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Relatos Ardientes

Mi lencería roja y el desconocido de la app

Mi familia se fue un fin de semana largo a la casa de mi tía en Valdivia, y apenas el auto desapareció al final de la calle algo se soltó dentro de mí. Llevaba semanas con las hormonas revueltas, encerrado en mi pieza viendo videos de femboys y travestis hasta tarde, imaginándome a mí mismo con esa ropa, con esos gestos, con esa piel suave que parecía hecha para que la miraran. No era solo curiosidad. Era una necesidad que me apretaba el pecho cada noche y que no me dejaba dormir.

Esa mañana, con la casa para mí solo, decidí dejar de imaginarlo y hacerlo.

Tomé el metro hasta el centro y caminé hasta una galería de esas que venden ropa diminuta y barata, con maniquíes en vitrinas mal iluminadas. Recorrí los pasillos fingiendo que buscaba un regalo, hasta que la vi: una lencería roja de tiras finas que se sujetaba en varios puntos del cuerpo, con pequeñas hebillas que iban desde el cuello hasta los muslos, como una telaraña de seda y elástico. La vendedora ni me miró cuando pagué. Salí con la bolsa apretada contra el pecho, el corazón latiéndome como si llevara algo robado.

De vuelta en casa me encerré en el baño y me la puse frente al espejo. Las tiras me cruzaban la piel y me marcaban de una forma que nunca me había visto. Me giré, me miré por encima del hombro, me toqué la cintura. Por primera vez no me reconocí, y eso me gustó más de lo que esperaba.

Me veo sexy. Me veo de verdad sexy.

Me saqué varias fotos con el teléfono, buscando la mejor luz, escondiendo la cara y mostrando todo lo demás. Después abrí una de esas aplicaciones de citas anónimas, creé un perfil con un nombre falso —Luna— y subí dos de las imágenes. Me serví una cerveza, me senté en la cama y esperé, mitad muerto de vergüenza, mitad deseando que alguien me escribiera algo sucio.

No tardó nada.

***

Los mensajes empezaron a llegar uno tras otro. Invitaciones, propuestas, fotos que no había pedido. Los leía mientras bebía, sintiéndome poderosa con cada uno, como si toda esa atención fuera un líquido caliente que me subía por dentro. La mayoría los ignoré. Pero hubo uno que me hizo detenerme.

El perfil era de un hombre llamado Damián. Alto, de hombros anchos, con una gorra negra calada hasta las cejas en la única foto que tenía. El mensaje era directo, sin rodeos.

—Tengo muchas ganas. Cinco minutos, nada más. ¿En tu casa o en la mía? —escribió.

Mi primera reacción fue cerrar la conversación. Un rotundo no. Yo solo quería sentirme deseada detrás de la pantalla, no meterme en el departamento de un desconocido. Pero mientras terminaba la cerveza, algo tibio empezó a darme vueltas en la cabeza. Recordé mi primera vez, hacía años, lo nervioso que había estado y lo bien que se había sentido después. Recordé las semanas enteras deseando exactamente esto.

Solo cinco minutos. ¿Qué puede pasar en cinco minutos?

Le contesté antes de arrepentirme. Quedamos en que yo iría a su casa, en un edificio cerca de la estación, a veinte minutos en bus.

***

Me dejé la lencería puesta y encima me eché ropa holgada de gimnasia: una polera ancha, unos pantalones de buzo, una gorra. Me pinté apenas los labios, lo justo para sentirme distinta, y me puse una mascarilla. No hacía frío esa tarde, pero los nervios me hacían castañear los dientes y tenía las manos heladas, los dedos torpes mientras cerraba la puerta con llave.

El viaje en bus se me hizo eterno. Miraba por la ventana sin ver nada, repasando todo lo que podía salir mal y, al mismo tiempo, incapaz de bajarme. Cuando llegué al edificio le escribí que estaba abajo. A los pocos minutos lo vi salir por la puerta de vidrio: era más alto de lo que parecía en la foto, con la misma gorra negra y una manera de caminar tranquila, segura, como si nada lo pusiera nervioso.

Subimos juntos en el ascensor. No dejaba de mirarme de reojo, de arriba abajo, hasta que rompió el silencio.

—¿Las fotos eran tuyas de verdad? —preguntó.

—Sí —dije, con la voz más baja de lo que quería—. No desconfíes.

No respondió. Solo sonrió de lado, como si ya hubiera decidido algo.

El departamento era pequeño y ordenado, con una sola ventana que daba a otros edificios. Olía a café y a algo amaderado. Me indicó el sillón con un gesto.

—Siéntate —dijo.

Me senté en el borde, las rodillas juntas, mirando el suelo. Pasaron varios segundos en los que no supe qué hacer con las manos. Él se quedó de pie frente a mí, con los brazos cruzados, observándome.

—¿Y bien? —dijo al fin—. Quítate la ropa.

***

Tragué saliva. Me saqué primero la mascarilla y la dejé sobre el cojín. Después me quité la polera por la cabeza, despacio, y al hacerlo quedó a la vista la primera tira roja cruzándome el pecho. Lo escuché soltar el aire por la nariz. Empezó a tocarse por encima del pantalón, sin apuro, mirándome como si yo fuera algo que había estado esperando todo el día.

Eso me prendió. Sentir su mirada pesándome encima me dio un valor que no sabía que tenía.

Me puse de pie y le di la espalda. Enganché los pulgares en la cintura del pantalón de buzo y lo fui bajando lentamente, doblando la espalda, ofreciéndole mis nalgas casi desnudas con la única tira roja perdiéndose en el medio. Lo escuché moverse detrás de mí.

—Mírate —dijo en voz baja—. Qué rica que eres.

Se acercó. Sentí el calor de su cuerpo antes de sentir sus manos. Una me agarró de la nuca, firme pero sin lastimar, y me empujó suave hacia abajo hasta que quedé de rodillas frente a él. Con la otra mano se bajó el pantalón. Le seguí la corriente, no porque me obligara, sino porque cada orden suya encendía algo en mí que llevaba semanas pidiendo que lo encendieran.

Abrí la boca y lo dejé entrar. Él respiraba fuerte, con la cabeza echada hacia atrás.

—Así —murmuraba—. Sigue, sigue así.

Estuve un par de minutos de rodillas, perdida en el ritmo, sintiéndome más mujer que nunca, más deseada que en toda mi vida. Le clavaba los dedos en los muslos para sostenerme. Cuando empecé a entrar en confianza, me agarró del brazo de golpe y me puso de pie.

—Al sillón —dijo—. En cuatro.

***

Obedecí sin pensarlo. Me apoyé sobre el respaldo del sillón, con las rodillas en los cojines y la espalda arqueada. Lo escuché abrir el envoltorio de un condón. Me pasé un poco de saliva y un dedo entre las nalgas, metiéndolo y sacándolo unos segundos para prepararme, temblando de anticipación y de miedo en partes iguales.

No fui lo suficientemente rápida. Me lo metió de una sola vez, hasta el fondo, y un grito se me escapó de la garganta sin que pudiera detenerlo. Me aparté hacia adelante, los ojos llenos de lágrimas.

—Despacio, por favor —dije con la voz quebrada—. Me dolió.

—Ya deberías estar acostumbrada —respondió, sin soltarme—. No te quejes.

Pero igual aflojó. Me volvió a acomodar en cuatro y esta vez entró más lento, centímetro a centímetro, dándome tiempo. Yo respiraba hondo, agarrada al borde del sillón, asustada y excitada a la vez. Sentía cada movimiento, la tela del sillón bajo las manos, su respiración pesada detrás de mi nuca.

De a poco el dolor se transformó en otra cosa. Mi cuerpo se fue abriendo, soltando, y empezó a aceptarlo. Cuando notó que yo dejaba de tensarme, aceleró. Se me escaparon los primeros gemidos, agudos, involuntarios.

Me dio una palmada fuerte en la nalga.

—Calladita —dijo entre dientes—. Shhh.

Me mordí el labio y aguanté. Pero él seguía, cada vez más rápido, y llegó un punto en que no pude resistir y volví a gemir, esta vez más largo, más entregado. Lo estaba disfrutando como nunca. Me sentía completamente suya, completamente hembra, exactamente lo que había imaginado durante todas esas noches frente a la pantalla.

***

No habían pasado ni cinco minutos cuando se separó de mí de golpe. Lo escuché sacarse el condón. Me giró de los hombros y me empujó otra vez hacia abajo.

—De rodillas —dijo—. Saca la lengua y mírame.

Mientras lo miraba desde abajo, lo vi de verdad por primera vez. Era más guapo de lo que la foto dejaba ver: tenía el cuerpo marcado, una barba corta de tres días, los ojos clavados en los míos con una intensidad que me hizo sentir pequeña y poderosa al mismo tiempo. Lo contemplé un segundo, hipnotizada.

Entonces sentí los primeros chorros tibios cayéndome en la lengua y en los labios. Me dio una arcada de asco, instintiva, pero su voz me sujetó como una mano.

—Trágalo —ordenó, grave—. Y termina de limpiarme.

Intenté cumplir como pude. Se me llenaron los ojos de lágrimas y el estómago se me revolvió, pero me recuperé y pasé la lengua por toda su piel hasta dejarlo limpio. Él me miraba sin parpadear.

—Abre la boca —dijo.

La abrí. Inclinó un poco la cabeza, revisándome.

—Todavía veo algo. Trágalo.

Volví a intentarlo, y esta vez sentí cómo ese líquido tibio y espeso se deslizaba despacio por mi garganta. Cerré los ojos. Cuando los abrí, él sonreía.

—Muy bien —dijo, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Eres toda una perrita.

Esa palabra, dicha así, me recorrió entera. No me ofendió. Me gustó.

***

Me quedé de rodillas, todavía agitada, mientras él se subía el pantalón como si nada y caminaba hacia la cocina. Lo escuché abrir el refrigerador. Volvió con dos cervezas, me pasó una y se tomó la suya casi de un trago, de pie, mirando su teléfono.

Me indicó el sillón con la barbilla. Me senté, todavía en lencería, dándole sorbos a la cerveza fría sin saber muy bien qué hacer con mi cuerpo ni con la cara.

—Termínala y ándate —dijo sin levantar la vista de la pantalla—. Mi mamá llega en media hora y quiero ordenar.

Por un segundo me sentí mal, usada, descartada como un envoltorio vacío. Estúpido, pensé. Pero, sin saber por qué, casi al mismo tiempo me dieron unas ganas enormes de reírme. Toda la situación era tan absurda, tan distinta a las historias románticas que me había contado en la cabeza, que algo en mí lo encontró graciosísimo.

Me vestí en silencio, escondiendo otra vez la lencería bajo la ropa de gimnasia. Me puse la gorra, la mascarilla, terminé la cerveza de un par de tragos y salí sin despedirme. Él ni siquiera levantó la cabeza.

El bus de vuelta lo hice con una sonrisa rara debajo de la tela, mirando la ciudad pasar por la ventana. No estaba enojada. No estaba triste. Estaba, sobre todo, encendida.

Llegué a casa con el cuerpo todavía caliente, con el recuerdo de sus manos y de su voz dándome vueltas. Esa noche, sola en mi pieza, con la lencería roja otra vez puesta frente al espejo, me toqué pensando en cada detalle. En la nalgada, en la orden de calladita, en la palabra perrita dicha con esa voz grave.

Tres veces, antes de quedarme dormida, volví a aquel departamento sin nombre. Y supe, con una certeza tibia y nueva, que aquella tarde no había sido la última.

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Comentarios (6)

NikoBA96

Tremendo relato!!! me gustó mucho, gracias por compartirlo

LectorNocturno

Que no quede asi!!! necesito saber que paso despues con el desconocido, por favor hacé una segunda parte

Paty_nocturna

Me recordó a algo que yo misma viví hace tiempo, esa mezcla de nervios y emoción antes de que llegue el mensaje... lo describís muy bien.

curiosa87

Y como termino todo?? deja en suspenso jaja

VenecianoK

Lo que más me gustó es esa tensión de la espera, eso es lo que hace especial a este tipo de relatos. Muy bien narrado.

MarisaT

increible!!! muy bueno

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