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Relatos Ardientes

Me vestí de mujer en el bosque y él me descubrió

Me gusta vestirme de mujer. No es solo la ropa: es lo que la ropa despierta en mí. El encaje rozándome la piel, el peso fresco de la falda corta sobre los muslos, el cosquilleo de las medias mientras las subo despacio, centímetro a centímetro. En esos minutos dejo de ser quien soy el resto del día y me convierto en Lucía. Camino distinto, respiro distinto. Quiero que me miren como mujer. Quiero que me deseen como mujer. Y, en el fondo, quiero que alguien me tome como a una mujer, que me abra las piernas y me folle como se folla a una hembra en celo.

Por eso elegí ese rincón. Un pinar viejo en lo alto de un acantilado, lejos del pueblo, donde el bosque se abría de golpe hacia el mar. Había llegado en coche por un camino de tierra y caminado un rato más, hasta un claro que conocía de otras veces. Allí no pasaba nadie. O eso quería creer.

Llevaba todo en una mochila: el vestido corto color vino, las medias de liga, un conjunto de lencería negra que me había costado decidirme a comprar, y unos tacones bajos para no romperme un tobillo entre las raíces. Lo dejé todo sobre una roca plana y empecé a desnudarme bajo el sol de la tarde.

El aire de septiembre me erizó la piel. Me vestí despacio, como un ritual, sintiendo cómo cada prenda me transformaba. Primero las bragas, después las medias, sujetando cada una a la liga con dedos algo torpes. El sujetador. El vestido, que se deslizó sobre mi cuerpo con un suspiro de tela. Me gustaba hacerlo al aire libre. Me gustaba el riesgo de ser vista, el viento acariciándome las corvas, la luz colándose entre las ramas y dibujándome sombras en la piel.

Me sentía deseable. Provocadora. Por una vez, completa.

Me apoyé contra un pino grueso, saqué un espejito de mano y empecé a pintarme los labios de un rojo profundo. Me miré: la melena cayendo a un lado, los pómulos encendidos por el frío, la boca brillante. Esta soy yo, pensé. Esta es Lucía.

Y entonces lo escuché.

Un crujido entre las hojas secas, a mi espalda.

Me quedé inmóvil, con el pintalabios a medio camino. No era un animal. Los animales no se detienen a media zancada. Esto era alguien que caminaba con cuidado, y que se había quedado quieto al darse cuenta de que yo lo había oído.

Me giré despacio.

Él estaba allí, a unos diez metros, apoyado con un hombro en otro árbol. Un hombre alto, de unos treinta y muchos, con una chaqueta de entretiempo y las manos en los bolsillos. No sé cuánto rato llevaba mirando. El tiempo suficiente, supuse, porque no parecía sorprendido por nada de lo que veía. Recorría con la vista cada curva, cada detalle de mi ropa, cada parte de mí que yo había decidido mostrar. Se detuvo un momento en mis muslos, otro en el escote, y noté cómo se le marcaba un bulto en el pantalón sin que él hiciera nada por disimularlo.

No dijo nada. Yo tampoco.

Lo lógico habría sido cubrirme, recoger la mochila, salir corriendo. Pero no me moví. No quería moverme. Sentir esos ojos sobre mí era exactamente lo que había ido a buscar al bosque, aunque jamás lo hubiera reconocido en voz alta. Sentí un tirón cálido entre las piernas, una humedad repentina que empapó el encaje de las bragas antes de que él diera un solo paso.

Se separó del árbol y se acercó, sin prisa, midiendo cada paso. Cuando llegó a mi altura olía a tabaco y a algo limpio, como a jabón. Me miró a los ojos un segundo, como pidiendo un permiso que no llegó a formular con palabras.

—No tienes que decir nada —murmuró—. Solo quédate así.

Tragué saliva y asentí apenas.

Su mano fue directa a mi cintura. Me giró con firmeza, sin brusquedad, hasta dejarme de cara al tronco. Apoyé las palmas en la corteza áspera. Sentí su cuerpo pegarse al mío por la espalda, su pecho contra mis omóplatos, su aliento caliente recorriéndome el cuello. La verga se le marcaba dura contra mi culo, separada de mi piel solo por la tela del pantalón y por el vuelo fino de la falda, y con un movimiento lento de caderas me la frotó de arriba abajo, dejándome saber lo que venía.

—Llevaba un rato observándote —dijo en voz baja, casi en mi oreja—. Pensaba que estabas sola. Estaba a punto de sacármela y hacerme una paja mirándote, ¿sabes?

—Yo también lo pensaba —contesté, y mi propia voz me sonó extraña, más aguda, más entregada—. Hazlo. Hazme lo que ibas a hacerte tú.

Se rió bajito contra mi cuello y me mordió el lóbulo de la oreja. Su mano libre bajó por mi costado, siguió la línea de la cadera y se deslizó por debajo del borde de la falda. La fue subiendo despacio, arrugando la tela contra mi piel, hasta dejar al descubierto la parte de atrás de mis muslos enfundados en las medias. Me palpó el culo entero por encima del encaje, apretándome, separándome las nalgas con la palma abierta, comprobando cada curva como si estuviera midiéndome.

Gemí. Bajito, pero claro. Un sonido que no pude contener.

—Eso me gusta —susurró—. Que te guste que te toquen así, como a una puta bien vestida.

La palabra me atravesó y en vez de ofenderme me apretó los pezones dentro del sujetador. Me acarició primero por encima del encaje, con la palma entera, sintiendo la forma de mi cuerpo bajo la tela fina. Luego apartó la prenda a un lado, sin quitarla del todo, y sus dedos me tocaron sin barreras, húmedos por su propia boca, calientes, seguros. Me abrió con dos dedos y encontró lo empapada que estaba, y soltó un gruñido de aprobación contra mi nuca.

—¿Así te gusta, Lucía? ¿Chorreando por un desconocido en el bosque?

No contesté con palabras. Arqueé la espalda y empujé hacia atrás, ofreciéndome, y eso fue toda la respuesta que necesitaba. Sus dedos entraron con un chasquido húmedo, primero uno, después dos, curvándose adentro, buscándome ese punto que me hacía morder el aire. Me follaba con la mano despacio, sacándolos brillantes, volviendo a metérmelos hasta los nudillos, mientras con el pulgar me presionaba el clítoris en círculos cortos y precisos.

—Estás abriéndote sola —dijo, casi sorprendido—. Mírate. Ya casi te corres solo con esto.

Y era verdad. Se me escapaba un temblor largo por los muslos, un anuncio, un aviso. Él lo notó y sacó los dedos justo antes, dejándome vacía, jadeando contra el tronco, con las piernas separadas y el culo levantado como una perra pidiendo.

Me bajó la prenda de un tirón hasta dejarla colgando a la altura de las rodillas. Yo jadeaba contra el tronco, las uñas clavadas en la corteza, las piernas temblándome dentro de las medias. Lo oí bajarse la cremallera, sacársela, escupirse en la mano y untarse la polla de arriba abajo. Después buscó algo en su bolsillo, rompió un envoltorio, se puso el condón con dos movimientos secos. Agradecí en silencio que tuviera ese cuidado.

—Tranquila —dijo—. Despacio.

Y aun así, cuando entró, lo hizo de una sola vez, hondo, firme, abriéndome paso hasta que sentí sus huevos golpeándome el coño por detrás. Me mordí el labio para no gritar. Él lo notó y me puso la mano sobre la boca, no para callarme del todo, sino para sostener el sonido entre sus dedos. Me llenaba entera. La polla se le sentía gruesa, caliente, empujándome contra la corteza cada vez que la metía hasta el fondo.

Las primeras embestidas fueron lentas, dejándome acostumbrar al ardor. Sacándola casi entera, dejando la punta rozándome, y volviendo a hundírmela hasta el final con un pequeño gruñido de satisfacción. Después el ritmo se volvió más profundo, más decidido. Me empujaba contra el árbol como si quisiera fundirme con la madera. La corteza me raspaba los pezones a través del vestido y me daba lo mismo. Yo me dejaba. Me abría. Me entregaba sin reservas, con la mejilla pegada a la corteza y el rojo de los labios ya corrido por el roce.

—Qué apretada estás —jadeó él, sujetándome de la cadera con las dos manos—. Estás hecha para que te la metan así, ¿verdad? Vestidita, en el monte, con las medias puestas.

—Sí —gemí—. Fóllame. Fóllame más fuerte.

No era la primera vez que algo así me pasaba en el bosque. Era apenas la segunda. Pero esta vez, lo supe enseguida, quería más.

***

Sus manos me sujetaron las caderas y marcaron un compás que no me pedía permiso. Cada vez más adentro, más fuerte. Sentía su pecho sudado contra mi espalda, su respiración rota mezclándose con el rumor lejano del mar rompiendo contra las rocas, allá abajo. Cada embestida me arrancaba un gemido nuevo, más agudo, más impúdico. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mí llenaba el claro entero, y no me importaba que las gaviotas o el viento lo escucharan.

—Eres preciosa así —murmuró con la voz ronca, los labios contra mi nuca—. Vestida, deseada, escondida en el bosque para mí. Con mi polla dentro. Toda para mí.

Las palabras me recorrieron entera. Yo solo gemía, con la cara contra el tronco, las medias bajadas, el vestido arrugado en la cintura, sintiéndome más Lucía que nunca. Me metió una mano por el escote, me sacó una teta por encima del sujetador y me pellizcó el pezón entre dos dedos, tirándomelo hacia atrás cada vez que empujaba hacia adelante. El dolor pequeño se me mezclaba con el placer hasta no distinguirlos.

Me levantó una pierna, apoyándome el pie sobre una raíz salida, y el ángulo cambió. La embestida me llegó más honda, más completa. Ahora me tocaba dentro un sitio que me hacía ver puntos blancos. Mis muslos temblaban. Ya no sabía si lo que sentía era placer puro o el límite exacto donde el placer empieza a doler, y no quería que parara ni en uno ni en otro lado.

—¿Te gusta que te tomen así? —me preguntó al oído, con la voz cortada por el esfuerzo—. ¿Que te deseen tal como eres? ¿Que te folle un desconocido contra un árbol como una guarra en celo?

—Sí —jadeé—. Más. Rómpeme.

Salió de mí de golpe y me giró contra el tronco, ahora de frente. Me miró a los ojos un segundo, con la polla brillando entre nosotros, y se agachó. Me abrió la falda con las dos manos, me apartó las bragas y hundió la cara entre mis piernas sin previo aviso. Su lengua fue directa al clítoris, con lametones anchos, calientes, insistentes. Me chupó los labios enteros, me metió la lengua bien adentro, me devoró como si tuviera hambre. Yo eché la cabeza atrás contra la corteza y le hundí una mano en el pelo, sujetándolo, dictándole el ritmo.

—Así, así, no pares —le supliqué.

Me miró desde abajo, con la boca brillante de mí, y sonrió sin dejar de lamer. Se levantó despacio, se limpió los labios con el dorso de la mano y me volvió a girar contra el árbol. Me metió dos dedos entre los labios y me los hizo chupar, y ese gesto, esa pequeña humillación dulce, fue lo que terminó de romperme. Me sacó los dedos brillantes de saliva y me la volvió a meter de golpe hasta el fondo, y con la primera embestida ya me estaba corriendo, temblando entera, con la boca llena, la mente en blanco y los ojos cerrados contra la corteza. El coño se me apretó alrededor de su polla en espasmos largos, uno detrás de otro, mientras un grito ronco se me escapaba entre sus dedos. El bosque entero pareció girar a mi alrededor.

Él no se detuvo. Siguió, más hondo, más salvaje, persiguiendo su propio final con embestidas largas que me sacudían contra el árbol. Cada golpe de su cadera contra mi culo hacía un chasquido seco de piel contra piel. Me agarró del pelo, me echó la cabeza hacia atrás y me habló al oído con la voz ya rota.

—Me voy a correr —gruñó—. Dentro. Dime dónde.

—Dentro —jadeé—. Córrete dentro, quiero sentirlo.

Lo sentí tensarse, contener el aire, clavarme los dedos en la cadera, y luego un último empuje largo y profundo mientras un gemido grave se le escapaba de la garganta. La polla le latió dentro de mí en sacudidas cortas, una, dos, tres, cada una acompañada de un espasmo suyo contra mi espalda. Se quedó dentro un instante, quieto, vibrando, con la frente pegada a mi nuca, antes de aflojar poco a poco.

Nos quedamos así unos segundos, su frente apoyada en mi hombro, las dos respiraciones agitadas confundidas con el viento. Sentí cómo se le ablandaba dentro de mí antes de salir con cuidado, con un último jadeo. Después se apartó con suavidad, no con la brusquedad que yo había temido. Me soltó la cadera y dio un paso atrás. Se quitó el condón, lo anudó, lo guardó en un pañuelo del bolsillo. Ni siquiera eso lo hizo sin cuidado.

—Gracias —dijo, y sonó sincero.

Me giré por fin. Tenía la camisa pegada al pecho y una sonrisa torcida, casi tímida para alguien que minutos antes me había sostenido contra un árbol. Se recompuso la ropa, se subió la cremallera, se pasó una mano por el pelo y me miró una última vez, de arriba abajo, como guardándose la imagen. Se detuvo un segundo más en mi boca corrida de rojo, y en el hilo de saliva y flujo que me bajaba por el interior del muslo por encima de la media.

—No suelo venir por aquí —añadió—. Hoy me alegro de haberlo hecho.

—Yo también —contesté, y era verdad.

Se perdió entre los pinos por donde había venido, sin mirar atrás, y el sonido de sus pasos se fue apagando hasta que solo quedó el mar. Yo me quedé apoyada en el tronco, recuperando el aliento, el cuerpo vibrando todavía con cada latido, el coño hinchado y latiendo al ritmo del corazón. El vestido arrugado, las medias caídas, el maquillaje hecho un desastre.

Me arreglé despacio, igual que me había vestido: como un ritual. Me limpié entre los muslos con un pañuelo, subí de nuevo las medias, alisé la falda, recogí el espejito caído entre las hojas. Volví a pintarme los labios mirándome en el reflejo, y la mujer que me devolvió la mirada estaba despeinada y radiante.

Mientras guardaba la ropa en la mochila, me prometí que volvería. No por él; probablemente no lo vería nunca más, y así estaba bien. Volvería por esto: por el bosque, por el riesgo, por la sensación de ser, aunque fuera un rato robado entre los árboles y el mar, exactamente quien quería ser.

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Comentarios(8)

GabrielRV

Muy buen relato, se siente autentico y bien narrado. Sigue subiendo!

LectorNocturno_77

tremendo inicio, me atrapo desde el primer parrafo

CristiMdo

Me encanto la tension de ese momento en el bosque. Se hizo corto, quiero saber que paso despues!

Sidilla59

Excelente!! Una de las mejores historias trans que he leido aca

NocheRara_MX

Que buena historia, me recordo a algo que viví hace tiempo aunque no tan intenso jajaja

RominaK_84

Increible relato, espero con ansias la segunda parte :)

ManuBA_88

Me gusto mucho, bien escrito y sin vulgaridades innecesarias. Mas asi por favor

LoboNocturno_ok

Woow que situacion mas excitante. La descripcion del bosque quedo muy bien lograda

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