La oferta del encargado cuando volví al ciber
Esa tarde crucé la puerta del ciber con tacones que apenas dominaba y una certeza nueva: ya no iba a pagar por las cabinas, iba a pagar con mi cuerpo.
Esa tarde crucé la puerta del ciber con tacones que apenas dominaba y una certeza nueva: ya no iba a pagar por las cabinas, iba a pagar con mi cuerpo.
Subí el anuncio sin esperar mucho, pero a la mañana siguiente había un mensaje distinto a todos los demás: directo, sin rodeos, con la voz de un hombre que sabía lo que quería.
Elegí la sesión más vacía para estar solo con mi cansancio, hasta que ella cruzó la sala y se sentó dos butacas a mi derecha con una sonrisa que prometía problemas.
Cada vez que se acariciaba, de su cuerpo brotaban estrellas líquidas y flores nuevas. Esa noche los eones se cumplían y ella estaba a punto de arder como jamás.
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.
Daniel cruzó el callejón equivocado en el momento equivocado. Semanas después, frente al espejo, una desconocida con su mirada empezaba a gustarle más de lo que debía.
Solo quedaba un nombre en su lista de pacientes, y cuando lo llamó no imaginaba quién iba a cruzar la puerta de su consulta esa tarde.
Me depilaba entero, me ponía medias y ligueros a escondidas. Nunca imaginé que un congreso de la empresa terminaría conmigo entregado a otro hombre.
Lo conocí tímido y frágil, cuando se llamaba Tomás. Diez años después cruzó la puerta en minifalda, con una sonrisa que prometía arruinarme el verano.
Quedé atado boca arriba, con las piernas abiertas y sin saber qué iba a sacar a continuación de aquel bolso negro que dejó sobre la cama del hotel.
Subí a su piso convencido de que me esperaba la mujer más imponente que había visto. No imaginaba que la noche apenas empezaba ni quién más dormía al final del pasillo.
Trabajo sola en el turno de noche y nunca pasa nada. Hasta que un deportivo rojo se detuvo en el surtidor y de él bajaron las piernas más largas que había visto jamás.
La noche que mi jefa leyó mi historial de navegación, supe que estaba perdido. Lo que no supe es cuánto iba a disfrutar cada paso de mi rendición.
Cruzó las piernas frente a mí y algo no encajaba. Su voz era dulce, pero sus manos demasiado grandes. Tardé días en entender qué me había robado el sueño.
Yo era el más joven de un grupo de jubilados y la única persona que me interesaba era Valentina, la guía. Tardé dos cenas en descubrir lo que escondía.
Cuando llamó a mi puerta a medianoche supe que había vuelto a mentirle a su mujer. Y supe, también, que esa noche iba a ser solo mía.
Creí que estaba sola cuando lo dejé salir por la puerta de atrás. No conté con que mi sobrino me había seguido la noche anterior y lo había visto todo.
Crucé el campus vacío con la bata sobre la piel desnuda y el corazón a mil. Adrián me esperaba dentro, y los dos sabíamos que esa noche no íbamos a dormir.
Crucé miradas con el conductor por el retrovisor, vi el cordón amarillo balanceándose junto al espejo y supe que esa noche no terminaba en mi ducha.
Viudo, desactualizado y solo, Rodrigo solo quería airearse un sábado. No esperaba que el desconocido de la barra le propusiera algo que jamás se había planteado.