Soy trans y dejé entrar al desconocido del chat
¿Cómo andan? Me presento: soy Renata, trans y totalmente pasiva, y quiero contarles algo que me pasó hace poco, todo por culpa de un chat del Gran Buenos Aires. De esos lugares donde una entra a matar el tiempo y termina con el corazón acelerado.
Soy bastante de los chats, me gusta charlar, conocer gente, escuchar historias. Hay de todo, créanme. Pero a veces una conversación tonta deriva en una sorpresa muy linda. Una de esas tardes conocí a un tal Martín. Intercambiamos un par de mensajes y, la verdad, no me gustó cómo arrancó. No soporto que me digan «diosa» o «mi amor» de entrada, sin conocerme de nada. Se lo dije sin vueltas y dejé de contestarle.
La cuestión es que insistió en hablar por teléfono. Bueno, veremos, pensé. Y hablamos. Era un muchacho alegre, medio desordenado, pero buscaba algo parecido a lo que buscaba yo. Charlamos de cosas livianas, de dónde era cada uno. Yo vivo en Quilmes y él en Berazategui, así que tampoco estábamos tan lejos. Nos pasamos los números de WhatsApp y, como ya era tarde, dejamos la charla para otro día. Nada del otro mundo, me dije.
***
Al día siguiente, cerca de las dos de la tarde, me llegó un mensaje suyo con una foto. Él, sentado, con la verga parada y bien a la vista. No me gustó nada.
—¿Qué es eso? —le escribí, seca.
—Uy, perdón. ¿No te gustó?
—¿Cómo me va a gustar? Si quisiera algo así, salgo a la calle ahora mismo y lo encuentro en dos minutos.
Borré la foto. Me pareció un desubicado. Que conste: lo que vi me gustó, pero hay que mantener las formas, ¿no?
Me llamó cuarenta minutos después. Al principio no quería atender, pero al final cedí. Me pidió disculpas, me juró que él no era así, que por favor lo perdonara, que no lo volvería a hacer. Bueno, lo perdoné. Me dio su palabra de no desubicarse más, y quedamos en charlar a la noche.
Esa noche el muchacho divertido y despreocupado le dejó lugar a uno más maduro. Seguía con su alegría, pero tenía un par de cosas claras sobre lo que quería. Me gustó. Así que arreglamos para vernos al otro día.
***
Elegí mi casa, por seguridad. Estaría más cómoda, hay una garita de vigilancia en la esquina y sería tipo cuatro de la tarde. A él no le venía mal. Le aclaré de entrada: nada de drogas ni alcohol, todo tranquilo. Si quería tomábamos unos mates o unas cervezas, lo que saliera. No propuso nada raro: solo quería verme.
La verdad, quedé muy ansiosa. Esa noche me costó dormir; fantaseaba con el encuentro, con esa verga larga y gruesa que me había mostrado sin permiso.
No me arreglé más de lo necesario. Elegí un vestido blanco cruzado, con cuello, de manera que mis hombros quedaran desnudos y mis piernas también, hasta arriba de la rodilla. Algo sobrio. Tengo el pelo largo color chocolate, la piel muy blanca, casi de porcelana. Una base discreta, lápiz labial bien rojo, y nada más. Cada dos por tres miraba el celular para ver si ya andaba cerca.
A las tres y media estaba en la puerta. Me asomé y me sonrió. Venía con una remera celeste, una gorrita y un jean, nada del otro mundo. Delgado, bronceado, más alto que yo, cosa que me encantaba. Yo ya tenía el mate listo. Nos dimos un beso en la mejilla y él apoyó la mano en mi cintura —ese primer roce me gustó de verdad— y nos sentamos en el sofá del living, frente a la mesa ratona donde dejé el mate.
Nos gustó a los dos lo que vimos. Él era simple, campechano, medio tímido. Estaba nervioso y se le notaba: que viajó bien, que hacía calor, esas cosas.
—Acá estamos —le dije con una sonrisa.
No necesito disfrazar mi voz; naturalmente es muy grave y sensual. Nos confesamos que éramos algo distintos a las fotos. ¿Y quién no lo es? Nos reímos, hablamos de gustos. Estábamos los dos sentados, nuestras rodillas se chocaban, y él se iba acercando de a poco, cada vez con el cuerpo más cerca del mío. De alguna forma lo sorprendí siendo como soy; quizá esperaba algo más lanzado. Me gustó cómo supo ubicarse, cómo dejó que la charla fluyera. Se fue sintiendo cómodo y yo cada vez mejor. Por dentro me moría, pero por fuera irradiaba aplomo. Recogí las piernas sobre el sofá y apoyé el brazo en el respaldo, a la altura de él. Me reí, sonreímos a la vez, y entonces él me puso la mano en la pierna.
—Gracias por no bloquearme —me dijo.
—No te iba a bloquear. Solo quería que supieras qué clase de mujer soy.
—Sí. Perdoname, ¿está bien?
—Está bien —le dije, poniendo mi mano sobre la suya, y con la otra le acaricié el pelo. Tomé su mano y la dejé sobre mi pierna.
***
Se hizo un silencio. Yo miraba sus manos. Después de unos segundos eternos, se acercó y me besó muy suavemente. Quedé con los labios entreabiertos, mirándolo con deseo. Se apartó apenas para verme y volvió a besarme, esta vez con una mano detrás, en mi cintura.
—Sos hermosa —me dijo, acariciándome las piernas.
Dejé mis labios a su merced. Me besó dulce, lento, metiéndome la lengua despacio, y yo, sumisa, dejé que me abrazara fuerte. Me gustaba su porte, me gustó acariciarle los brazos desnudos. Él seguía y me besó el cuello, los pómulos, cada centímetro que encontraba.
Con las dos manos me fue bajando el vestido, muy despacio, besando cada parte de piel que iba descubriendo. Me encantó esa suavidad.
—Te amo, Renata —me susurró contra los hombros, mientras sus manos firmes recorrían todo mi cuerpo.
Suspiré. Y ese suspiro lo volvió loco. Me atrajo hacia él con fuerza y me besó tan bien que perdí la noción de todo. Mis manos buscaron su bulto y lo acaricié por encima del jean, mientras él bajaba a mi cuello, me apretaba el pecho, me mordía los pezones. Eran mordiscos dulces, suaves, y yo le acariciaba la cabeza para que siguiera, gimiendo bajito. Le levanté la remera y se la saqué. Lo empujé despacio contra el respaldo, lo miré, y lo besé dejándolo extendido para mí, para besarlo y lamerlo entero.
Con la punta de la lengua hice un recorrido desde el cuello hasta esa verga que yo misma liberé al correrle el pantalón. La besé con ternura, de una manera que lo enloqueció, y la fui chupando mientras mis manos le recorrían el cuerpo. Le llegaba a los labios y él me mordía los dedos. Bajaba de nuevo, le apretaba los muslos, los mordía. Qué sumisa me sentí, qué entregada. No me importaba nada más que ese momento.
Me quedé mirando esa verga, suspiré, le di besitos.
—Vení, Rena, por favor —me dijo, casi un quejido.
Obediente, fui hacia él y me senté sobre su vientre. Me terminé de sacar el vestido. No lo esperaba: me agarró de la cintura, se incorporó y me mordió los pechos. Le pedí que siguiera; dolía, pero no me importaba, mientras su verga buscaba mi entrada. Yo movía las caderas para acomodarme, mirándolo, y él me miraba y me decía que me amaba, que era hermosa, que le encantaba lo que hacíamos.
—¿Te gusta así? —le susurré, con voz de inocente.
Me mordía por todos lados, mordidas tibias y dulces, y yo me quejaba gimiendo, lo que a él lo prendía más.
Y fue entrando en mí, tan suave pero firme que solté un grito de placer. Bajé los brazos, me movía sola, con los ojos cerrados, y sentía sus manos en mis pechos como si quisiera quedárselos.
—Te siento, mi amor —susurré.
—¿Te gusta así, nena?
—Sí, mi amor, me gusta mucho. Seguí, por favor, seguí.
Le rogaba casi a los gritos, y él empujaba moviendo mis caderas para sentirlo mejor. Me arqueé hacia él, me sujetó fuerte y me dijo al oído que no aguantaba más, que iba a acabar adentro.
—Por favor —le supliqué—, quiero sentirte.
Y acabó. Sentir ese calor en mis entrañas fue de otro planeta; gemí como nunca, y él también. Se acercó, me apretó contra su pecho y mordió donde pudo.
***
Me senté a su lado, tomándome de la cintura para quedar cerca. Me besó los hombros, después por detrás. Apoyé la cabeza en su hombro y él me acariciaba. Quedó detrás de mí, arrodillada yo, con todo el cuerpo recostado contra el suyo. Qué lindo es sentir a tu hombre así, abrazándote con los dos brazos como si tuviera miedo de que te vayas.
—Me encantó —me dijo, casi sin voz.
—A mí también —le contesté, acomodándome mejor.
—La verdad, menos mal que te pedí disculpas.
Me hizo reír.
—Sí, y yo las acepté. Espero no equivocarme —le dije, haciéndome la quejosa.
Me abrazó fuerte.
—No te vas a equivocar, Rena. Siento que te amo desde que hablamos.
No dije nada. Me asustó un poco lo que decía.
—Quiero que me hagas tu mujer, enteramente —solté.
Eso lo excitó. Sentí su verga empezar a despertar otra vez.
—Te juro que lo voy a hacer, te lo prometo —dijo, como asustado—. No te quiero perder.
Y me besó el cuello, me mordió el hombro.
—Yo tampoco quiero perder nada de esto, mi amor —le susurré, apoyándome más contra él—. Hacé de mí lo que quieras.
***
Me corrí un poco hacia adelante y me apoyé en el apoyabrazos del sofá, ofreciéndome entera, totalmente rendida. Tomé su mano y la llevé a mi cola. Empezó a masajearme y yo me deshacía.
—Por favor, hacéme tuya otra vez —le susurré.
Se acercó y empezó a usar la lengua, despacio, y después la mano. Qué sensación hermosa.
—Dame tu verga —le reproché casi gritando.
Se incorporó y la fue rozando contra mí mientras su mano me preparaba. Bien sumisa, con los ojos cerrados, gimiendo, escuchando su respiración. Lo tenía agarrado de las nalgas, atrayéndolo, y él no podía moverse más que para gemir.
Entró tan bien que solté un grito largo. Me abrazó por detrás, me tenía sujeta, encadenada a él, y cómo grité, cómo me perdí.
—Mi amor, dame más, por favor.
—Te voy a coger todos los días, ¿querés?
—¡Sí! —le grité.
Lo ocupaba todo. Me mordía la espalda, el cuello. Yo le mordía las manos, él me devolvía cada mordida con un beso.
—Quiero que seas solo para mí —me dijo.
—Soy tuya, Martín, toda tuya —repetí no sé cuántas veces, casi con lágrimas, sintiendo esa verga larga hasta el fondo.
Y volví a sentir el torrente caliente dentro de mí. Maravilloso.
—Te amo —le grité.
—Te amo —me devolvió.
—No la saques, por favor, seguí.
Y siguió, ya no tan duro, pero siguió, hasta que casi se desmaya sobre mí y yo con él. Me di vuelta y lo abracé yo, porque terminamos exhaustos, fundidos, respirando entrecortado, pero abrazados.
***
Nos acariciamos un buen rato, preguntándonos a cada momento si estábamos bien. Parecía raro, pero ninguno de los dos quería despegarse del otro. Martín era un buen muchacho, como dije: divertido, alegre. No tenía más que palabras de agradecimiento por no haberlo bloqueado; pensaba que había sido un gesto de humanidad el mío. De a poco la respiración volvió a la normalidad.
Yo no quería separarme de ese cuerpo, y se lo dije. Él me besaba con una ternura que me derretía. Era mucho pedir, pero quería más. Y Martín lo supo.
Empecé a lamerle el cuello y fui bajando con la lengua por todo su cuerpo. Él suspiraba. Volví a estar frente a esa verga, blanda ya, obvio, pero le besé todo, le pasé la lengua, la mordí suave. Martín se prendió de nuevo, me agarró la cabeza y me hundió contra él.
—Seguí, mi amor —me rogó—, es toda tuya.
Y fue reaccionando de a poco. Me encantaba tenerlo así, sin apuro; me hubiera quedado toda la tarde. Seguí hasta que lanzó un grito y el calor me inundó la boca. Lo fui tragando despacio, sin separarme, apretándolo contra el paladar. Cómo gritó. Y cómo me gustó ser tan suya.
Quedó tumbado boca arriba, fundido de verdad. Le lamí las piernas y con la lengua volví a recorrerlo hasta llegar a sus labios. Me besó tierno, abrazándome, y apoyé la cabeza en su hombro, con la mano todavía sobre él.
—¿Te gustó, mi amor? —le dije al oído, como un secreto.
Me abrazó fuerte.
—Sos increíble. ¿Cómo hago para que seas mía para siempre? ¿Cómo hago para tenerte siempre y que vos lo quieras?
Yo lo acariciaba, sintiéndome tan bien.
—Yo ya lo quiero —le dije, bajito. Y me quedé ahí, sobre su hombro. Después, con tono inocente, le pregunté—: ¿Te querés quedar hasta la noche? Quiero más.
Le gustó la idea. Me besó.
—¿Qué te gustaría, Rena?
—Que me hagas enteramente tu mujer. Quiero verte en tu papel de macho —le dije, casi rogando.
Y así fue. Nos quedamos hasta el día siguiente.
Pero esa ya es otra historia.