La travesti que se rindió por primera vez
Eran las diez de la noche y Damián me esperaba desnudo, tendido sobre la cama redonda de un hotel modesto en una zona tranquila de la ciudad. Apenas se oía ruido afuera. La habitación tenía una luz tibia, dos lámparas pequeñas en los rincones y un disco viejo sonando bajito, esa música melosa de los años setenta que siempre me recordaba a las películas que veía a escondidas de adolescente. Olía bien, además. Una fragancia dulce flotaba en el aire y me ayudaba a calmar los nervios.
Lo miraba desde la puerta entreabierta del baño, dándome los últimos retoques. Él no sabía que lo espiaba. Estaba ahí, tranquilo, con una mano detrás de la nuca y los ojos clavados en el techo, esperándome para hacerme suya.
Respira, Lía. Es lo que querías.
Me revisé en el espejo una vez más. Tenía el culo recién depilado, perfumado, suave al tacto. Siempre fui de nalgas grandes y redondas, y esa parte de mí me encantaba: era lo primero que miraban los hombres. Tenía veintipocos años y todavía estaba a mitad de camino en mi educación, aprendiendo a entregarme del todo, a dejar de pensar y simplemente sentir. Esa noche había decidido cruzar una línea. Quería que Damián me abriera entera, que me llenara, y que el único placer fuera el de atrás.
Me temblaban un poco las piernas. El babydoll rojo me caía justo donde debía, los labios pintados de un rojo intenso, los ojos delineados con pestañas largas y los párpados cargados de sombra. Llevaba un hilo dental que apenas tapaba nada, ligas de encaje en los muslos, unos aretes dorados largos y una cadena fina con una medallita que me había comprado yo misma, casi como una broma privada. Los tacos negros de aguja completaban el cuadro. Era mi armadura. Cada detalle pensado para una sola cosa.
Di el paso. Salí del baño despacio, midiendo cada movimiento.
Quería que, cuando me tuviera cerca, todo en mí oliera a algo distinto. El cuello a perfume caro, los labios a menta, las piernas a cítricos, y entre las nalgas un perfume suave de rosas. Me había puesto incluso una liguita rosa diminuta sobre mi sexo, no para lucirla, sino para recordarme a mí misma que esa parte no contaba esa noche. Si llegaba al final, tenía que ser por dentro. Ese era el trato que había hecho conmigo.
Damián se incorporó de golpe al verme. Algo cambió en su cara.
—Wow —murmuró, y se le escapó una sonrisa—. Estás preciosa, Lía. Ven aquí.
Me acerqué y me dejé llevar a la cama. Me dio una palmada en una nalga, no fuerte, apenas un saludo, y noté de inmediato cómo reaccionaba su cuerpo. Empezó a hablarme al oído, cosas suaves, esas que siempre soñé que me dijeran. Me dijo que tenía un cuerpo hermoso, que le gustaba lo redonda que era, que olía a gloria. Me hablaba despacio, como si tuviéramos toda la noche, y la verdad es que la teníamos.
—Mírate —susurró, recorriéndome con la palma de la mano—. Toda una nena.
Yo me dejaba. Cerré los ojos y me concentré en sus dedos subiendo por mi espalda.
Empezó por los pezones. Me los chupó con calma, primero uno mientras frotaba el otro con el pulgar, después cambió, y siguió así un buen rato hasta que sentí que se me cortaba la respiración. Era delicioso. Cada vez que su lengua daba una vuelta, un escalofrío me bajaba por la espalda hasta donde yo quería que llegara.
Después me besó. Un beso largo, hondo, de esos que te desarman. Mientras me besaba, su mano bajó. Hizo a un lado el hilo dental, que tenía bien metido entre las nalgas, y buscó con el dedo medio mi entrada. Lo apoyó sin prisa, lo movió en círculos, y cuando lo introdujo lo hizo despacio, midiendo mi reacción. Yo gemí contra su boca.
—Tranquila —dijo—. Tenemos tiempo.
Lo metió, lo sacó, me lo acercó a la boca para que se lo chupara, y volvió a besarme. Repitió eso una y otra vez hasta que perdí la cuenta. Me estaba abriendo de a poco, con paciencia, y yo ya estaba completamente entregada, mojada de pura excitación, sintiendo cómo el cuerpo se me iba aflojando.
***
Pasamos un largo rato así. En algún momento me metió dos dedos a la vez, gruesos, y aun así entraron sin dolor. Estaba lista. Me incliné hacia él, le hablé al oído sin reconocer mi propia voz.
—Te necesito adentro —le pedí—. Por favor, ábreme. Toda.
No hizo falta más. Me terminó de desnudar y me dejó solo con los tacos puestos. Me tendió de espaldas y me pidió que lo probara primero. Tenía un sexo grande, grueso, brillante en la punta. Me lo llevé a la boca y lo recorrí entero, despacio, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Me gustaba verlo perder el control mientras yo lo tenía ahí, a mi merced. Lo chupé hasta sentirlo tan duro que apenas podía abarcarlo, y él dejó escapar un gruñido grave que me erizó la piel.
—Date la vuelta —dijo con la voz tomada.
Me puse en cuatro. Sentí su lengua antes de esperarla, y casi grito. Me recorrió despacio, una y otra vez, hasta que ya no supe dónde estaba. Cuando se incorporó, apoyó la punta y empujó.
Dolió. Por un segundo todo fue tensión y ardor, y se me escapó un quejido largo. Pero él se quedó quieto, dándome tiempo, una mano firme en mi cadera, y poco a poco el dolor se transformó en otra cosa, en una presión densa y caliente que me llenaba entera.
—Sigue —le pedí—. Así. Más.
Entonces empezó a moverse de verdad. Despacio al principio, después con ganas, y la habitación se llenó de sonidos que no podía controlar. Me tomó en varias posturas: en cuatro, contra la pared, conmigo encima cabalgándolo a mi ritmo. Me encantaba mirarme en el espejo de la habitación, ver cómo su cuerpo entraba y salía del mío, cómo me lo tragaba sin esfuerzo. Mi propio sexo colgaba húmedo pero quieto, sin endurecerse, y eso me llenaba de un orgullo extraño. Lo estaba logrando. Todo el placer venía de un solo lugar.
Damián me embistió así un largo rato, cambiando de posición, susurrándome cosas sucias entre jadeos. Yo le respondía, le pedía más, le decía que no parara. Me sentía abierta, entregada, completamente suya. Cada estocada me acercaba a algo que nunca había alcanzado de esa manera, un calor que se acumulaba muy adentro y que no tenía nada que ver con lo de adelante.
***
Al final me dio vuelta otra vez. Me alzó las piernas, me dobló casi en dos, y entró más hondo que en toda la noche. Tocó algo dentro de mí, un punto que desconocía, y de golpe todo se volvió blanco. Fue una mezcla rarísima de sensaciones, un vértigo que me recorrió de la nuca a los pies, y no me pude contener.
El orgasmo me sacudió desde adentro. Mi cuerpo se contrajo alrededor de él en oleadas, una detrás de otra, mientras yo gritaba sin pudor. Mi sexo, sin que yo lo tocara, soltó unos chorros que me cayeron en la cara y en la boca, que tenía abierta justo en ese instante. Nunca había sentido nada parecido. Era profundo, total, como si me vaciara entera.
—Dios, Lía —jadeó él, sintiendo cómo me cerraba a su alrededor—. No pares, así, justo así.
Aguantó unos segundos más y después se salió. Se lo frotó con la mano, me pidió que me arrodillara, y yo obedecí encantada, mirándolo desde abajo.
—Dámela —le dije—. Toda.
Acabó con un gemido ronco, y yo recibí casi todo. Era más de lo que esperaba; algo se me escapó por la comisura y tuve que limpiarme, pero no dejé de mirarlo en ningún momento. Quería que viera mi cara mientras terminaba.
Nos quedamos un rato tirados, recuperando el aliento. La habitación olía a sexo y tuvimos que abrir la ventana para que entrara aire. Me miré en el espejo: tenía la cara deshecha, el maquillaje corrido, y un cansancio dulce en todo el cuerpo. Estaba dolorida, sí, pero feliz.
Antes de dormir lo limpié con la boca, despacio, hasta que se quedó tranquilo. Después nos abrazamos y caímos rendidos. De madrugada me despertó otra vez, y aunque estaba irritada, las ganas pudieron más. La segunda vez fue más lenta, más íntima, y terminó llenándome por completo. Sentir aquello salir despacio fue casi tan intenso como todo lo anterior.
Por la mañana nos duchamos juntos. Damián tenía que viajar por trabajo y se fue temprano. Yo me quedé un rato más, viendo televisión sin verla, repasando cada momento de la noche como si fuera una película.
Recuerdo aquella noche como si fuera ayer. Fue mi primer orgasmo de verdad, el primero que vino entero de adentro, sin ayuda de nada más. Algo en mí terminó de acomodarse esa madrugada. Me miré una última vez en el espejo, sonreí, y supe que ya no había vuelta atrás. Mi cuerpo había aprendido un placer nuevo, y desde entonces no dejé de buscarlo.