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Relatos Ardientes

Esperé su llamada vestida con la ropa de mi hermana

A la mañana siguiente desperté con las ganas todavía pegadas al cuerpo. Lo primero que hice fue estirar la mano hacia la mesa de noche y revisar el teléfono, buscando una llamada perdida o un mensaje de Daniel. No había nada. La pantalla seguía vacía, igual que cuando me dormí.

Era domingo, y eso significaba una sola cosa: en un par de horas la casa quedaría para mí. Mi madre saldría, mi hermana saldría, y yo tendría el lugar entero. Mientras desayunaba sin hambre, no paraba de imaginar toda la ropa de Carla que podría probarme con calma, sin el corazón en la garganta por si alguien subía la escalera.

Apenas escuché la puerta cerrarse detrás de mi hermana, subí a su cuarto. Abrí el clóset y empecé a sacar lo que sabía que ya no usaba: faldas dobladas al fondo, dos vestidos con la etiqueta vencida, unos jeans que le quedaron chicos, camisones, ropa interior arrumbada en un cajón. Entre sus cosas encontré un estuche de maquillaje a medio terminar, de esos que se compran por impulso y se abandonan. Para mí era un tesoro.

No era maquillaje de buena calidad, y estaba algo reseco, pero me senté frente al espejo y practiqué. A pesar de mi torpeza, cuando terminé me quedé mirándome un buen rato. Con un poco más de práctica y un labial decente, me vería muy bien. Esa idea me dio un cosquilleo en el estómago.

Pasé toda la tarde probándome cuanta prenda pude, esperando que el teléfono sonara, que fuera Daniel pidiéndome verlo, que me besara otra vez como la noche anterior. En algún momento, parada frente al espejo con un vestido azul de flores, se me ocurrió que quizás debía tocarme ahí abajo, averiguar si eso era algo que me iba a gustar.

Busqué en el baño el aceite de bebé que mi madre solía usar y me lo llevé a mi habitación. Me acomodé en la cama, me subí el vestido, me bajé las bragas de mi hermana y abrí las piernas. Unté un poco de aceite y empecé a masajearme la entrada con los dedos, despacio, en círculos. Imaginaba que seguía con Daniel, en su cama. No solo se me endureció el pene: la manera en que me tocaba se sentía bien, mejor de lo que esperaba.

Me puse impaciente. Tenía un peine a la mano y, sin pensarlo demasiado, me introduje el mango. Eran unos doce centímetros de plástico duro, frío, evidentemente no hecho para eso. Sentí una incomodidad seca y lo saqué de inmediato.

Volví a probar con un dedo y la diferencia fue enorme. Eso sí era agradable. Acomodé el cuerpo de costado, casi en posición fetal, para meterme un segundo dedo con más facilidad, y con la otra mano me acariciaba el pene. Llegué a un orgasmo que me dejó temblando, satisfecha de una forma nueva. Lo había disfrutado de verdad.

El pánico llegó dos minutos después. Había manchado el vestido azul, demasiado, una mancha imposible de disimular. Era uno que mi hermana ya no se ponía, pero igual escondí la prenda debajo del colchón rogando que nunca la echara de menos. Cuando se acercó la hora en que todos volverían, devolví cada cosa a su lugar y pasé la noche actuando como si nada. Antes de dormir pensé: si Daniel no llamó hoy, quizás ya no lo haga.

***

La semana se arrastró con su rutina de siempre: clases, regreso a casa, y robar algún momento para vestirme. Más de una vez tuve ganas de acercarme a alguna compañera y pedirle consejos para maquillarme, para verme «bonita», pero sabía que eso era salir del clóset y yo no me sentía lista para dar un paso así.

El sábado siguiente pensé seriamente en volver a la zona roja de la ciudad. Daniel no había llamado en toda la semana y se me ocurrió que tal vez lo encontraría ahí, o que al menos podría conocer a alguien más. Pero ese día un compromiso familiar me lo impidió y tuve que conformarme con el domingo, mi día, el único en que la casa era mía y podía vestirme y tocarme sin miedo, usando tanto el pene como la entrada.

Esa semana en clases arrancó una campaña para juntar dinero para una fundación. A mí me tocó pedir donaciones en la calle. No me interesaba demasiado, pero contaba como servicio social y me quitaba un pendiente de encima. El viernes me pararon en unos semáforos algo alejados del centro, cerca de la zona industrial, donde sabía que el bote se llenaba más rápido.

Llevaba un par de horas ahí, sudando bajo el sol, cuando sonó el teléfono. Era Daniel. Me preguntó dónde estaba y le pasé la dirección casi sin respirar. Me dijo que llegaba en treinta minutos. Seguí pidiendo monedas, distraído, hasta que vi acercarse su camioneta negra. Bajó la ventanilla, me sonrió y me dijo que subiera. Lo hice sin dudarlo.

Mientras manejaba me contó que tenía muchas ganas de verme, pero que el trabajo lo había tenido enredado, que había ido a ver a sus hijos y a cerrar unos trámites del divorcio. Le dije que lo entendía, que no había problema. Y entonces, muerta de vergüenza, confesé que después de aquella noche me había despertado con unas ganas tremendas de chupársela, y que ese domingo me había vestido con la ropa de mi hermana, y que me hubiera gustado que me viera.

—Lamento no haberte conseguido ropa para hoy —dijo, mirando el camino.

—No importa —respondí—. Igual estoy todo sudado y asoleado de tanto pedir dinero.

—Te puedes bañar en mi casa, así andas más fresco.

Pasamos junto a una hilera de supermercados y se me ocurrió algo. Le pregunté si me daba dinero para comprar algo en uno de esos. Se quedó pensando un segundo y dijo que sí, pero que me esperaba en el estacionamiento. Me pasó un billete de quinientos pesos.

—Encuentra algo bonito —dijo, y me guiñó un ojo.

***

Sentía pena, pero era un supermercado lejos de mi barrio, donde nadie me reconocería. Empecé a dar vueltas para disimular: pasé por electrónica, por juguetes, hasta que llegué a la sección de ropa. Primero me quedé en la de hombres, fingiendo interés, mientras de reojo miraba la de dama, la que de verdad me podía quedar.

Esperé a que la zona de ropa juvenil para mujer estuviera vacía y eché al carro un pack de tres pantis de distintos colores. Eran lisas, sencillas, pero al tocarlas se sentía la suavidad de una prenda femenina. Seguí mirando rápido y agregué un conjunto de pijama: una blusa de tirantes y un short, ambos negros, con estampado de mariposas. Me gustó cómo se veía.

Antes de pasar por cajas tomé también una crema corporal con aroma a vainilla. Pensé que, a falta de perfume, eso serviría. Para pagar busqué una caja atendida por alguien mayor, alguien a quien no le importara lo que llevaba. Encontré a una señora de unos cincuenta años. Los nervios me apretaban el pecho; había preparado una excusa por si preguntaba para quién era —diría que mi hermana me había mandado de urgencia—, pero no hizo falta. La cajera pasó todo sin decir palabra, me sonrió y me dijo que eran cuatrocientos treinta pesos. Quizás supo perfectamente que las prendas eran para mí. No le dio importancia, y eso me tranquilizó.

Volví a la camioneta con el corazón a mil, supongo que por la adrenalina de haber comprado ropa de mujer por primera vez. Todavía no me lo creía cuando Daniel preguntó:

—¿Qué fue lo que compraste?

—Es una sorpresa —dije, abrazando la bolsa—. Ahorita lo ves.

Igual que la vez anterior, me agaché bajo el asiento del copiloto para que nadie me viera al entrar a su casa. Apenas estuve dentro, corrí al baño y me di una ducha de diez minutos que, después de horas bajo el sol, se sintió gloriosa. Me aseguré de lavar cada parte del cuerpo y, ya seco, me unté la crema de vainilla por todos lados. El olor era dulce, suave. Abrí el pack de pantis: una negra, una rosa, una blanca. Elegí la rosa. Era ajustada y cómoda, y por primera vez me ponía ropa interior que era mía.

Después vino el pijama. La blusa de tirantes me quedaba bien; el short, un poco ceñido, lo que terminó gustándome. Antes de salir me miré al espejo y vi el cuerpo de una adolescente. Con algo de maquillaje habría pasado por una sin problema. Me sentía femenina, atrevida, otra persona.

—Cierra los ojos —le pedí desde la puerta.

Me acerqué a la cama y, cuando le dije que los abriera, lo primero que hizo fue piropearme y decirme lo bien que me veía con ese pijama. Di un par de vueltas para que me mirara entero y me dejé caer sobre el colchón, a su lado. Se había quitado casi todo; solo le quedaba la ropa interior. Le dije que tenía muchas ganas de besarlo, y eso hizo. Fue un beso largo, de esos en los que las lenguas juegan a enredarse.

Mientras seguíamos besándonos, sentí cómo sus manos bajaban hasta agarrarme el trasero con fuerza.

—¿Qué vas a hacer con esas manos traviesas? —pregunté contra su boca.

—Perdón, es que no me pude resistir. Te ves bien rica con esto puesto.

Solo pude sonrojarme y dejarlo seguir. Empecé a disfrutarlo; ya tenía el pene durísimo. Se detuvo un momento y me preguntó:

—¿Ya has jugado con esto? —y su mano se demoró entre mis nalgas.

—Sí —admití—. La otra vez me metí un par de dedos, nada más.

Sonrió y siguió besándome mientras una mano se colaba dentro del short. Yo frotaba el pene contra su cuerpo, y él se acercaba cada vez más a mi entrada. Me acostó de espaldas y me quitó el short. Era la primera vez que un hombre me desnudaba. Vio cómo tenía el pene duro; no lo considero grande, mide unos catorce centímetros, y aun así me daba pena que me lo miraran.

Puso la mano derecha en mi entrepierna y noté lo grandes que tenía las manos. Con la derecha me frotaba el pene mientras con la izquierda seguía tocándome el trasero de una manera lujuriosa. Me bajó la panti, me untó lubricante y empezó a masajearme en círculos hasta que sentí cómo metía un dedo. Era distinto a cuando lo hacía sola: sus dedos eran más gruesos, más largos, llegaban más al fondo. Cerré los ojos y me entregué a la sensación. Lo escuchaba preguntarme si me gustaba y yo solo asentía con la cabeza, porque me daba vergüenza decirlo en voz alta.

Mientras seguía dentro de mí, con la otra mano me acariciaba el pene, y fue ahí donde no aguanté más. Solté mucho, más que nunca. No solo le manché las sábanas: una parte le salpicó el pecho. Le dije que lo sentía, y entonces me di cuenta de que no era un dedo, eran dos. No había notado cuándo había metido el segundo.

Pensé que querría penetrarme, así que me quedé boca arriba, con las piernas abiertas, esperándolo. Pero lo que hizo fue darme a entender que quería que se la chupara. No lo pensé mucho: me arrodillé frente a él. Todavía traía el bóxer puesto, así que se lo quité despacio, tratando de hacerlo sensual. Desde la mañana siguiente a nuestro primer encuentro arrastraba unas ganas inmensas de hacerlo.

Cerré los ojos, le di un par de besos y me lo fui metiendo poco a poco en la boca. Probé cosas distintas: con la lengua dibujaba círculos en la punta. Lo escuchaba decir que sí, que siguiera así, y por sus gestos se notaba que lo disfrutaba. A diferencia de la primera vez, cuando no esperaba que se viniera en mi boca, esta vez lo chupaba con toda la intención de sentirlo acabar. Con las manos le acaricié los testículos hasta que lo conseguí. Soltó muchísimo, igual que la otra vez, y se me derramó por toda la boca. Lo oí decir que era muy traviesa. Sonreí y fui al baño a limpiar el pequeño desastre.

Al salir me sentía lista para que me penetrara, pero, otra vez, solo me invitó a acurrucarme a su lado. Me dijo que lo había disfrutado mucho, que me veía preciosa vestida de niña, que no podía esperar a verme con más prendas. Eran las diez de la noche. Le agradecí la ropa y le dije que ya quería repetir esa tarde con él, pero que tenía que volver a casa. Se ofreció a llevarme. Me puse de nuevo mi ropa de hombre, excepto la interior: me dejé puesta la panti rosa que había estrenado con él.

—Quizás tarde otra vez en llamarte —dijo antes de arrancar—. Pero lo voy a hacer. Y esta vez vamos a llegar a más.

—Voy a esperar esa llamada con ansias —contesté.

Entré a casa, subí a mi habitación y me volví a poner la pijama nueva. Tenía un par de manchas de él y conservaba su aroma; fue extrañamente reconfortante. Dormí con esa pijama puesta y se sintió placentero. Antes de quedarme dormida me masturbé otra vez, frotándome el pene como si fuera el clítoris de una chica en plena adolescencia, imaginando la próxima vez. Esa noche dormí profundo, soñando con un teléfono que por fin sonaba.

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Comentarios (1)

NocheProfunda44

Tremendo relato, me dejaste sin palabras. Espero mas!!

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