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Relatos Ardientes

La noche que dejé de ser él para ser ella

Esa mañana de sábado desperté extrañamente descansado, aunque con un leve zumbido en la sien, como si hubiera bebido de más la noche anterior. Lo curioso es que recordaba perfectamente no haber probado ni una gota. Valeria ya estaba en la cocina preparando el desayuno, y cuando entré me dedicó una sonrisa juguetona que no supe interpretar.

—Buenos días, princesa. ¿Dormiste bien después de tu siestita en el espectáculo?

—No empieces con eso —respondí, notando cómo me subían los colores—. No sé qué me pasó, pero el show de Madame Corvina debe ser tan aburrido que me quedé dormido sentado. ¿Ronqué al menos?

Ella se rio bajito mientras me servía el café.

—Nada del otro mundo, amor. Solo te relajaste muchísimo. El número estuvo increíble, como siempre. Las chicas y yo lo pasamos genial. Deberías intentarlo despierto la próxima vez.

No insistí. Algo en su tono me decía que no iba a sacar nada en claro. El resto del día transcurrió con una normalidad sospechosa: caminamos por el parque, almorzamos fuera, ordenamos la casa por la tarde. Y sin embargo, una excitación sorda no me abandonó en ningún momento. Llevaba las medias finas bajo el pantalón, como ya era costumbre, y el plug —el más grande hasta entonces— me recordaba con cada paso cuánto había cambiado nuestra intimidad en tan poco tiempo.

Esa noche, al meternos en la cama, Valeria se acercó con esa mirada felina que últimamente me desarmaba. Me besó el cuello y susurró:

—¿Quieres jugar un poco, princesa?

Antes de que pudiera contestar, sentí cómo mi cuerpo se aflojaba de golpe, como si sus palabras accionaran un interruptor escondido. Me dormí al instante. Y el sueño que vino después fue más vívido que ninguno.

***

En el sueño estaba otra vez en el salón de Madame Corvina, pero ahora todo se bañaba en una luz roja y tenue que cargaba el aire de misterio. Las mujeres del público —Valeria y sus amigas entre ellas— formaban un círculo alrededor del escenario. Madame apareció con su vestido negro ajustado, y esta vez de su cuello pendía un colgante que oscilaba con un brillo hipnótico. Me llamó al centro y, sin poder resistirme, subí.

—Relájate, Damián —dijo ella, balanceando el colgante ante mis ojos—. Deja que tu mente se abra a otras posibilidades.

Las mujeres del círculo empezaron a desvestirse despacio, descubriendo arneses con prótesis tan realistas que costaba mirar otra cosa. Pero esta vez no eran solo ellas: algo cambiaba también en mí. Bajé la vista y vi unas manos delicadas, de uñas largas pintadas de un rojo intenso. Mis piernas, enfundadas en medias negras y portaligas, se veían más esbeltas, más femeninas.

Llevaba un corsé negro que me apretaba la cintura. Me toqué el pecho y encontré un volumen blando, como si tuviera senos de verdad. Mis pies descansaban dentro de unas botas de tacón de aguja.

Una de las mujeres —la misma que en sueños anteriores había resultado no ser del todo mujer— se acercó a besarme el cuello.

—¿No te sientes hermosa así? —murmuró—. Imagina lo que podrías hacer con un cuerpo como este.

Valeria se unió y me ajustó un sostén de encaje sobre aquel pecho imposible. Mientras lo abrochaba, una oleada de placer me recorrió entero. La voz de Madame resonaba dentro de mi cabeza:

—Siente la suavidad, princesa. Estas curvas son tuyas. No hay nada malo en explorarlas. Te excita, ¿verdad? Imagina maquillarte, calzarte los tacones, ser deseada.

La escena se intensificó. Me pusieron un vestido ceñido, casi igual al de Madame, y me hicieron desfilar ante el grupo. Cada paso en aquellos tacones imaginarios mezclaba vergüenza y excitación en una sola descarga.

Desperté jadeando, con una erección dolorosa y el cuerpo empapado en sudor. Valeria dormía plácida a mi lado, ajena a todo. Yo no podía sacarme esas imágenes de la cabeza. Por primera vez sentí una curiosidad que no sabía nombrar: ¿qué se sentiría probar algo más… femenino?

***

Durante la semana, los cambios fueron sutiles, pero imparables.

El lunes, bajo la ducha, noté que mi piel seguía lisa tras la depilación de siempre. Al salir me sorprendí mirando el neceser de Valeria. Casi sin pensarlo tomé su labial y me lo pasé por los labios, torpe. Me miré al espejo: quedaba ridículo, y sin embargo me encendía. Lo borré enseguida, avergonzado, pero la idea se quedó dando vueltas.

El martes, ella llegó con una «sorpresa»: un par de tacones bajos «para jugar en la cama». Protesté al principio, pero cuando me los calcé sobre las medias, el simple hecho de caminar tambaleándome me provocó una erección inmediata. Esa noche el juego incluyó que yo desfilara para ella mientras me penetraba con un consolador nuevo, más grande. Mis gemidos sonaron más agudos, más sumisos.

—Te ves tan sexy así, princesa —dijo, y no pude llevarle la contraria.

Los sueños se volvieron más profundos. Ahora me veía con senos postizos, maquillaje completo y peluca. Las mujeres del salón me trataban como a una de ellas. Una, cuyo rostro nunca terminaba de distinguir, se bajaba la ropa interior para ofrecerme lo que escondía, mientras Valeria me tomaba por detrás con su arnés y las voces repetían que «pronto lo harías despierto».

—La feminización es placer —decía la letanía—. No lo notas, pero te transforma. Disfrútalo, princesa.

Para el jueves ya usaba un poco de maquillaje en secreto durante el día, apenas rímel y labial, y lo borraba antes de que ella volviera. Me excitaba mirarme al espejo imaginando ser esa princesa que tanto nombraba. Nuestros encuentros incluían que me vistiera con su lencería: sostenes, tangas, hasta un corsé que «aparecí» en su armario. Valeria lo alentaba todo, decía que me hacía «más sensual».

***

El viernes por la noche me esperaba con otra sorpresa. Apenas crucé la puerta me tomó de la mano y me llevó directo al dormitorio.

—Hoy es una noche especial —dijo—. Conseguí un par de cosas en un lugar que me recomendaron. Te van a encantar. Desnúdate por completo.

¿Qué lugar le habrán recomendado? ¿Quién le da estas ideas a mi mujer?, pensé mientras me quitaba la ropa, inquieto al sospechar que nuestros juegos ya no eran tan privados, y al mismo tiempo excitado ante lo que viniera.

Fue hasta el armario y de un cajón sacó una caja pequeña de terciopelo. Se acercó y la abrió frente a mí.

—¿Qué es eso? —pregunté, porque solo veía un disco de metal con orificios diminutos.

—Es un dispositivo de castidad invertido. Estoy segura de que te va a gustar.

—Cada vez te entiendo menos —dije. Yo creía saber qué era un dispositivo de castidad, pero no se parecía en nada a aquello.

—Mira —respondió, levantándolo. Del disco salía un tubito de metal—. Esto va en tu uretra.

Pasó de la explicación a la práctica. Lo lubricó e introdujo el tubo despacio, luego acomodó el resto y lo aseguró con un par de movimientos precisos.

—Listo. Ahora tienes una entrepierna completamente plana.

Y así era. El dispositivo plegaba mi pene sobre sí mismo y lo escondía por entero. La sensación no era dolor, sino algo nuevo, una presión extraña que nacía del estímulo de la uretra.

—¿Y ahora qué? No puedo hacer nada con esto puesto.

—No te preocupes, hoy no lo vas a necesitar.

—¿Y eso para qué es? —pregunté, señalando una especie de cordón fino que acompañaba al dispositivo dentro de la caja.

—Ya lo verás. Pero primero vamos a vestirte como corresponde.

Volvió al armario y empezó a arrojar prendas sobre la cama. Eran, una por una, las mismas que había llevado puestas en mis sueños: corsé negro con prótesis de pecho de dos tallas, medias de nylon, botas de caña alta con tacón de aguja, una peluca, uñas postizas, un estuche de maquillaje y un puñado de accesorios. Me transformó con paciencia y, tras el último toque de maquillaje, me hizo desfilar por la habitación con el plug puesto para que mis caderas se contonearan solas. Después nos paramos juntas frente al espejo.

—Hoy ya no está Damián entre nosotras —dijo—. Ahora eres Damiana.

Confieso que, de no haber tenido aquel dispositivo, me habría puesto a tocarme frente a mi propia imagen.

—Espérame un momento, que yo también tengo que prepararme.

Me entretuve contemplándome. Hasta ensayé poses frente al espejo: me recosté en la cama levantando una pierna, me incliné hacia adelante para lucir el busto nuevo, simulé un beso al aire. Así estaba cuando volvió.

—Veo que te ha gustado —fue lo primero que dijo.

Me di vuelta para mirarla y todas mis fantasías cobraron forma. Era la viva imagen de una diosa: botas altas de tacón, un corsé que le moldeaba la figura, maquillaje intenso, el pelo recogido en una cola tirante. Pero lo que me cortó la respiración fue el arnés: más grande que cualquiera de los anteriores, más rígido, curvado hacia arriba.

—¿Te gusta? Está diseñado para estimular la próstata. Hoy vas a tener un orgasmo anal.

—¿Quién te recomendó todo esto? —pregunté, en un último intento de resistencia, aunque ya se me hacía la boca agua mirándolo. Un momento: ¿acabo de pensar en mí misma en femenino?

—Primero lo primero. Ahora vas a ver para qué sirve esto.

Tomó el cordón que yo había notado antes, lo lubricó y lo fue introduciendo en el orificio del dispositivo. Dolor y placer a veces son difíciles de distinguir. Sensaciones que jamás había conocido me recorrieron la entrepierna y se desbordaron por todo el cuerpo. Ella metía el cordón muy despacio, casi veinte centímetros, y luego lo retiraba con la misma lentitud, una y otra vez. El ardor inicial dio paso al placer, y pronto estaba arañando las sábanas con las uñas postizas, las piernas abrazando su torso, incapaz de aguantar más sin siquiera poder tocarme.

—Ahora viene lo bueno —dijo—. Pon los tobillos sobre mis hombros.

Empezó a empujar contra la entrada y el falo entró poco a poco, hasta que sentí sus caderas chocar contra mis nalgas. Entonces se movió, no con furia, sino con una lentitud calculada. Notaba cada centímetro entrar y salir.

—Ahora eres mi amante —murmuró.

—Como tú digas, querida.

Un pequeño cachetazo me sacudió. No fue fuerte, solo lo justo para llamarme la atención.

—Nada de «querida». Cuando estés vestida así, con el dispositivo puesto, me perteneces. Te diriges a mí como Ama o Señora. ¿Quedó claro?

—Sí, Señora. Soy su esclava.

—Excelente. Ahora date vuelta. Quiero a mi perrita en cuatro patas.

Obedecí. Me puse en cuatro y le ofrecí el trasero. Antes de penetrarme, ella colocó un platito entre mis piernas, justo debajo del dispositivo. Después volvió a cabalgarme, esta vez con un entusiasmo que no le conocía.

—A ver cómo acaba mi nueva esclava.

La estimulación del cordón y la presión sobre la próstata se sumaron hasta que empecé a correrme. El semen escapaba del dispositivo y goteaba sobre el plato. Cuando estuvo lleno, ella se retiró, lo tomó y me lo mostró.

—Mira cómo has acabado —dijo, acercándomelo—. Bébelo. Bébelo todo, mi putita.

Casi sin pensarlo, sin darme cuenta, sostuve el plato con las dos manos y lo lamí hasta dejarlo limpio. Me había tragado mi propio orgasmo, y aun cuando ya no quedaba nada seguía pasando la lengua, demasiado excitada para parar.

—Bienvenida al club —fue lo único que añadió.

Y yo me quedé pensando, con el corazón todavía golpeándome el pecho, qué demonios sería aquello del club.

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Comentarios (5)

LectoraNocturna

tremendo relato, se me hizo un nudo en el pecho. Bravo!!!

Meli_Lee

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que pasó despues con Valeria

SolDeMar

Increible como algo tan simple puede cambiar todo. Muy bueno

MartinLec

Me recordo a cosas que yo tambien sentí y nunca me animé a decir en voz alta. Gracias por compartir esto

Vale_lectora

Que relato mas hermoso. Lo leí dos veces porque no queria que terminara. Se siente muy real y muy honesto. Espero que sigan subiendo cosas asi

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