Aquel verano el cocinero me enseñó más que a cocinar
Yo tenía veintisiete y hambre de todo. Él tenía las manos anchas, la mirada gris y una verga que aún no sabía, aquella tarde, que iba a probar antes del amanecer.
Yo tenía veintisiete y hambre de todo. Él tenía las manos anchas, la mirada gris y una verga que aún no sabía, aquella tarde, que iba a probar antes del amanecer.
Lo cité después de clases para arreglar una ventana, pero los dos sabíamos que no era solo madera lo que estaba a punto de ceder.
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
Cada vez que abría mi puerta sin avisar, su mirada duraba un poco más. Yo empecé a dejarla abierta a propósito.
La primera vez solo quería calmarlo para que no saliera de casa, pero cuando lo tuve desnudo bajo mis manos entendí lo mucho que me excitaban los hombres maduros.
Bajó a tirar la basura con un pijama fino sin sujetador y tardó diez minutos en volver. Cuando la escuché en la ducha, supe que algo se había roto para siempre.
Aquella mañana me depilé, me puse la lencería más provocadora del cajón y salí para la oficina con una sola decisión tomada: aceptar el trato de mi jefe.
Volví al taller con una excusa torpe y una falda demasiado corta; ellos entendieron enseguida que no iba por el coche.
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.
Escuché los gemidos al pasar por el pasillo. La puerta estaba entreabierta y no pude apartar la mirada. Tampoco pude quedarme quieta.
Renté la habitación, me lavé por dentro y encendí el canal erótico. A las dos en punto tocaron la puerta: era él, sudado del trabajo, con el bulto ya marcado bajo el pantalón.
Me había pasado la noche esquivando sus bromas, hasta que lo hice entrar al baño y ya no hubo forma de fingir que no quería tocarlo.
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.
Fui a pedirle ayuda por una llave rota y terminé descubriendo cómo se siente que un hombre experimentado te quite el aire y la vergüenza.
Cuando vi el tamaño de su verga en aquella habitación, entendí que esa noche no se parecería a ninguna de mis otras aventuras.
Ella abrió el video sola al mediodía, pensando en una simple fantasía, y terminó mojada, celosa y con ganas de probarlo todo en persona.
Me senté a leer sola en el parque, pero dos hombres maduros terminaron rodeándome en el banco y convirtiendo la noche en algo mucho más sucio.
Todas creían que sus trances venían del cielo. Solo el padre Rodrigo conocía el precio que ella estaba dispuesta a pagar para llegar a los altares.
Nunca imaginé que me excitaría tanto caminar por la calle sin nada debajo del vestido, sabiendo que un desconocido guardaba mi ropa interior entre las manos.
Llevaba meses saludándome con amabilidad, pero esa mañana de calor descubrí en el reflejo de la nevera que no me miraba a los ojos.