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Relatos Ardientes

Volví a casa y mi hermano gemelo me hizo su mujer

Me miro en el espejo del baño de la casa familiar, esa que huele a cerrado desde que mis padres se marcharon para siempre. Han pasado ocho años desde que me fui a Boston, huyendo de todo y, sobre todo, de él. De Mauricio.

Éramos gemelos idénticos, pero yo siempre fui el más blando, el que lloraba cuando me empujaba contra la pared en aquellas peleas que empezaban por nada y terminaban con él encima de mí, respirando fuerte, los ojos encendidos de algo que entonces no supe nombrar. Él se quedó en este pueblo del interior, al frente del taller familiar, hasta que el accidente se llevó a nuestros padres. Yo volví porque no quedaba nadie más.

Llevo un conjunto de lencería negra que compré en una boutique del extranjero: sujetador de encaje, tanga de hilo que apenas cubre nada, medias hasta el muslo. Me he depilado entera, me he perfumado, y mi pelo —antes corto— ahora me cae ondulado sobre los hombros. Me llamo Daniela cuando estoy sola. O cuando estoy con hombres que me invitan copas y me susurran «nena» al oído.

La puerta del baño se abre de golpe. No había echado el pestillo.

Mauricio aparece ahí, con mi misma cara pero más curtida, más dura. Camiseta sudada, vaqueros. Me recorre de arriba abajo. Primero sorpresa. Luego algo que reconozco al instante: rabia mezclada con hambre.

—¿Qué es esto, Daniel? —su voz siempre fue más grave que la mía.

Me quedo quieta, el corazón golpeándome el pecho. No contesto. Solo lo miro.

Se acerca despacio. Huele a sudor del día entero, a hombre que ha estado cargando piezas en el garaje. Cierra la puerta a su espalda.

—¿En esto te has convertido allá afuera? ¿En vestirte de mujer?

Sus palabras deberían dolerme, y lo hacen, pero también me encienden. Lo noto entre las piernas, donde ya casi no queda nada que esconder. Me muerdo el labio.

—Llámame como quieras —susurro por fin, con esta voz que ya no es la de antes—. Pero no me toques si no quieres.

Suelta una risa fea y da un paso más. Estamos tan cerca que siento su calor. Me agarra de la barbilla y me obliga a mirarlo.

—Mírate. Siempre fuiste un debilucho. Siempre te dejabas.

Sus ojos bajan al encaje, a la piel suave, a lo plana que estoy de cintura y lo redondo de mis caderas después de tantos años de hormonas y esfuerzo.

—Quítatelo todo —ordena.

—No.

No me muevo. Lo desafío con la mirada, porque sé lo que viene. Lo sé desde que éramos adolescentes y él me empujaba y yo me dejaba, sintiendo crecer dentro algo prohibido.

Mauricio respira hondo. Veo cómo el bulto empieza a marcarse en sus vaqueros.

—Joder… —murmura.

Y entonces me empuja contra la pared, como antaño, pero esta vez sus manos no van a pegarme. Van directas al encaje. Me arranca el sujetador de un tirón y mis pechos saltan libres, los pezones ya endurecidos.

Se inclina y me los lame con avidez, mordiendo, succionando como si quisiera castigarme. Su otra mano aparta el tanga de un manotazo y encuentra mi entrada, ya preparada porque me había arreglado por si acaso.

—Mírate, lista de antemano —se burla, hundiendo un dedo.

Me arqueo contra la pared, gimiendo.

—Sí… por favor, Mauricio…

—¿Por favor qué?

—Hazme tuya… como siempre quisiste.

Se desabrocha los vaqueros con la otra mano. Es idéntica a la que recuerdo de cuando nos duchábamos juntos de chicos y yo miraba de reojo. Ahora es mía.

Me da la vuelta hacia el espejo. Veo nuestras dos caras reflejadas: la mía maquillada, la suya salvaje. Escupe en su mano, se prepara y me abre.

—Esto es lo que querías, ¿no? —susurra contra mi nuca.

Y entra de una sola embestida. El dolor es brutal; el placer, peor todavía. Grito y él me tapa la boca. Empieza a moverse sin tregua, sujetándome de las caderas con tanta fuerza que sé que mañana tendré sus dedos marcados en la piel. Empujo hacia atrás, tragándomelo más hondo.

—Siempre fue tuyo —jadeo cuando me libera la boca—. Siempre quise esto.

Eso lo enciende más. Me sujeta del pelo, me arquea la espalda y acelera hasta que se clava hasta el fondo y se queda quieto, derramándose dentro con un gruñido grave. Permanecemos así, enredados, sin habla, dejando que la respiración vuelva despacio a su sitio.

Cuando por fin sale, me da la vuelta con un cuidado nuevo. Hay algo distinto en su mirada: posesión, pero también un hambre que no se ha saciado.

—Esto no ha sido una sola vez —dice, ronco—. Vas a ser mi mujer en esta casa.

Asiento, todavía temblando.

—Sí, Mauricio. Quiero serlo.

***

Los días empiezan a fundirse en una rutina que me devuelve a la vida. Él se levanta temprano para abrir el taller que heredamos. Yo me quedo en casa, ordenando papeles del banco y del funeral, pero sobre todo preparándome para él.

Cada mañana elijo lencería distinta: un body transparente, un conjunto de satén con ligueros, medias de rejilla. Me maquillo despacio frente al espejo y me perfumo el cuello, detrás de las orejas, entre los pechos. Él llega al mediodía, sudado, las manos manchadas de grasa, y no dice hola. Solo me mira desde la puerta de la cocina y yo ya lo sé todo.

Me dobla sobre la encimera, la misma donde mamá hacía la cena, y me hace suya entre los platos del desayuno. Otras tardes nos duchamos juntos y me enjabona despacio, me lava el pelo, me besa mientras el agua caliente cae sobre los dos. De noche dormimos en la cama de matrimonio de nuestros padres, abrazados, y a veces despierta a media noche con el deseo pegado a mí y nos amamos así, en silencio.

Una semana después ya no salgo sin su permiso. Me ha comprado vestidos ajustados, faldas cortas, juguetes que pide por internet. Un día me sorprende frente al espejo, acariciándome los pechos, imaginándolos más grandes.

—¿Quieres operarte, nena? —pregunta desde la puerta.

Me giro, ruborizada.

—Quiero ser más mujer para ti. Que no quede nada de Daniel.

Se acerca y me abraza fuerte.

—Hazlo con la herencia. Pero ya eres mi mujer, con o sin nada. Eres mía.

***

Una noche llega tarde, con el aliento cargado de alcohol. Me arrastra hasta el borde de la cama y me toma con una brusquedad nueva, casi desesperada. Cuando termina, se sienta en el filo del colchón y su cara cambia. Ya no hay rabia, solo una confusión ebria.

—Daniela… tengo que decirte algo. Tengo una novia. Carmen. Pensaba casarme con ella.

Las palabras me golpean más fuerte que cualquier embestida.

—Esta noche fui a verla —continúa, frotándose la cara—. Quería despedirme. Pero no pude. Solo pensaba en ti. En cómo me lo das todo.

Soy Daniela ahora. Su mujer. ¿De verdad no lo ve?

—No sé qué hacer —murmura—. Si te vas otra vez, me quedo solo. Pero me gustas tú.

Se levanta tambaleante y se va a dormir a la otra habitación, dejándome sola en la cama. No pego ojo. Al amanecer voy a buscarlo. Está despierto, con resaca y los ojos llenos de culpa.

—Escúchame —le digo—. Vendamos todo. La casa, el taller, la herencia. Con lo de los dos podemos irnos a Valencia, o a otro país, donde nadie nos conozca. Donde nadie sepa que somos hermanos. Viviremos como marido y mujer.

Me mira, sorprendido.

—¿Y si quiero también mujeres de verdad?

Duele, pero sonrío a través del dolor.

—Puedes tenerlas. Estoy dispuesta a compartirte. Tráelas, fóllalas delante de mí si quieres. Quizá hasta me una. Pero yo seré tu mujer. Tu principal.

Se queda callado un instante y luego me atrae hacia él.

—Eres perfecta, Daniela.

Esa mañana me toma despacio, con una ternura que no le conocía, besándome las lágrimas secas como una promesa.

***

Vendemos la casa rápido y el taller un poco más despacio. Con todo sumado, alcanza para soñar a lo grande. Elegimos Valencia: un ático en el centro, con terraza y vistas a los tejados antiguos, y espacio de sobra para gritar sin que nadie nos oiga.

Llegamos en primavera. Ya he cambiado mi nombre legalmente: Daniela, con todas las letras. Los primeros meses son una luna de miel constante. Nos despertamos amándonos, cocinamos amándonos, él me toma contra las cristaleras de la terraza mientras la ciudad despierta abajo.

Pero el deseo de Mauricio sigue teniendo hambre de más. Una noche, mientras me acaricia en el sofá, me lo confiesa al oído.

—Quiero verte con una mujer, nena. Quiero que seamos tres.

Me corro solo de oírlo.

La primera que traemos se llama Renata: morena, generosa de curvas, una boca experta. La conocemos en un bar del centro y la invitamos esa misma noche. La escena es perfecta. Yo voy de encaje rojo; a ella, Mauricio le arranca el vestido nada más cerrar la puerta. Nos besamos los tres, lenguas mezcladas, mientras él nos mira desde el sofá.

Renata me enseña a hacerlo bien, y yo aprendo rápido. Nos turnamos con él, luego me pone a cuatro patas y me toma mientras yo recorro a Renata con la lengua. Ella gime, me sujeta del pelo, me monta la cara. Su sabor es dulce, mujer pura. Me corro solo con eso. Terminamos los tres en la cama, sudorosos, enredados, y Renata se marcha al amanecer con un beso y la promesa de volver.

Después de ella vienen otras: rubias, pelirrojas, una pareja que nos enseña juegos nuevos. Cada vez soy más mujer para él, más esposa, más deseada.

***

Un año más tarde vivo como Daniela a tiempo completo. Me he operado el pecho: ahora es grande, redondo, perfecto. Cuando despierto de la cirugía, Mauricio está ahí, cogiéndome la mano y besándome la frente.

—Mi mujer perfecta —susurra.

Bianca se vuelve nuestra habitual. Le fascina mi cuerpo, esa mezcla que soy, y una noche, exhaustos los tres, me susurra al oído:

—Eres la mujer más perfecta que he visto. Tu marido tiene suerte.

Mauricio lo oye, sonríe orgulloso y me besa fuerte.

Él pone un único límite, y lo pone justo donde quiere. Me deja operarme el pecho, pero me prohíbe tocar lo que hay entre mis piernas.

—No vas a quitártela nunca —me dice una noche, acariciándomela despacio—. Me encanta verte así. Mitad mujer, mitad mía. Me vuelve loco jugar contigo entera.

Y yo acepto, porque es él quien manda y porque me excita obedecerle.

***

Los años pasan. Seguimos viviendo como marido y mujer en un ático lleno de espejos y de recuerdos. Yo modelo lencería, gano lo mío, soy deseada por hombres y mujeres. Pero siempre vuelvo a casa con él. Siempre me arrodillo a sus pies en cuanto se cierra la puerta.

Una noche de invierno, después de cenar en la terraza, me lleva en brazos a la cama. Me desnuda despacio, besando cada centímetro de este cuerpo que él ayudó a moldear.

—Te quiero, Daniela. Mi hermana. Mi mujer. Nunca cambies esto —susurra.

Me corro primero, temblando entera. Él me sigue, gimiendo mi nombre, y luego nos quedamos abrazados, sudados y felices.

A veces, en los silencios largos, nos alcanza una melancolía lejana: el eco de una vida que pudo ser normal, de unos padres que nunca supieron, de un mundo que tal vez no nos aceptaría del todo. Pero sabemos que esto es lo nuestro. Esto es real. Esto es para siempre.

Porque mientras él me quiera entera —mi cuerpo, mi sumisión, mi amor—, yo seré suya y él será mío. Marido y mujer. Hermano y hermana. Y en la intimidad de nuestra cama, nadie más importa.

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Comentarios (6)

ClaraGdl

increible!!! que relato tan hermoso

SusanaLeyendo

Me puse a leer pensando que era un relato mas y me enganche desde la primera oracion. La vuelta al hogar esta perfectamente descrita, se siente muy real.

Loki35

buenisimo, se hizo cortisimo :)

Camila_NQN

Por favor continua esta historia, no puede quedar ahi! Quede con muchisimas ganas de saber como sigue todo.

Roxana_mdp

tremendo el comienzo, me atrapo de entrada

FernandoMR

Hay segunda parte? Porque si no hay la vamos a tener que pedir entre todos jajaja

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