miré fijo, sin sacármela de la boca, mientras él movía las caderas y me la clavaba hasta el fondo. La barba se le mojaba de saliva mía cuando me agachaba a besarle los huevos entre embestida y embestida. Con una mano le agarraba la base y con la otra me apretaba una teta por debajo de la playera, retorciendo el pezón que ya tenía duro como una piedra. Debajo de la tanga la verga se me marcaba contra la tela, empapada, dejando una mancha oscura.
Saber que yo le provocaba eso, que un tipo de cincuenta se estaba dejando chupar por un maricón de clóset con las medias de red puestas, me hacía sentir poderosa, deseada, completamente puta y completamente mujer al mismo tiempo.
De pronto me tomó de los brazos y me levantó de un tirón.
—Al sillón —ordenó—. Date la vuelta y sacame ese culo.
Me bajé los jeans del todo, dejándome solo la tanga y las medias de red, tal como las llevaba escondidas toda la noche. Me apoyé sobre el respaldo, de espaldas a él, con las piernas bien abiertas, y sentí sus manos abrirme las nalgas con firmeza. La tanga la corrió a un costado con dos dedos y se quedó un momento mirándome el culo así, expuesto, apretado, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
—Mirá qué culito tenés —gruñó—. Todo depiladito para mí.
Me dio un cachetazo en la nalga que resonó en toda la sala y me arrancó un gemido que tuve que ahogar contra el cojín. Después me dio otro en la otra, y yo empujé el culo hacia atrás pidiendo más. Sentí que se arrodillaba detrás de mí y lo siguiente fue su boca hundiéndose entre mis nalgas, su lengua caliente y ancha lamiéndome el ojete con una paciencia que no esperaba de un hombre tan dominante.
Me aferré a la tela del sillón, temblando, mordiéndome el labio para no despertar a Roxana en la habitación de al lado. Él me comía el culo como si tuviera hambre, hundiéndome la lengua adentro, penetrándome con ella, mordiéndome las nalgas, escupiéndome ahí y volviendo a lamer todo. Con una mano me rodeó la cintura y me agarró la verga por encima de la tanga, apretándomela, midiéndome lo dura que la tenía.
—Estás más caliente que muchas mujeres —murmuró contra mi culo, con una sonrisa que se le notaba en la voz—. Calladita, no vayas a arruinar la sorpresa.
Me metió dos dedos en la boca y me hizo chuparlos hasta empaparlos de saliva. Después bajó la mano y sentí uno abriéndose paso adentro. Gemí bajito contra el cojín. El primero entró fácil, resbaloso. Enseguida vino el segundo, y luego los movió en tijera, abriéndome, preparándome. Yo empujaba el culo hacia atrás sola, buscándolos, follándome yo misma con su mano.
—Pedímela —dijo de repente, sacándome los dedos—. Pedimela con tu voz de nena.
—Metémela —susurré, con la cara enterrada en el cojín—. Metémela toda, por favor.
—Más fuerte.
—Cogeme, Esteban. Cogeme el culo con esa verga grande, no aguanto más.
Escuché cómo se escupía en la mano y se untaba la polla. La punta caliente me apoyó contra el agujero y empezó a empujar. Fue lento, milímetro a milímetro. Me dolió al principio, un dolor que me arrancó un quejido largo, un dolor que se mezcló enseguida con un placer que me nublaba la cabeza. Esteban sabía lo que hacía. Esperó a que me acostumbrara, con una mano firme en mi cadera y la otra en mi hombro, y solo cuando le fui abriendo del todo empezó a moverse de verdad.
—Eso es —murmuraba contra mi oído, con el pecho pegado a mi espalda—. Mírate, cómo te chupa el culo mi verga. Qué bien te queda esto, putita.
Empezó despacio, saliendo casi entera y volviendo a hundírmela hasta la base, hasta que sentía los huevos golpeándome. Me tenía sujeta de la cadera con las dos manos, marcándome los dedos en la piel. Cada embestida me sacaba un gemido ahogado que aplastaba contra el cojín. La tanga corrida se me había atragantado entre las nalgas y él la usaba como un tirador, jalándomela para clavármela más adentro.
—Aguantatela toda —gruñó, apretando el ritmo—. Vos querías hombre maduro, ¿no? Bueno, tomá hombre maduro.
Me la clavaba con fuerza, cada vez más rápido, y yo sentía la piel de las nalgas rebotándole contra la pelvis, el ruido húmedo de nuestros cuerpos, el olor a sexo llenando la sala. Mi propia polla, atrapada dentro de la tanga, se sacudía sola con cada empujón, chorreando líquido claro que me manchaba el algodón y me corría por dentro de los muslos.
Me cambió de posición un par de veces. Primero me tumbó de lado en el sillón, con una pierna en alto, y siguió cogiéndome así, apretándome una teta con la mano y mordiéndome el cuello. Después me hizo subir encima suyo, sentarme de espaldas, con las medias de red brillándome bajo la luz baja de la lámpara.
—Ahora llevala vos —me susurró al oído, agarrándome de las caderas—. Movete, quiero verte trabajar por esa verga.
Empecé a subir y a bajar sobre él, lento primero, sintiendo cómo la polla me entraba y salía completa, hasta el fondo. Me apoyé con las manos en sus muslos peludos y aceleré, botando sobre su verga, apretándole el culo alrededor con cada bajada. Él me miraba en el reflejo del espejo del pasillo, con esa media sonrisa de dueño, y me golpeaba las nalgas de vez en cuando para que me moviera más rápido.
—Eso, mi puta —jadeaba—. Cogete esa verga, ganátela.
Obedecí cada cosa que me decía, perdida por completo en la sensación. La verga se me marcaba contra la tanga empapada y sentía que estaba a punto de correrme sin tocarme, solo de cabalgarle así. Hacía meses que no me sentía así, deseada de esa manera tan cruda y tan sincera, follada como una mujer de verdad por un hombre que sabía lo que hacía.
—Date la vuelta —dijo al fin, con la respiración entrecortada, sacándomela de un tirón—. Quiero terminar viéndote la cara.
Me arrodillé de nuevo frente a él en la alfombra. Le agarré la verga con las dos manos, brillante, dura, marcada de venas, y me la volví a meter en la boca. Le mamé rápido, con hambre, mientras me masturbaba yo misma por encima de la tanga, apretándome la punta contra la tela. Él se sostenía contra la pared con una mano y con la otra me sujetaba la cabeza, empujando hacia adentro.
—Abrí la boca —gruñó de golpe—. Sacala afuera, quiero pintarte esa carita.
Saqué la verga de la boca y la sostuve pegada a los labios, con la lengua estirada, mirándolo a los ojos. Su cuerpo entero se tensó, soltó un gruñido ronco desde el fondo del pecho, y el primer chorro de leche caliente me dio en la mejilla y me bajó hasta el cuello. Sacudió la polla contra mi lengua y el segundo chorro cayó dentro de la boca, espeso, salado. Siguió disparando, uno tras otro, manchándome la barbilla, el labio, un pezón que me asomaba por debajo de la playera arrugada.
—Tragate todo —jadeó, apretándome la mandíbula—. Todo, no me tirés una gota.
Cerré la boca alrededor de la punta y tragué lo que me había caído adentro. Después le lamí la verga hasta la base, limpiándole las últimas gotas, mientras él me miraba con los ojos entrecerrados y me acariciaba el pelo como si fuera su nena. Con dos dedos recogió el semen que me chorreaba por la mejilla y me lo pasó por los labios; se lo chupé de los dedos, uno por uno, sin bajarle la mirada.
***
Después nos quedamos un momento en silencio, recuperando el aliento. Él se acomodó la ropa con calma; yo me subí los jeans sobre las medias arrugadas, todavía temblando, con la tanga empapada de mi propia leche pegada al cuerpo. Me pasé la mano por la cara, me limpié lo que pude, y me la chupé para no dejar rastro.
—Roxana no se va a enterar de nada —dijo, mirándome con una media sonrisa.
—De nada —repetí.
Esteban se inclinó, me dio un beso corto en la frente, casi tierno, y volvió a sentarse en el sillón como si no hubiera pasado nada. Minutos después Roxana salió del cuarto, despeinada y todavía medio dormida, pidiendo disculpas por haberse quedado traspuesta.
—Tranquila —le dije, sirviéndole otro vaso de agua—. Estuvimos charlando aquí, no te perdiste de mucho.
Él me miró por encima del hombro de ella y yo le devolví la mirada. Ese fue nuestro pacto silencioso.
Se fueron poco después. Cerré la puerta, apoyé la espalda contra ella y me dejé caer hasta el piso, con una sonrisa tonta, el culo todavía ardiéndome y el cuerpo caliente. Metí la mano dentro del pantalón, apreté la tanga chorreada y me olí los dedos: seguía teniendo el olor de él encima. Sabía que aquello no iba a quedar en una sola noche.
Y no me equivoqué. Desde entonces, Esteban encuentra cualquier excusa para escribirme cuando Roxana no está cerca. Y yo, cada vez que sé que va a venir, me pongo la tanga roja y las medias de red debajo de la ropa de chico, esperando que me descubra otra vez y me coja como esa primera noche.





