Mi lencería roja y el desconocido de la app
Mi familia se fue un fin de semana largo a la casa de mi tía en Valdivia, y apenas el auto desapareció al final de la calle algo se soltó dentro de mí. Llevaba semanas con las hormonas revueltas, encerrado en mi pieza viendo videos de femboys y travestis hasta tarde, imaginándome a mí mismo con esa ropa, con esos gestos, con esa piel suave que parecía hecha para que la miraran. No era solo curiosidad. Era una necesidad que me apretaba el pecho cada noche y que no me dejaba dormir.
Esa mañana, con la casa para mí solo, decidí dejar de imaginarlo y hacerlo.
Tomé el metro hasta el centro y caminé hasta una galería de esas que venden ropa diminuta y barata, con maniquíes en vitrinas mal iluminadas. Recorrí los pasillos fingiendo que buscaba un regalo, hasta que la vi: una lencería roja de tiras finas que se sujetaba en varios puntos del cuerpo, con pequeñas hebillas que iban desde el cuello hasta los muslos, como una telaraña de seda y elástico. La vendedora ni me miró cuando pagué. Salí con la bolsa apretada contra el pecho, el corazón latiéndome como si llevara algo robado.
De vuelta en casa me encerré en el baño y me la puse frente al espejo. Las tiras me cruzaban la piel y me marcaban de una forma que nunca me había visto. Me giré, me miré por encima del hombro, me toqué la cintura. Por primera vez no me reconocí, y eso me gustó más de lo que esperaba. La tira que bajaba por delante apenas cubría mi verga, que ya se me estaba empinando sola contra la tela roja, y por atrás otra tira se perdía entre mis nalgas rozándome directo el culo cada vez que me movía.
Me veo sexy. Me veo de verdad sexy.
Me pasé la mano por encima de la lencería, apretándome la polla por debajo de la tela, y solté un suspiro largo. Se me humedeció la punta y una mancha diminuta empezó a asomar por la seda roja. Me di vuelta, me agaché un poco frente al espejo y me abrí las nalgas con las dos manos para verme el culo enmarcado por las tiras: rosado, apretado, listo. Me lamí un dedo y lo pasé por encima de mi entrada solo para sentir el escalofrío. Se me escapó un gemido bajito.
Me saqué varias fotos con el teléfono, buscando la mejor luz, escondiendo la cara y mostrando todo lo demás. En una salí de espaldas con el culo en pompa; en otra de perfil, con la polla marcándose bajo la tela; en otra abriéndome la boca y sacando la lengua. Después abrí una de esas aplicaciones de citas anónimas, creé un perfil con un nombre falso —Luna— y subí dos de las imágenes. Me serví una cerveza, me senté en la cama y esperé, mitad muerto de vergüenza, mitad deseando que alguien me escribiera algo sucio.
No tardó nada.
***
Los mensajes empezaron a llegar uno tras otro. Invitaciones, propuestas, fotos de pollas duras que no había pedido. Los leía mientras bebía, sintiéndome poderosa con cada uno, como si toda esa atención fuera un líquido caliente que me subía por dentro. La mayoría los ignoré. Pero hubo uno que me hizo detenerme.
El perfil era de un hombre llamado Damián. Alto, de hombros anchos, con una gorra negra calada hasta las cejas en la única foto que tenía. El mensaje era directo, sin rodeos.
—Tengo muchas ganas de follarte. Cinco minutos, nada más. ¿En tu casa o en la mía? —escribió.
Mi primera reacción fue cerrar la conversación. Un rotundo no. Yo solo quería sentirme deseada detrás de la pantalla, no meterme en el departamento de un desconocido. Pero mientras terminaba la cerveza, algo tibio empezó a darme vueltas en la cabeza. Recordé mi primera vez, hacía años, lo nervioso que había estado y lo bien que se había sentido después. Recordé las semanas enteras deseando exactamente esto.
Solo cinco minutos. ¿Qué puede pasar en cinco minutos?
Le contesté antes de arrepentirme. Quedamos en que yo iría a su casa, en un edificio cerca de la estación, a veinte minutos en bus.
***
Me dejé la lencería puesta y encima me eché ropa holgada de gimnasia: una polera ancha, unos pantalones de buzo, una gorra. Me pinté apenas los labios, lo justo para sentirme distinta, y me puse una mascarilla. No hacía frío esa tarde, pero los nervios me hacían castañear los dientes y tenía las manos heladas, los dedos torpes mientras cerraba la puerta con llave.
El viaje en bus se me hizo eterno. Miraba por la ventana sin ver nada, repasando todo lo que podía salir mal y, al mismo tiempo, incapaz de bajarme. Cada vez que el bus frenaba, sentía la tira roja apretándome entre las nalgas y me acordaba de para qué iba. Cuando llegué al edificio le escribí que estaba abajo. A los pocos minutos lo vi salir por la puerta de vidrio: era más alto de lo que parecía en la foto, con la misma gorra negra y una manera de caminar tranquila, segura, como si nada lo pusiera nervioso.
Subimos juntos en el ascensor. No dejaba de mirarme de reojo, de arriba abajo, hasta que rompió el silencio.
—¿Las fotos eran tuyas de verdad? —preguntó.
—Sí —dije, con la voz más baja de lo que quería—. No desconfíes.
No respondió. Solo sonrió de lado, como si ya hubiera decidido algo. Bajó la mirada hasta la marca que me hacía la lencería bajo el pantalón y se pasó la lengua por los dientes.
El departamento era pequeño y ordenado, con una sola ventana que daba a otros edificios. Olía a café y a algo amaderado. Me indicó el sillón con un gesto.
—Siéntate —dijo.
Me senté en el borde, las rodillas juntas, mirando el suelo. Pasaron varios segundos en los que no supe qué hacer con las manos. Él se quedó de pie frente a mí, con los brazos cruzados, observándome.
—¿Y bien? —dijo al fin—. Quítate la ropa. Toda.
***
Tragué saliva. Me saqué primero la mascarilla y la dejé sobre el cojín. Después me quité la polera por la cabeza, despacio, y al hacerlo quedó a la vista la primera tira roja cruzándome el pecho. Lo escuché soltar el aire por la nariz. Me bajé el pantalón de buzo y lo pateé a un lado, quedando solo con la lencería roja, las tiras marcándome cada centímetro y mi polla ya medio dura empujando la seda hacia adelante. Empezó a tocarse por encima del pantalón, sin apuro, apretándose el bulto con la palma abierta, mirándome como si yo fuera algo que había estado esperando todo el día.
Eso me prendió. Sentir su mirada pesándome encima me dio un valor que no sabía que tenía.
Me puse de pie y le di la espalda. Enganché los pulgares en la tira lateral y la desplacé un poco, doblando la espalda, ofreciéndole mis nalgas casi desnudas con la única tira roja perdiéndose en el medio. Me llevé la mano atrás y me abrí una nalga para mostrarle mejor el culo, con la tira tirante rozándome la entrada. Lo escuché moverse detrás de mí y una risa corta salir de su boca.
—Mírate —dijo en voz baja—. Qué rica que eres. Qué culito más de puta que tienes.
Se acercó. Sentí el calor de su cuerpo antes de sentir sus manos. Una me agarró de la nuca, firme pero sin lastimar, y me empujó suave hacia abajo hasta que quedé de rodillas frente a él. Con la otra mano se bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón. Su polla saltó afuera, gruesa, dura, con la punta hinchada y roja, la vena principal marcada de arriba abajo. Estaba a centímetros de mi cara. Me llegó el olor tibio de su piel, de su sudor, y sentí la boca llenárseme de saliva sola.
Le seguí la corriente, no porque me obligara, sino porque cada orden suya encendía algo en mí que llevaba semanas pidiendo que lo encendieran.
—Abre la boca —dijo agarrándose la verga por la base—. Sácame la lengua.
Obedecí. Me apoyó la punta caliente sobre la lengua estirada y la frotó ahí unos segundos, dejándome un hilo de líquido preseminal amargo y espeso. Luego se la pasó por los labios, embadurnándomelos como si me estuviera pintando. Abrí más la boca y lo dejé entrar. Entró despacio al principio, un centímetro, dos, cinco, hasta que sentí la cabeza empujándome contra el paladar. Cerré los labios alrededor y empecé a chuparlo como había visto en tantos videos, mamándole la punta primero, subiendo y bajando la lengua por debajo, mojándole toda la extensión con saliva.
Él respiraba fuerte, con la cabeza echada hacia atrás, una mano apoyada en mi nuca marcándome el ritmo.
—Así —murmuraba—. Sigue, sigue así. Métetela toda, perra. Toda.
Empujó más adentro y sentí la polla tocarme el fondo de la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas al primer arcada, pero no me sacó. Al contrario. Me sujetó de la nuca con las dos manos y empezó a moverme la cabeza él mismo, follándome la boca con embestidas cortas y profundas. La saliva me empezó a chorrear por el mentón, se me colgaba en hilos largos hasta el pecho, manchando la lencería roja. Le mamaba las bolas cuando me dejaba respirar, se las lamía una a una, subía otra vez por el tronco chupando fuerte y volvía a tragármela hasta el fondo.
Estuve un par de minutos de rodillas, perdida en el ritmo, sintiéndome más mujer que nunca, más deseada que en toda mi vida. Le clavaba los dedos en los muslos para sostenerme. Cuando empecé a entrar en confianza y me atrevía a mirar hacia arriba con la polla en la boca, me agarró del brazo de golpe y me puso de pie de un tirón.
—Al sillón —dijo—. En cuatro. Culo arriba.
***
Obedecí sin pensarlo. Me apoyé sobre el respaldo del sillón, con las rodillas en los cojines y la espalda arqueada. Corrí la tira roja hacia un lado para dejarme el culo despejado y separé un poco más las rodillas. Lo escuché abrir el envoltorio de un condón, el crujir del látex al desenrollarlo. Me pasé un poco de saliva y un dedo entre las nalgas, metiéndolo y sacándolo unos segundos para prepararme, temblando de anticipación y de miedo en partes iguales. Sentía mi propia entrada palpitando, apretándose sola alrededor del dedo.
No fui lo suficientemente rápida. Me apoyó la punta contra el culo, empujó una vez fuerte y me la metió de una sola vez, hasta el fondo, hasta que sentí sus bolas pegándome contra el perineo. Un grito se me escapó de la garganta sin que pudiera detenerlo. El ardor me subió por toda la columna, como si me hubieran clavado algo caliente por dentro. Me aparté hacia adelante, los ojos llenos de lágrimas, la verga saliéndose de mí con un tirón.
—Despacio, por favor —dije con la voz quebrada—. Me dolió, me dolió mucho.
—Ya deberías estar acostumbrada —respondió, agarrándome de la cintura y trayéndome otra vez para atrás—. No te quejes, puta. Aguantas.
Pero igual aflojó. Me volvió a acomodar en cuatro y esta vez entró más lento, centímetro a centímetro, empujando y retrocediendo, empujando y retrocediendo, dándome tiempo a que mi culo se abriera para él. Yo respiraba hondo, agarrada al borde del sillón, asustada y excitada a la vez. Sentía cada milímetro entrando, la piel estirándose, los músculos cediendo, la polla llenándome hasta un lugar que no sabía que tenía.
De a poco el dolor se transformó en otra cosa. Mi cuerpo se fue abriendo, soltando, y empezó a aceptarlo. Cuando notó que yo dejaba de tensarme, aceleró. Se me escaparon los primeros gemidos, agudos, involuntarios. Mi propia polla, atrapada bajo la tira roja, empezó a rebotarme contra el vientre a cada embestida, chorreando líquido y manchando el sillón.
—Ay, sí, así —jadeé sin poder callarme—. Fóllame, fóllame duro.
Me dio una palmada fuerte en la nalga que hizo eco en el departamento.
—Calladita —dijo entre dientes—. Shhh. Que se te escucha en todo el edificio.
Me mordí el labio y aguanté. Pero él seguía, cada vez más rápido, agarrándome de las caderas con las dos manos y clavándomela hasta el fondo, saliendo casi entera y volviendo a entrar de un envión. El sillón crujía debajo de mí, mis nalgas rebotaban contra su vientre con un chasquido húmedo, y llegó un punto en que no pude resistir y volví a gemir, esta vez más largo, más entregado, casi como un aullido apagado.
Me tiró el pelo hacia atrás con una mano y me sujetó la cabeza obligándome a arquear más la espalda. La otra mano me buscó por delante, encontró mi verga chorreando bajo la tira roja y me la agarró, empezó a masturbarme al mismo ritmo que me estaba follando. Yo perdí la cabeza. No sabía si empujar hacia atrás para clavármela más profundo o hacia adelante para follarme su puño.
—Mira cómo se te para, putita —me susurró en la oreja, sin dejar de embestir—. Se te para de que te la meta. Dilo. Dime lo que eres.
—Soy tu perra —jadeé—. Soy tu perra, tu puta, lo que quieras.
—Eso es. Así me gusta.
Lo estaba disfrutando como nunca. Me sentía completamente suya, completamente hembra, exactamente lo que había imaginado durante todas esas noches frente a la pantalla. Sentí cómo la corrida se me juntaba en las bolas, cómo empezaba a subir, y solté un gemido largo, mientras él me apretaba más fuerte la polla con el puño.
***
No habían pasado ni cinco minutos cuando se separó de mí de golpe, sacándomela con un tirón que me dejó el culo abierto, palpitando, vacío. Lo escuché sacarse el condón de un tirón y tirarlo al suelo. Me giró de los hombros y me empujó otra vez hacia abajo.
—De rodillas —dijo—. Saca la lengua y mírame. Que no se te caiga una gota.
Se puso a masturbarse encima de mí con la mano llena de saliva y de mi propio jugo, la polla brillante, la vena hinchada, moviéndose rápido y ronco. Mientras lo miraba desde abajo, lo vi de verdad por primera vez. Era más guapo de lo que la foto dejaba ver: tenía el cuerpo marcado, una barba corta de tres días, los ojos clavados en los míos con una intensidad que me hizo sentir pequeña y poderosa al mismo tiempo. Lo contemplé un segundo, hipnotizada, con la lengua estirada y las manos abiertas sobre los muslos.
Entonces sentí los primeros chorros tibios cayéndome en la lengua y en los labios. Fueron muchos. Uno me pegó en la mejilla, otro me cruzó la nariz, otros dos me llenaron la boca de semen espeso, salado, tibio, que se me juntó sobre la lengua sin poder tragarlo. Me chorreó por la comisura hasta el mentón, cayó sobre la lencería roja y sobre mi propio pecho. Me dio una arcada de asco, instintiva, pero su voz me sujetó como una mano.
—Trágalo —ordenó, grave—. Todo. Y termina de limpiarme.
Intenté cumplir como pude. Cerré los labios y tragué de un envión: sentí el semen bajarme espeso por la garganta, dejando un rastro caliente hasta el estómago. Se me llenaron los ojos de lágrimas y el estómago se me revolvió, pero me recuperé y me acerqué a su polla, todavía chorreando gotas gordas por la punta. La agarré con las dos manos y pasé la lengua por toda su piel, lamiéndole la cabeza, el tronco, los pliegues donde se le habían quedado los últimos hilos, hasta dejarlo limpio. Él me miraba sin parpadear, con una mano apoyada suave en mi cabeza.
—Abre la boca —dijo.
La abrí. Inclinó un poco la cabeza, revisándome, hasta pasarme el pulgar por dentro del labio.
—Todavía veo algo acá. Trágalo.
Junté lo que me quedaba con la lengua, lo pasé al fondo y volví a tragar, y esta vez sentí cómo ese líquido tibio y espeso se deslizaba despacio por mi garganta, mezclado con la saliva y con el sabor a látex. Cerré los ojos. Cuando los abrí, él sonreía.
—Muy bien —dijo, acariciándome la mejilla con el pulgar, limpiándome un resto que me quedaba en la comisura y metiéndomelo también en la boca—. Chupa. Eres toda una perrita.
Le chupé el dedo hasta que él mismo lo sacó. Esa palabra, dicha así, me recorrió entera. No me ofendió. Me gustó.
***
Me quedé de rodillas, todavía agitada, la polla mía dura y goteando bajo la lencería roja sin haber acabado, mientras él se subía el pantalón como si nada y caminaba hacia la cocina. Lo escuché abrir el refrigerador. Volvió con dos cervezas, me pasó una y se tomó la suya casi de un trago, de pie, mirando su teléfono.
Me indicó el sillón con la barbilla. Me senté, todavía en lencería, con el semen secándoseme en el pecho y en el mentón, dándole sorbos a la cerveza fría sin saber muy bien qué hacer con mi cuerpo ni con la cara.
—Termínala y ándate —dijo sin levantar la vista de la pantalla—. Mi mamá llega en media hora y quiero ordenar.
Por un segundo me sentí mal, usada, descartada como un envoltorio vacío. Estúpido, pensé. Pero, sin saber por qué, casi al mismo tiempo me dieron unas ganas enormes de reírme. Toda la situación era tan absurda, tan distinta a las historias románticas que me había contado en la cabeza, que algo en mí lo encontró graciosísimo.
Me vestí en silencio, escondiendo otra vez la lencería manchada bajo la ropa de gimnasia, sintiendo el culo latir a cada movimiento y un hilo tibio de semen y lubricante escurriéndoseme por el muslo. Me puse la gorra, la mascarilla, terminé la cerveza de un par de tragos y salí sin despedirme. Él ni siquiera levantó la cabeza.
El bus de vuelta lo hice con una sonrisa rara debajo de la tela, mirando la ciudad pasar por la ventana, apretando los muslos cada vez que sentía otra vez ese ardor de haber sido follada. No estaba enojada. No estaba triste. Estaba, sobre todo, encendida.
Llegué a casa con el cuerpo todavía caliente, con el recuerdo de sus manos y de su voz dándome vueltas. Esa noche, sola en mi pieza, con la lencería roja otra vez puesta frente al espejo, me toqué pensando en cada detalle. En la nalgada, en la orden de calladita, en la polla llenándome hasta el fondo, en el semen tibio bajándome por la garganta, en la palabra perrita dicha con esa voz grave. Me metí dos dedos en el culo todavía sensible mientras me masturbaba la verga con la otra mano, mordiendo la almohada para no gritar.
Tres veces, antes de quedarme dormida, volví a aquel departamento sin nombre. Y supe, con una certeza tibia y nueva, que aquella tarde no había sido la última.