La modelo de la webcam estaba en el bar de mi hotel
Soy un hombre normal, de esos que no destacan en nada. Cuarenta y dos años, estatura media, ni guapo ni feo. Tengo pareja desde hace mucho y, como pasa en casi todas las relaciones largas, el sexo se nos volvió una costumbre más, algo que ocurre los domingos por la mañana cuando no hay nada mejor que hacer. No me quejo. Pero llega un punto en que el deseo necesita otra cosa, algo que rompa la rutina, aunque sea solo en la cabeza.
La semana pasada estaba de viaje por trabajo. Viajo bastante a Latinoamérica y suelo quedarme una o dos semanas seguidas en cada destino. Esa vez me tocó una ciudad de la costa, calurosa y húmeda, con un malecón largo donde la gente paseaba al atardecer. Había llegado un sábado y no tenía absolutamente nada que hacer hasta el lunes.
Otras veces coincido con algún compañero y salimos a recorrer la ciudad o a tomar algo. Esa vez estaba solo, encerrado en una habitación de hotel con aire acondicionado demasiado fuerte y un televisor con canales que no entendía.
Serían las seis de la tarde cuando, aburrido, abrí el portátil y me puse a ojear páginas para adultos. Terminé en un sitio de cámaras en vivo, de esos donde hay modelos atendiendo peticiones a cambio de propinas. Soy heterosexual, pero también soy curioso, y desde hace años tengo una fantasía que nunca le confesé a nadie: las mujeres trans, sobre todo las muy femeninas.
Fui pasando salas hasta que entré en la de Valeria.
Se la veía madura, segura de sí misma, con una sonrisa que parecía saber exactamente lo que hacía. Morena, de media melena, delgada, con el pecho hormonado y una voz grave y suave que arrastraba un poco las palabras. Entre las piernas tenía un bulto que ella no escondía: una polla parecida a la mía, ni grande ni pequeña. Tenía un cuerpo que quitaba el aire.
Empezamos a hablar, a tontear. Ella escribía y hablaba a la cámara, yo respondía por el chat sin video. Me fue gustando más con cada minuto. Era como estar con una mujer, pero con algo extra, una desinhibición distinta, una manera de decir guarradas sin pudor que me ponía a mil. Y esa forma latina de hablar, tan cariñosa, tan cálida, encendía todavía más.
—¿Y a ti qué te gustaría hacerme, papi? —escribió en la pantalla, y luego lo repitió en voz alta, mirando directo al objetivo.
Yo no pensaba pagar por sexo, eso lo tenía claro desde el principio. Pero se me puso dura como una piedra, y cuando se lo dije, ella se excitó todavía más. La cosa terminó como suelen terminar esas cosas: yo masturbándome frente a la pantalla, fantaseando con ella, y ella diciéndome al oído todo lo que me haría si me tuviera delante.
—Me gustaría tenerte una noche entera —le confesé, sin filtro.
—Algún día, papi. Algún día —respondió, riéndose.
Cuando terminó, me dijo que cerraba la transmisión y que esperaba verme otro día por la web. Cerré el portátil con el corazón acelerado y una sensación rara en el cuerpo. Hacía mucho que no sentía unas ganas así. Me imaginé pasando con ella todo el fin de semana, e incluso jugando con su polla, algo que nunca había hecho ni me había planteado en serio.
***
Me duché para quitarme el calor pegajoso del día y bajé al bar del hotel a tomar algo antes de cenar. El sitio era pequeño, de esos con luz tenue y un camarero aburrido que limpiaba vasos sin ganas. Pedí una cerveza y me puse a mirar el móvil en la barra.
Entonces la vi entrar.
Vestido ceñido, tacones, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros, maquillada con cuidado. No me lo podía creer. La misma mujer trans con la que había estado fantaseando media hora antes estaba allí, caminando hacia la barra, a pocos metros de mí. Una casualidad de una entre un millón. Y en persona era todavía más guapa que en la pantalla, más alta, más imponente.
Ella no tenía ni idea de quién era yo. Durante la transmisión nunca encendí la cámara, así que para ella yo era un desconocido más. Se sentó un par de banquetas a mi izquierda y pidió un cóctel.
Yo todavía tenía el cuerpo caliente y el recuerdo fresco del rato que me había hecho pasar. Antes de pensarlo demasiado, le hice una seña al camarero para que le llevara la copa de mi parte.
Cuando el camarero le dijo de dónde venía la invitación, ella se volvió hacia mí y levantó el vaso.
—Muchas gracias, caballero —dijo, con esa misma voz que reconocí al instante—. ¿Pero por qué me invita?
—Valeria —respondí, y vi cómo se le borraba la sonrisa—. Soy el de antes, el de la web. Es para agradecerte el rato que me hiciste pasar.
Se quedó pálida un segundo, sorprendida. Pero reaccionó rápido, como alguien acostumbrada a manejar cualquier situación. Se levantó, recorrió las dos banquetas que nos separaban y se sentó pegada a mí. Posó una mano sobre mi muslo, muy cerca de la entrepierna, y se inclinó hasta rozarme la oreja con los labios.
—Eso no fue nada, papi —susurró—. Nos queda mucha noche por delante.
Me dejó sin palabras. El roce de su mano, su perfume, el calor de su aliento en mi cuello. Sentí cómo todo el deseo de la tarde volvía de golpe, multiplicado.
Se incorporó y me tendió la mano.
—¿A qué esperas para llevarme a tu habitación? —dijo, ya marcando el camino hacia el ascensor con la mirada.
Yo estaba en una especie de trance. Como pude, dejé unos billetes sobre la barra, agarré su mano y caminamos juntos hacia el ascensor sin decir nada más.
***
En cuanto las puertas se cerraron, me besó. Fue uno de los mejores besos de mi vida, lento al principio y luego hambriento, con la lengua, con las manos en mi nuca. Para cuando llegamos a mi piso, yo ya la tenía dura otra vez, apretada contra la tela del pantalón.
Entramos en la habitación y me empujó sobre la cama. Se quedó de pie frente a mí y empezó a desnudarse despacio, disfrutando de cada movimiento, mirándome a los ojos. El vestido cayó al suelo. Quedó solo con un tanga negro que apenas podía contener su erección, porque estaba tan excitada como yo.
—¿Te gusta lo que ves, papi? —preguntó, girando despacio.
No le contesté. Me desnudé entero de un tirón. Mi ropa interior estaba húmeda por el líquido que había soltado de pura anticipación. Fui a tocarme, casi por instinto, pero ella se acercó y me dio un manotazo suave en la muñeca.
—Eso no se toca —dijo, con esa voz grave y firme—. Es todo mío esta noche.
Y sin esperar más, se agachó y se metió mi polla en la boca. Lo hacía con una calma que volvía loco, sin prisa, mirándome de reojo mientras con la otra mano se acariciaba lentamente. Era tal mi excitación que tuve que pedirle que parara para no terminar ahí mismo, en los primeros segundos.
Ella se rió contra mi piel.
—Ay, papi, tienes que aguantar más —murmuró—. Vamos a estar toda la noche.
Sonó casi como una orden, y por algún motivo me gustó que lo fuera.
Me dejé caer del todo sobre el colchón y ella subió encima de mí. Me besó otra vez, y al hacerlo nuestras erecciones se rozaron. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda entera, una mezcla de placer y de algo nuevo, desconocido. Se incorporó un poco, todavía sentada sobre mis caderas, y agarró las dos pollas con una mano, una contra otra, frotándolas juntas. La sensación era distinta a todo lo que había probado antes.
—¿Nunca habías hecho esto, verdad? —preguntó, leyéndome la cara.
—Nunca —admití.
—Entonces déjate llevar.
Sacó un preservativo y me lo puso ella misma, con los dientes y los dedos, sin dejar de mirarme. Luego se acomodó encima y, muy despacio, fue dejándose penetrar mientras yo le sujetaba las caderas. Empezó a moverse, a cabalgarme con un ritmo que ella controlaba por completo.
Tengo que reconocer que no duré demasiado. La novedad, la tensión acumulada de toda la tarde, su cuerpo prieto y cálido, distinto a cualquiera con el que había estado. Estaba cumpliendo una fantasía que llevaba años guardada, y encima con alguien que parecía sacada de mi propia cabeza. Me corrí mientras ella se movía sobre mí, con su polla medio dura balanceándose y una expresión de placer que me enamoró un poco.
Al notar que perdía fuerza, se detuvo con cuidado. Se levantó, retiró el preservativo y, antes de que pudiera reaccionar, pasó la lengua despacio por mi sexo, recogiendo cada gota, saboreándola sin pudor.
—¿Lo pasaste bien, papi? —preguntó.
—Increíble —contesté, todavía sin aire.
—Pues me dejaste a medias —dijo, con una sonrisa traviesa—. Yo aún no terminé. ¿Qué piensas hacer al respecto?
Y, sin preguntar, se acercó a mi cara y acercó su polla a mi boca.
Al principio no supe muy bien qué hacer. Era nuevo en eso, completamente primerizo. Pero entre sus movimientos suaves de cadera, sus palabras y los consejos que me iba dando al oído, fui aprendiendo. Ella me guió con paciencia, me dijo qué le gustaba, cómo, dónde, y poco a poco le hice algo que pareció disfrutar de verdad.
—Aguanta, papi, aguanta —dijo, gimiendo, con las piernas temblándole.
Nunca había probado el semen de otra persona. El suyo sabía distinto al mío, más intenso. Se corrió sujetándome la cabeza con las dos manos, sin brusquedad, pero con firmeza, marcando el ritmo hasta el final.
Cuando terminó, me miró desde arriba, satisfecha.
—Límpiala bien, papi —dijo en voz baja—. Toda es tuya.
Y lo hice. Pasé la lengua despacio, igual que ella había hecho conmigo minutos antes, sin dejar escapar nada.
Después se tumbó a mi lado y me besó. Fue un beso distinto a los anteriores, más calmado, casi de complicidad. En su boca quedaba el sabor de lo mío, y en la mía el de lo suyo, y eso, lejos de incomodarme, me pareció lo más natural del mundo. Nos quedamos así un rato, su cabeza apoyada en mi pecho, su mano acariciándome despacio.
—Tenemos toda la noche, ¿recuerdas? —murmuró contra mi piel.
Sonreí mirando el techo. La noche, desde luego, no había terminado todavía.