Soy travesti y vivo una doble vida secreta
Hola de nuevo, queridos. Soy Renata, y vengo a confesarles algo que llevo guardado casi toda la vida. Esta categoría me pareció el lugar correcto, porque lo que voy a contar no es una fantasía inventada: es la verdad de cómo vivo, partida en dos mitades que casi nunca se tocan.
Biológicamente me tocó nacer hombre. Mental y emocionalmente, sin embargo, siempre fui una mujer. No es algo que decidí ni una pose para llamar la atención. Es lo que soy desde que tengo memoria, desde mucho antes de tener palabras para nombrarlo.
Mi gusto por la ropa femenina apareció temprano y con una fuerza que me asustaba. Las medias, las faldas, los tacones, la lencería. Todo lo relacionado con vestir como mujer me atraía de una forma que no podía explicar ni reprimir. Por fuera era un chico común, pero la curiosidad por probarme esa ropa siempre fue más fuerte que yo.
Lo primero que me atreví a usar fueron unos zapatos de tacón. Recuerdo el temblor de las manos la primera vez que metí el pie y di unos pasos frente al espejo. El arco de mi pie, la línea de la pantorrilla, la manera en que el tacón cambiaba todo mi cuerpo. Me pareció hermoso. Siempre he tenido los pies muy cuidados; es una de las partes que más adoro de mí.
Soy alta, un metro setenta y nueve. Ni delgada ni gorda, más bien lo que con cariño llamarían «llenita». Piernas firmes, muslos generosos, tobillos finos, una cintura que todavía se marca y unas caderas que, modestia aparte, hacen girar cabezas cuando me visto bien. El pecho lo tengo mediano, con esa acumulación de grasa que con los años me regaló una forma suave y muy, muy sensible. Femeninamente sensible, diría yo.
Mi cara es varonil a medias. Nariz mediana, ojos color café, labios que me gustan mucho: cuando me los pinto de un rojo oscuro, dejan de ser los labios de un hombre. Esa es la magia. Un poco de maquillaje, una peluca, el vestido correcto, y la mujer que siempre estuvo dentro sale a respirar.
***
Aquí viene la parte difícil de confesar. En mi vida de hombre estoy casada. Tengo una rutina, una fachada, un nombre que firmo en los papeles y que no es el mío de verdad. Quiero a mi pareja a mi manera, pero no puedo engañar a mi propio ser.
Porque no solo me gusta vestirme. Siento una fascinación absoluta por los hombres. Me encantan. Su forma de moverse, su fuerza, la aspereza de sus manos, la manera tan directa que tienen de desear. Y en lo sexual no hay nada en el mundo que me guste más que un buen macho rodeándome con los brazos y metiéndome la polla hasta el fondo cuantas veces se le antoje. Estoy hecha para eso, para chupar vergas y abrir el culo, y nunca tuve la menor duda al respecto.
De joven pensé que jamás conseguiría un hombre. Vengo de un país y de una época donde el machismo lo aplastaba todo, donde un deseo como el mío se pagaba caro. Me equivoqué. No sé qué será, pero incluso en mi papel de hombre algo se nota. Una vez uno me lo dijo al oído: —Te ves como un tipo, pero proyectas una mujer hermosa. Hasta hueles a mujer. Me estoy poniendo duro solo de imaginarte con mi verga en la boca.
Por mi cama han pasado muchos hombres. De toda clase, de todos los cuerpos, de toda educación. Vergas gruesas, vergas largas, pollas rectas y pollas torcidas, cargas de semen espesas y otras que apenas eran un hilo. Estoy agradecida por cada uno. Jamás me quedé con las ganas de nada, y a estas alturas puedo decir que de eso se trataba todo.
***
Cualquiera pensaría que una vida así es difícil y atormentada, que vivo sufriendo por no tener el cuerpo que quisiera. Pues no. Estoy en paz. Tuve la oportunidad de operarme y no lo hice, porque aprendí a aceptarme tal como soy: una mujer temperamental en la cama, tierna con los hombres, puta y complaciente hasta que me llenan la boca o el culo de leche. Así soy feliz.
Ahora soy una mujer madura. Tengo cuarenta y ocho años y, créanme, el interés de los hombres hacia mí no ha bajado ni un poco. Me cuido, me conservo, sé arreglarme. Tengo amigos que conocen mi condición y me follan cada vez que se les antoja. Ya solo me visto cuando tengo una cita, y siempre en terreno seguro: un cuarto de hotel o la casa del hombre en turno. La doble vida tiene sus reglas, y yo las cumplo.
Les voy a contar una de esas noches, para que entiendan de qué hablo cuando digo que estoy completa así.
***
Lo conocí por mensajes. Se llamaba Damián, o al menos así se presentó, y desde las primeras líneas tuvo la decencia de ser honesto: sabía lo que yo era y eso era justamente lo que buscaba. Me mandó una foto de su polla al tercer mensaje, gorda, venosa, cortada, con la punta ya brillante de líquido, y ahí supe que la cita iba a valer la pena. Quedamos en un hotel del centro, uno discreto, de esos donde nadie pregunta y nadie recuerda tu cara.
Llegué antes que él. Siempre llego antes, porque vestirme es un ritual y no lo apuro por nadie. Cerré la puerta, puse música baja y abrí la maleta. Primero las medias, deslizándolas despacio por las piernas recién depiladas. Después el conjunto de encaje negro, la tanga que apenas me tapa la polla y el sostén que sostiene ese pecho pequeño pero sensible que me vuelve loca cuando me lo chupan. Frente al espejo del baño me delineé los ojos, me pinté los labios de ese rojo oscuro que me convierte, y me ajusté la peluca de melena castaña.
Cuando terminé, la que me miraba desde el espejo era Renata. Entera. El vestido ceñido marcaba mis caderas, los tacones me estilizaban la pierna, y por un momento me quedé quieta admirándome, sintiendo esa calma rara que solo encuentro cuando soy ella del todo. Debajo del encaje ya estaba mojada de anticipación, con el culo palpitando de ganas.
Tocaron a la puerta. El corazón me dio un vuelco, como en cada primera vez.
Abrí. Damián era más alto de lo que imaginaba, ancho de hombros, con una barba corta y unas manos grandes que noté de inmediato. Me recorrió de arriba abajo, sin disimulo, y la sonrisa que se le dibujó me dijo todo lo que necesitaba saber. Bajo el pantalón se le marcaba un bulto que me hizo tragar saliva.
—Eres más guapa que en las fotos —dijo, y entró.
—Y tú hablas demasiado para lo poco que tenemos —contesté, cerrando la puerta a su espalda—. Vine a que me folles, no a charlar.
Se rió. Me gustó que se riera.
***
No hubo prisa al principio. Se sentó en el borde de la cama y me pidió que me acercara, solo para mirarme. Caminé hacia él midiendo cada paso sobre los tacones, sabiendo exactamente lo que esa caminata provoca. Cuando estuve cerca, sus manos subieron por mis muslos, por encima de la media, hasta encontrar el borde del encaje. Despacio. Como quien reconoce el terreno. Los dedos se colaron por debajo de la tanga y me apretaron una nalga con fuerza, separándome las carnes hasta que sentí el aire fresco tocarme el ojete.
—Date la vuelta —murmuró—. Quiero verte ese culo.
Obedecí. Me gusta obedecer cuando el hombre sabe lo que quiere. Sentí su cara apoyada contra mi espalda baja, su respiración tibia, sus labios siguiendo la línea de mi columna mientras me bajaba el cierre del vestido centímetro a centímetro. Cuando la tela cedió, me apartó la tanga con un dedo y me dio un lengüetazo largo justo entre las nalgas, de abajo hacia arriba, que me arrancó un gemido agudo.
—Qué culo más rico tienes —gruñó, y volvió a lamerme, esta vez hundiendo la punta de la lengua en el agujero, empujando, mojándomelo entero.
La tela cayó al suelo. Quedé frente a él en lencería y tacones, la polla dura apretada bajo el encaje, con una mancha oscura de precum manchando la tanga. Él tardó un buen rato en decir nada. Solo me miraba, con esa hambre que yo reconozco y que me hace sentir más mujer que cualquier documento.
—Ven aquí —dijo por fin, y tiró de mi mano—. Chúpamela primero, quiero ver esa boca pintada tragando verga.
Caí sobre su regazo y su boca encontró la mía. Besaba con fuerza, mordiendo apenas, una mano enredada en mi pelo y la otra firme en mi cadera. Yo le solté los botones de la camisa uno por uno, pasé las palmas por su pecho, por el vientre duro, sintiendo cómo se le aceleraba la respiración bajo mis dedos. Cuando le abrí el pantalón y le liberé la polla, se me hizo agua la boca. Era gorda, del largo justo para llenarme la garganta, con los huevos pesados colgando debajo.
Me deslicé al piso, entre sus rodillas, y la agarré con las dos manos. Le pasé la lengua por toda la vara, de los huevos a la punta, recogiendo esa gota de líquido que ya tenía asomada. Luego abrí la boca y me la metí entera, hasta el fondo, hasta que la nariz me chocó contra su pubis y las lágrimas me borronearon el delineador. Damián soltó un gemido ronco y echó la cabeza hacia atrás, los dedos cerrándose en mi pelo, empujándome.
—Así, puta, así —susurró—. Trágamela toda.
Me tomé mi tiempo. Subía y bajaba con la boca chorreando saliva, sacándola de vez en cuando para lamerle los huevos, para meterme uno a la vez en la boca y chuparlo con ganas. Le mamé la punta con los labios apretados, jugando con la lengua en el frenillo hasta que lo sentí temblar. Disfruto cada segundo de esto, el peso en la lengua, el calor, la manera en que mi nombre se le escapa entre dientes. No hay prisa cuando una hace lo que ama.
Él me apartó al rato, con la cara mojada y el rímel corrido, y me hizo levantarme.
—A cuatro patas en la cama —ordenó—. Ya.
***
Me trepé al colchón como me pidió, con los tacones todavía puestos, y arqueé la espalda ofreciéndole el culo. Damián se acomodó detrás, me arrancó la tanga de un tirón que me hizo gritar, y volvió a la lengua. Esta vez me comió el culo en serio: separó las nalgas con las dos manos y me clavó la lengua adentro, entrando y saliendo, ensalivándomelo, comiéndomelo como si fuera un coño. Yo hundí la cara en la almohada y gimoteé, moviendo el culo contra su cara, pidiendo más.
Después vinieron los dedos. Uno primero, embadurnado de saliva, que entró sin resistencia porque mi culo ya llevaba años entrenado y sabe abrirse solo. Dos después, girándolos adentro, buscándome la próstata con una precisión que me hizo babear en la almohada. Cuando encontró el punto, empezó a masajearlo despacio y yo grité contra la tela, con la polla goteando entre las piernas sin que nadie me la tocara.
—Estás lista, cachonda —dijo—. Sientes esa polla ya, ¿verdad?
—Métemela —le rogué—. Métemela ya, por favor.
Escupió sobre la punta, se la refregó bien por toda la vara, y me la apoyó en la entrada. Empujó despacio, atento a mi cuerpo, leyendo cada reacción. Sentí cómo la cabeza me estiraba el anillo, ese ardor delicioso que conozco desde siempre, y después la longitud entrando de a poco, abriéndome, llenándome hasta que las bolas me golpearon las nalgas.
—Toda adentro —gruñó, y se quedó quieto un segundo, dejándome sentirla.
El primer empuje serio me arrancó un gemido que no controlé. Después encontró el ritmo, lento al principio, más hondo cada vez. Yo me arqueaba para recibirlo, hundiendo la cara en la almohada para no gritar, mientras él me sostenía por las caderas y me clavaba la polla con estocadas cada vez más largas. Me daba palmadas en el culo, fuerte, dejándome las nalgas rojas, y me tiraba del pelo hasta arquearme.
—Mira cómo te abre esta verga —me decía al oído—. Mira cómo tragas, puta preciosa.
Me giró boca arriba sin sacarla del todo, me levantó las piernas hasta apoyarme los tacones en sus hombros, y volvió a metérmela hasta el fondo. Desde ese ángulo me daba justo en la próstata cada vez, y yo empecé a temblar entera, con la polla saltándome contra el vientre, escupiendo hilos de precum sobre el encaje del sostén. Él me miraba a los ojos mientras me follaba, sin bajar el ritmo, con esa concentración que tienen los hombres cuando saben que están haciendo bien su trabajo.
—Voy a correrme sin tocarme —le avisé, con la voz quebrada.
—Córrete, mi amor. Córrete con mi verga adentro.
Y me corrí. Un chorro largo, espeso, que me manchó el pecho y el vientre, con el culo contrayéndose alrededor de él en oleadas que le arrancaron un gruñido. Él aguantó todavía, siguió embistiéndome mientras yo seguía temblando, mordiéndose el labio, y a los pocos empujes se hundió hasta el fondo y descargó adentro. Sentí cada latido, cada chorro caliente llenándome, y arqueé la espalda para recibirlo todo.
—Eres toda una mujer —me dijo cuando terminó, apoyado sobre mí, todavía adentro—. La mejor cogida en años.
Esa frase, en ese momento, valía más que mil operaciones.
Cuando por fin la sacó, me quedé sintiendo cómo su leche empezaba a chorrearme por el muslo. Metí dos dedos, recogí lo que pude y me lo llevé a la boca, mirándolo. A los hombres eso los mata. A Damián se le escapó otro gemido, como si la polla ya le pidiera otro round.
***
Después nos quedamos un rato en silencio, su brazo cruzado sobre mi cintura, el sudor enfriándose en la piel, su semen todavía escurriéndome despacio entre las nalgas. No le pedí su número ni le prometí nada. Damián tampoco. Esa es la belleza de mi doble vida: cada noche es completa en sí misma, sin deudas, sin culpas, sin mañana.
Me vestí de hombre de nuevo frente al espejo, guardé a Renata en la maleta con su lencería empapada y su peluca, y salí del hotel siendo otra persona para el mundo. Pero por dentro iba entera, satisfecha, con el culo todavía ardiendo rico, en paz.
Digo todo esto porque así he sido siempre: una mujer completa en un cuerpo de hombre. Y si alguien que me lee carga la misma condición en secreto, quiero decirle algo. No es malo. No estás enfermo ni mal de la cabeza. Eres una mujer hermosa escondida en el cuerpo equivocado, y hay muchos hombres allá afuera con vergas duras a los que les fascinan las chicas como nosotras.
Quiérete mucho. Cuídate. Y nunca, nunca te quedes con las ganas de una buena follada, hermosa.
Gracias por leerme, queridos. Como siempre, los abrazo.
Suya, Renata.