Me convertí en sissy la noche que cerré el candado
Llevaba casi un año con aquel juguete guardado en el fondo del cajón, debajo de la ropa interior que nadie más veía. Lo había comprado en un arrebato, una de esas noches en las que el deseo me nublaba el juicio y daba clic en cualquier cosa con tal de calmar la urgencia. Era grande. Demasiado grande, me decía siempre. Grueso, largo, con la superficie marcada por relieves que lo hacían parecer casi real, con venas hinchadas recorriéndolo entero y unos huevos gordos colgando en la base. Lo sacaba de vez en cuando, lo sopesaba en la mano, sentía el peso muerto de esa polla de silicona contra la palma, y un escalofrío de miedo me subía por la espalda.
No, Daniela, esa verga te va a partir el culo en dos.
Y lo volvía a esconder bajo la ropa, como quien guarda un secreto que todavía no está preparado para confesar.
Pero esa noche fue distinta. Llevaba varios días sin tocarme el coño, sin meterme un dedo siquiera, acumulando ganas hasta que el cuerpo entero me pedía a gritos. Cada hora que pasaba sin correrme me volvía más impaciente, más dispuesta a cualquier cosa. La piel me ardía debajo de la ropa, los muslos se me tensaban solos, el clítoris me latía como un segundo corazón, y la cabeza no me dejaba pensar en otra cosa que no fuera una polla, cualquier polla, metiéndose donde fuera.
Me preparé despacio. Me puse el camisón de encaje negro, ese que apenas me roza la mitad de los muslos y deja entrever el coño depilado sin mostrarlo del todo. Nada más. Bueno, nada más no: la jaula nueva. La plana, la que empuja todo hacia dentro hasta que parece que no hay nada ahí, que soy lisa como una muñeca. Pasé el candado por la argolla y lo cerré.
El «click» fue lo que me terminó de encender. Un sonido pequeño, metálico, definitivo. De pronto ya no me pertenecía. No tenía nada con qué darme placer salvo la boca y el culo, y esa certeza me recorrió el cuerpo como una descarga. Me sentí ligera. Vaciada de voluntad. Convertida en otra cosa: un agujero con jaula, dos bocas listas para tragar, una vaca de silicona esperando ser follada.
Ahora sí. Ahora soy solo eso. Un culo y una boca para chupar polla.
***
Saqué el juguete del cajón y lo pegué a la pared, a la altura justa. Se quedó ahí, firme, esperando, con la punta apuntando al frente como si me estuviera mirando. Me arrodillé frente a él sobre la alfombra, con el camisón cayéndome por los hombros y la jaula apretándome entre las piernas hasta hacerme daño. Lo miré desde abajo. Visto así, de rodillas, esa verga negra parecía todavía más grande, más imponente, como algo a lo que solo se le puede obedecer y chupar hasta atragantarse.
Empecé por la punta. Un primer roce de lengua, lento, casi tímido, que me arrancó un gemido bajito que ni yo esperaba. Recorrí toda la superficie con la lengua plana, de la base a la cabeza, saboreando la textura suave y dura a la vez. Me demoré en los huevos, chupándolos uno a uno, metiéndomelos en la boca y jugando con ellos entre los labios. Subí por la vena gruesa que le corría por debajo, siguiéndola con la punta de la lengua hasta el glande, y ahí me detuve. Le di besos húmedos, mordisquitos, lametazos anchos como si fuera un helado que se me estaba derritiendo. Cerré los ojos. Me tomé mi tiempo, como si tuviera que ganarme el derecho a más polla.
Después abrí la boca todo lo que pude y me la metí. Tuve que forzar las comisuras de los labios para que entrara. La cabeza me llegó al fondo de la garganta y sentí la presión de inmediato, esa arcada seca que te sube desde el estómago y te hace llorar. Babeé. Jadeé. Me agarré con una mano a la cintura del camisón como si alguien me estuviera empujando por la nuca, y tiré hacia delante hasta que la nariz me chocó contra la pared y los huevos de silicona me rozaron la barbilla.
Chupé como si me fuera la vida en ello. Como una perra en celo, sin dignidad, sin freno. La sacaba entera hasta la punta y me la volvía a tragar de un golpe, deep throat, follándome yo sola la garganta. No podía parar. La tenía hasta donde aguantaba, con arcadas sordas que me hacían temblar todo el cuerpo, la saliva escurriéndome espesa por la barbilla y goteando en hilos gruesos sobre el encaje del camisón hasta empaparme las tetas. Cada vez que la tragaba un poco más profundo me recorría un escalofrío de la cabeza a los pies. Se me caían los mocos, se me corría el rímel, y me daba igual. La garganta me ardía y el ardor me gustaba. Quería más. Quería que me follara la boca hasta hacerme vomitar.
—Sí, sí, así —jadeaba yo sola contra la verga—, así, cógeme la boca, úsame.
***
Pero el culo también pedía. Esa parte de mí que llevaba días reclamando atención no se conformaba con la boca. Me acordé del juguete pequeño, el de vibración, que tenía a mano. Lo cogí, le eché lubricante frío en la punta y me lo metí despacio por el ojete, sintiendo cómo mi anillo se abría para tragarlo. Un centímetro. Otro. Hasta que entró entero y solo quedó fuera la base plana. Encendí el motor.
El zumbido me volvió loca al instante. Vibraba muy adentro, justo contra la próstata, y las piernas me temblaban de tal manera que casi me caigo hacia delante contra la pared. La jaula se me apretó todavía más porque el cuerpo, encerrado y todo, intentaba ponerse dura y no podía. Ese dolor sordo era parte del juego. Cada vez que quería hincharme, el metal me lo recordaba: no eres nada, no se te para, solo puedes recibir.
Seguí con la boca ocupada mientras el pequeño zumbaba dentro de mí. Movía las caderas para que se clavara más hondo, buscando el ángulo exacto que me hacía ver luces detrás de los ojos. Chupaba, tragaba, me atragantaba, gemía con la boca llena. Era demasiado: la garganta empalada, el culo vibrando, la jaula apretada recordándome a cada segundo lo que era ahora. Un pringue transparente empezó a caer del candado sin que yo pudiera hacer nada; goteaba del metal como si el cuerpo llorara por delante lo que no podía sacar. Estaba en otro lado. Ya no pensaba. Solo sentía polla y vibración y encaje mojado.
Esto es lo que soy. Un agujero con collar. Esto es lo único que importa.
***
Me la saqué de la boca con un hilo largo de saliva uniéndome todavía a ella. Me limpié la barbilla con el dorso de la mano y me quedé mirándola brillante, empapada, esperando el siguiente agujero. Me levanté, me di la vuelta y separé las piernas frente a la pared. Me saqué el vibrador pequeño del culo con un ligero plop que me hizo gemir por el vacío, dejé la base contra el zócalo, y coloqué la punta del grande justo en la entrada de mi ojete todavía abierto. Empujé hacia atrás.
Nada. El anillo, acostumbrado al pequeño, se cerraba contra semejante bestia, demasiado estrecho para algo así. Respiré hondo. Eché un chorro más de lubricante sobre el glande, lo esparcí con la mano hasta que quedó todo brillante, me eché también entre las nalgas y volví a colocarme, empujando el culo hacia atrás con las palmas planas contra la pared.
—Vamos, Daniela —me dije en voz baja, casi sin aire—. Abre el culo, puta. Tú puedes con esta verga.
Empujé otra vez, con más decisión, apretando los dientes y forzando el anillo. Sentí cómo el músculo se resistía, cómo se estiraba hasta el límite, y de golpe cedió. La cabeza entró de un empellón y se me escapó un gemido largo, animal, que vino del fondo del pecho y me sacudió entera. Sentí cómo me abría por dentro, cómo el esfínter se rendía donde un segundo antes no había forma de pasar. Unos centímetros más y ya no era solo la cabeza: era el tronco entero, grueso, marcado, imparable, empalándome centímetro a centímetro.
Lo hice. De verdad me la metí. Tengo una polla en el culo.
Me quedé quieta un instante, sosteniéndome contra la pared con las dos manos, respirando entrecortado, el sudor bajándome por la espalda hasta la raja del culo, asimilando lo que acababa de pasar. Me sentía abierta de una forma que no había sentido nunca. Abierta y, a la vez, llena. Podía notar cada relieve de la silicona pulsando contra mis paredes, como si la verga tuviera corazón.
***
Seguí. Centímetro a centímetro, empujando el culo hacia atrás, dejando que entrara más. Notaba cada relieve raspándome por dentro, cada vena marcándose en su recorrido contra mis paredes, la cabeza gorda abriéndose paso hacia el fondo. El roce era intenso, casi áspero porque el lubricante empezaba a secarse, pero era justo esa fricción la que me llevaba al límite. Me gustaba forzarme. Estirarme. Sentir el ardor y el pinchazo. Sentir que no tenía más remedio que aceptarla, que mi ojete había sido hecho para tragar polla aunque me doliera.
Cuando quise darme cuenta tenía la mitad dentro. Sudaba. Gemía contra el yeso de la pared con la boca abierta, dejando manchas húmedas de saliva y aliento. Me sentía usada, dominada, reducida a una sola función: un culo para follar. Era larga. Era gruesa. Si me la metía entera iba a quedar empalada del todo, atravesada de lado a lado. Pero ya había llegado hasta ahí y la quería completa, la quería hasta que la base me chocara contra las nalgas. No me iba a conformar con menos.
Empecé a moverme. Adelante y atrás, despacio, marcando yo misma el ritmo, follándome contra la pared. Cada vez que retrocedía la sentía más adentro, arañándome por dentro. Cada vez que me apartaba, mi culo la echaba de menos antes incluso de soltarla del todo, se cerraba sobre el vacío pidiéndola de vuelta. Era una sensación nueva, la de necesitar de inmediato lo que un segundo antes me estaba partiendo. Me sentía exactamente lo que quería ser esa noche: una sissy entregada, una perra con jaula, sin más voluntad que la de dejarse llenar el ojete.
—Más, más, más —jadeaba mordiendo el aire—, méteme la verga entera, hasta los huevos, rómpeme.
***
Me armé de valor y empujé hasta el fondo. Lento, pero sin frenar. El culo me ardía, el anillo me quemaba, pero seguí bajando, dejando que la gravedad y mi propio peso hicieran el trabajo. Y por fin llegó. La base aplastada contra mis nalgas, todo el cuerpo del juguete enterrado donde antes pensaba que no cabría jamás, los huevos de silicona chocando contra la piel de mi entrepierna enjaulada. Llena. Completamente llena. Podía sentir la punta muy adentro, en un sitio al que nunca nadie había llegado.
Me quedé así unos segundos, temblando, con el camisón de encaje resbalándome por un hombro y el candado todavía cerrado entre las piernas, goteando lubricante y transparente a partes iguales, recordándome que esto era lo único que tenía permitido. Cerré los ojos y me dejé caer en la sensación. No había prisa. No había nada que perseguir salvo el placer de estar tomada hasta el fondo, empalada como una muñeca.
Después saqué casi todo, hasta que el ojete quedó abrazando solo la cabeza, y volví a metérmela de un golpe seco. Una vez. Otra. Desde la punta hasta la base, una embestida tras otra que yo misma me daba contra la pared, con las nalgas chocando contra los huevos falsos con un ruido húmedo y obsceno. Cada movimiento me abría un poco más, me llenaba un poco más, me hundía un poco más en ese papel que había elegido. Gemía sin control, con la boca abierta y la lengua fuera. Pedía más en voz alta, a nadie, aunque ya estuviera al borde de lo que aguantaba. Sentía la próstata golpeada a cada bajada, un latigazo de placer sordo que me subía por la columna y me hacía chorrear más pringue del candado, un charco pequeño y brillante entre mis rodillas.
Más. Aunque me destroce el culo. Sobre todo si me lo destroza.
***
Paré porque me quedé sin lubricante y empecé a notar que el roce ya no era placer puro, que un poco más y me iba a hacer daño de verdad, romperme por dentro. Me detuve a tiempo. La saqué despacio, con cuidado, sintiendo cómo mi cuerpo se cerraba de nuevo poco a poco, cómo el anillo se iba encogiendo alrededor del tronco a medida que salía, vacío otra vez después de haber estado tan lleno. Cuando la cabeza salió del todo, el ojete se quedó unos segundos abierto, laxo, sin cerrarse, una bocanada de aire fresco donde antes había habido silicona.
Me quedé de rodillas sobre la alfombra, respirando fuerte, con un ardor dulce que me recorría por dentro. Un dolor suave, agradable, la prueba de que me había abierto bien, de que había un antes y un después. Me sentía follada de verdad, follada como no lo había estado nunca. No me había corrido —con la jaula cerrada no había forma, ni un chorro de leche podía salir de ahí—, pero no me hacía falta. Estaba satisfecha de una manera distinta, más honda. Marcada por dentro. La polla ya no estaba pero la sensación seguía, como si me hubiera quedado un fantasma dentro llenándome todavía.
Me giré y la miré, todavía pegada a la pared, brillante, con hilos de baba y lubricante colgándole. No me lo podía creer. Me la había metido entera, hasta los huevos, a la primera, con apenas un juguete pequeño de preparación. Como si mi culo llevara todo ese año esperando justo esta verga.
***
Decidí que no me iba a tocar lo de delante en unos días. Me quedaría con la jaula puesta, con el candado cerrado, dejando que la excitación se acumulara como antes pero peor. Quería pensar en esto a todas horas. Quería que el recuerdo de la polla partiéndome el culo me persiguiera en el trabajo, mientras cruzaba las piernas debajo del escritorio y notaba el ojete todavía sensible; en la cama, mordiendo la almohada con las manos atadas a la cabecera imaginaria; en la ducha, con el agua caliente cayéndome sobre la jaula sin poder tocarme. Quería que cuando volviera a jugar estuviera tan cachonda, tan desesperada, que pudiera montarla más tiempo, más despacio, más profundo. Cabalgarla mirándome al espejo, viendo entrar y salir esa verga por mi culo hasta el fondo.
Hasta correrme algún día solo con el culo lleno y la boca vacía pidiendo más polla. Una corrida seca, sin tocarme, sin necesidad, expulsada solo por la próstata martillada hasta rendirse. Porque eso es lo que soy ahora, lo que descubrí esa noche frente a la pared, con el encaje resbalándome por los hombros, la saliva colgándome de la barbilla y el metal frío chorreando entre las piernas: una mujer con candado que solo vive para abrirse de culo y dejarse follar.
Y por primera vez en mucho tiempo, supe exactamente quién era.