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Relatos Ardientes

El espejo me devuelve a una desconocida

El viernes salí de la oficina como alma que lleva el diablo. Comí de pie, me lavé a la carrera, me afeité hasta dejarme la piel ardiendo, me perfumé y me metí en el coche con un tanga de hilo, unas medias de rejilla, un liguero de encaje y un corpiño de cuero apretándome debajo del chándal gris de andar por casa.

Conduje más de una hora hasta un pueblo perdido en mitad de ninguna parte. Las farolas se iban espaciando en la carretera comarcal, los carteles anunciaban nombres de aldeas que nunca había oído, y yo iba con el corazón a mil y las medias clavándoseme en los muslos. Todo para que un sesentón con la mirada turbia se me echara encima como un perro hambriento, me sobara con ansia, me lamiera de arriba abajo y me follara con furia durante dos minutos escasos.

Me había citado en un caserón a las afueras, con las persianas bajadas y un olor a humedad y a tabaco frío. No hubo charla, ni un vaso de agua, ni nada que se pareciera a la cortesía. En cuanto crucé el umbral ya me tenía contra la pared, hurgándome por debajo del chándal con dedos impacientes, como quien rasga el papel de un regalo sin leer la tarjeta.

Cuando terminó, me dejó allí, medio vestida y temblando, con la excusa de que al correrse se le había ido el morbo de golpe. Me soltó que «la gente como yo» en realidad no era su tipo. No me molesté en recordarle que para no ser su tipo me había recorrido entera con la lengua y se había vaciado dentro berreando como un animal. Me vestí en silencio y lo dejé con sus complejos y sus excusas de mal pagador.

Con el cuerpo a medio encender, salí pitando en busca de esa clase de cariño del que no hablan los poemas. Y como la oferta de caballeros dispuestos a auxiliar a una desesperada escaseaba esa noche, tuve que recurrir, por primera vez en años, a los servicios de un profesional. Un tipo moreno, cubierto de tatuajes, que me dio una embestida tan rápida, tan brutal y tan carente de cualquier ternura que, de no ser por los billetes que me costó, habría sido difícil distinguirla de un asalto.

No voy a mentir. A pesar de aquella violencia, o quizá precisamente por ella, en algún momento me retorcí gritando de un placer sucio y absoluto, mientras todo a mi alrededor quedaba perdido. El tipo ni siquiera me miró a la cara mientras lo hacía. Para él yo era un cuerpo y un agujero, una transacción más, y por una vez eso me bastó para no pensar en nada.

Pagué, sonreí torcido y me fui a casa con las piernas flojas y la cabeza llena de ruido. En el coche puse la radio a todo volumen para no oírme pensar, pero el silencio se cuela siempre por debajo de las canciones.

***

El sábado me desperté con el cuerpo dolorido y una resaca de campeonato. Me levanté de la cama y me quedé mirando al espejo, preguntándome quién diablos era esa criatura vestida con harapos de mujer barata que me devolvía la mirada con los ojos enrojecidos.

Me llegaban recuerdos sueltos, sin orden ni sentido. Un hombre con peluca pelirroja sentado sobre mi cara. Unos desconocidos de sonrisa torcida ofreciéndome de beber. Un travesti viejo y de mal humor vistiéndose en un cuartucho mugriento. Las luces frenéticas de una discoteca. Copos de nieve cayendo a cámara lenta bajo la luz turbia de las farolas. No sabía si era el resumen de la noche o el delirio de tanto alcohol barato.

Me siento sucio. O sucia. Ni siquiera sé si hay diferencia.

Y sin embargo no lo bastante sucia como para no abrir, mientras desayunaba, esas aplicaciones que ya conoces, buscando otro par de hombres dispuestos a dejarme la cara perdida y el cuerpo aún más maltrecho de lo que ya lo tenía.

Y claro, al imaginarme así, hecha un trapo y embadurnada por algún desconocido, no pude evitar ponerme romántica y acordarme de ti.

***

Cómo no, te escribí. Te invité a venir a casa el domingo por la mañana, aprovechando que tu mujer se iba al pueblo, o a la iglesia, o a llevar a los niños con la abuela, o lo que fuera. Y como no me atrevo a confesarte que estoy tan enamorada de ti que una sola palabra tuya bastaría para que dejara toda esta locura, ni soy capaz de explicarme a mí misma por qué me meto en estos líos, me pasé el resto del día y la noche bebiendo y buscando pelea por los antros más miserables de la ciudad.

En el espejo de uno de aquellos garitos me sorprendió mi propia imagen de hombre, sin peluca ni encajes, hasta el punto de que por un instante creí estar viendo a un extraño que entraba al baño detrás de mí con quién sabe qué intenciones.

No me reconocí. Me da por pensar que no me reconozco nunca, ni con peluca ni sin ella. Hay días en que el hombre del espejo me parece un disfraz tan ajeno como el corpiño de cuero, y otros en que la mujer maquillada es la mentira. La verdad, sospecho, vive en algún lugar entre los dos, en una tierra de nadie donde todavía no me he atrevido a quedarme a vivir.

Pedí otra copa. El camarero me la sirvió sin mirarme, y yo se lo agradecí en silencio. A esas horas, en esos sitios, el anonimato es la única forma de ternura que sé pedir.

***

El domingo a las diez y media en punto llamaste a la puerta, puntual hasta la exasperación, como siempre. Me pillaste a medio lavar y a medio vestir, pero me besaste y me abrazaste con una pasión que me hizo derretirme entre tus brazos como un copo de nieve sobre la palma de una mano.

Y me miraste con esos ojos llenos de algo que no sé nombrar, ese algo que en cuestión de segundos me hace ascender de la categoría de pobre desgraciado que se disfraza con lencería de saldo a la de ser humano deseable, merecedor de caricias, hasta un poco hermosa si me apuras.

Eso, corazón, hace que se me caigan las bragas de pura emoción a la velocidad del rayo.

Así que, haciendo un esfuerzo titánico por no soltarte mi amor incondicional ahí mismo, me limité a empujarte sobre la cama, arrancarte la ropa y lanzarme sobre ti con un hambre primitiva e irrefrenable.

Y como no sé decirte que te quiero sin que salgas corriendo, me dediqué a lamerte entero con tanto empeño que te sacudías de placer, con la voz tan temblorosa que llegué a pensar que ibas a echarte a llorar.

Y como no me atrevo a explicarte de qué manera se me hincha el pecho con solo verte, te supliqué con entrega absoluta que me follaras hasta partirme en dos. Aguanté con dolor y con gozo tus embestidas salvajes, pidiéndote más, animándote a grabar en vídeo el vaivén de tu cuerpo contra el mío mientras mis nalgas rebotaban al ritmo de tus empujones desesperados.

Y como tampoco sé cómo agradecerte el brillo ardiente con que me miras, ni la delicadeza inaudita con que acaricias mis carnes, ni la dulzura con que me besas justo antes de tratarme como una bestia, te lo mamé sin descanso, con la mandíbula ya dormida, hasta llevarte al borde del abismo.

Me tragué hasta la última gota de lo que me diste, reprimiendo a duras penas las arcadas y, más a duras penas todavía, las lágrimas de pura felicidad que me asomaban a los ojos al sentir cómo te vaciabas en mi boca, retorciéndote y gritando como un animal herido.

Y para que de esa misma boca no saliera una retahíla de cursilerías capaz de ponerte en fuga, me derrumbé a tu lado, apoyé la cabeza en tu pecho, aspiré el aroma de tu sudor y cerré los ojos.

Déjame soñar un minuto con otra vida. Una en la que yo no sea exactamente yo, y tú no tengas que salir corriendo.

Pero se te hacía tarde. Tu mujer iba a llegar, tú no ibas a estar, podría sospechar, y todo lo que viene después. Así que le cerré el paso a una lágrima traidora, te besé en los labios y te dije que era mejor que te fueras antes de que tu santa esposa te pillara en un renuncio.

Y te fuiste. Me dejaste el cuerpo en carne viva, el corazón patas arriba, la boca con sabor a ti y la cabeza hecha un nudo imposible.

***

Miré el teléfono. Vi el vídeo de tu cuerpo entrando y saliendo del mío, de esa criatura ofrecida en que me convierto contigo. Y vi también un mensaje de una de esas aplicaciones que ya sabes.

Algún tipo, asediado por urgencias no del todo confesables, parecía haber escuchado la llamada de lo salvaje al ver las fotos de mis muslos enfundados en la rejilla y mi trasero apenas cubierto por aquel tanga de hilo que un día le robé a quien fue mi mujer, cuando empezaba a asumir que lo mío con los hombres era más que una afición pasajera.

«Si buscas ahora, te dejo nueva», decía. Y debajo, una foto bastante explícita de la herramienta con la que pensaba cumplir tan osada amenaza, perfectamente lista para entrar en faena.

Pero algo me impedía traerme a un desconocido de aspecto patibulario a la misma cama en la que acababa de dejarme amar por ti. Así que le respondí con bastante menos entusiasmo del que en realidad sentía.

—¿Tienes sitio, machote? —escribí.

—Tengo furgoneta —contestó.

***

Tanto rodar de cama en cama, tanto exponer el corazón, tanto buscar no sé bien qué donde no debo, que a veces casi temo perderme del todo. Las caras de mis amantes se me mezclan en la memoria formando un mosaico extraño, casi monstruoso. Cualquier día pillaré una de esas infecciones traidoras, me digo. Cualquier día.

Me miré una última vez en el espejo. Sopesé mis ojeras, reparé en mis labios hinchados, me limpié un hilillo que me bajaba por la comisura y me peiné con los dedos, en un intento inútil de poner orden en el exterior de mi cabeza, ya que no en lo de dentro.

Se abrió la puerta del ascensor y salí con paso firme y la barbilla alta, encarando el nuevo día con un optimismo renovado y absurdo, con un catsuit de encaje negro y un tanga rojo debajo del chándal, rumbo al encuentro con el misterioso caballero de la furgoneta gris.

Tanto rodar y todo eso que te contaba, que a veces casi se me olvida quién soy.

Pero enseguida lo recuerdo. Soy lo que soy, sin pedir perdón, y nadie va a quitarme eso.

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