La segunda cita en la que me convertí en Selene
Después de aquella primera tarde que partió en dos la vida de Adrián, los mensajes no se detuvieron. Al contrario: cada noche, cuando apagaba la luz del cuarto, el teléfono se encendía con el nombre de Bruno en la pantalla. La conversación, que al principio había sido tímida, fue volviéndose más íntima, más descarada, más imposible de ignorar.
—No puedo dejar de pensar en cómo te veías con ese encaje granate, Selene —escribía él, con un tono que se sentía firme incluso en letras—. Quiero verte otra vez. Quiero todo de ti.
Adrián releía esos mensajes una y otra vez, con el corazón golpeándole las costillas. Al principio respondía con frases cortas, casi avergonzado, borrando dos veces cada palabra antes de enviarla. Pero la seguridad de Bruno, esa manera de decir las cosas sin pedir permiso, lo desarmaba poco a poco. Había algo en saberse deseado de esa forma, sin máscaras ni explicaciones, que lo soltaba por dentro.
Y entonces escribía como Selene. Como Selene se permitía cosas que Adrián nunca se habría atrevido a decir en voz alta, frases que de día le habrían parecido imposibles y que de madrugada salían solas, como si fueran de otra persona que vivía dentro de él y que solo Bruno sabía despertar.
—Pronto, Bruno. Quiero darte mucho más —tecleó una madrugada, sintiendo cómo el cuerpo se le encendía solo de imaginarlo.
***
Pasaron dos semanas de charlas subidas de tono, de fotos discretas que enviaba en la penumbra de su habitación, de audios en los que la voz grave de Bruno le erizaba la piel hasta dejarlo sin aliento. Aprendió a reconocer el ritmo de sus mensajes, las horas en que escribía, la forma en que pasaba de la dulzura a la orden en una sola línea. Cada conversación lo dejaba más convencido de que aquello no era un capricho pasajero.
Hasta que, por fin, acordaron un segundo encuentro. Esta vez sería en el apartamento de él, un sábado por la noche. Adrián marcó la fecha en su cabeza como quien cuenta los días para algo que lo asusta y lo emociona en igual medida.
Adrián llegó al edificio con el pulso disparado y una bolsa de tela colgada del hombro. Dentro llevaba su otra piel, comprada en secreto durante esas dos semanas, en tiendas a las que entraba mirando por encima del hombro: un corsé de satén negro, panties de encaje a juego, medias largas con ligueros y unos tacones que apenas había practicado caminar por el pasillo de su casa, a oscuras, para que nadie lo oyera.
Subió en el ascensor repitiéndose el número del piso, aunque lo tenía grabado a fuego. Frente a la puerta se quedó quieto un segundo, con el dedo a un centímetro del timbre. No quería simplemente gustar. Quería entregarse por completo, sin reservas, y esa certeza le pesaba más que el miedo. Tocó.
Bruno abrió la puerta con una camiseta ajustada que marcaba su pecho ancho, los antebrazos firmes, una sombra de barba que le daba un aire de hombre acostumbrado a salirse con la suya. Sus ojos oscuros recorrieron a Adrián de arriba abajo, mezclando ternura y algo mucho más hambriento.
—Entra —dijo, y la palabra sonó como una orden envuelta en seda.
Apenas la puerta se cerró, Bruno lo tomó por la cintura y lo atrajo contra su cuerpo. Adrián sintió el calor de él a través de la ropa, el aroma a madera y a piel limpia.
—Esta noche eres mía, Selene —susurró Bruno junto a su oído.
Adrián, temblando de anticipación, solo pudo asentir. Las mejillas le ardían.
***
El dormitorio estaba en penumbra, iluminado apenas por un par de velas sobre la cómoda. Bruno señaló la puerta del baño con un gesto de la cabeza, y Adrián entendió sin necesidad de palabras. Entró con la bolsa, cerró, y se miró en el espejo durante un instante largo, respirando hondo.
Se vistió despacio, prenda por prenda, sintiendo cómo con cada una el nervio se transformaba en una especie de calma extraña. El satén frío contra la piel, el roce del encaje, el ajuste firme del corsé que le cortaba un poco el aire y le obligaba a erguirse. Se pintó los labios con pulso inseguro y se retocó hasta que la imagen del espejo dejó de pertenecerle del todo.
Cuando volvió a salir, ya no era Adrián. Era Selene.
El corsé le apretaba la cintura y dibujaba una silueta nueva, las medias le abrazaban las piernas como una caricia ajustada, los tacones lo obligaban a moverse con una lentitud distinta, más consciente de cada paso. Bruno lo esperaba sentado en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas y la mirada fija.
—Ven aquí —dijo él, sin levantar la voz.
Selene avanzó despacio. El taconeo resonaba en el silencio del cuarto, y cada repiqueteo le recordaba dónde estaba y a quién pertenecía esa noche. Bruno le tomó la mano y la hizo girar lentamente, estudiando cada detalle como quien admira algo que llevaba tiempo esperando.
—Perfecta —murmuró.
Y antes de que ella pudiera responder, la jaló hacia él y la besó con una intensidad que le arrancó un gemido agudo desde el fondo de la garganta.
***
Bruno era dominante, pero no era brusco. Sus manos grandes recorrieron el cuerpo de Selene con una mezcla de firmeza y reverencia, como si supiera exactamente cuánto presionar y cuándo detenerse. Empezó a desatar los cordones del corsé con una lentitud casi cruel, soltando un lazo, luego otro, mientras la respiración de ella se volvía más entrecortada.
—Quítate los panties —ordenó—. Las medias se quedan.
Con las manos temblorosas, Selene obedeció. Se sentía expuesta y, al mismo tiempo, extrañamente poderosa bajo la atención total de aquel hombre. Desnuda salvo por las medias y los tacones, dejó que él la guiara hasta la cama y la colocara de rodillas frente a sí.
—Mírame —dijo Bruno.
Cuando ella levantó la vista, él se desabrochó el cinturón con una calma deliberada, hebilla tras hebilla, sin prisa, sosteniéndole la mirada todo el tiempo. No hacía falta que dijera nada: cada gesto lento dejaba claro quién llevaba el control esa noche. Selene sintió que el aire se le espesaba en el pecho y que, lejos de incomodarla, esa rendición la encendía como nunca.
***
La primera postura fue intensa. Bruno, todavía a medio vestir, se inclinó sobre Selene mientras ella se sostenía boca abajo, las manos aferradas a las sábanas. Le levantó apenas las caderas y empezó a prepararla con los dedos, lubricados, con una paciencia que contrastaba con la urgencia que se adivinaba en su respiración.
—Relájate —murmuró—. Te tengo.
Selene gimió, la voz quebrándose en agudos que rompían el silencio. Cada movimiento de él era preciso. Y cuando por fin la penetró, ella dejó escapar un grito ahogado, una mezcla de sorpresa y placer que llenó la habitación entera. Bruno marcó al principio un ritmo lento, las manos apretándole las caderas, guiándola hacia atrás con cada embestida.
—Así, Selene —gruñó—. Justo así.
Ella gemía sin control, los sonidos subiendo de tono con cada movimiento, hasta que ya no sabía dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba el de él. Sentía la respiración de Bruno en la nuca, las palabras roncas que le dejaba caer al oído, y se descubrió empujando hacia atrás, buscándolo, rindiéndose un poco más con cada embestida.
***
Entonces Bruno cambió la dinámica. La giró con una facilidad que la dejó sin aire, la colocó boca arriba y le subió las piernas sobre sus hombros. La nueva postura le permitió hundirse más profundo, y Selene, con los ojos entrecerrados y el rostro enrojecido, dejó escapar un grito tras otro.
—Bruno, por favor… más —suplicó, la voz hecha jirones.
Él respondió con un gruñido y aceleró, las manos apretándole los muslos, dejando marcas suaves en la piel. La cama crujía bajo el peso de los dos, y el aire se llenó del sonido de los cuerpos chocando y de los gemidos desesperados de ella, que ya no intentaba contenerse.
***
Siempre en control, Bruno quiso más. La puso a cuatro patas, una postura que la hizo sentirse completamente a su merced.
—Eres mía, Selene —dijo, la voz convertida en un rugido bajo.
La tomó con fuerza, una mano enredada en su cabello, tirando apenas para arquearle la espalda. Los gemidos de Selene eran ya incontrolables, una mezcla de placer y rendición absoluta. El corsé desatado le colgaba del cuerpo como un recordatorio físico de la transformación, del antes y el después que separaba a Adrián de la mujer que se entregaba esa noche.
—Sí, Bruno, no pares —chillaba, las manos arañando las sábanas.
***
Exhaustos pero todavía insaciables, cambiaron una última vez. Bruno se sentó en el borde de la cama y la acomodó sobre su regazo, cara a cara. Las medias de encaje rozaban contra los muslos firmes de él, sumando una capa más de sensación a cada movimiento. Selene se mecía con desesperación, guiada por las manos que la sostenían por las caderas, mientras él la miraba con una intensidad que la hacía sentir adorada y poseída al mismo tiempo.
—Mírame mientras lo haces —ordenó Bruno.
Y ella, perdida en el placer, obedeció. Sus gemidos se convirtieron en jadeos cortos, entrecortados, hasta que ambos llegaron al límite casi a la vez. Selene tembló entre sus brazos, la voz reducida a un sollozo suave que se apagó contra el cuello de él.
***
Cuando todo terminó, Bruno la envolvió en una sábana. Seguía siendo dominante, pero ahora había una ternura nueva en sus gestos, en la mano que le acariciaba la espalda mientras ella recuperaba el aliento.
—Eres increíble, Selene —susurró.
Y ella, con una sonrisa tímida que no terminaba de creer del todo, se acurrucó contra su pecho. Escuchó los latidos de Bruno bajo la mejilla, todavía acelerados, y notó cómo poco a poco se serenaban. Por primera vez en mucho tiempo, no había nada que esconder ni nada que fingir.
Afuera, la ciudad seguía con su rumor de sábado por la noche, ajena a todo. Adentro, bajo la sábana y la luz moribunda de las velas, solo quedaba aquella entrega total, completa, y la certeza extraña y cálida de sentirse, al fin, deseada y amada exactamente como era. Mañana volvería a ser Adrián. Esa noche, en cambio, era enteramente Selene, y no quería estar en ningún otro lugar del mundo.





