Llamé a una transexual y descubrí otro orgasmo
Esa noche tenía una fantasía muy concreta metida en la cabeza y no pensaba conformarme con menos. Llevaba semanas dándole vueltas, así que reservé una habitación en un hotel discreto a las afueras de Rosario y me puse a buscar por internet. Quería estar con una chica transexual, sí, pero no cualquiera: esta vez la condición era una sola y era innegociable.
Quería un pene verdaderamente grande.
Había decenas de perfiles. Chicas femeninas con rostros preciosos, piel impecable, pechos casi perfectos y melenas de revista. Hermosas todas, pero ninguna mostraba lo que yo andaba buscando. Pasé fotos y fotos hasta que reduje la lista a dos candidatas.
La primera era una morena de piel clara con un miembro bien grueso, de esos que imponen solo con la imagen. La segunda era distinta: piel mucho más oscura, rasgos menos delicados, casi duros, pero un cuerpo torneado que quitaba el aliento. No enseñaba el juguete en ninguna foto, aunque en la descripción había una cifra que me hizo tragar saliva: veintiséis centímetros. El más grande de toda la página.
Me llamaba más la primera, la verdad. La segunda me intimidaba un poco. Pero la curiosidad y los veintiséis centímetros pudieron más.
***
Cuando llegué al hotel ya me había duchado. Marqué el número de la primera opción, esa morena clara que tanto me gustaba, pero el teléfono sonó y sonó sin respuesta. Insistí dos veces más. Nada. Así que, resignado, llamé a la segunda.
—Estoy ahí en media hora —dijo una voz grave y seca, sin un solo adorno.
Esa media hora se me hizo eterna. Me quedé en la cama con una toalla a la cintura, mirando el techo, preguntándome si no me había precipitado. Cuando por fin tocaron a la puerta, el corazón me dio un salto.
Abrí y casi tuve que levantar la cabeza para mirarla a los ojos. Era una mujer negra, altísima, todavía más imponente sobre unos tacones de aguja. Falda corta, una blusa provocativa que dejaba ver buena parte de sus pechos, piernas larguísimas y bien formadas. Olía riquísimo, a algo dulce y limpio, y se notaba que se cuidaba cada detalle.
Confieso que dudé. No era mi estilo, no había estado nunca con una transexual tan morena, y para colmo seguía sin haberle visto el famoso juguete. Pero callé. Algo en su manera de plantarse en el umbral me dejó mudo.
—¿Y bien? —dijo, entrando sin pedir permiso.
***
Entró como si la habitación fuera suya y yo apenas un visitante. Dejó el bolso sobre una silla con una calma soberana, cobró por adelantado sin disimular y me recorrió de arriba abajo con una mirada que invertía los papeles: parecía que la que pagaba era ella y yo el producto.
Pensé en devolverla. De verdad lo pensé. No sentía química, no era lo que tenía en la cabeza, y esa actitud me descolocaba. Pero seguí callado, de pie junto a la cama, sujetando la toalla.
—A ver qué tienes ahí —dijo, señalándome con la barbilla.
Dejé caer la toalla al suelo. Me miró un par de segundos, sin un solo gesto en la cara, como quien evalúa una mercancía.
—Date la vuelta.
Obedecí. Quedé de espaldas a ella, frente a la cama.
—No te voltees —ordenó—. Pase lo que pase, no te voltees.
Hubo un silencio largo. Después me pidió que abriera las piernas y me inclinara hacia el colchón, apoyando las manos en él. Quería verme entero desde atrás, el culo y todo lo que colgaba. Así me quedé, doblado, expuesto, dándole la espalda a una desconocida que me había sometido sin tocarme todavía.
—Que no te voltees —repitió, esta vez más dura.
***
Empecé a oír ruidos. Escupía. Y un movimiento rítmico, húmedo, inconfundible: se estaba masturbando a mis espaldas. La curiosidad me ganó. Giré apenas la cabeza, lo justo para mirar de reojo.
Y entonces lo entendí.
Se masturbaba con las dos manos. Las dos. Una encima de la otra, envolviendo el miembro entero, y aun así la cabeza sobresalía por arriba. Era largo de un modo casi irreal. No tan grueso como el de la otra chica, más bien normal de ancho, pero la longitud era de no creer. Veintiséis centímetros dejaban de ser una cifra en una página y se volvían una amenaza concreta a medio metro de mí.
Hice ademán de acercarme. Pensaba arrodillarme y metérmelo en la boca, probar esa cosa larga y dura antes de cualquier otra cosa.
—Quieto —cortó—. No te muevas de ahí.
Volví a la posición. Las piernas abiertas, las manos en el colchón, el culo al aire. Y empecé a impacientarme. El cuerpo me pedía acción, ya estaba duro, ya estaba ansioso, y ella seguía a su ritmo, sin prisa, dueña absoluta del tiempo.
—Me estás haciendo sufrir —dije, casi quejándome.
—El sufrimiento viene ahora.
***
La oí levantarse de la silla. Sus pasos se acercaron y, de golpe, una mano me agarró los testículos y apretó. Fuerte. Tanto que se me escapó un gemido a medio camino entre el dolor y el susto. Al mismo tiempo, sus dientes se cerraron sobre una de mis nalgas y mordió sin piedad.
Todo lo que hacía dolía. Era brusca, cruda, no había en ella un solo gesto de ternura. Y sin embargo, cuando menos lo esperaba, su lengua se hundió entre mis nalgas.
Fue un placer eléctrico, sucio, que me recorrió la espalda entera. Me lamía despacio, lubricando el camino de lo que sabía que vendría, mientras seguía apretándome y soltando mordiscos por todas partes. La lengua, los dientes, las nalgadas, la presión en los testículos: una mezcla bizarra de dolor y excitación que no había sentido jamás. No sabía si quería que parara o que no parara nunca.
***
La oí abrir un envoltorio. Se colocó un condón con una parsimonia que ya me ponía nervioso, y entonces sentí la punta empujando contra mí.
Empezó a entrar muy lentamente. Tan lento que parecía que el tiempo se hubiera detenido. Sentía cada centímetro deslizándose hacia dentro, y el trayecto no terminaba nunca, porque eran de verdad veintiséis centímetros avanzando al paso de una tortuga. La presión crecía y crecía. Apreté los dientes, agarré las sábanas, y aun así seguía entrando.
Cuando por fin lo tuvo todo dentro, se quedó quieta. Inmóvil, sin un solo movimiento, dejándome sentir el peso de esa cosa enterrada en mí hasta el fondo. Después empezó a sacarlo igual de despacio, milímetro a milímetro, provocándome un placer imposible de describir. Y justo cuando la cabeza casi salía y mi cuerpo se cerraba aliviado, volvía a empujar para arrancar el ciclo de nuevo.
Adentro lento. Pausa. Afuera lento. Pausa. Y otra vez.
***
A ese ritmo me cogió durante más de quince minutos. Las piernas me temblaban de aguantar la postura, el culo lo tenía ardido, irritado, pero increíblemente dilatado. Yo estaba acostumbrado al sexo fuerte, al de adrenalina, al de sudar y gritar hasta reventar en cuestión de minutos. Ella no procedía así. Ella hacía exactamente lo contrario. Me hacía sufrir sin acabar y sin dejarme acabar.
—Cambiemos de posición —pedí—. Por favor.
No respondió. Siguió a lo suyo, lenta, profunda, implacable.
Le insistí varias veces más, y solo cuando ella quiso, sin sacarla en ningún momento, me atrajo hacia atrás. Dio unos pasos, se sentó en la silla y me arrastró con ella hasta dejarme clavado encima, de espaldas, sentado sobre su miembro con todo mi peso.
El dolor subió un escalón. Desde ese ángulo era tan larga que sentía cómo golpeaba algo en lo más profundo de mí, un punto que ni sabía que existía. Pero tampoco ahí hubo prisa. Sus manos se cerraron sobre mis caderas para que no me levantara, y retomó ese vaivén lento y hondo del que me estaba enamorando y odiando a partes iguales. Me subía y me bajaba, despacio, durante un tiempo que se me hizo infinito.
El culo lo sentía destrozado. Me ardía, me dolía, y aun así no quería que terminara.
—Quiero acabar —dije con la voz quebrada.
***
Su mano pasó por delante de mi cuerpo y volvió a atrapar mis testículos. Apretó tan fuerte que grité, y los ojos se me llenaron de lágrimas. Con la otra me sostenía firme contra ella.
—Si quieres acabar —dijo a mi oído—, hazte la paja tú solo.
Me costó horrores. Con los testículos prensados entre sus dedos y esa estaca enterrada hasta el fondo, masturbarme era casi imposible. Es una sensación difícil de explicar: acabar con las pelotas apretadas y un tronco clavado en lo más hondo de uno mismo.
No sé si gemí, grité o lloré. Creo que las tres cosas a la vez. Y más allá de soltar mi leche, sentí algo que no había sentido nunca. Algo que solo puedo describir como un orgasmo distinto, de esos que dicen que tienen las mujeres: el cuerpo entero me tembló en oleadas, de los pies a la nuca, sin parar, mucho después de haber terminado.
Así que sí. Respondiendo a la pregunta que me hacía desde hacía años: el orgasmo anal existe. Vaya si existe.
***
Y todavía no había acabado para ella.
No me dejó levantarme. Con su miembro aún dentro de mí, se puso de pie llevándome con ella y, por primera vez en toda la noche, aceleró. No de forma salvaje, sino moderada pero firme, profunda, embistiendo con una intención clara. Yo ya no tenía nada que ofrecer, vacío y tembloroso, simplemente la dejé hacer hasta que por fin explotó dentro de mí con un gruñido ronco.
Cuando salió y se quitó el condón, lo levantó a contraluz para que yo lo viera: estaba cargado de una cantidad de semen impresionante. Me dedicó media sonrisa, la primera de la noche, y caminó hacia el baño recogiendo sus cosas.
—Mírate en el espejo cómo te quedó el culo —dijo antes de cerrar la puerta.
Me acerqué temblando, todavía con las piernas flojas, y me giré frente al espejo.
No tienen idea.