La noche que Sandrine me hizo sentir mujer
Mi primer amante de aquella época se llamaba Gérard, tenía poco más de sesenta años y vivía en un pueblo a una hora larga de la ciudad. Estaba casado, aunque eso a esas alturas ya no le quitaba el sueño a nadie. Me había invitado a tomar algo en un local que dos noches por semana abría sus puertas a lo que ellos llamaban, con cierta solemnidad, el tercer género. Era un sitio discreto, escondido en una callejuela del centro histórico, un punto de encuentro entre travestis que frecuenté durante años y que terminó cerrando definitivamente hace ya tiempo. Las amistades que hice allí, sin embargo, todavía perduran.
No dudé en aceptar la invitación. Gérard me había dicho que en el club había un cuarto donde podía cambiarme de ropa, pero insistió en retarme: quería ver si era capaz de salir del hotel vestida como una mujer, recorrer media ciudad así y entrar al local por mi propio pie. Decía que él me acompañaría todo el tiempo y que allí nadie me faltaría al respeto.
—Vas a ir de mi mano —me prometió—. Nadie te va a mirar mal. Y si lo hacen, no me conoces a mí enfadado.
Imposible olvidar la fecha. Fue un miércoles de principios de otoño, hace ya muchos años. Crucé diez estaciones de metro y varias calles agarrada del brazo de Gérard, con un vestido muy ajustado de dibujos geométricos en beige y negro —había sido de mi ex— y unos botines recién estrenados que todavía me apretaban un poco. Debajo llevaba un conjunto de lencería con estampado de leopardo, el sujetador relleno para marcar una silueta que no tenía, y unas medias autoadhesivas que me hacían sentir desnuda y vestida al mismo tiempo. Iba perfectamente maquillada. Recuerdo que, cada vez que me veía reflejada en los escaparates de las tiendas, me invadía un orgullo que no sabía de dónde salía.
Sandrine era una travesti de unos cuarenta y tantos, la encargada del club, o quizá la relaciones públicas, según se mirara. Se acercó a nosotros apenas cruzamos la puerta. Al principio habló sobre todo con Gérard, con la familiaridad de quien lo había visto entrar mil veces. Pero en cuanto se dio cuenta de que no éramos una pareja estable, de que yo era nueva y andaba un poco perdida, sus palabras y sus gestos empezaron a dirigirse cada vez más hacia mí.
Nunca habría pensado que pudiera resultar tan atractiva, tan deseable, para tanta gente distinta cuando me presentaba como mujer. Gérard, por su parte, había decidido claramente cambiar de planes aquella noche: lo vi tontear con varias de las chicas, pasándolo en grande, sin preocuparse demasiado por mí. No me molestó. Allí dentro las reglas eran otras.
A Sandrine la reclamaban de un lado y de otro por cuestiones del local, pero en un momento se acercó a mí, me apartó el pelo de la oreja y me susurró con una sonrisa pícara:
—No te me escapes.
Lo bueno de aquellos lugares era eso: aunque nada estuviera hablado de antemano, todo el mundo entendía a qué iba el otro, y nada sorprendía ni incomodaba. Tuve varios acercamientos de algunos hombres y de un par de chicas trans, pero Sandrine estaba atenta a todo y a todos, y siempre llegaba a tiempo para rescatarme con cualquier excusa.
El club cerraba a las dos de la madrugada. Para entonces yo ya había coqueteado con media docena de personas, casi todas travestis como yo, y había chupado un par de pollas en un rincón en penumbra, con el corazón latiéndome en la garganta. Cuando bajaron las luces quedábamos siete dentro. Salvo otra crosdresser y yo, el resto tenía algo que ver con el local.
***
Alguien pasó una manguera con agua por un espacio que yo no había visto antes: una sala oscura, con colchonetas de skay en el suelo y una pantalla de vídeo enorme cubriendo una pared entera. Fue entonces cuando Sandrine se acercó a mí con la clara intención de no separarse en toda la noche. Habían encendido algunas luces generales y, aunque era evidente que me llevaba casi veinte años, me resultaba enormemente atractiva. Había algo en su manera de moverse, en la seguridad con la que ocupaba el espacio, que me desarmaba.
Terminamos sobre las tres de la madrugada en su casa: ella, yo y tres amigas más. No sé si era la calentura del momento, pero a mí me parecían todas perfectas. Una de ellas tenía la edad de Sandrine —después supe que rondaban los cuarenta y siete las dos— y las otras eran más jóvenes, de mi quinta. Al principio fue una maraña de besos y abrazos, manos que no sabías de quién eran, risas en voz baja. En un momento Sandrine me preguntó si me importaba que grabara con la cámara de vídeo.
—Solo para nosotras —dijo—. Para verlo cuando seamos viejas y feas.
Por entonces nadie imaginaba que todo acabaría siendo tan viral y público como lo es ahora, así que no me preocupé por las consecuencias futuras. Tampoco me arrepiento hoy. Que yo sepa, de mi entorno solo han visto algo aquellas personas a las que se lo he mostrado yo misma.
En pocos minutos, apenas dos sorbos de champán, las cinco estábamos en ropa interior. Todo me resultaba extremadamente morboso, y la forma en que Sandrine me miraba prometía una noche muy especial. Su polla era gruesa y larga, más que la mía, y me acerqué a ella para acariciarla despacio, sintiéndola crecer en mi mano. Las otras tres se habían acomodado en el sofá: una sentada, otra de rodillas en el suelo mamándosela, y la tercera sujetando la polla de la primera para llevarla justo donde la quería.
Sandrine me condujo al sofá. Me puso de rodillas sobre él, con los brazos apoyados en el respaldo, y sentí la punta de su glande revoloteando alrededor de mi ano, sin prisa, tanteando. Me incliné hacia mi derecha para besar en la boca a la que estaban chupando, y en ese mismo instante noté cómo Sandrine entraba en mí hasta el fondo de una sola embestida. Joder, qué maravilla. Estuvo dentro doce o quince minutos, llevándome al cielo, hasta que salió de golpe.
Antes de que pudiera reaccionar, otra de las chicas ocupó su lugar y me penetró hasta que su pelvis chocó contra mis nalgas. Dijo algo sobre que mi culo era perfecto y empezó a follarme con intensidad, con movimientos rápidos, entrando y saliendo mientras me agarraba las caderas con las dos manos. Me estaba llevando al límite. De repente se quedó inmóvil, apretando su pelvis contra mí, y sentí con total nitidez cómo se vaciaba dentro. Yo todavía no me había corrido.
Salió despacio, se quitó el preservativo y lo escurrió sobre mi espalda usando los dedos como pinzas para no desperdiciar nada. Alguien se inclinó y me lamió la espalda, limpiando el rastro con la lengua. Yo seguía sin correrme, ardiendo por dentro.
***
Sandrine se sentó en el sofá y me indicó que me acercara. Su polla estaba dura, apuntando hacia arriba. Me pidió que pasara las piernas alrededor de su cuerpo, se retiró el preservativo que llevaba puesto con un gesto deliberado, casi una invitación, y me hizo sentar sobre ella, dejándola entrar despacio. Me besaba en la boca, me lamía el cuello, mordía con suavidad mis pezones mientras me sujetaba las nalgas y, con leves movimientos de pelvis, hacía que su polla rozara una y otra vez las paredes internas de mi ano.
En apenas siete u ocho minutos sentí su calor estrellándose dentro de mí, al mismo tiempo que yo me vaciaba con la polla pegada a su vientre, sin tocarme, solo de tanto frotarme contra ella. Cuando nos separamos, otra de las chicas vino a limpiarme el vientre con la lengua, despacio, mirándome a los ojos.
Era casi mediodía cuando me desperté. Estábamos Sandrine y yo solos en la casa, las demás se habían ido sin que yo lo notara. Ni siquiera me preguntó si quería quedarme. Simplemente dijo, como si fuera lo más natural del mundo, que pasaríamos por el hotel a recoger mis cosas.
Antes de salir me arrinconó frente al lavabo, recién duchada las dos. Nos mirábamos fijamente a los ojos a través del espejo cuando sentí que volvía a entrar en mí. Parecía más dura que la noche anterior. Me mordía la espalda, el cuello, los hombros, la clavícula, mientras entraba y salía lenta pero rítmicamente, en un mete-saca casi a ritmo de vals. Sus manos me pellizcaban los pezones. Le dije que me estaba volviendo loca —sí, me refería a mí misma en femenino, y no me costó nada hacerlo.
—Quédate en la ciudad —respondió contra mi oído—. Dime qué tengo que hacer para que te quedes conmigo.
Disfrutamos casi media hora de aquel polvo en el que ninguno de los dos llegó a correrse, pero que fue intenso de un modo distinto, más hondo. Después me tuvo veinte minutos sentada en una silla, con los ojos entrecerrados, mientras ella misma me maquillaba. Dios mío, no me reconocía. Cuando me vi reflejada en el espejo no creía que esa fuera yo. Y a pesar de estar casi empalmada todo el rato, me enseñó a disimular el bulto lo mejor posible cuando me ayudó a ponerme unos pantalones de piel negra, estrechísimos, que se me pegaban como una segunda piel.
Comimos algo, recogimos mi equipaje del hotel y lo llevamos en un taxi hasta su casa. Luego volvimos a salir a la calle, sin prisa, como si lleváramos años haciéndolo.
Creo que fue aquella tarde, viéndome reflejada en los cristales de los escaparates, cuando decidí que me gustaba salir a la calle vestida de mujer. Sandrine supo engancharme desde el primer instante. Supo mezclar el sexo conmigo y con alguna que otra mujer que de vez en cuando traía a casa, porque para mí no había nada tan excitante como ver a una mujer de verdad masturbarse mientras observaba los juegos entre Sandrine y yo. Es lo único comparable, para mí, a tener sexo siendo mujer: que otra se encienda mirándome ser exactamente quien soy.