La doctora que feminizaba a sus pacientes en secreto
El consultorio quedaba en un piso alto del centro, detrás de una puerta de cristal esmerilado sin más cartel que un apellido grabado en bronce. Quien entraba por primera vez encontraba una sala de espera impecable: sillones de cuero claro, revistas alineadas, una recepcionista detrás de un escritorio de vidrio. Nada parecía fuera de lugar. Y, sin embargo, algo lo estaba.
La mujer del escritorio se llamaba Daniela. Vestía una chaquetilla celeste abotonada hasta el cuello y una falda a juego que, al estar sentada, dejaba ver una porción generosa de sus muslos enfundados en medias de nylon. Hasta ahí, una asistente como cualquier otra. El resto la delataba: tacones de aguja de doce centímetros, uñas rojas tan largas que costaba entender cómo escribía en el teclado, labios pintados de un rojo de medianoche, pestañas postizas que pesaban al parpadear. Demasiado para un consultorio a media tarde. Demasiado, y a la vez perfectamente calculado.
Sonó el timbre. Daniela abrió con una sonrisa medida.
—Buenas tardes. Soy la señora Robles, tengo cita con la doctora Solís.
—Adelante, tome asiento. La doctora la atiende en unos minutos. ¿Le preparo un café mientras espera?
—Un café, gracias.
Daniela preparó la taza de espaldas a la visita. Lo que la señora Robles no vio fue el pequeño frasco de líquido transparente que la asistente tomó de un estante, ni las quince gotas que contó, una por una, antes de dejarlas caer en la bebida.
Mariela Robles bebió a sorbos lentos mientras hojeaba una revista. En algún momento, la taza vacía quedó sobre la mesa, la revista resbaló hasta el piso y su mirada se clavó al frente, vacía, sin un solo gesto. Cualquiera se habría alarmado. Daniela siguió escribiendo como si nada.
—¿Está lista la señora Robles? —preguntó una voz por el intercomunicador.
—Lista, doctora.
—Que pase.
***
Detrás de un escritorio igual de transparente, la doctora Renata Solís esperaba con una bata blanca que disimulaba apenas la forma de su cuerpo. Pelo negro recogido en una cola tirante, medias oscuras, tacones negros, uñas pintadas de un tono casi marrón. Una psiquiatra correcta, salvo por esos detalles que solo se notaban si uno miraba dos veces.
—Siéntese, Mariela. Y respóndame con total sinceridad.
—Voy a responder. —La voz de la mujer salía plana, sin emoción, como la de un autómata.
—¿Cómo va la relación con su pareja desde la última visita?
—Un cambio de ciento ochenta grados, doctora. Estoy conforme.
—¿Desea continuar el tratamiento?
—Es lo que más deseo.
Renata se levantó y tomó del archivo una carpeta gruesa.
—Bien. Todo lo que ocurra ahora lo olvidará al salir. Los recuerdos que queden los entenderá como una fantasía, algo que la excita y que nace de su propia mente. ¿Comprende?
—Comprendo. Lo olvidaré.
La doctora abrió la carpeta y empezó a pasar imágenes. Revistas, fotografías. Hombres maquillados con corsés y medias, dilatados con plugs, montados por mujeres que llevaban arneses. Feminización en cada página, cada una más explícita que la anterior.
—¿La excita esta imagen?
—Me excita.
—¿Le gustaría hacerlo?
—Me gustaría.
—¿Y esta otra?
—Más que la anterior.
La sesión avanzó así media hora. Renata sabía que en ese estado una pregunta no era una pregunta: era una orden disfrazada. Cuando le dijo que se sintiera libre de tocarse, Mariela se abrió la blusa sin titubear y deslizó una mano entre sus piernas, los ojos fijos en las fotos. La doctora abrió su bata y la imitó.
—Recostese en la camilla y quítese la ropa.
Mariela obedeció. De un cajón, Renata sacó un arnés con un falo de látex que replicaba cada vena, cada pliegue, hasta los testículos. Se lo ajustó a la cintura, colocó un preservativo sobre el miembro artificial y lubricó con calma.
—¿Quiere continuar?
—Por favor, doctora.
La penetró despacio, atenta a cada reacción. Mariela gemía con la mirada todavía perdida.
—¿Le gustaría hacerlo con su pareja, siendo usted la que penetra?
—Quiero hacerlo con mi pareja.
—Cuando salga de aquí, esas imágenes volverán a su mente con todo detalle. Llegará a su casa desesperada por probarlo. ¿Comprende?
—Comprendo —respondió entre jadeos.
***
Vale la pena detenerse un momento en cómo Renata Solís había llegado hasta ahí, porque nada en su biografía anunciaba a la mujer que ahora presidía aquel consultorio.
Un año y medio atrás era una profesional más, con una consulta que no terminaba de despegar, deudas que la asfixiaban y un marido —Esteban— que aportaba poco y la ayudaba menos. Una tarde llegó antes de lo previsto y escuchó ruidos inconfundibles desde el dormitorio. Pensó que lo sorprendería con una amante. Lo que encontró fue otra cosa: su hermano menor, Mauricio, apoyado contra la cómoda, y detrás de él, penetrándolo, un travesti de medias caladas y tacones imposibles. Tardó unos segundos en reconocer, bajo la peluca y el maquillaje espeso, el rostro de su propio esposo.
Renata estalló. Amenazó con irse, con denunciarlos. Mauricio le pidió calma y, con una serenidad que la desconcertó, ordenó a Esteban que se duchara y se durmiera. El hombre obedeció como un sonámbulo. Esto no es normal, pensó ella. Nadie obedece así.
Su hermano la sentó, le sirvió un café y le contó la verdad. Antropólogo de profesión, había pasado dos años conviviendo con una tribu amazónica sin contacto con el mundo exterior. Aprendió sus rituales, sus plantas medicinales. Y una en particular: una hierba que, procesada y administrada en dosis mínimas, anulaba por completo la voluntad de quien la bebía durante días enteros.
—No te creo —dijo Renata.
—Sabía que no me creerías. Por eso puse unas gotas en tu café.
La taza se le quedó en la mano. El cuerpo, inmóvil. La mente, ajena.
Lo que siguió Mauricio se lo hizo recordar, para que tuviera un testigo de sí misma. Le puso un arnés. La condujo hasta Esteban, dormido. Le preguntó si quería penetrarlo y ella, sin un gramo de voluntad propia, respondió que sí y lo hizo. Cuando despertó del trance lo recordaba todo, con una claridad que la perturbaba más que la propia escena.
—Lo que hice no estuvo bien —admitió Mauricio—. Pero esto abre posibilidades que no te imaginas. Y un poder así, en las manos equivocadas, es inconcebible.
Renata pensó en su matrimonio. En los años de desprecio. En el hombre que ahora dormía creyendo haber tenido el mejor sexo de su vida sin recordar una sola imagen.
—Me vas a enseñar todo —dijo ella, todavía con el arnés puesto, todavía sin soltarlo—. Cómo se produce, cómo se administra, los efectos. Todo. De acá en adelante, esto lo manejo yo.
***
Al principio fue moderada. Usaba la sustancia para tratar fobias, pequeños trastornos de conducta. Los resultados eran tan buenos que su agenda se llenó. Pero el poder es una droga en sí mismo: la sensación de moldear a otra persona a su antojo crecía cada día, y un día dejó de resistirla.
Esteban le había sido infiel. Renata le preparó un té con quince gotas y, cuando cayó en trance, lo reescribió de raíz.
—De ahora en más no eres Esteban. Te llamas Daniela. Serás mi asistente. Vestirás siempre de mujer, llamativa, con medias, uñas largas y tacones de aguja. Nada te dará más placer que complacerme y rogar que te penetre. ¿Está claro?
—Está claro, señora.
Salió del cuarto por última vez como Esteban. Volvió, media hora después, como Daniela: peluca oscura, cintura ceñida por un corsé, medias negras sujetas con liguero, tacones, uñas rojas. Renata la penetró sobre la mesa hasta hacerla acabar a su orden, y supo entonces que su poder llegaba incluso a eso: decidir cuándo y cómo gozaba aquel cuerpo. Le entregó un plug.
—Lo llevarás siempre. Quiero que estés lista en todo momento.
—Sí, señora.
Con los meses, de Esteban no quedó casi nada. Depilación definitiva, el pelo crecido en bucles negros, los pómulos resaltados, los labios aumentados. Una mujer construida pieza por pieza, que ahora atendía la recepción y contaba quince gotas en cada taza que la doctora le ordenaba.
***
Mariela Robles bajó del ascensor sin recordar nada de lo ocurrido en la consulta, pero con el cuerpo en llamas. Estuvo a punto de volver a casa de inmediato. Se contuvo, fue a la oficina, y allí encontró a su amiga Patricia Lemos con cara de derrota.
—¿Qué te pasa?
—Lo de siempre. Mi marido ni sabe que existo. Si al menos discutiéramos, sentiría que me ve.
—Vamos a la cafetería. Te invito algo y te desahogas.
Mientras Patricia iba al baño, Mariela tomó de su bolso un frasco que ni recordaba haber guardado y, sin pensarlo, dejó caer quince gotas en el café de su amiga. Después se descubrió guardando el envase, extrañada, y lo olvidó por completo.
Patricia habló y habló hasta que, de golpe, calló con la mirada perdida. Mariela le tendió una tarjeta.
—Llamá a esta doctora. Hizo maravillas por mi matrimonio.
—Voy a llamar a la doctora Solís.
—Hacelo ahora.
Y Patricia, ahí mismo, concertó una cita para esa misma tarde.
***
Cuando Mariela cruzó la puerta de su propia casa, su rostro cambió de golpe. El cansancio dio paso a un brillo decidido, los hombros se irguieron. La recibió una mujer de su misma edad vestida como salida de una película de los años cincuenta: falda amplia, blusa ajustada, medias con costura, tacones altos, el peinado laqueado.
—Hola, mi amor. Tengo la cena lista —dijo Roxana, que hasta hacía poco más de un mes había sido su marido.
—La cena puede esperar —respondió Mariela, una mano ya explorando las nalgas de su esposa—. Tráeme los guantes.
—Sí, por favor —Roxana sonrió—. Sabes que me encanta.
Mariela se desnudó hasta quedar en corsé, medias y tacones. Cuando Roxana volvió con los guantes de látex, se recostó dócil sobre las piernas de su esposa, ofreciendo el cuerpo. Mariela le retiró el plug y empezó despacio, un dedo, después dos, dilatándola con paciencia.
—¿Te gusta?
—No te detengas.
Jugó hasta que Roxana gimió de un modo que ninguna palabra describía. Entonces fue al cuarto y volvió con un arnés más imponente, y la tomó por detrás, lenta y firme, hasta vaciarla por completo.
—Mirá el desastre que hiciste. ¿Quién lo limpia?
—Yo, mi amor. Sabes que me encanta.
Y lo limpió, antes de fundirse con ella en un beso largo.
***
La consulta de Patricia transcurrió como las otras. Daniela contó las quince gotas, la doctora desplegó su carpeta —esta vez de dominatrices enguantadas, fustas en mano, sometiendo a hombres y travestis— y le hizo creer que su destino era ese.
—Veo en usted a una dominante en potencia —le dijo Renata—. Cambie su forma de vestir, intensifique el maquillaje, y su marido empezará a notarla. Y esta noche, vierta quince gotas exactas en su bebida. Cuando lo vea con la mirada perdida, llame a este número.
—Está claro, doctora.
Patricia salió sin recordar nada, pero con una serenidad que no sentía hacía años. Esa noche dosificó a su marido sin saber que lo hacía y, cuando él cayó en trance, marcó el número. Una voz al otro lado le dictó, paso a paso, en qué convertiría a ese hombre.
—Dentro de una semana darás una cena en tu casa —terminó la voz—. Ya sabes lo que tienes que hacer.
—Sí, ama. Voy a comenzar.
***
El viernes siguiente, Mariela y Roxana subieron al departamento de Patricia, elegantes, cada una en su papel. Les abrió una mucama de uniforme negro con volados blancos, cofia, guantes hasta el codo, medias de costura y tacones de diez centímetros, el rostro pintado con esmero.
—Buenas tagdes, segñogas —dijo con un acento francés exagerado—. Madame las espega en la sala con la doctoga.
La Patricia que las recibió no tenía nada que ver con la mujer derrotada de la oficina. Erguida, dueña de cada centímetro de su casa, en un vestido tubo negro y tacones más altos que los de su criada. En los sillones, Renata y Daniela completaban el cuadro.
—¿Y tu marido? —preguntó Mariela, mirando alrededor.
—Digamos que está de viaje. Antes de irse me dejó a Mimí. —Patricia señaló a la mucama con una sonrisa—. Es atentísima. No sé cómo vivía sin ella.
—¿Dónde la conseguiste? —quiso saber Roxana.
—En realidad —dijo Patricia, divertida—, Mimí solía ser mi marido. Encuentro esta versión de nuestra relación mucho más satisfactoria. Y al fin le doy uso a todos esos cursos de francés que nunca aprovechó. ¿Verdad, Mimí?
—Oui, Madame. Encuentgo muy placentego segvigla.
Cenaron servidas por Mimí, que entre plato y plato esperaba de pie en la puerta del comedor. Llegado el postre, Patricia la llamó.
—Mimí, sé amable y complace a nuestras invitadas.
—Oui, Madame.
La mucama se deslizó bajo la mesa y atendió a cada una con la boca, sin prisa, pasando de un regazo al siguiente. Después, ya en la sala, levantó la falda para mostrar lo que escondía: el sexo encerrado en un dispositivo de castidad, las nalgas ocupadas por un plug inflable.
—Así me aseguro de que esté siempre lista —explicó Patricia, mientras las otras tres la observaban con la misma idea brillándoles en los ojos.
Renata sonrió y dejó la copa sobre la mesa. Cuatro mujeres, cuatro maridos reescritos, y un frasco de líquido transparente que cabía en cualquier bolso. El poder, después de todo, es la única droga que nunca aburre.