El día que dejé de ser hombre para ella
Lo primero que hice a la mañana siguiente fue pasar por la oficina. Pedí reunirme con el jefe de Recursos Humanos y le dije, sin rodeos, que había decidido cambiar de sexo y que eso podía traerle problemas a la empresa: con los clientes, con el resto del personal y, sobre todo, con el equipo que tenía a mi cargo.
Lo entendió enseguida. Demasiado rápido, quizá. Me ofreció marcharme a cambio de una indemnización que me pareció razonable, con una sola condición: firmar una cláusula que me impedía fichar por la competencia. Firmamos la rescisión del contrato y salí de allí sin mirar atrás y sin despedirme de nadie.
Por la tarde teníamos cita con un endocrino especializado en cambios de sexo.
Cuando nos recibió, le expliqué lo que quería. Nos escuchó con calma y confirmó que, por su parte, no había impedimento para empezar un tratamiento hormonal. Pero antes debíamos pasar por la consulta de un psiquiatra que firmara un informe dando su visto bueno a la transformación.
Esa misma tarde fuimos al psiquiatra que él nos recomendó. Estuvimos más de una hora hablando con él. Por supuesto, no le contamos que aquello había nacido de un deseo de Carla, sino que era algo que me obsesionaba desde hacía años, que por dentro me sentía mujer y que vivir en un cuerpo de hombre me estaba hundiendo en depresiones profundas.
Volvimos al endocrino con el informe en la mano y nos dio luz verde para empezar. Me mandó unos análisis de sangre y de orina para decidir qué tratamiento me convenía. Quedamos en pasarnos por la consulta un par de días después.
De vuelta a casa, los dos íbamos felices. Los deseos de Carla, y por lo tanto los míos, empezaban a hacerse reales.
***
Después de cenar, nos tomamos una copa en el salón y nos fuimos a la cama. Esa noche fue distinta. Los dos desnudos, ella encendida desde el primer roce y yo… qué os voy a contar.
Me lancé a sus pechos como si fuera la primera vez que los probaba. Le mordisqueé los pezones hasta dejarlos duros, fui bajando las manos por su vientre, por la cadera, hasta encontrar su sexo, y empecé a acariciarle el clítoris mientras la humedad le crecía entre mis dedos.
Sus gemidos llenaban la habitación y sus manos se aferraban a las sábanas. Bajé la boca hasta su sexo y le recorrí cada pliegue con la lengua. Carla estaba a punto de correrse y yo me moría por saborearla. Me agarró la cabeza, me apretó contra ella, y sus espasmos me llenaron la boca con su sabor.
En cuanto se recuperó un poco, fue ella la que se puso manos a la obra. Me hizo la mejor mamada de mi vida: me lamía el glande despacio y luego se la tragaba entera. Una delicia.
—No voy a aguantar mucho más —le dije—. Me muero por correrme.
Entonces se sacó mi polla de la boca, abrió las piernas, se sentó encima de mí y se la metió de un solo movimiento. Me cabalgaba con fuerza mientras me retorcía los pezones.
—Disfrutemos de este polvo —murmuró—, porque va a ser la última vez que me folles.
Aquellas palabras dictaron sentencia. Sería mi último polvo como hombre. Y estaba dispuesto a aprovecharlo hasta el final.
—Será el último —le contesté—, pero te juro que te voy a dejar ese coño destrozado.
Aguanté todo lo que pude. Le arranqué a Carla otros dos orgasmos, hasta que tuvo que pedirme, con la cara desencajada, que me corriera de una vez, que no podía más. De una última embestida me vacié dentro de ella.
Quedamos derrotados uno al lado del otro, sin fuerzas ni para hablar. Cuando recuperamos el aliento, nos pusimos las braguitas y nos quedamos dormidos.
***
A la mañana siguiente, después de desayunar, salimos de compras. Más lencería para mí, unos vestidos veraniegos amplios, faldas, blusas. Todo lo que un hombre necesita para empezar a ser mujer.
Luego fuimos a una esteticista que conocía Carla para que me hicieran una depilación integral: axilas, brazos, pecho, piernas, pubis, todo. También me arreglaron las cejas y me rizaron las pestañas. Me cuidaron las manos y los pies y me pintaron las uñas.
De ahí pasamos a la peluquería, donde me hicieron un corte femenino, aunque poco podían hacer con el pelo tan corto que llevaba.
Al terminar volvimos a casa, comimos algo de lo que había en la nevera y nos sentamos en el sofá a descansar un rato frente a la tele.
Cuando reuní un poco de fuerzas, Carla me dijo:
—Ven al baño, que te voy a maquillar. Fíjate bien, porque más adelante lo tendrás que hacer tú sola.
Tardó un buen rato, pero por la cara que ponía se la veía muy satisfecha. Cuando acabó, me giró hacia el espejo.
—Mírate.
No podía creer lo que veía. La imagen que me devolvía el espejo no era la mía: era una mujer que, sin ser una belleza, resultaba más que atractiva.
—Es impresionante, Carla. No me lo puedo creer.
—Pues créetelo, esa mujer eres tú. Y, por cierto, tenemos que elegirte un nombre. Ya no puedes llamarte Daniel.
Me quedé pensando un momento.
—¿Qué te parece Diana?
—Me gusta. Tiene tu misma inicial, buena idea. A partir de ahora te llamarás Diana.
***
Los días pasaron con una emoción que me embriagaba. Ensayaba caminar con tacones, primero bajos y, según los iba dominando, cada vez más altos. Nuestra vida cambiaba poco a poco. El amor seguía ahí, intacto, pero la forma de mirarnos era otra: como hermanas, como amigas muy unidas.
El sexo también era distinto, y aun así muy satisfactorio. Las hormonas hacían su trabajo a la perfección. Notaba cómo se me ensanchaban las caderas y el trasero. El pecho me dolía algunos días y empezaron a crecerme los senos.
Yo apenas salía de casa. Carla se encargaba de todo cuando volvía del trabajo, y yo me ocupaba de las tareas domésticas y de entrenarme como mujer.
Por las noches, Carla se ponía un arnés doble que había comprado. Me follaba el culo con uno de los dildos mientras el otro la penetraba a ella. Teníamos unos orgasmos brutales.
—Te lo voy a meter hasta el fondo, Diana —me decía—. Siente cómo te abro.
—Dámelo todo, mi amor —le pedía yo.
Cada noche me follaba y cada noche me corría. Dejé de tener erecciones; mi sexo ya no respondía y cada vez lo notaba más pequeño. No me importaba. El placer lo sentía por dentro, cada vez que Carla me penetraba, y aunque no reaccionara como antes, terminaba manchándome las braguitas igualmente.
***
Llegó el día en que Carla me dijo que era hora de salir a la calle. Los nervios se apoderaron de mí, pero me convencí de que alguna vez tenía que ser la primera.
Me maquillé yo sola, me puse un vestido de flores verde y una peluca morena que habíamos comprado, porque, aunque me había crecido bastante el pelo, todavía no era suficiente.
Salimos a pasear, las dos cogidas de la mano. Enseguida me acostumbré al aire en la cara y a la brisa que subía por mis piernas bajo el vestido. Me fui sintiendo más segura. La gente me miraba con total normalidad. No me sentía fuera de lugar. Estaba cómoda siendo Diana.
Ya en casa, hablamos de cómo me había sentido y de si me atrevería a algo un poco más arriesgado. Yo tenía ganas, así que decidimos repetir al día siguiente.
Carla llamó al trabajo para avisar de que no iría, que tenía papeles que resolver.
Esos papeles eran mi cambio de identidad. Fuimos al Registro Civil con los informes del psiquiatra y del especialista, y los presentamos ante el funcionario. Salimos de allí con un documento que acreditaba que me llamaba Diana, con mis mismos apellidos. Me haría falta para tramitar el nuevo carné.
Fuimos a comer a un buen restaurante para celebrar. Comimos de maravilla y nos tomamos un café cada una. Después volvimos a casa para echarnos la siesta, con su correspondiente revolcón. Decidimos que esa noche saldríamos a tomar una copa.
***
Nos vestimos con sendos vestidos largos pero atrevidos, bien maquilladas, los labios pintados de carmín.
—Carla, estás guapísima. Muy sexy.
—Tú también estás preciosa, Diana. Como me descuide, vas a quitarme los ligues —me dijo, y las dos nos reímos como tontas.
Cogimos un taxi y nos fuimos a la zona de copas. Los locales estaban a reventar. Por fin encontramos uno medianamente tranquilo. Nos quedamos en la barra con una copa cada una, comentando el ambiente, mirando a los hombres y susurrándonos cosas: «ese no está mal», «aquel parece interesante».
Se nos acercó un tipo con cara de patán a darnos conversación. No solo lo parecía, lo era. Carla se lo quitó de encima en un segundo. Vinieron otros, pero ninguno nos convenció, así que seguimos en la barra hasta acabarnos la segunda copa.
Decidimos marcharnos. Para ser la primera noche que salíamos juntas, ya estaba bien.
Al salir, un señor mayor, muy bien vestido, nos abrió la puerta.
—Es una lástima que dos mujeres tan preciosas se vayan tan pronto.
Carla se lo quedó mirando y le contestó con una sonrisa:
—No habíamos visto nada interesante hasta que nos has abierto la puerta.
—En ese caso, estaría encantado de invitaros a una copa en un sitio más íntimo.
—¿Qué sitio? —preguntó ella.
—Mi casa. ¿Os apetece? Está aquí al lado.
—Más interesante que este local seguro que es. Diana, ¿te apetece?
—No sé… —dudé—. Vale. Una copa y nos vamos a casa.
—Hecho. Yo me llamo Gabriel. Tú eres Diana; me falta saber tu nombre.
—Carla.
—Perfecto, ya nos conocemos los tres. ¿Sois amigas? ¿Hermanas?
—Somos más que hermanas —dijo Carla.
***
Fuimos andando hasta casa de Gabriel. Era un piso grande, de techos altos y muebles de diseño.
—Estáis en vuestra casa. ¿Qué queréis tomar?
—Lo mismo las dos —respondió Carla—. Whisky con refresco de cola. Si lo tienes light, mejor, ya sabes, por cuidar la línea.
Gabriel soltó una carcajada.
—¿Qué línea tenéis que cuidar? Estáis estupendas las dos. Poneos cómodas, enseguida traigo las copas.
Carla me pidió que me tranquilizara, que me veía muy nerviosa.
—Seguro que lo pasamos bien, Diana. Gabriel es agradable y muy guapo. Déjate llevar.
—No sé cómo va a acabar esto, Carla.
—Pues seguro que acaba muy bien.
Gabriel volvió con las copas y la conversación fluyó entre los tres. Al rato puso música y yo empecé a relajarme.
—Carla, ¿te apetece bailar?
—Sí, Gabriel, bailemos.
Los veía desde el sofá. Hacían una pareja preciosa y los miraba con algo parecido a la envidia. Cada vez estaban más cerca, y en un momento ya se besaban. Sus bocas solo se separaban para dar paso a las lenguas. Sus manos recorrían sus cuerpos y yo me ponía más caliente por segundos.
Se separaron para beber un trago. Carla se sentó y Gabriel se giró hacia mí.
—¿Bailamos tú y yo ahora?
—No me lo digas por compromiso.
—No lo digo por compromiso. Lo digo porque me apetece muchísimo bailar contigo.
Me cogió de la mano y me llevó al centro del salón. En cuanto me detuve, me tomó de la cintura y me atrajo hacia él.
—Las dos sois mujeres preciosas, muy femeninas. Tú también, Diana. No me importa nada lo que hayas sido antes, y me gustas tanto o más que Carla.
—¿Carla te ha contado algo de mí?
—No ha hecho falta. Soy buen observador. Tú relájate y disfruta de la noche.
—Eso mismo me ha dicho ella.
Tras un breve silencio, Gabriel me abrazó más fuerte y me besó. Y vaya si besaba. Su lengua buscaba la mía y la acariciaba despacio. Notaba su erección a través de la tela del pantalón. Un gemido se me escapó de la garganta.
Nos sentamos a terminar las copas. Gabriel nos cogió de la mano a las dos y nos dio un beso en la boca a cada una.
—¿Os parece que pasemos a mi habitación? En mi cama cabemos los tres y estaremos más cómodos.
No hizo falta que ninguna respondiera. Nos levantamos a la vez y, de su mano, nos llevó por un pasillo hasta un dormitorio enorme con una cama inmensa.
***
Gabriel empezó a desnudar a Carla hasta dejarla sin nada. La besó, la tendió sobre la cama y vino hacia mí para repetir el ritual. Las dos quedamos desnudas viendo cómo él se quitaba la ropa. Las dos abrimos la boca al ver lo que apareció ante nosotras.
Se acomodó en medio de las dos, nos pasó un brazo por debajo del cuello y dijo:
—Sois un sueño hecho realidad. Demostradme lo que sabéis hacer.
Nos lanzamos sobre él. Nos repartíamos su boca, su pecho, alternábamos las caricias mientras él se endurecía. Carla empezó a comérsela mientras yo le chupaba los pezones. Bajé hasta su pubis, jugando con lo que ella no alcanzaba a tragar.
Gabriel le pidió a Carla que se subiera encima. Ella, con una sonrisa enorme, se sentó sobre él y empezó a cabalgarlo.
—Diana, ven, que quiero comerte —me dijo.
No me negué. Al contrario: me abrí bien y me senté sobre su cara. Su lengua me acariciaba y yo me deshacía de placer.
Carla cabalgaba cada vez más fuerte, sus gemidos crecían, hasta que no tardó en correrse.
—¡Ay, cómo me corro! —gritó.
—Carla, apártate, que ahora me toca Diana.
Se me salían los ojos de las órbitas. Iba a probar mi primer hombre de verdad.
Carla se levantó y yo ocupé su lugar.
—Carla, ayúdame a metérsela —pidió Gabriel.
Ella se llenó la mano de saliva, me preparó despacio y luego guio a Gabriel hacia mí. Él empezó a empujar. Lo sentí entrar poco a poco mientras Carla lo dirigía. El dolor se mezclaba con el placer y, de pronto, lo tuve entero dentro. A partir de ahí no paró de follarme, ni yo de gemir.
—¿Te gusta? —me preguntaba Carla.
—Muchísimo —respondía yo—. Ahora entiendo perfectamente lo que es ser mujer.
Fue nuestra primera experiencia juntas. No sería la última.





