La travesti que compartió mi taxi bajo la lluvia
La noche del sábado con mis amigos se había hecho corta. Quería madrugar el domingo para terminar un informe en el estudio que tenía montado en casa, así que me despedí poco después de que acabara el partido. Salí del bar pensando en lo cansado que estaba y en la cama que me esperaba.
Llovía con ganas y, como era de esperar, no había un solo taxi libre en toda la avenida. Me refugié bajo el alero de un portal y marqué el número de la central una y otra vez. A mi lado, otras tres o cuatro personas hacían exactamente lo mismo, con la misma cara de resignación.
Al final tuve suerte. Un taxi se detuvo justo frente a mí con la luz verde encendida. Le di mi dirección al conductor y me sentí afortunado. Entonces una chica que también se había guarecido de la lluvia se acercó a la ventanilla con paso rápido.
—Perdona —dijo, agachándose un poco—. Voy en tu misma dirección, está a dos calles de tu zona. ¿Te importaría que lo compartamos?
—Claro, ¿por qué no? Así nos sale más barato a los dos —respondí.
Subimos los dos, empapados, y el taxi arrancó deslizándose sobre el asfalto mojado. El interior olía a humedad y a su perfume, algo dulce con un fondo amaderado. Nos quitamos las chaquetas chorreantes y, mientras ella acomodaba la suya sobre las rodillas, no pude evitar fijarme en sus piernas. Eran largas, cubiertas por unas medias finas que la lluvia había salpicado.
Ella se dio cuenta de que yo intentaba no mirar y eso pareció divertirle. Se acomodó el pelo mojado detrás de la oreja, cruzó una pierna sobre la otra muy despacio y dejó que la falda subiera apenas un par de centímetros. Yo fingí concentrarme en el taxímetro, en las gotas que resbalaban por el cristal, en cualquier cosa que no fuera ella.
Miré un segundo de más. Lo sé porque ella me sorprendió mirando, se giró hacia mí y se inclinó lo justo para que el conductor no la oyera.
—Bueno —susurró con una media sonrisa—. ¿Te gustan mis piernas?
Sonreí, un poco avergonzado, y aparté la vista hacia la ventanilla empañada.
—¿Y no te da curiosidad lo que tengo entre ellas? —añadió.
No parecía tímida en absoluto. Yo seguía sonriendo, sin saber muy bien qué decir, pero notaba cómo el calor me subía por el cuello. La lluvia golpeaba el techo del coche y las luces de la ciudad pasaban borrosas a través del cristal.
Entonces, sin previo aviso, tomó mi mano derecha y la llevó despacio bajo el borde de su falda, entre sus muslos. Yo esperaba encontrar la tela húmeda de su ropa interior, el calor de su sexo. En cambio, mis dedos se toparon con algo firme, grueso, inconfundible.
—No te sorprende del todo, ¿verdad? —dijo, observando mi reacción con calma—. Me llaman Bianca los sábados por la noche. ¿Vamos a tu casa o a la mía?
No tenía ni idea de qué responder. Nunca había estado con una mujer trans, jamás se me había pasado seriamente por la cabeza. Pero algo entre mis propias piernas decidió por mí antes de que mi cabeza pudiera intervenir, y me puse duro como una piedra.
—A la tuya —dije con la voz más ronca de lo que esperaba.
***
El trayecto se me hizo a la vez eterno y demasiado corto. Cuando el taxi frenó frente a su edificio, ninguno de los dos dijo nada; ella simplemente pagó al conductor, me sostuvo la mirada y abrió la puerta hacia la lluvia. La seguí sin pensarlo, con el corazón latiéndome en sitios donde no debería.
Diez minutos más tarde estaba sentado en el sofá de su salón, un piso pequeño y ordenado en un cuarto sin ascensor. Bianca no parecía dispuesta a perder el tiempo. Ya en el taxi la había notado dura contra mi mano, y ahora, de pie frente a mí, se subió el borde de la falda con dos dedos.
No llevaba nada debajo.
Allí estaba, completamente erecta, y reconozco que me impuso un poco. Era larga y considerablemente gruesa, más de lo que yo había tocado nunca, y la luz tenue de la lámpara le marcaba cada vena. Me quedé mirándola desde el sofá sin moverme, con la boca repentinamente seca.
Bianca se subió al sofá, una rodilla a cada lado de mis piernas, y acercó su sexo a mi cara. No dijo nada. Solo me rozó los labios con la punta, esperando, y cuando abrí la boca empujó despacio hacia dentro.
Así que esto era lo que se sentía. El sabor cálido, el peso en la lengua, su mano apoyada con suavidad en mi nuca marcando el ritmo. Al parecer no lo hice mal, porque apenas un par de minutos después la sentí tensarse, soltó un gemido grave y noté un líquido caliente llenándome la garganta.
—Llevaba dos semanas sin correrme —dijo entre jadeos, sin apartarse—. Los tenía a reventar.
No hizo ademán de sacármela. Siguió allí, dejándome sin más opción que tragar todo lo que me daba. Después se la sujetó con la mano y apretó desde la base.
—Tu boca también sirve para dejarla limpia —murmuró—. Lámela bien.
Como en una especie de trance, recorrí toda su longitud con la lengua hasta que no quedó ni rastro. Nunca me había imaginado haciendo algo así, y sin embargo no quería parar.
Pero Bianca no había terminado conmigo, ni de lejos.
—Ahora quiero la tuya dentro —dijo.
Se dio la vuelta sin más, apoyando las manos en el respaldo, y me ofreció la espalda. Vi de nuevo aquellas piernas larguísimas y, entre ellas, un trasero firme y trabajado que se inclinó hacia mí. Con una mano se abrió y me invitó sin palabras.
Esta vez no me lo pensé. Le separé las nalgas y la lamí despacio, sintiendo cómo se estremecía con cada pasada de mi lengua. Cuando todo estuvo bien húmedo, habló de nuevo.
—Ábreme con los dedos. Despacio.
Introduje uno con cuidado y desapareció dentro de ella sin resistencia.
—Más —pidió, mirándome por encima del hombro.
Me escupí en la mano y le metí tres dedos. La sentí apretada y caliente alrededor de ellos, y para entonces lo único que yo quería era reemplazarlos por algo más. Bianca debió de leérmelo en la cara, porque se sentó a horcajadas sobre mí.
Yo tampoco estoy precisamente mal dotado, pero a ella no pareció suponerle ningún problema. Bajó las caderas muy despacio, dejándome entrar centímetro a centímetro, cada vez más hondo, hasta que quedó sentada del todo sobre mi regazo. Nunca había sentido nada tan estrecho ni tan ardiente en toda mi vida.
La agarré de la cintura, la tumbé de espaldas sobre los cojines y volví a hundirme en ella. Por la sonrisa que tenía mientras me movía, supe que lo estaba disfrutando tanto como yo. Su sexo, mientras tanto, volvía a estar completamente duro contra su vientre.
Fue demasiado para aguantar. Empujé con fuerza hasta el fondo una última vez y me corrí dentro de ella con un temblor que me recorrió de la espalda a los talones.
—Como ves, yo también la tengo otra vez a punto —dijo, todavía con la respiración agitada—. Déjame devolverte el favor.
Tengo que admitir que sentí cierto reparo. Una cosa había sido dejarme llevar con la boca, y otra muy distinta lo que ella proponía ahora. Pero después de todo lo que había descubierto esa noche sobre mí mismo, una parte de mí quería llegar hasta el final, averiguar qué se sentía del otro lado. Asentí antes de arrepentirme.
—Tengo justo lo que necesitas —dijo Bianca, y abrió el cajón de la mesita.
Sacó una hilera de bolas anales, cada una un poco más grande que la anterior.
—Ponte de rodillas, saca el culo y relájate.
***
Me coloqué a cuatro patas sobre el sofá, sintiéndome más expuesto de lo que jamás había estado, mientras ella me cubría la entrada con lubricante frío. Empujó la primera bola, pequeña, que entró casi sola. Luego la siguiente. Y la siguiente.
A la cuarta empecé a notarlo de verdad, y Bianca se dio cuenta.
—Si quieres sentir lo que tengo entre las piernas, vas a tener que aguantar un poco más —dijo con paciencia.
No sabría explicar cómo, pero terminó metiéndome las seis. Después rodeó el sofá y me ofreció de nuevo su sexo a la boca.
—Déjamela bien húmeda para tu agujero —ordenó.
Lo hice. La lamí con una entrega que me sorprendió de mí mismo. Entonces tiró con suavidad de las bolas, una a una, y la sensación de vacío me dejó temblando. Me tomó la mano y la guio hacia atrás.
—Métete unos dedos y nota lo abierto que estás.
Era cierto. Cabían tres sin el menor esfuerzo.
—Ahora hazle sitio a algo de verdad —murmuró, y noté la punta de su sexo apoyándose contra mí.
Esta vez se tomó todo el tiempo del mundo. Primero dejó que la cabeza entrara, y esperó a que me acostumbrara antes de empujar el resto, lento y constante, hasta el fondo. Me sentí completamente lleno, abierto de una forma que no conocía. Luego salió casi del todo y volvió a hundirse, marcando un ritmo cada vez más firme.
—Así se entrena —dijo junto a mi oído—. Quiero tenerte listo para la próxima.
No sé cuánto duró aquello. Sé que en algún momento, entre sus embestidas, dejé de pensar en nada que no fuera lo que estaba sintiendo. Cuando por fin se corrió, lo hizo con un gruñido largo, vaciándose entero dentro de mí.
Después me dejó lamerla una última vez, despacio, y nos quedamos los dos enredados y dormidos sobre el sofá, con la lluvia todavía golpeando los cristales.
Por supuesto, al día siguiente no hubo informe que valiera. No conseguí concentrarme ni un minuto, y cada vez que intentaba sentarme frente al escritorio, algo me recordaba con claridad cómo había terminado realmente aquella noche de sábado.