La tercera vez me vestí de la mujer que soy
No era la primera vez. Ni siquiera la segunda. Pero aquella noche algo dentro de mí latía distinto, más calmo y más firme al mismo tiempo. No había prisa. No había ese miedo viejo que solía treparme por la garganta cada vez que abría el cajón de abajo. Me miré al espejo del dormitorio y, por primera vez en mucho tiempo, no vi a nadie disfrazado. Vi a Valeria.
Me tomé mi tiempo, que era lo único que esa noche me sobraba. La lencería negra que casi había olvidado en el fondo del armario me abrazó con esa mezcla de nervio y poder que no había sentido antes. Las medias me subieron por los muslos como una caricia anticipada, lentas, cuidadosas. Los tacones —más altos de lo que recordaba— me obligaban a caminar despacio, midiendo cada paso, y eso me gustaba. Me pinté los labios de un rojo oscuro frente al espejo y, cuando terminé, sonreí. Me gustaba esa sonrisa. Me gustaba esa versión de mí.
Él me había escrito dos horas antes. No era de los que lanzaban frases sucias ni iban directo al grano. Mateo tenía otra forma de hablar, más callada, casi tímida para alguien con esos hombros. Su mensaje fue breve.
—¿Esta noche? —decía, sin más.
Y yo respondí con la misma economía, pero con una intención nueva.
—Sí. Pero esta vez déjame a mí marcar el ritmo. Y ven con hambre, que hoy quiero que me la metas hasta el fondo.
Lo esperé en casa. Bajé la luz del salón hasta dejar apenas un resplandor ámbar, encendí una vela en el baño, detalles tontos que me hacían sentir elegante y no vulgar. Acomodé los cojines, aparté un libro de la mesa, me sequé las manos en una toalla porque las tenía frías. Había una parte de mí que siempre quería huir en el último segundo, apagarlo todo y mandar una excusa. Esa noche esa parte se quedó quieta, observando, sin tomar el control.
Cuando sonó el timbre, el corazón me dio un salto que sentí en la base del cuello. Caminé hasta la puerta despacio, con los tacones marcando el suelo, y respiré hondo antes de girar el picaporte.
Abrí la puerta y él me miró como si no esperara exactamente eso. Como si, por un instante, no supiera qué decir. Tenía el abrigo todavía puesto, una mano en el bolsillo y la otra a medio levantar, suspendida en el aire.
—Estás preciosa —dijo al fin, bajando la voz casi hasta el susurro.
—Lo sé —respondí, y di un paso al costado para dejarlo entrar—. Y tú vas a tratarme como tal. Preciosa y bien puta, las dos cosas.
Cerró la puerta a su espalda sin dejar de mirarme. El abrigo cayó sobre el respaldo de una silla. Me besó sin pedir permiso, lento al principio, sosteniéndome la cara con las dos manos como si fuera algo que pudiera romperse y a la vez no quisiera soltar. Yo le correspondí con las ganas contenidas de días enteros, esas que se acumulan en silencio y de pronto piden todo de golpe. Le mordí el labio inferior, se lo chupé despacio, y sentí cómo se le escapaba el aire por la nariz.
Sus manos bajaron por mi espalda, midiendo la curva, hasta posarse en mi cadera. Los dedos encontraron el borde de las medias y se quedaron ahí, jugando con la tela, sin avanzar. Le tomé la muñeca y le empujé la mano hacia dentro de la braga, guiándole los dedos hasta mi coño ya empapado. Se lo mostré así, sin vueltas, para que supiera cómo estaba. Él soltó un gruñido bajo cuando notó lo mojada que me tenía la sola idea de la noche que venía. Mis piernas temblaron, pero no de inseguridad. Era otra cosa, una especie de impaciencia que no quería apurar.
—Hoy no quiero que me veas como un experimento —le dije al oído, con la voz más baja de lo que pretendía—. Hoy quiero que me veas como la mujer que soy cuando cierro los ojos. Y quiero que me folles como tal.
No respondió con palabras. Me alzó en brazos, sin esfuerzo aparente, y me llevó al dormitorio mientras yo me reía bajito contra su cuello, sorprendida de mi propio peso volviéndose ligero. Me dejó sobre la cama con un cuidado que me desarmó más que cualquier brusquedad. Después se quitó la camisa, despacio, sin teatro, y se inclinó sobre mí. Le busqué el bulto del pantalón con la palma abierta y noté la polla ya dura, marcándose entera contra la tela. Aprete, medí el largo con los dedos, y sonreí para mí misma.
Me fue desnudando pieza por pieza, pero sin arrancar nada, saboreando cada centímetro como quien no tiene ningún lugar mejor adonde ir. Me besó el cuello, la clavícula, la curva del hombro. Bajó hasta el pecho y se demoró ahí, en esa parte de mí con la que tanto tiempo había peleado y que esa noche, bajo su boca, me hacía sentir sensual en lugar de ajena. Me chupó los pezones uno por uno, se los llevaba enteros a la boca, los soltaba con un tirón húmedo que me hacía arquear la espalda. Los mordió apenas, calibrando, y cuando gemí más fuerte los mordió un poco más, hasta dejarlos rojos, tiesos, mirándolo.
—Quieta —murmuró cuando intenté moverme—. Déjame.
Sus labios siguieron bajando, trazando una línea por el centro de mi vientre, jugando con la punta de la lengua justo donde sabía que me haría temblar. Cerré los ojos. El techo, la vela, la ciudad detrás de la ventana, todo se volvió un rumor lejano. Solo quedaba el calor de su aliento y la lentitud deliberada con la que avanzaba.
Me arrancó la braga con los dientes, tironeándola por un costado hasta dejármela colgando de un tobillo. Se detuvo, me miró sin vergüenza ni cálculo, solo con deseo, y me acarició con la lengua, primero apenas, como si me explorara. Un sonido bajo se me escapó de la garganta y no traté de retenerlo. Por una vez no quería esconder nada, ni siquiera eso. Me abrió los labios del coño con los pulgares, se quedó mirándome ahí, brillante y abierta para él, y bajó la boca de nuevo. Me lamió entera, de abajo hacia arriba, con la lengua plana y ancha, hasta cerrarla sobre el clítoris. Lo chupó, lo enroscó, lo soltó. Me metió dos dedos y los curvó buscando ese punto que me hacía perder el hilo. Encontró el ritmo enseguida: la lengua arriba, los dedos adentro, entrando y saliendo con un sonido húmedo que rebotaba en la habitación en penumbra. Le tiré del pelo, sin querer al principio, y él gimió contra mi coño, y esa vibración me atravesó como un cable.
—Espera —le dije, apoyándome sobre los codos, con el aliento hecho pedazos—. Ahora quiero yo. Quiero mamártela.
Él se echó hacia atrás, recostado contra el cabecero, y dejó que tomara el control sin discutirlo. Me arrodillé entre sus piernas y lo miré desde abajo un momento, disfrutando del modo en que su respiración ya se había vuelto irregular. Pasé las uñas largas por su muslo, rozando apenas la piel, y noté cómo se tensaba bajo mi mano. Le bajé el pantalón hasta las rodillas, después el bóxer, y la polla saltó dura, gruesa, pegándole en el vientre. Me quedé mirándola unos segundos, con la boca ya haciéndoseme agua. La agarré por la base, la sopesé, la sentí latir contra mi palma.
Lo tomé despacio, con la base de la lengua primero, subiendo sin prisa hasta la punta. Le lamí el glande en círculos, recogí la gota espesa que se le había asomado y me la tragué mirándolo a los ojos. Me gustaba esa sensación, la mezcla exacta de control y entrega que solo encontraba ahí. Me lo llevé entero a la boca, cerrando los ojos, sintiendo cómo se le escapaba un gemido grave que parecía sorprenderlo a él mismo. Bajé hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta, me quedé ahí un instante aguantando las arcadas, y volví a subir con la boca cerrada apretándolo. Otra vez. Y otra. Cada vez más profundo, cada vez más mojado, la saliva chorreándome por la barbilla y cayéndole sobre los huevos.
Sentí su mano enredarse en mi pelo, no para imponer un ritmo sino para sostenerse, como si necesitara aferrarse a algo. Eso me excitó más que cualquier caricia: notar que era yo, con mi boca y mi calma, quien lo tenía al borde. Succioné con mimo, jugando con la lengua, mientras mis manos seguían recorriéndole el vientre y los muslos. Le agarré los huevos con la otra mano y se los amasé despacio mientras seguía chupándosela, y él soltó un “joder” apretado entre dientes que me hizo reír con la boca llena. Cada vez que levantaba la vista para mirarlo, él me sostenía la mirada con una mezcla de asombro y rendición que me hacía sentir poderosa. Femenina. Deseada de verdad.
—Así, cómemela toda —dijo, con la voz rota—. Joder, cómo la chupas.
Le respondí acelerando, moviendo la mano en la base al mismo tiempo que la boca en la punta, cerrando el círculo del puño y de los labios hasta que sentí que se le tensaba todo el cuerpo. Cuando lo noté demasiado cerca, demasiado pronto, me aparté con suavidad, apreté con dos dedos la base de la polla para bajarle la ola, y subí por su cuerpo a besarlo en la boca. Que se probara ahí. Él me devolvió el control con un movimiento firme, girándome con cuidado hasta dejarme boca abajo sobre las sábanas. No fue una imposición. Fue un acuerdo silencioso, un cambio de turno que ambos entendíamos.
Me separó las piernas con delicadeza y me besó la espalda, vértebra a vértebra, bajando. Me acarició con las manos abiertas, sin apuro, y después con la lengua, paciente, hasta arrancarme un temblor largo que recorrió todo mi cuerpo. Me abrió los cachetes del culo con las dos manos y bajó la boca ahí, sin preguntar, sin pedir permiso, y me lamió despacio de abajo hacia arriba, del coño hasta más arriba, hasta hacerme temblar de nuevo. Hundí la cara en la almohada, no para callar sino porque la intensidad pedía algún sitio donde apoyarse.
—Mírame cuando puedas —dijo, y su voz salió ronca.
Giré apenas la cabeza para encontrarlo. Y entonces, sin aviso brusco pero sin titubeo, lo sentí entrar. Lento. Profundo. La polla me abrió centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos golpearme contra el coño. Con una fuerza contenida que me hizo gemir entrecortado contra la tela. Sus manos se cerraron sobre mis caderas y empezó a moverse, midiendo cada embestida, leyendo en mi respiración cuándo acelerar y cuándo quedarse quieto un instante, dejándome sentirlo todo. Se hundía hasta el fondo, se retiraba casi entero, volvía a hundirse. El chapoteo era obsceno, glorioso, y yo me apretaba contra él cada vez que embestía, pidiéndole más con el cuerpo.
—Más fuerte —le pedí, con la boca contra la almohada—. Fóllame más fuerte, no me tengas miedo.
No me lo tuvo. Me agarró del pelo con una mano, me levantó apenas el torso, y empezó a metérmela en serio, con embestidas largas que me sacudían entera, que hacían crujir el cabecero contra la pared. La otra mano me buscó el clítoris por debajo, lo encontró y empezó a frotarlo en círculos apretados al ritmo de la polla. Grité contra la almohada, se me nubló la vista, y él siguió, sin bajar el ritmo, respirándome caliente en la nuca.
Me giró de nuevo, esta vez de espaldas, para verme la cara. Me dobló las rodillas contra el pecho, me puso los tacones sobre sus hombros, y volvió a hundírmela así, con el ángulo justo para tocarme el punto donde se me deshacía todo. Me miraba mientras me follaba, y yo lo miraba a él, con la boca abierta, sin poder cerrarla, sin querer cerrarla. Me chupó dos dedos y me los pasó por los pezones, mojándolos, y después bajó la boca a chupármelos también. Yo me aferré a las sábanas, completamente entregada, sin ninguna parte de mí escondida por primera vez en mucho tiempo. No había vergüenza, no había ese cálculo permanente de cómo me veía o qué pensaba él. Solo estábamos los dos y ese vaivén que iba subiendo de a poco, como una marea que sabe exactamente adónde va.
—Córrete dentro —le dije, mirándolo a los ojos—. Quiero sentírtelo caliente adentro.
El clímax me llegó sin que lo viera venir, como una ola que rompe antes de que termines de contar las anteriores. Me convulsioné debajo de él, apretándole la polla con espasmos que le arrancaron un gruñido animal. Grité, y lo que grité fue mi nombre, mi nombre de mujer, el que yo misma elegí el día que decidí dejar de esconderme. Lo sentí estremecerse encima de mí, agarrándome fuerte de las caderas, clavándomela hasta el fondo, y después el chorro caliente de la corrida llenándome por dentro, latido a latido, mientras él gemía grave y ahogado contra mi hombro. Me quedó dentro unos segundos más, moviéndose apenas, vaciándose entero, y yo lo apreté con el coño cada vez que sentía otra sacudida.
Nos quedamos así unos minutos, sin separarnos, jadeando, escuchando cómo el corazón del otro iba bajando el ritmo. Cuando por fin salió, sentí el semen escurrirse tibio por el muslo y no hice nada por limpiarlo. No hizo falta decir nada. A veces las palabras solo estorban lo que el cuerpo ya dijo entero.
***
Más tarde, cuando se vistió para irse, lo acompañé a la puerta envuelta en una bata, descalza al fin, con los tacones abandonados en algún rincón del dormitorio. Me dio un beso en la frente, otro en los labios, y me sostuvo la cara un segundo antes de soltarla.
—La próxima la marcas tú otra vez —dijo, medio en broma, medio en promesa.
—Eso ni lo dudes —contesté.
Cerré la puerta y me apoyé un momento contra ella, sonriendo en la penumbra. Volví al dormitorio, me senté en el borde de la cama deshecha y me toqué los labios, que aún conservaban un resto de aquel rojo oscuro. Quedaba poco, una mancha apenas, pero era suficiente para recordarme la noche entera. Entre las piernas todavía lo sentía a él, espeso y tibio, y esa sensación me arrancó una sonrisa más ancha.
No era la primera vez. Ni la segunda. Pero esta vez, por fin, fui yo de verdad, sin pedirle permiso a nadie ni esperar que alguien me lo concediera. Y me dormí con esa certeza nueva, tibia, instalada en algún sitio del pecho que tardé años en encontrar.





