Mi primera vez con una desconocida en el hotel
Llegué a Valencia un martes por la noche, con la corbata floja y el cansancio pegado a los hombros. El congreso había terminado tarde, la cena de empresa todavía más, y lo único que quería era una copa que no implicara sonreírle a nadie. El bar del hotel estaba casi vacío: dos ejecutivos murmurando sobre cifras en un rincón y una mujer sola en la barra, con un vestido negro que le caía sobre las rodillas y un cigarrillo sin encender entre los dedos.
Me senté a tres taburetes de distancia y pedí un whisky. No la miré, o intenté no hacerlo. Pero había algo en ella que tiraba de la vista, una manera de sostener el silencio que no era timidez sino otra cosa, una calma de quien sabe que tiene tiempo.
—¿Tienes fuego? —me preguntó, girándose apenas.
Su voz era grave, cálida, con un dejo que no terminé de ubicar. Busqué en el bolsillo del saco un encendedor que ni siquiera recordaba tener y se lo ofrecí. Ella se inclinó hacia la llama y, cuando levantó los ojos, me sostuvo la mirada un segundo de más.
—No se puede fumar aquí —añadió con una sonrisa—. Pero me gusta tenerlo en la mano. Me da algo que hacer mientras decido cosas.
—¿Qué clase de cosas? —pregunté, y me sorprendió mi propio atrevimiento.
—Esa clase —dijo, y señaló con la barbilla el taburete vacío junto a ella.
Me cambié de sitio. Se llamaba Marina, o eso me dijo, y trabajaba en algo relacionado con la moda que nunca llegó a explicarme del todo. Hablamos de ciudades, de aeropuertos, de lo extraño que era beber con alguien a quien no volverías a ver. Tenía las manos largas, las uñas pintadas de un rojo oscuro, y un perfume que se me metió en la cabeza y no quiso salir.
—¿Estás casado? —preguntó de pronto.
—Separado —dije—. Hace un año.
—Bien. —Bebió un sorbo de su copa—. No me gustan las complicaciones de otros. Bastante tengo con las mías.
***
No sé en qué momento se volvió evidente que subiríamos juntos. No hubo una frase, ni una propuesta, solo una serie de pausas que se fueron acortando hasta que el silencio entre nosotros dejó de ser cómodo y empezó a ser otra cosa. Marina apoyó la mano sobre mi muslo, por encima del pantalón, sin disimulo, y me miró como esperando que yo la quitara.
No la quité.
—Tengo la habitación en el séptimo —dijo.
—La mía está en el cuarto.
—La mía es más grande.
Subimos en el ascensor sin tocarnos, lo cual fue peor que tocarnos. Yo miraba los números encenderse y apagarse, consciente de su respiración a mi lado, del roce de su brazo contra el mío cada vez que el ascensor frenaba un poco. Cuando se abrieron las puertas, ella salió primero y yo la seguí por el pasillo enmoquetado como un hombre que ya había decidido perderse.
La habitación olía a flores y a algo más cálido. Marina dejó el bolso sobre una silla, se quitó los zapatos de un par de patadas y se giró hacia mí. La luz de la mesilla la dibujaba a medias: un hombro desnudo donde se le había caído el tirante, la curva del cuello, los labios oscuros.
—Ven aquí —dijo.
La besé. Sabía a tabaco y a ginebra, y me devolvió el beso con una intensidad que me agarró desprevenido, mordiéndome el labio, hundiendo los dedos en mi nuca. Le bajé el cierre del vestido despacio, sintiendo la piel tibia de su espalda bajo las yemas, y la tela cayó al suelo formando un charco negro alrededor de sus pies.
Y entonces entendí.
Marina no llevaba nada debajo del vestido. Tenía los pechos firmes y altos, los pezones duros bajo la luz, las caderas estrechas, y entre las piernas, completamente erecta, una polla que se balanceaba apenas con su respiración.
Me quedé quieto. No de asco, ni de miedo: de algo parecido al vértigo, esa sensación de estar al borde de un escalón que no esperabas. Ella me observó sin moverse, leyéndome la cara con una paciencia que ya empezaba a conocer.
—¿Quieres irte? —preguntó en voz baja—. Puedes hacerlo. No me voy a ofender.
Vete, dije por dentro. Coge el saco y baja al cuarto piso y olvida esto.
No me fui.
—No —contesté, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba—. No quiero irme.
***
Marina sonrió, y esa sonrisa lo cambió todo. Se acercó, me terminó de quitar la camisa botón a botón sin prisa, me besó el pecho, el cuello, la mandíbula. Sus manos sabían exactamente dónde apretar y dónde apenas rozar, y yo, que siempre había sido el que llevaba el ritmo, me descubrí cediéndolo sin pelear.
—Túmbate —me dijo, empujándome con suavidad hacia la cama.
Obedecí. Me tendí boca arriba y ella se subió encima, a horcajadas, sin dejar de mirarme. La sentí pesada y ligera a la vez, real de un modo que ninguna fantasía me había preparado. Me recorrió el torso con la boca, bajó por el vientre, y cuando me tomó con los labios solté un gemido que no reconocí como mío.
—Eso es —murmuró contra mi piel—. Suéltalo. Nadie te oye más que yo.
Estuvo así un rato largo, alternando la boca y la mano, llevándome al borde y reculando justo antes, como si conociera mi cuerpo mejor que yo. Yo tenía los puños cerrados sobre las sábanas, el corazón golpeándome las costillas, y una pregunta que no me atrevía a formular dándome vueltas en la cabeza.
Ella la formuló por mí.
—¿Lo has hecho alguna vez? —preguntó, incorporándose—. Del otro lado, digo.
Negué con la cabeza.
—Nunca.
—Entonces vamos despacio. —Alcanzó el bolso de la silla, sacó un sobre pequeño y un frasco—. Me lo dices si quieres parar. En cualquier momento. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
***
Me pidió que me girara y obedecí, apoyando la frente sobre los antebrazos cruzados, el pecho contra el colchón. Oí el clic del frasco, sentí sus dedos fríos y resbaladizos abrirse paso con una paciencia que rozaba la ternura. Al principio me tensé entero, todo el cuerpo en alerta, y ella debió notarlo porque se inclinó y me besó entre los omóplatos.
—Respira —dijo—. No pasa nada. Estás conmigo.
Respiré. Solté el aire largo, y con él se fue parte del miedo. Sus dedos siguieron trabajando, ensanchando despacio, encontrando un punto que me arrancó un escalofrío que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Se me escapó un sonido a medio camino entre la queja y la súplica.
—¿Ves? —susurró—. Ahí está.
Cuando por fin la sentí empujar, fue distinto a todo lo que había imaginado. Hubo un instante de ardor, de resistencia, un dolor breve y agudo que me hizo apretar los dientes. Marina se detuvo de inmediato, quieta, una mano firme en mi cadera y la otra acariciándome la espalda.
—Quieta yo, quieto tú —dijo—. Tú mandas. Cuando estés listo.
Esperamos. El dolor cedió, se volvió presión, y la presión se volvió otra cosa, algo cálido que empezó a extenderse desde el centro de mi cuerpo hacia afuera. Moví las caderas apenas, buscándola, y ese pequeño gesto fue todo el permiso que necesitaba.
Empezó a moverse. Despacio al principio, entrando y saliendo con una firmeza suave, dándome tiempo a entender mi propio cuerpo. Sus pechos me rozaban la espalda en cada embestida, sus pezones duros marcándome la piel, su aliento caliente en mi nuca. Me sostenía las caderas con las dos manos, guiándome, y yo me dejaba guiar.
—Así —repetía—. Así, qué bien lo haces.
El placer llegó por capas, sin avisar. No fue una explosión sino una marea, algo que subía y bajaba y volvía a subir un poco más alto cada vez. El dolor inicial se había evaporado por completo y en su lugar había una plenitud que me hacía gemir contra la almohada, gritar palabras sueltas que no significaban nada.
Era difícil de explicar, incluso para mí. No era solo lo físico, no era solo ella dentro de mí. Era la sensación de estar entero rodeado, dominado, sostenido por otro cuerpo que decidía por el mío. Marina me rozaba, me acariciaba, me susurraba al oído, me penetraba, y todo a la vez formaba una sola cosa que me tenía al borde de algo enorme.
***
—¿Puedo tocarte? —pregunté, con la voz quebrada.
—Hazlo —dijo—. Para los dos a la vez.
Llevé la mano a mi propia polla, dura y libre, balanceándose con cada uno de sus envites. Me toqué al ritmo que ella me marcaba, sincronizando los dos placeres, y sentí cómo todo se acercaba a un punto sin retorno. Marina aceleró, su respiración convertida en jadeos cortos contra mi cuello, sus dedos clavándose en mi cadera con una urgencia nueva.
—Me voy a correr —dijo entre dientes—. Dime que sí.
—Sí —gemí—. Hazlo. Quiero sentirlo.
Llegamos casi a la vez. Yo me corrí primero, en una sacudida que me recorrió de la nuca a los talones, todos los músculos cerrándose alrededor de ella en un espasmo que la arrastró consigo. La sentí venirse dentro, profundo, un calor que me inundó por entero mientras un gemido largo se le escapaba contra mi espalda.
Nos quedamos así un momento, ella todavía dentro, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros. Después se retiró con cuidado y se dejó caer a mi lado, de espaldas al techo, una mano sobre el pecho.
—¿Estás bien? —preguntó, girando la cabeza hacia mí.
Tardé en contestar. Tenía la sensación contradictoria de estar lleno y vacío al mismo tiempo, colmado y de pronto solo en el instante exacto en que ella me había soltado. No era tristeza. Era algo más limpio, como cuando terminas de llorar y de pronto ves todo más claro.
—Mejor que bien —dije, y era verdad.
Marina sonrió al techo. Buscó el cigarrillo que había dejado sobre la mesilla, se lo puso entre los labios sin encenderlo, y se quedó así, jugando con él entre los dedos como había hecho horas antes en la barra.
—¿Decidiendo cosas? —pregunté.
—Ya decidí —dijo—. Tú también.
***
Me quedé hasta el amanecer. Hablamos más de lo que cualquiera de los dos habría esperado, tumbados en una cama deshecha de un hotel que olvidaríamos. Me contó de su ciudad, de la gente que la había dejado de mirar a los ojos, de las pocas que habían aprendido a mirarla de verdad. Yo le conté de mi matrimonio que se había secado sin ruido, de todo lo que nunca me había permitido querer.
Cuando la primera luz gris entró por la rendija de las cortinas, me vestí en silencio. Ella se hizo la dormida, o lo estaba de verdad, con un brazo sobre los ojos y la sábana enredada en las piernas. Me incliné y la besé en la sien.
—Gracias —dije, aunque no supe muy bien por qué.
—Vuelve a Valencia alguna vez —murmuró sin destaparse los ojos.
No le prometí nada. Bajé al cuarto piso, recogí mi maleta sin deshacer, y salí del hotel al aire fresco de la mañana. En el taxi camino al aeropuerto miré por la ventanilla las calles todavía vacías y pensé que había llegado a esa ciudad creyendo saber exactamente quién era.
Me iba siendo otro. Y por primera vez en mucho tiempo, ese otro me gustaba.